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CLIENTELISMO «VERSUS» ADMINISTRACIÓN IMPERSONAL. FUKUYAMA: EL VALOR DE LAS INSTITUCIONES (II)

Francis Fukuyama, Orden y decadencia de la política. Desde la Revolución industrial hasta la globalización de la democracia, Deusto, 2016,  774 pp.

“La sociabilidad humana natural se basa en la selección por parentesco y el altruismo recíproco; es decir, la preferencia por la familia y los amigos. Mientras los órdenes políticos modernos tratan de promover un gobierno impersonal, las élites de la mayoría de las sociedades tienden a recurrir a redes de familiares y amigos” (Fukuyama, p. 43).

“Las reformas son poco frecuentes, aunque solo sea porque también lo es poco frecuente el talento político para convertirlas en realidad” (S. P. Huntington, El orden político en las sociedades en cambio, Paídós, 2014, p. 304)

Si el primer volumen de esta impresionante obra era importante desde el análisis institucional, el segundo supera con creces las expectativas abiertas. En este comentario solo nos ocuparemos de la primera parte de este volumen (“El Estado”) y, más concretamente de la emergencia de una Administración profesional e impersonal frente al clientelismo (o las formas de patrocinio) que –como expone brillantemente Fukuyama- con tanta fuerza arraigaron en todas las latitudes del globo. Dejamos para una última entrada el apasionante tema (aunque especialmente centrado en la situación político-constitucional de Estados Unidos) de la decadencia política.

La tesis del autor es sencilla de formular, pero no fácil de explicar: China inventó el Estado moderno, con una tradición de administración profesional (mediante el acceso a las funciones públicas por criterios competitivos y no patrimoniales), aunque sufrió un largo proceso de “repatrimonialización”, luego superado. A partir de 1800 el desarrollo político estuvo fuertemente condicionado por el crecimiento económico y por los cambios tecnológicos que aceleradamente se fueron imponiendo hasta alcanzar velocidad de vértigo en nuestros días.

Aunque las dimensiones políticas, sociales y económicas pueden seguir senderos distintos, como ya vaticinó Huntington. El éxito de la modernización consiste en un desarrollo paralelo de todas esas dimensiones. Y, como bien sentencia Fukuyama: “La primera y más importante institución de la que carecen los Estados frágiles o fallidos es un gobierno competente. Un gobierno, antes de estar limitado por la ley o la democracia, tiene que existir. Esto significa, en primera instancia, el establecimiento de un ejecutivo centralizado y una administración pública”.

Y este juicio conduce derechamente al autor al análisis del estudio de la Administración Pública. En línea con lo tratado en el primer volumen, la transcendencia de la construcción del Estado y de una Administración profesional a través de la implantación del principio de mérito se convierte en la clave de bóveda de un Estado impersonal, alejado de las prácticas de patrocinio o patronazgo, también clientelares. Con ese objeto bien trazado, Fukuyama analiza cinco casos de evolución desigual de construcción de ese Estado impersonal, algunos de éxito, otros fracasados y algún otro tardío, como son Prusia (Alemania), Grecia, Italia, Reino Unido y Estados Unidos. Capítulos todos ellos de imprescindible lectura para todos aquellos estudiosos de la Política o de la Administración Pública, pero también para los ciudadanos interesados en la cosa pública. Ni qué decir tiene que de lectura obligada para políticos. Fukuyama sigue aquí a pies juntillas el esquema diseñado por Weber, planteamiento correcto, pero tal vez hubiese sido oportuno fijar el punto de atención también en la alta administración o en la dirección pública (senior civil service), algo que no trata en este libro.

La construcción de Weber, en efecto, se proyectó sobre la administración alemana, no sobre la estadounidense que este autor consideraba corrupta. En Prusia se construyó antes un Estado impersonal que un sistema democrático y eso, para el autor, es determinante. Sin embargo, el proceso de transición de una administración patrimonial a otra moderna duró casi dos siglos. Pero ya desde finales del siglo XVIII –como entre nosotros estudió tempranamente Alejandro Nieto- se introdujeron exámenes (y también exigencias de titulación) para la promoción y posteriormente para el acceso a la función pública. A pesar de los altibajos que se han producido en algunos momentos, “la política clientelista no se dio en Alemania”, al menos en los términos que se verán en otros países. Es cierto que Fukuyama presta poca o ninguna atención al “paréntesis nazi”. Tal vez allí algunas objeciones habría que plantear a su tesis, aunque no se trató de clientelismo en el sentido estricto del término, sino de algo más grave: la “totalización” de la propia Administración Pública.

Las perversas consecuencias del clientelismo se analizan en dos casos: Grecia e Italia. Dos países que forman parte de la Unión Europea ofrecen dos (malos) ejemplos de clientelismo, que muestran de forma precisa que este no solo es un fenómeno de países del tercer mundo. La selección de estos dos casos de patología clientelar no abarca, en principio, a España. La razón estriba en que, según Fukuyama, Francia y España fueron dos ejemplos de construcción de un Estado “centralizado” (o de una administración pública) a través de un “absolutismo relativo” durante el Antiguo Régimen que tuvo continuidad en el siglo XIX, reforzándose el papel de las estructuras administrativas, algo correcto en el caso francés, pero mucho más discutible en nuestro caso. El tránsito de la venta de oficios públicos a la administración profesional no fue fácil. La profesionalización de la función pública francesa tiene algunos precedentes en el Antiguo Régimen (cuerpos de ingenieros), comienza su asentamiento con Napoleón (Consejo de estado), pero tarda en consolidarse buena parte del siglo XIX. El caso de España es diferente, la profesionalización de la función pública (salvo algunos cuerpos especiales) es muy tardía, pues no se alcanza hasta bien entrado el siglo XX (1918), cuando los empleados públicos adquieren el estatus de inamovilidad. Ese retraso tendrá consecuencias trascendentales, sin duda, sobre la implantación de una política caciquil primero y luego de clientelismo, que atraviesa con mayor intensidad buena parte de nuestra historia reciente hasta llegar a la actualidad.

La tesis de Fukuyama es que Grecia e Italia, por el contrario, no desarrollaron administraciones modernas antes de convertirse en democracias electorales (algo que se repetirá también en el caso estadounidense). El resultado está a la vista: una incapacidad crónica para controlar el empleo público, un clientelismo extendido, así como una desconfianza social en la administración pública a la que se une una mala calidad de la administración. En el caso de Grecia expone cómo los partidos (especialmente ND y PASOK) han llevado a cabo “una ampliación de una forma de clientelismo más sofisticada” y asimismo no prestaron ninguna atención a la calidad democrática del gobierno. Eso pareció importar muy poco hasta la llegada de la crisis del euro en 2009. El resultado es un país roto.

En Italia la construcción del Estado es tardía asimismo. Durante los años 1860 a 1922 el sistema de clientelismo (patrocinio) tuvo efectos devastadores (algo similar ocurrió en España: ver, por ejemplo, nuestro trabajo “España: un país sin frenos” https://rafaeljimenezasensio.com/lecturas-y-citas/). La tensión Norte-Sur ha sido sin duda un factor importante en ese retraso en la construcción de un Estado impersonal, pero la “cultura del favoritismo político” se prolongó y asentó tras la Segunda Guerra Mundial y es un problema en absoluto del todo solventado. En ambos países, según el autor, “los gobiernos se convirtieron en fuentes de patrocinio y, posteriormente, de clientelismo descarado a medida que los sistemas se democratizaban y pasaban a la participación política masiva” (p. 173). Algo que también ha sucedido en España, aunque la intensidad (al menos de la presencia de la corrupción sistémica en la Administración Pública en épocas recientes) no haya sido tan profunda en el nivel central de gobierno y en algunas Comunidades Autónomas, pero sí en otras y en el ámbito local.

Los casos del Reino Unido y de Estados Unidos son, ciertamente, pasajes de la obra de indudable interés y extraordinariamente tratados. Durante el siglo XIX ambos países tuvieron “sistemas de patrocinio” de igual o parecida intensidad a los de Grecia e Italia (o, incluso, de España). Sin embargo, ambos evolucionaron hacia administraciones profesionales, en el caso del Reino Unido de forma más rápida y en Estados Unidos a través de un proceso de mayor lentitud.

El origen del servicio civil británico, a partir del Informe Northcote-Trevelyan 1854, un documento de poco más de veinte páginas que representaba una ruptura con una cultura de patronazgo en la provisión de los empleos públicos, es excelentemente analizado, haciéndose eco el particular contexto (servicio civil de la India) y de los pasos que se hubieron de dar hasta su implantación definitiva. A partir de 1870, el Reino Unido ya disponía de una Administración impersonal, bastante antes de que se democratizara plenamente el país y ello sentó las bases de una Administración profesional que, sin apenas resquicios, respetaron todas las fuerzas políticas en liza.

El caso de Estados Unidos fue distinto, pues demuestra que sin perjuicio de que la sociedad estadounidense se estaba modernizando el clientelismo sobrevivió algunas décadas a ese proceso. A pesar de ser la cuna de un sistema constitucional de equilibrio de poderes ciertamente envidiable y ser asimismo un país que abogó de forma temprana, formalmente al menos, por la igualdad electoral (al menos de los varones blancos), así como caracterizado “por la calidad del liderazgo político de la fundación”, Estados Unidos “inventó” el clientelismo (o lo que se conoce como el spoils system) en la época del Presidente Jackson a través de la “doctrina del sencillez del trabajo (administrativo), que es tan simple y sencillo que cualquier hombre inteligente podía desempeñar. Un dato muy conocido. Menos quizás es la tesis que mantiene Fukuyama: “Sin embargo, según la terminología que hemos usado anteriormente –concluye, el gobierno de los Estados Unidos durante el período comprendido entre 1789 y 1828 era propiamente un sistema de patrocinio”. Frente a la tesis de un Ejecutivo enérgico de Hamilton, se impuso la concepción de Jefferson de una administración limitada y cuyos puestos se proveían entre notables de modo discrecional. No es extraño así que el propio Lincoln muchas décadas después se quejara amargamente “del interminable flujo de buscadores de cargos con el que tenía que tratar”.

Ese clientelismo era particularmente acusado en el ámbito local de gobierno. Y el final (o el comienzo del final) de ese “sistema de expolio” (o como lo denomina el traductor “del sistema de enchufes”) se produjo a partir de la aprobación de la Pendleton Act de 1883, aprobada en un contexto complejo tras el asesinato del recién elegido Presidente Garfield en 1881 por un aspirante a un empleo público (cuestión tratada de forma excelente por el profesor Víctor Lapuente en alguno de sus escritos). Pero la implantación real del sistema de mérito tardó en llegar. Hizo falta un movimiento ciudadano importante, así como no poco empuje intelectual y político para que la función pública se profesionalizase y la integridad profesional de sus miembros fuera una nota distintiva. Ese desmantelamiento gradual del spoils system dio como resultado –en palabras de Fukuyama- que Estados Unidos no haya tenido hasta la actualidad “un Estado de alta calidad como el que existe en otras democracias ricas como Alemania o Suecia”.

De ese proceso el autor extrae una serie de lecciones aplicables a cualquier país que pretenda reducir el clientelismo y apostar por la profesionalización de la Administración Pública (por tanto, también interesantes para España), que sucintamente son: 1ª) El proceso de reforma (de la Administración) es profundamente político, no técnico; 2ª) La coalición política a favor de la reforma tiene que basarse en grupos que no tienen demasiadas implicaciones en el sistema existente; 3ª) La ideas son decisivas y el debate público acerca de la base moral del empleo público es un aspecto crítico; 4ª) la reforma requiere mucho tiempo y se beneficia siempre de un liderazgo fuerte; y 5ª) Los sindicatos en el sector público se han convertido en parte de una élite que utiliza el sistema político para proteger sus propios intereses, bloquean las reformas y contribuyen a la decadencia política. Un aspecto este último («la decadencia políttica») que será objeto de un último comentario a esta importantísima obra. Allí me remito.

EL BUEN GOBIERNO EN LA «DEMOCRACIA DE EJERCICIO»

EL BUEN GOBIERNO EN LA «DEMOCRACIA DE EJERCICIO»

(A propósito del libro de Pierre Rosanvallon, Le bon gouvernment, Seuil, París, 2015)

“Ce à quoi renvoi la notion même de démocratie d’exercise dont la mise en oeuvre constitue pour cela le coeur de la nouvelle révolution démocratique à accomplir” (P. Rosanvallon, p. 391)

Cuando ya se ha certificado por parte de Pierre Rosanvallon que la “democracia representativa” ha dado paso a una “democracia ejecutiva” (condicionada ahora fuertemente por una «democracia de ejercicio», aún por construir), irrumpe con fuerza entre nosotros la idea de que el Parlamento se ha revitalizado como actor institucional principal tras las elecciones legislativas del 20-D. En verdad, lo único que se ha “revitalizado” en nuestro caso es la multiplicación de la partidocracia y la fragmentación de la representación. Veremos qué resultados da semejante fotografía electoral en términos de buen (o mal) gobierno.

Dejemos de lado nuestra realidad, volvamos la mirada al libro y a su autor. Quienes gobiernen o aspiren a hacerlo deberían leer esta importante obra. Rosanvallon se adentra –como bien señala- en un ámbito de análisis poco estudiado desde la dimensión político-constitucional, por las inherentes dificultades de acotar sus múltiples funciones: el Poder Ejecutivo y el Gobierno como centro de atención de este.

La sacralización de la Ley y el papel predominante del Parlamento en el falsamente enunciado principio de separación de poderes durante la Revolución Francesa, marcaron el inicio de lo que el autor denomina “una historia problemática del Poder Ejecutivo”. En sus inicios predominó la idea-fuerza de crear un “poder ejecutivo sin cabeza” como brazo de la Asamblea, luego se transito por la fórmula del “directorio” o del “triunvirato”, pero al final se impuso el Primer Cónsul y luego el Imperio. Napoleón Bonaparte lo explicitó de forma diáfana: “Había una fatiga de Asambleas”. Luego, tras la caída de Napoleón, retornó el vigor parlamentario y la debilidad de un Ejecutivo que no terminaba de encontrar su sitio. Las cosas eran distintas en Inglaterra y también lo fueron con el paso del tiempo en Estados Unidos.

La cuestión cambia radicalmente con la extensión del campo de la acción pública y el declive de la Ley (y la irrupción en escena de la legislación de excepción). Las misiones del Estado se multiplican y el Gobierno comienza a adquirir un protagonismo estelar en el panorama institucional. Surgen, como señala Rosanvallon, las “dos tentaciones” para hacer frente a ese desbordamiento funcional y a la democracia de masas: por un lado, la visión tecnocrática o despolitizada del Ejecutivo; por otro, la autonomización de ese poder mediante el uso sistemático del “estado de excepción” (la cita de Schmitt aquí es obligada). Algo de todo eso emerge en los últimos años.

En todo caso, superadas tras grandes dificultades y dos guerras mundiales esas dos tentaciones, la impronta presidencialista de las democracias occidentales (sea esta republicana o de canciller) ya fue imparable, aunque hubo momentos de paréntesis o duda.

A partir de entonces se impone lo que el autor denomina como la democracia de apropiación: la relación entre gobernantes y gobernados (a diferencia de la existente entre representantes y representados) muestra una clara asimetría estructural. La ciudadanía participa de forma intermitente en unos procesos electorales que han sido calificados de “democracia furtiva”, pero deploran el mal gobierno o el uso partidista de este. Exigen, cada vez más, “la calidad democrática del Gobierno”. Y ello a través de tres cauces: “lisibilité” (es decir, algo que puede ser descifrado con facilidad, lo que se relaciona con la visibilidad, pero sobre todo con el derecho a saber y la rendición de cuentas), responsabilidad (entendida no solo como “responsabilidad política” ante el Parlamento, sino especialmente como “responsabilidad de los gobernantes de explicar sus actos y actuaciones); y, en fin, reactividad (la escucha activa y la democracia interactiva como medio de superar “la falta de receptividad de los gobernantes y una expresión de ciudadanía atrofiada”).

Para enterrar esa asentada desconfianza de la ciudadanía en sus instituciones, el autor se adentra en la parte final del libro en lo que denomina Democracia de confianza, uno de cuyos pilares básicos es el Buen Gobierno. Y en esa reflexión recupera “la importancia de las personas”, o si se prefiere “la calidad de los actores del mundo político” en el asentamiento definitivo de esa idea-fuerza de Buen Gobierno y en el fortalecimiento de esa institución invisible que es la confianza. Es el retorno, sin duda, al talento y a las virtudes del gobernante, que ensalzara en su día –entre otros muchos- Adam Smith al definir al “gran estadista” como persona que reúne “la mejor cabeza unida al mejor corazón” (Teoría de los sentimientos morales, Alianza Editorial).

Rosanvallon defiende, así, el retorno a la sinceridad y la autenticidad en la comunicación política por parte de los gobernantes (“parler vrai”), para evitar que la “palabra pública (discurso público)” siga siendo –como dijo el propio Manuel Valls- “una lengua muerta”. Sin credibilidad ni aceptación.

La calidad de los actores públicos, sin embargo, descansa sobre todo en la integridad. La exigencia de la integridad de los gobernantes se ha instalado en el mundo occidental como cortafuegos frente a la corrupción y el descrédito institucional que conlleva. La legitimidad institucional se desmorona si no se practica realmente la integridad por nuestros gobernantes. Las instituciones para garantizar la integridad son instituciones de prevención. La República francesa ha visto en los últimos años multiplicarse esas soluciones institucionales a partir de los Informes “Jospin” (2012) y “Nadal” (2015), que el propio autor cita. En otros lugares apenas ni se han enterado.

Y a todo lo anterior se une el imperativo de la transparencia. Se analizan tres manifestaciones de la transparencia (utopía, ideología e instrumental). La dimensión instrumental de la transparencia no solo es una técnica de control preventivo, sino también “una forma de ejercicio de un poder ciudadano”. “La transparencia por la integridad –a juicio del autor- se ha convertido en una de las formas de la soberanía del pueblo”. Enriquece el papel del ciudadano, que ya no se limita a votar cada cierto período de tiempo, sino que puede ejercer continuamente el control del poder. Hay, tal vez, un punto de sobreestimación del papel de la Transparencia, que anuda el autor a la creación en 2013 de la Alta Autoridad de la Transparencia en la Vida Pública y a la exposición de una innumerable cantidad de información pública (actividades y patrimonio) de más de nueve mil cargos públicos de la República francesa.

Asimismo, en un breve capítulo conclusivo, ensaya incluso cuáles deberían ser las instituciones (constitucionalizando algunas de ellas) que una auténtica democracia de ejercicio debería tener. Sugerente propuesta, que deja inacabada. Anuncia, no obstante, un nuevo libro. Habrá que estar atentos a su salida.

Cabe concluir que Le bon gouvernement es una de las obras de ensayo político-constitucional más importantes que se han escrito en los últimos años. Algunas de las ideas-fuerza que allí se contienen las trato –obviamente con un enfoque y alcance distinto, así como también mucho más modesto- en un libro que aparecerá publicado próximamente: Los frenos del poder. Separación de poderes y control de las instituciones. Su última versión, previa a remitirla a imprenta, se ha visto enriquecida, sin duda, por muchas de las aportaciones recogidas en el último libro de este gran ensayista. Gracias, por tanto, a Pierre Rosanvallon por su extraordinaria lucidez.

UN ALCALDE NADA EJEMPLAR

UN ALCALDE NADA «EJEMPLAR»

“Un mero particular puede disfrutar de la oscuridad en la que vive (…) pero un ministro que peca contra la probidad tantos testigos y tantos jueces tiene cuantas son las gentes que gobierna. (…) No es el mayor mal que puede hacer un ministro sin probidad el no servir a su príncipe y arruinar al pueblo, otro perjuicio ocasiona mil veces en mi entender más grave, que es el mal ejemplo que da”

(Montesquieu, Cartas Persas, Tecnos, Madrid, 1986)

“El político se esforzará por crearse una imagen atractiva, pero a la postre lo que cuenta en él es que ‘predique con el ejemplo’, puesto que, en el ámbito moral, sólo el ejemplo ‘predica’ de modo convincente, no las promesas ni los discursos (…)”

(Javier Gomá, Ejemplaridad pública, Taurus, 2009)

Acabo de regresar de una estancia en Colombia invitado por FIIAP y el Gobierno de ese país. Mi estancia allí tenía por objeto revisar los Códigos de Ética Pública de las entidades de la Administración Pública. Digo esto para evitar toda confusión. Nada más aterrizar he visto, entre perplejo e irritado, una serie de vídeos que circulan en la redes sociales sobre la peculiar forma de «conducir» los plenos del ayuntamiento de Cartagena que lleva a cabo su alcalde, cuyo nombre ni siquiera he memorizado (http://www.lasexta.com/noticias/nacional/video-muestra-violencia-verbal-alcalde-cartagena-oposicion_2015120100180.html). No me interesa la persona. Lo importante es el caso. Obviamente, hablo de la ciudad de Cartagena de la Región de Murcia y no de la ciudad colombiana. Quede claro.

En la actitud nada edificante de ese alcalde hay, al menos, dos problemas. Uno institucional y otro ético o de conducta. Sobre el institucional no me detendré, pero no deja de ser pintoresco que quien debe ser sujeto de control político por el Pleno sea a su vez presidente del mismo y, por tanto, de la conducción de los debates en la asamblea. Eso lo pretendió corregir la reforma local de 2003 para los municipios de gran población, permitiendo que el alcalde delegara en otro concejal la dirección de los plenos. Pero fue una reforma blanda.

Cartagena, aún siendo municipio de gran población, no ha hecho uso de esa opción. Su alcalde prefiere dirigir con «mano de hierro» unos debates que manipula como le viene a su antojo. Desgraciadamente no es el único alcalde que hace eso, es una tendencia muy extendida cuando se entrega la «vara de mando» a quien no sabe usarla. Su desgracia es que su pésima forma de actuar ha sido ampliamente difundida por las redes sociales e Internet. Algunos no se han enterado ni en que época viven.

Más importante es en este caso la quiebra ética e institucional que este alcalde comete un día sí y otro también cuando «dirige» los plenos de la institución. Su analfabetismo institucional es clamoroso, al que se une una mala educación insólita en un gobernante. Vayamos por partes.

Ese alcalde (y presumo que muchos otros) no sabe desarrollar la competencia institucional básica de cualquier gobernante: representar dignamente a la institución. No solo mancha su reputación (en este caso un tema relativamente indiferente, pues es problema suyo), sino la de la institución (y la del conjunto de la ciudadanía) a la que debe representar. Aspecto mucho más grave. Su comportamiento sectario evoca una pésima comprensión de su rol institucional de alcalde: sólo representa «a los suyos», e intuyo que muchos de los «suyos» (al menos, los electores) estarán avergonzados y arrepentidos de haberle votado. Yo al menos lo estaría de haberlo hecho. No sé si lo estarán quienes le apoyan. Problema suyo, una vez más.

Pero, además, uno de los fallos centrales en los que incurre ese sujeto es, sin duda, la incomprensión absoluta de que como Alcalde debe actuar con «ejemplaridad», pues le guste más o le agrade menos su figura y su forma de actuar es el espejo en el que los ciudadanos ven a su propio ayuntamiento. Y lo que observan en ese espejo roto es una imagen deplorable de la institución, un deterioro de la reputación del ayuntamiento y una afectación grave a «la marca ciudad», tan importante en estos momentos. Asimismo, su «despótica conducción» de los plenos afecta radicalmente al partido que le incluyó en sus listas, a su marca y a su propia credibilidad.

Alguna persona que ha visto esos vídeos, votante de ese partido, me ha confesado que ya no volverá a votarle. Que sentía vergüenza de haberlo hecho. He procurado atenuar su ira diciendo que no es culpable el partido, sino la persona. Y, además, ni a ella le votó (pues no era de ese municipio) ni tendrá que plantearse el dilema moral de votarla de nuevo. Pero siendo esto cierto también lo es que el partido no puede mirar hacia otro lado, pues el tema es grave, más aún cuando esa difusión se ha hecho (en política todo vale) en período electoral. Que es una difusión interesada (del PP, al parecer), no cabe la menor duda. Pero que es real, tampoco.

Es obvio que ese alcalde no acredita las virtudes públicas  que debe poseer cualquier buen gobernante. Tema estudiado atentamente en su día por Victoria Camps. La templanza no es su fuerte y la prudencia menos. Su sentido de la justicia equivocado y su valentía disfrazada de aires superfluos de una superioridad inexistente. Más bien sus (malas) conductas delatan, de forma querida o no, cierta o no cierta, a un pigmeo moral.

Igualmente grave es la afectación a los valores básicos en los que el ejercicio de la política local se debe desarrollar. Sin duda, ese alcalde «olvidó» lo que es el valor de la «representación digna de la institución», mancilló la «ejemplaridad» y desconoció por completo lo que es el «respeto institucional (y personal) básico» en el ejercicio de su importante función. Su actuar chabacano, en no pocos pasajes cargado de chulería y de una educación igualmente deplorable, trasladan una imagen institucional que afecta a Cartagena y a la respetable ciudadanía de ese municipio. Lo que haga él con su vida, importa un comino. Lo realmente relevante es que esa falta reiterada y constante de probidad en el ejercicio se su cargo, es un mal ejemplo para la ciudadanía y erosiona gravemente la confianza en las instituciones. Intangible básico para que los ciudadanos sigamos creyendo en ellas. Tema serio donde los haya. El desprestigio institucional y de la política solo hace que ahondarse con semejantes «malos ejemplos».

Llegados a ese punto solo cabe concluir. Ese Alcalde (y cualquier otro que haga lo mismo) debe ser reprendido por su pésima conducta en el ejercicio de sus funciones. No se si Cartagena ha aprobado el Código de Buen Gobierno de la FEMP o si dispone de otro Código de Ética o de conducta. Pero si no tiene construido un marco de integridad (Comisión de Ética o Comisionado) como el que existe ya en algunos ayuntamientos (Bilbao, recientemente), ese código es un brindis al sol. De existir, la conducta debería ser inmediatamente corregida. La era de los caciques locales hace mucho que terminó, aunque algunos tampoco se hayan enterado de esto.

En cualquier caso, su partido no puede seguir mirando para otro lado. Es importante que actúe. Que reprendan públicamente esa actitud y obliguen a ese alcalde a una rectificación radical de su conducta. Tienen poco tiempo. El día 20 hay una importante cita con las urnas. Y la ética, como recordaba Adela Cortina, no es cosmética. Ambos, partido y cargo representativo, deben una rectificación creíble  a la ciudadanía y al resto de los representantes municipales. El reloj corre en contra. El daño está hecho, pero de los errores también se aprende sobre todo si el perdón y la corrección son sinceros. La rendición de cuentas también es eso. No sé si algunos son capaces de percibir tales matices en época de brocha gorda.

EXCESO DE POLÍTICA, DÉFICIT DE GESTIÓN

“Se equivocan aquellos que piensan que la historia es un interruptor” (Alberto Barrera)

“Importan lo pequeño, las reformas, los cambios, no los grandes proyectos globales de perfección absoluta”

(Rafael del Águila, Crítica de las Ideologías. El peligro de los ideales, Tecnos, 2008, p. 179)

El año 2015 será recordado por la entronización de la política. Por un exceso o borrachera de política. Cuatro procesos electorales han retroalimentado ese exceso. Hemos llegado a la conclusión, por activa o por pasiva, que todos los problemas que tenemos se resuelven con un volantazo, con un cambio radical de política. Todo son grandes remedios para pequeños o grandes males. Nadie repara que los grandes males solo se resuelven con pequeños, pero constantes remedios. Con buena gobernanza, con buena gestión. Que es buena política.

La “politización” de la sociedad española comenzó hace algún tiempo. Tal como recordaba Julían Marías, esa politización ha simplificado lo real, hasta transformarlo en «meros rótulos o etiquetas». A ello ha contribuido una política espectáculo, deplorable como ejemplo para una ciudadanía responsable, auspiciada por algunos medios de comunicación, periodistas inquisitoriales y “debates” encastillados o vacuas “deliberaciones de frontón”. También se ha alimentado de nuevos iconos que, bajo la pátina de una aparente novedad y juventud, dicen (pero no hacen) que van a cambiar los modos de hacer política. También a todo lo anterior se suma el derrumbamiento del sistema institucional y el cuestionamiento de los partidos tradicionales, con liderazgos debilitados e incluso insignificantes. El remate, lo ha dado la “cuestión catalana”, donde la política travestida de independentismo es la redención absoluta de todos los males. Una sociedad laica donde las haya ha redescubierto una nueva religión, que hasta ahora multiplica adeptos.

Pero esa entronización absolutista de la política esconde la impotencia para resolver de forma razonable y cabal los innumerables problemas que nos aquejan. La buena gestión de los asuntos públicos es algo que no interesa a esa política de “cosmovisión” –como la denominó acertadamente Víctor Lapuente. Lo importante es decir que vamos a hacer política, lo adjetivo es cómo, con qué recursos y a través de qué medios. Ahora todos prometen soluciones mágicas como si fueran prestidigitadores. Unos se desdicen de lo que hicieron o dijeron. Otros pretenden embaucarnos con promesas inalcanzables y a todas luces imposibles. Y los hay que quieren “recrearlo” todo o buena parte. Adanismo constitucional. Como si de la Constitución pendieran todos nuestros males. ¡Cuánta ignorancia! Nos tratan como estúpidos.

El Gobierno central lleva tiempo confundiendo gobernar con legislar (o con manchar el BOE de leyes y decretos-leyes). Desprecio absoluto a la gestión. La “brigada Aranzadi” -como así la acuñó felizmente Enric Juliana- gobierna y dirige las riendas de la Administración Pública con un desdén a la buena gestión pública y un desconocimiento absoluto de lo que es la gobernanza (no está en los temarios de oposiciones). Para ese escuadrón de Abogados del Estado y otros altos funcionarios que ahora nos gobiernan, la “Ley” es el único referente. La única guía. El único faro.

Nadie en su sano juicio pondrá en duda la importancia del Estado Constitucional de Derecho y el cumplimiento de la Ley. Donde aquel desfallece, ningún sistema democrático crecerá a su alrededor. Será pura apariencia. Pero eso es un presupuesto básico para hacer política, no la política misma. Quien así razona, yerra. Y están por ver aún las trascendentales consecuencias que tendrá para España (algunas ya son muy visibles) haber dejado las riendas de la política a altos funcionarios que poco o nada saben de aquella, como también haber entregado la dirección pública a quienes son profesionales de la función pública, pero absolutos profanos en el arte de dirigir organizaciones y personas.

Por su parte, los Gobiernos autonómicos están, en su mayor parte, recomponiendo su guión político. Tejer y destejer tras un proceso electoral. Cambiar siglas, cambiar caras, cambiar políticas. La política entendida como interruptor, como reza la cita del inicio: cada nuevo gobierno apaga la luz de todas las habitaciones (de lo hecho hasta entonces) y comienza a iluminarlas de nuevo con su nueva luz, que en nada se parece a la anterior (o, al menos, eso quieren hacernos creer). Política sectaria de letales consecuencias. Organizaciones sin memoria ni continuidad. Organizaciones estúpidas.

Ya se sabe, los seis últimos meses de mandato no se gobierna. Y los seis primeros se comienza a pergeñar lo que se hará en ese nuevo mandato. Además, con los importantes cambios habidos y, si no, con los gobiernos en minoría que hay, la inmensa mayoría de las Comunidades Autónomas tendrán (ya están teniendo) una gobernabilidad compleja. Inactividad o inoperancia. Por no decir un escenario más que probable de ingobernabilidad. La política de chalaneo, de la ocurrencia o la precariedad de los gobiernos, serán la regla. Medidas de política pantalla, que nada arreglan, salvo una comunicación instantánea. Leyes que -como decia Bismarck- se transforman en salchichas, tras su paso por un Parlamento cuarteado donde todos meten mano. En ese escenario la buena gestión no cuenta. Está amortizada. A no ser que algún gobierno vislumbre la importancia que tiene. Será un visionario. Y tendrá resultados, a poco que se empeñe.

Eso es algo que, al menos, está intentado hacer el Gobierno Vasco y otras instituciones vascas, en menor medida el gallego, no acuciados de momento por las apreturas electorales, que llegarán el año próximo. En el ámbito vasco la apuesta por la buena gobernanza o la gestión avanzada se vende al menos como hoja de ruta. La ciudadanía inteligente valora mucho la buena gestión de los asuntos y servicios públicos. Eso tiene premio. La mala gestión. castigo. Véanse, si no, los resultados de mayo de 2015 en Euskadi. Algunos, creo, han aprendido la lección, aunque el aprendizaje haya sido caro.

En Cataluña esa alternativa, al parecer, no computa: la política existencial ha ahogado el gobierno, hasta hacerlo superfluo. Sorprende cómo en los últimos años un sector público referente en gestión pública se haya transformado en un alumno torpe y desfasado. Desconocido. De los últimos de clase. Ya no hay administración pública ni pulso innovador desde hace más de un año. Y eso se contagia a las demás instituciones del país. Se reproduce el caso belga, pero en este país había al menos una dirección pública profesional que amortiguó el vacío de gobierno. Se gobierna con hechos, no con palabras ni con promesas de paraísos en la tierra. Con buena gobernanza y gestión. Estas refuerzan la identidad y suman adeptos. Quien no lo vea es ciego, sea de lo que fuere. Lo contrario no es una opción gratuita, sino de altos costes. Ya se irán dando cuenta. Los liderazgos corales y asamblearios, sirven para lo que sirven, para todo menos para gobernar eficientemente. Lean algo de la Revolución francesa y de sus directorios. Está todo inventado, aunque algunos descubran la pólvora a cada paso que dan.

En los gobiernos locales el vuelco también ha sido considerable. La precariedad de las mayorías la regla. Se ganó por la “gran política” o la política grandilocuente y se sigue gobernando del mismo modo. Hasta que no dé más de sí, que será pronto. La apuesta por la por la buena gobernanza es algo nada o poco visible en el nivel local. Aún así, todavía en pocos sitios, alguna cosa se mueve. En los demás, cuando los equipos de gobierno se empiecen a enterar se les habrá “pasado el arroz” (acabado el mandato). Y serán sacados a patadas por los votos de los ciudadanos en las próximas elecciones. Se les ha llamado para que resuelvan problemas, no para que los creen. La retórica de la política surte efectos en un primer momento, luego se desvanece, pues nada real ofrece. El entusiasmo en política es fruto perecedero.

El exceso de política invade nuestra realidad cotidiana e inmediata. La fragmentación política y la ineptitud de la política para alcanzar acuerdos transversales, si no se corrige (al menos esta última), conducirán al fracaso inmediato de la propia política. La sobredemanda ciudadana hacia la política (nutrida por ella misma) no augura nada bueno. Quienes lleguen al poder poco o nada podrán hacer. Retornemos de nuevo a Julián Marías, pues se advierte en el horizonte (en muchos sitios ya lo hay) un «parlamentarismo excesivo que impide a un poder ejecutivo fuerte enfrentarse con los problemas». Preludio de algo. De nada bueno.

Ninguna de las fuerza políticas en liza en las próximas elecciones generales propone nada mínimamente serio en relación con una política de buena gobernanza, con la profesionalización de la alta administración o con la renovación moral del sector público. Tampoco hablan de adaptar la desvencijada función pública a las necesidades del momento o de alinear correctamente la máquina administrativa con la propia política (algo que exige como premisa despolitizar la Administración Pública y las instituciones reguladoras, frenar el poder del corporativismo y rediseñar las relaciones laborales en el sector público).

Son, entre otros muchos, temas incómodos que no dan votos. El gran problema de la política actual -como bien señalaba Innerarity- es que invierte casi todo en ganar elecciones y nada o apenas nada en gobernar. Cuando llegan al poder no saben qué hacer con él. Prometieron mucho, pueden cumplir poco y se encuentran desorientados pilotando máquinas desgastadas, desmotivadas, inadaptadas y abandonadas, que nadie arregla, pues para esa legión de ignorantes eso no es hacer política. Gobernar en esas condiciones es tarea hercúlea, condenada en cualquier caso al más estrepitoso de los fracasos o, en el mejor de los supuestos, dirigida a salvar los muebles. Tiempo perdido, política fracasada. Augura, más tarde o más temprano, cambios. La mala gestión también acaba con los gobiernos. Afortunadamente, la democracia funciona, aunque implique en no pocas ocasiones experimentar fracasos y acumular decepciones.

LA “BUENA” POLÍTICA: CUATRO ENSAYOS

“Para que un Estado pueda mantenerse, sus asuntos públicos deben estar organizados de tal modo que quienes los administran, tanto si se guían por la razón como por la pasión, no puedan sentirse inducidos a ser desleales o a actuar de mala fe”

(Spinoza, Tratado Político”, Alianza Editorial, 1986, p. 82)

En un año plagado de convocatorias electorales, todas ellas importantes y algunas existenciales, es obvio que hoy en día tenemos –como afirmó Julián Marías- un “exceso de política”, lo cual no es ningún dato positivo. Y menos aún lo es cuando ese exceso de política viene acompañado por una “mala política” y por un déficit clamoroso de gobierno en algunos casos, así como deficiente en no pocos. Todos quieren ganar las elecciones y nadie sabe muy bien luego qué hacer con el poder conquistado, aparte de colocar a los suyos. Como si eso de gobernar fuera cosa adjetiva. Debería ser el centro de la actividad política. Pero aquí se sigue entendiendo la política en clave exclusiva de “ganar elecciones” y “repartir prebendas”.

Por eso se agradece que, con una relativa coincidencia en el tiempo, se hayan publicado cuatro ensayos cuyo punto en común es reivindicar la “buena política” y el “mejor gobierno” como único medio de salir de ese complejo atolladero en el que las sociedades occidentales se encuentran. Mucho más serio es aún el marco en el que se desarrolla la política en España, donde los problemas son tan ingentes, la mirada política tan pobre y los gobiernos están tan desorientados, que la “buena política” y el “mejor gobierno” son más necesarios que nunca.

Cuatro ensayos cuya lectura se recomienda, sobre todo a aquellos que ejercen la actividad política o pretenden ejercerla. También a quienes la estudian o están interesados por ella. Cabe sugerir a nuestros políticos que “pierdan (algo) el tiempo” leyendo, para así decir cosas sensatas en sus mítines e intervenciones públicas (y no impregnarse de una retórica que insulta a la inteligencia) o para ejercer las tareas de gobernación con tino y juicio. Estos cuatro libros les ayudarán a tener mirada estratégica y a no volar –como decía Pepe Mujica- como las perdices, cortito y rápido.

El primer ensayo, publicado en 2014, es un libro aparentemente divulgativo, pero no menos profundo (David Runciman, Política, Turner 2014). Ruciman, profesor de la Universidad de Cambridge, inicia su relato con una comparación entre Dinamarca y Siria: ¿dónde preferiría usted vivir? Escrito mucho antes de la actual tragedia de los refugiados sirios, el autor parte de que lo que diferencia a uno u otro país es la política y el control de esta. Donde no hay buena política ni control efectivo de las instituciones, los países no funcionan. Con apoyo en Hobbes, pero también en Weber y Constant, Runciman describe magistralmente en qué consiste la política, pero también lo que no debe ser: “La política no puede consistir en largos períodos de indiferencia salpicados de breves arrebatos de furia”. La política es una actividad que requiere capacidades complejas de acreditar, que no todos poseen, ni siquiera aquellos que son “profesionales de la política”, menos aún quienes pretenden serlo. Conseguir que funcione la política, además, es algo muy difícil. La “mala política” se contagia fácil. Pero la política, la buena política, es más necesaria hoy que nunca. Así afirma: “Las sociedades incapaces de adaptarse a los desafíos a los que se enfrentan acaban desintegrándose”. Como bien sentencia este autor: “contar con que el precipicio está lejos es propio de políticas suicidas”. “La política –concluye- todavía importa”.

El ensayo de John Micklethwait y Adrian Wooldridge (La cuarta revolución. La carrera para reinventar el Estado, Galaxia Gutenberg, 2015), tiene una factura diferente. No es tanto un libro de política como de “mejor gobierno” o de “buena gobernanza”. Uno de los déficit más relevantes y escandalosos de los gobiernos de nuestro entorno. Compara también la situación de los países occidentales (Estados Unidos y Europa) con potencias emergentes como China o el modelo de Singapur. La crisis de los Estados occidentales solo puede resolverse cabalmente a través de “hacer gobierno de una manera mejor”. Es la cuarta revolución pendiente: “Los países que puedan dotarse de ‘buena gobernanza’ tendrán muchas más posibilidades de proporcionar a sus ciudadanos niveles de vida decentes. Aquellos que no puedan hacerlo, estarán condenados a la decadencia y la disfunción”. La política se ha convertido en muchos países occidentales en una suerte de “entretenimiento cómico”. Se polariza de forma irresponsable, haciendo cada vez más difícil la gobernación. El poder se fragmenta y los gobiernos de coalición se convierten en regla (véase asimismo el importante libro de Moisés Naim, El fin del poder, Debate, 2013). El diagnóstico es impecable, otra cosa son las soluciones que se proponen. Se puede compartir plenamente que “una mejor gestión y el uso inteligente de la tecnología” harán avanzar a los países occidentales, lo contrario no. La orientación neoliberal de los autores (no en vano son periodistas cualificados del semanario The Economist) les conducen a apostar por un menor Estado que sea más eficiente, en lógica con la sobredemanda que los Estados actuales soportan y las imposibilidades financieras de atenderlas. El secreto está –a su juicio- en “reinventar el Estado”, reformar la democracia y las actitudes políticas: limitar el gobierno, mediante formas efectivas de control, así como no desatar las pasiones humanas, sino controlarlas. En ello está el secreto del buen gobierno.

Daniel Innerarity ha publicado recientemente un libro imprescindible para evaluar la importancia que tiene la política en nuestros días, o mejor dicho la “buena política” (La política en tiempos de indignación, Galaxia Gutemberg, 2015). Desde un enfoque filosófico, pero en nada alejado de lo práctico, con un lenguaje accesible, Innerarity adopta una posición valiente de defensa de la política y de su necesidad en nuestros días, frente al linchamiento colectivo que en algunos casos se produce. Un libro plagado de ideas-fuerza de las que solo puedo retener aquí unas pocas. La singularidad de la actividad política, basada en la praxis, así como el tiempo político o el discurso político, dejan paso a un interesante análisis de las emociones en la política y al criticable papel del populismo, que ha irrumpido en la escena europea y también española: “El populismo es precisamente una reacción a la falta de política”. Transcendental es la opinión del autor sobre el papel de la política: “la búsqueda de espacios de encuentro, el compromiso y la implicación de otros”. Rechaza los planteamientos binarios, tan al uso en nuestra política de baja calidad y de pésimos resultados. Lleva a cabo una defensa, asimismo muy cabal y razonable, de las instituciones de la democracia representativa, mostrando las innumerables limitaciones que ofrecen las herramientas de participación directa, nunca sustitutivas de las anteriores. Se opone, por tanto, a esas “mentalidades antipolíticas, porque –sentencia- no hay política sin representación”. Aboga –y este es un punto importante- por un mayor y mejor control de la política. Tras una mirada escéptica hacia los resultados de la transparencia y del papel de moralizar la política, identifica genialmente dónde están los problemas actuales de la política: en su déficit estratégico. Los partidos piensan mucho en cómo hacerse con el poder y muy poco (o nada) en qué hacer con él cuando gobiernan. Vuelve la necesidad de “una gobernanza inteligente”, que ponga en el centro la acción de un mejor gobierno. Y termina con estas palabras: “Nunca vamos tan rápidos como cuando no sabemos a dónde vamos”. Así van buena parte de nuestros gobiernos, a la deriva.

Y, en fin, el cuarto ensayo que quiero comentar brevemente es el sugerente y también valiente libro de Víctor Lapuente (El retorno de los chamanes. Los charlatanes que amenazan el bien común y los profesionales que pueden salvarnos, Península, 2015). Tiene un enfoque muy distinto a los anteriores, pero asimismo no pocas coincidencias con los mensajes antes resaltados. Sin abandonar del todo el (transcendente) papel de las instituciones en el funcionamiento mejor o peor de un país, la tesis central del autor es la siguiente: “El éxito de las políticas es el resultado de cómo las discutimos. De cómo enmarcamos el debate de los problemas colectivos”. Una cuestión de “marco”. A partir de este presupuesto de partida, contrapone dos visiones y dos formas de hacer política. La primera es la de “los chamanes”, con una retórica de “cosmovisión” de la política, “una política grande” (o grandilocuente), “radical” (en el peor de los sentidos), cargada de tópicos, mensajes vacuos pero efectistas en su llegada al público, que toma el cielo (el poder) no por consenso sino por asalto y que luego, una vez huelen esas mieles del poder no saben qué hacer con él o, peor aún, llevan a cabo unas políticas ineficientes sin reforma alguna de las agotadas políticas incrementales, así como de las igualmente caducas estructuras burocráticas y de gestión. Grandes propuestas para ningún remedio. Una crítica durísima, pero acertada, del populismo y sus letales consecuencias, así como del modo de hacer política (y de formatearla en los medios) en algunos países mediterráneos (sin más señas). La segunda visión es la de los “exploradores”; un enfoque radicalmente diferente de la política: en este caso se opta por una retórica más abierta, pluralista y tolerante (y no excluyente como en el caso anterior), donde no se enfrentan ideales sino datos. Política pragmática, política que se basa en la razón, que “no es la antítesis de la emoción”. Una apuesta decida y convincente por la micro política, por la política eficiente, que da resultados tangibles y mejora la vida de la ciudadanía. Una política –aspecto nada menor- que se desarrolla en “un ambiente creativo donde los profesionales trabajando con, pero no para, los políticos- puedan desarrollar iniciativas propias basadas en su experiencia y conocimiento experto.

No cabe ser muy incisivo para identificar en qué países se lleva a cabo esa buena política a juicio del profesor de la Universidad de Gotemburgo (países nórdicos), frente a aquellos otros que estamos ahogados en la mala versión la política. Pero la esperanza remota que siempre nos queda es que, al igual que explicaba Runciman en el primer ensayo comentado, no siempre las cosas fueron así en aquellos países que ahora funcionan bien, como se explica en esas obras.

Siempre hay recorrido de mejora y trazado para mejorar la política y la gestión (el gobierno). Siempre, obviamente, que se sepa a dónde se quiere ir y se erradiquen esas malas o pésimas formas de hacer política. Siempre que haya liderazgo, una cualidad escasa o inexistente en estos convulsos momentos. No será fácil. Algunas cosas poco a poco y muy lentamente se están moviendo en esa línea de Buena Gobernanza (por ejemplo, en Euskadi; aunque todavía de forma muy incipiente). Menos pasos se están dando, por no decir ninguno, en la mejora de la política. No pocos gobernantes o aspirantes a serlo aún no se han enterado de por dónde va el mundo o, peor aún, no quieren enterarse, porque ello enterraría de una palada su pobre y aferrada concepción de la política como máquina de reparto. Problema de enorme seriedad, sobre el cual mejor no hacer broma alguna. Es algo que nos debería preocupar muchísimo (síntomas para preocuparse ya existen por doquier), sobre todo porque esa política irresponsable nos aproxima inconscientemente al precipicio. Que se tiren ellos, pero que no nos arrastren a nosotros. Solo la buena política nos salvará de la mala política. A ver si va apareciendo. El tiempo corre en contra.

EL DECLIVE DE LA FUNCIÓN PÚBLICA

“Desde el punto de vista de las personas que trabajan en la Administración Pública, toda motivación reside en la seguridad de “un empleo para toda la vida”. Esa motivación tiene el efecto de atraer a personas capaces y desaparece al día siguiente de haber obtenido la plaza por oposición” (Pascual Montañés Duato, “Inteligencia Política”, Prentice Hall, 2011, p. 126)

Tiempo costará calibrar cuáles han sido, entre nosotros, los impactos de la larga y profunda crisis fiscal sobre la institución de función pública. Para empezar, la pretendida emergencia de la nueva institución del “empleo público” ha terminado ahogándose antes de nacer. Los años de plomo se la han llevado por delante.

Se intuye que, en cualquier caso, la función pública ha envejecido hasta límites poco soportables estos últimos años. También se advierte que no incorpora talento joven ni espíritus emprendedores. Se airea la innovación pública y la moda electrónica en el sector público, pero todo eso apenas tapa la agonía en que la institución se encuentra. La política sigue corroyendo las vigas de la institución. Y los sindicatos hacen el resto. La función pública vuelve al viejo esquema dual (funcionarios/laborales) y se muestra –ante los ojos de la sociedad y de la política- como una institución débil. No tiene nadie que la defienda.

Politizada o corporativizada por la zona alta, ocupada por los sindicatos en sus estratos medios y bajos, la institución está en uno de sus peores momentos desde que fue creada. Su prestigio es más que dudoso. La sociedad mira con recelo aquello que goza de protección sublime y blindaje permanente. Fuera hace mucho frío. Y los de dentro, apenas parecen percibirlo. Están a lo suyo. Hasta que alguien, de nuevo, cuestione su existencia y su statu quo. No tardará.

Pero no ha sido solo la crisis. La función pública española lleva sin política de empleo público al menos desde 2007. Año en que se aprobó el EBEP y, nada más publicarse esa Ley nunca aplicada, su Ministro impulsor fue cesado por razones nunca cabalmente explicadas. A partir de entonces, se acabó lo que se daba. Lo que hizo hasta ese momento un gobierno de un color político nunca lo asumió el gobierno del mismo color político. Paradojas políticas que solo de miserias humanas entiende. Y los que vinieron después optaron por el duro ajuste y se olvidaron de las (necesarias) reformas. Se impuso una “racionalización” que escondía un recorte. Había que consolidar las cuentas públicas, pese a quien pese (siempre “pesa” a los mismos).

El EBEP, además, llegó en el peor momento. Como diría Julián Marías, propio de nuestro “desnivel” (España siempre se apunta a las reformas con 15 o 20 años de retraso), el Estatuto no solo llegó tarde, sino además llegó mal. Pero con ser eso serio, mucho más lo es que nadie se lo creyó. Las grandes líneas de reforma que entonces el EBEP pretendía impulsar, al menos como línea de tendencia, se han quedado ocho años después en aguas de borrajas. Nadie las defiende, en un país huérfano de liderazgos políticos y directivos.

Y eso que el EBEP intuía cosas. Pero no supo ponerlas negro sobre blanco. La integridad institucional (ética pública) se tomó a broma y se convirtió en un elemento decorativo, como si esto de la corrupción fuera un juego de niños. La evaluación del desempeño fue orillada de inmediato: nadie se la tomó en serio, ni políticos ni funcionarios ni menos aún los sindicatos.

La carrera profesional fue leída de inmediato como incremento retributivo, a ser posible lineal, pues lo que tiene carácter curvo nunca gusta a mentes cartesianas formadas en el principio de igualdad de retribuciones, tanto al que trabaja como al que no (alguien tiene que mantener a este, suprimidas como han sido las entidades públicas de beneficiencia hace décadas). Y, en fin, esto de la dirección pública profesional era, tanto para la política como para los altos cuerpos y los sindicatos, un chiste de mal gusto. Que lo hayan implantado las democracias avanzadas (así como recientemente en Portugal) solo testimonia que los bárbaros del norte (o del oeste) aún existen. Mejor seguir blindados en la confianza política que todo lo arropa y siempre protege, como cualquier Virgen que se precie.

Así la cosas, tiempo costará que esa institución secular de la función pública vuelva por sus fueros y recupere (o palie) su prestigio perdido, si es que algún día retorna a casa semejante imagen. La crisis ha hecho mucho daño y habrá que evaluarlo. Pero la inactividad, la desidia y “los regalos” de una política irresponsable han hecho el resto. Que nadie se llame a engaño, sin una función pública que desarrolle el talento, fortalezca la neutralidad leal, la creatividad, la innovación y el cambio, no hay futuro.

Una administración sin cabeza, tendrá tal vez mucho cuerpo. Pero siempre andará desnortada o capturada por quienes ofrecen ese conocimiento perdido a precio de mercado, muy alejado por cierto del precio de saldo. Y si quien ofrece esos servicios “son de los nuestros”, que vinieron no para quedarse sino como estación de tránsito, mejor que mejor. Todo se queda en casa, aunque esta se confunda en sus lindes con unos cuerpos que encogen en lo público y se estiran en lo privado.

INCONTINENCIA LEGISLATIVA

El objetivo del movimiento contra el poder arbitrario consistió, desde un principio, en implantar el Estado de Derecho” (F. A. Hayek, “Los fundamentos de la libertad”, Madrid, 1991, p. 243)  

Quien la cita escribe no es sospechoso de ser precisamente de izquierdas. Parece que es obvio. Es importante por lo que sigue. No es un problema ideológico, sino funcional, estético y ético. También transversal, ha manchado a (casi) todos los gobiernos. Pero hay algunos excesos.

La producción legislativa del final del mandato de las Cortes Generales está siendo motorizada: se han aprobado en las últimas semanas leyes de diferente calado, unas transcendentales (y discutibles) para la arquitectura constitucional o jurídica del Estado y otras auténticos pastiches con regalos a todo tipo de hipotéticos votantes (empleados públicos incluidos).

Ese frenesí legislativo confunde las cosas. Gobernar no es manchar el BOE de leyes, es algo más difícil; pues muchas de esas leyes –para nuestra desgracia- se publican pero no se aplican. Pasan inadvertidas o, peor aún, ignoradas. Un Estado de Derecho perforado por la desidia y el desdén. Hay gobiernos eficientes que legislan poco. Solo lo necesario. Un exceso de política o de legislación esconde un déficit clamoroso de gobierno o de dirección real del país.

Pero lo grave de todo esto reside en que con frecuencia se olvida que “las formas” son muy importantes en el ejercicio del poder. La democracia, como señaló en su día el profesor Moreso, no es solo contar votos, sino también procedimiento. Sin respeto a las formas la democracia se transforma en algo vacío.

Si comenzamos el mandato con un auténtico aluvión de Decretos-leyes, lo hemos terminado con un Parlamento convidado de piedra, que asiste a la aprobación de leyes por procedimientos de urgencia o de forma acelerada, sin deliberación ni debate, apenas se admiten enmiendas (en algunas leyes, ninguna), pues lo importante es llegar a ver la norma negro sobre blanco en el altar del Boletín Oficial.

Algo muy importante en democracia se rompe cuando se orilla una de las funciones típicas del Parlamento: ser órgano de deliberación y debate, también cuando elabora leyes. La Ley no solo se diferencia del resto de normas por estar reservada su aprobación al Parlamento (reserva de órgano), también se singulariza por la reserva procedimiento y, en algunos casos, de materia. Y el procedimiento parlamentario exige publicidad, deliberación y búsqueda de acuerdos. Eso es la política (Innerarity). Si el procedimiento se cumple de forma aparente, pero se hurta en su sustancia, las Cámaras se tornan instituciones esperpénticas, sin función real alguna.

En el próximo mandato esta pésima praxis esperemos que se corrija por la propia composición de las Cámaras. Pero la huella dejada no será fácil de borrar. Y sus efectos, algunos letales, tampoco. Hay algunos precedentes más tibios, pero no menos preocupantes, que anunciaban lo que ha llegado. En eso nadie se salva. Esperemos que no lo haga para quedarse.

Tal vez esa sintomatología sea una muestra de cómo se (mal) ejerce el poder en este país. Sobre eso es mejor no hablar, pues nadie saldría “de rositas”. En todo caso, no es bueno caer en una incontinencia o, más groseramente, en la pura “diarrea” normativa. La prudencia y la mesura también son necesarias a la hora de legislar. Sorprende que se predique a gritos en las nuevas leyes (39 y 40/2015) que nuestro sector público se regirá por la better regulation o la smart regulation, que con frecuencia orillamos o contradecimos, pero –frente a esas magnas declaraciones- somos incapaces de cumplir los principios más básicos del sistema de producción de leyes en una democracia.

BUENA GOBERNANZA: UN RETO PARA LOS NUEVOS GOBIERNOS

“La transferencia de poder, la participación y la división en la toma de decisiones son los elementos clave de la gobernanza inteligente; capaces de reconciliar la democracia informada con la meritocracia responsable” (Berggruen/Gardels, “Gobernanza inteligente para el siglo XXI, Taurus, 2012, 46-47).

“Los países que puedan dotarse de ‘buena gobernanza’ tendrán muchas más posibilidades de proporcionar a sus ciudadanos niveles de vida decentes. Aquellos que no puedan hacerlo, estarán condenados a la decadencia y la disfunción” (Micklethwait/Wooldridge, “La cuarta revolución. La carrera global para reinventar el Estado”, Galaxia Gutenberg, 2015, p. 13).

En un reciente libro editado por la Asociación de Municipios Vascos-EUDEL (Ejes de la Política Local Vasca 2015-2019: http://www.eudel.eus/destacados/formacionpolitica/), la “Buena Gobernanza” se configura como uno de los ejes estratégicos del presente mandato en los gobiernos locales. Por su parte, las Diputaciones Forales de Bizkaia y Gipuzkoa han hecho una apuesta evidente también por nuclear el cambio institucional sobre esa noción de “Gobernanza”, reflejando esta idea en sus propias estructuras gubernamentales (con rango de Departamento foral en Gipuzkoa y con nivel de Dirección General cualificada en Bizkaia).

También la Transparencia, como elemento central de la noción de Gobernanza, ha sido uno de los puntos fuertes de los Ayuntamientos vascos, de alguna de sus Diputaciones Forales y del Gobierno Vasco. Por su parte, el Ayuntamiento de Bilbao fue premiado en 2011 por el Instituto Europeo de Administración Pública por un programa de gestión del sector público. Y el de Ermua ha impulsado recientemente una experiencia de profesionalización de niveles gerenciales. La Red Vasca de Transparencia de los Ayuntamientos Vascos también está dando su fruto. Y el Programa Basque Score Card (autoevaluación en materia de integridad institucional con el apoyo del Consejo de Europa) en quince ayuntamientos vascos fue asimismo (aunque planteado como programa piloto) una experiencia también pionera.

En la misma línea, el Gobierno Vasco está liderando desde hace algún tiempo un Modelo Avanzado de Gestión (Aurrerabide) que traslada alguno de los elementos centrales de la idea de Gobernanza (por ejemplo, la Transparencia, Eficiencia, Buen Gobierno o la Rendición de Cuentas) e impulsa como eje singular la Innovación. También ha iniciado un proceso de planificación estratégica de recursos humanos (Plan de Empleo) ciertamente innovador, donde diagnostica certeramente las consecuencias del envejecimiento de plantillas y de la pérdida de conocimiento en la Administración Pública, aportando algunos remedios. Si a ello se suma la apuesta decidida que el propio Ejecutivo vasco adoptó en su día por la construcción de un Sistema de Integridad Institucional mediante la aprobación del Código Ético y de Conducta, bien se puede concluir que algo importante se está moviendo en Euskadi desde la perspectiva de mejora institucional y de la gestión pública.

No parece que, al menos hasta la fecha, ese empuje de cambio institucional y de gestión disponga de réplicas marcadas en otros contextos estatales, aunque algunas estructuras de gobierno locales y autonómicas están dando pasos en esa dirección. La Administración del Estado (con algunas excepciones de iniciativas impulsadas desde el INAP) sigue, sin embargo, anclada en su formato más convencional. Cierto es que “la moda” de la Transparencia (desarrollada en buena parte tras la aprobación de la Ley básica estatal) sí que ha arraigado con fuerza (al menos en términos normativos) en diferentes Comunidades Autónomas (por ejemplo, en Cataluña), así como en determinados gobiernos locales (donde se están llevando a cabo experiencias de interés: Ayuntamientos de Alcobendas, Gavà o Sant Cugat del Vallès, por poner algunos ejemplos). Pero, en otras facetas, las respuestas están siendo más tímidas o, incluso, menos consistentes. La ética institucional, la eficiencia o la propia noción de gobierno abierto, no terminan de pasar –salvo excepciones singulares que ahora no pueden ser citadas- el estadio programático para convertirse en una acción central y efectiva de las diferentes políticas gubernamentales.

La noción de Gobernanza tiene, sin embargo, largo recorrido. No es igual, pese a nuestra evidente confusión legal, al Buen Gobierno. Aquella engloba a este. En verdad, los postulados iniciales de la Gobernanza eran limitados y han venido enriqueciéndose con el paso del tiempo. Así, el Libro Blanco de la Gobernanza Europea de 2001 se asentaba sobre cinco pilares o principios: participación; transparencia; rendición de cuentas; eficacia y coherencia. Más adelante, en un importante documento del Consejo de Europa sobre Estrategia para promover la Innovación y la Buena Gobernanza en el nivel local de gobierno, esos principios se enriquecieron hasta un total de doce.

Lo realmente importante en el diseño de una Política de Buena Gobernanza en las instituciones públicas radica en comprender bien el concepto. A ello ayuda alguna que otra contribución doctrinal (por ejemplo: La Gobernanza hoy: 10 textos de referencia, obra publicada en 2005 por el INAP y coordinada por A. Cerrillo).

La gobernanza –como expuso en su día Renate Mayntz- no es otra cosa que “una nueva manera de gobernar, diferente del modelo de control jerárquico”. Pero ese cambio no puede ser retórico. Representa un paso más (aunque complementario y no excluyente) frente a la implantación efectiva del modelo burocrático profesional y a las medidas impulsadas en su momento por la Nueva Gestión Pública (New Public Management). Esta puso el foco de atención sobre aspectos intraorganizativos, centrándose en objetivos y resultados; mientras que aquélla (la Gobernanza) reexamina, según el profesor Rhodes, “la caja de herramientas del Gobierno” y persigue dar respuesta a escenarios más complejos y redes interorganizacionales, como estudió en su día Joan Prats o puso de relieve hace años en una interesante contribución el profesor mexicano Luis F. Aguilar (“Gobernanza: normalización conceptual y nuevas cuestiones, Cuadernos de Liderazgo 17, Esade, 2008).

Pero, la gobernanza inteligente exige asimismo una apuesta decidida por la integridad institucional, minimizar la política cortoplacista, impulsar una meritocracia efectiva y construir canales óptimos de participación ciudadana (o de “multitudes inteligentes”). En esto las redes sociales son una ventana de oportunidad y un enorme reto, pero también hay que ser conscientes que una mala aplicación de tales redes puede provocar efectos no deseados. Como expusieron Berggruen y Gardels, “sin frenos ni contrapesos, la democracia directa propulsada por la energía del ciberespacio podría socavar la buena gobernanza en lugar de reforzarla”.

En efecto, no me centraré aquí (lo estoy haciendo en otro lugar) en uno de los puntos débiles (o si se prefiere, peor resueltos) de la Gobernanza: la rendición de cuentas. La “horizontalidad” de la Gobernanza combina mal con la todavía articulación “vertical” de las responsabilidades en las estructuras gubernamentales y administrativas. La Gobernanza, por definición, pretende situar en un mismo plano “deliberación” y “representación”. Pero algo falla en la arquitectura del modelo cuando la rendición de cuentas (accountability) por los resultados de esas políticas solo puede ser endosada a quienes ejercen tareas representativas o ejecutivas.

En cualquier caso, los que ahora importa es que la noción de Gobernanza se ha venido enriqueciendo con el paso del tiempo. Lo que sí parece obvio a estas alturas –y de ello nuestros gobernantes deberían tomar nota- es que el futuro de nuestras instituciones públicas, el “mejor gobierno”, la sostenibilidad del modelo y de las prestaciones públicas a los ciudadanos, así como de la propia democracia, depende estrechamente de que cada nivel de gobierno sea capaz de armar una agenda coherente y creíble de Buena Gobernanza e Innovación con la vista puesta en los próximos diez años. Quien lo haga, sentará las bases del futuro. Quien no se dé por enterado, condenará a sus organizaciones al letargo, cuando no a la decadencia. Lean (con sentido crítico) los sugerentes libros de los que se extraen las citas expuestas en el encabezamiento de esta entrada y ratificarán (presumo) este lapidario juicio.

PERSONAL EVENTUAL Y TRIENIOS

(Comentario de urgencia a la Sentencia del Tribunal de Justicia de 9 de julio de 2015)

“El nombramiento de personal eventual debe quedar reducido a las funciones que exigen una estricta relación de confianza política, y no debe extenderse a la realización de actividades ordinarias de gestión o de carácter técnico ni el desempeño de puestos de trabajo estructurales o permanentes”.

(Informe Comisión de Expertos para el estudio y preparación del EBEP, INAP, Madrid, 2005, p.63)

La naturaleza del personal eventual en el marco legislativo español nunca ha estado bien configurada. Su lugar natural de regulación –como ha reconocido la mejor doctrina- nunca debiera haber sido la legislación de función pública, sino la propia del Gobierno y de la Administración. Pero, el problema dista de ser formal y se transforma en material, cuando las funciones asignadas a ese “personal de confianza y asesoramiento especial” son similares o análogas en muchos casos a las atribuidas al funcionario de carrera.

Esta es la cuestión de fondo que “resuelve”, de manera ciertamente singular, la Sentencia del Tribunal de Justicia de 9 de julio de 2015 (http://bit.ly/1J40Fbp) y que, con toda probabilidad, supondrá, caso de no atenderse las más que probables reclamaciones, una multiplicación de litigios sobre el tema y un cierto freno al uso indiscriminado de esta figura por parte de las estructuras de gobierno de las instituciones públicas. En todo caso, para los políticos que nombran a este personal, para los responsables de recursos humanos y para los que intervienen o pagan las nóminas de los empleados públicos, aparte obviamente de para los propios afectados y los tribunales de justicia que conocerán sus demandas, esta doctrina del Tribunal de Justicia es, sin duda, de gran importancia.

El caso es muy singular. Y no cabe olvidar que los tribunales resuelven sobre casos, desplegando una doctrina que, tiempo después, podrá ser utilizada para otros supuestos similares. Se trata de una persona que tiene un vínculo de personal eventual con un órgano constitucional (Consejo de Estado), donde presta desde 1996 funciones de Jefatura de la Secretaría de un Consejero Permanente. Esta persona reclama el reconocimiento de los trienios y su solicitud es denegada. Acude a la jurisdicción mediante el correspondiente procedimiento contencioso-administrativo y el Tribunal Supremo, que conoce del recurso, opta por plantear una cuestión prejudicial en torno a tres ejes.

El problema de fondo es hasta qué punto al personal eventual se le aplica o no la Directiva 1999/70/CE y el Acuerdo Marco sobre trabajo de duración determinada, más concretamente las cláusulas 3 y 4 de ese Acuerdo que hacen referencia, por un lado, a en qué casos un contrato de duración determinada se puede entender comparable o similar a otro de carácter indefinido o permanente; y, por otro, sienta el principio de no discriminación de los trabajadores temporales (con contratos de duración determinada) en relación con aquellos otros empleados con relación estable o permanente, salvo que existan y se acrediten razones objetivas que justifiquen esa desigualdad de trato.

La primera cuestión que formula el Tribunal Supremo es si ese personal eventual está o no incluido en esa noción de trabajador que aparece reflejada en el Acuerdo Marco. La respuesta del Tribunal de Justicia es, como en otras ocasiones, contundente: el ámbito de aplicación del Acuerdo se ha definido con gran amplitud, aplicándose por tanto también al personal que ejerce funciones públicas. Además, subraya que esa prohibición de discriminación de trabajadores de duración determinada es una Norma de Derecho Social de la Unión Europea. Y concluye que el hecho de calificar a un trabajador como eventual carece de relevancia. Lo importante no es la denominación, sino –como se verá de inmediato- las funciones que se realizan en ese puesto de trabajo.

Las cuestiones segunda y tercera que plantea el Tribunal Supremo tienen que ver con la aplicación del principio de no discriminación también al personal eventual en lo que afecta a las percepciones económicas derivadas de los trienios y, asimismo, sobre si se puede justificar ese trato discriminatorio (no abonar los trienios) en “razones objetivas” (se trata de personal de confianza), tal como establece la cláusula 4.4 del Acuerdo Marco.

Sobre estos puntos el Tribunal vuelve a insistir en que el principio de no discriminación en este caso es un principio de Derecho Social europeo que no puede ser aplicado de manera restrictiva y resalta –como también es conocido- que el Tribunal ya se ha pronunciado en diferentes casos sobre el reconocimiento de tales derechos al personal funcionario interino o contratado por las Administraciones Públicas. La diferencia en este supuesto –que pretendió acentuar la representación del Gobierno- es que se trata de personal eventual, de carácter excepcional, cuya naturaleza es intrínsecamente temporal y basada en relaciones de confianza.

Sin embargo, el Tribunal de Justicia, muy en la línea de sus pronunciamientos, descarta la dimensión formal del problema (que se trate de personal eventual) y se centra en los aspectos materiales. La clave está en si tal personal realiza un trabajo idéntico o similar al de los funcionarios. Lo esencial, pues, son los cometidos o funciones que desempeña. Es, por tanto, indiferente que el nombramiento o cese sea discrecional basado en la confianza. Razones objetivas existirían siempre que el puesto de trabajo tenga exclusivamente naturaleza política o análoga, pero además no desempeñe cometidos idénticos o análogos a los propios de un funcionario de carrera.

El Tribunal concluye, por tanto, que es aplicable al personal eventual, con las condiciones expuestas, el Acuerdo Marco citado y, en consecuencia, que también es aplicable el principio de no discriminación allí recogido en esta materia objeto de litigio. Pero la determinación de si las funciones que se desarrollan en ese puesto de trabajo son comparables o análogas a las del personal funcionario o existen, en su caso, razones objetivas que justifiquen la excepción a la aplicabilidad de ese principio de no discriminación, debe ser objeto de análisis por el Tribunal Supremo o por los jueces y tribunales competentes en cada caso. Resultado diferido y casuística pura.

En efecto, es una Sentencia importante, que plantea no obstante algunas incógnitas relevantes en torno a su aplicabilidad inmediata, pues desplaza la resolución del problema a un análisis casuístico en el que la definición y descripción (monografía) del puesto de trabajo que haya hecho cada organización se torna un elemento central, así como la concreción de las tareas que en esos puestos se desempeñen. En todo caso, abrirá, sin duda, una cadena de reclamaciones ante las Administraciones Públicas que, caso de no ser atendidas, acabarán en los tribunales de justicia. Si parece obvio que, a partir de esta doctrina, ni la temporalidad de la relación ni el carácter de confianza de tales puestos no justifican la no asignación de trienios en estos casos, pues tal denegación puede ser discriminatoria en términos del Acuerdo citado. Las Administraciones Públicas deberán justificar la existencia de esas razones objetivas, que deben estar alejadas de “las funciones normales” que ejercen tales niveles administrativos tanto en la prestación de servicios como en los aspectos propios de la organización. Tomen nota.

 

¿MARCHA ATRÁS EN LA REFORMA LOCAL?: LA ACTUALIZACIÓN DEL PROGRAMA DE ESTABILIDAD 2015-2018

“En 2015 y 2016 el ajuste del déficit será muy duro, hasta conseguirlo bajarlo hasta el 4,3 por ciento del PIB en 2015 y 2,8 por ciento en 2016. Salvo que el gobierno encuentre la fórmula mágica para aumentar los ingresos sin afectar al muy anémico crecimiento, lo normal es que ese objetivo precipite a la economía española a otra recesión que, por ponerle una fecha, empezaría a finales de 2015 o comienzos de 2016”

“(…) Pero ya queda poco más de ‘estancamiento secular’. Apenas cuatro años, hasta 2018”.

(Juan Ignacio Crespo, “Cómo acabar de una vez por todas con los mercados”, Deusto, 2014, pp. 288-289)

La reciente difusión del Documento “Actualización del Programa de Estabilidad 2015-2018” elaborado por el Gobierno central (MHAP) y remitido a la Comisión Europea (http://www.minhap.gob.es/Documentacion/Publico/GabineteMinistro/Varios/PE%202015-18%2030_04_2015.pdf, pone de relieve un escenario macroeconómico marcado hasta cierto punto por la autocomplacencia (no se olvide que estamos en año de elecciones múltiples), aunque sus autores dicen que el cuadro es “prudente y realista, basado en hipótesis conservadoras”.

Si bien el Gobierno pone en su haber que en la aceleración del crecimiento que se produce en 2015 han tenido una gran influencia los procesos de consolidación fiscal y las reformas estructurales (unas a medio camino, otras truncadas y algunas ni siquiera activadas), también se debe reconocer la importancia de factores exógenos, algunos de ellos coyunturales (como son la reducción del precio del petróleo y la depreciación del euro, entre otros).

También es muy complaciente el documento al no cuestionar ni un momento el futuro cumplimiento de los objetivos de déficit (4,2 % sobre el PIB en 2015 y 2,8 % en 2016), así como al apostar porque la ratio deuda/PIB iniciará una senda descendente hasta alcanzar el 93,2 % al final del período (2018). No es una noticia para grandes alegrías, el endeudamiento ya es casi crónico. Que se preparen las generaciones jóvenes y futuras.

Pero, por lo que ahora interesa, conviene resaltar que el documento incide de forma detalla sobre cuál es el comportamiento de disciplina fiscal de los distintos niveles de gobierno. No es ninguna sorpresa descubrir cómo el nivel local de gobierno tiene los mejores resultados en el proceso de consolidación fiscal hasta el punto de que se constata que, tras un déficit en 2011 del 0,4 por ciento, a partir de 2012 los superávit han sido constantes. Por ejemplo, en ejercicio 2014 las entidades locales han aumentado su superávit hasta el 0,53 del PIB (5.616 millones de euros). En consecuencia, se puede a afirmar que gracias al esfuerzo fiscal de los entes locales se ha logrado que el déficit en su conjunto en 2014 alcance “sólo” el 5,68 % del PIB.

Estos datos cuestionan frontalmente los objetivos de una dura reforma local que, con la pretensión no manifestada de acreditar amte Bruselas que existía disciplina fiscal en el sector público español, injustamente se cebó sobre el espacio local de gobierno, cuando este –en el momento que la ley se aprobó: diciembre de 2013- ya ofrecía superávit y no déficit.

Esa elección caprichosa del nivel local de gobierno como “ejemplo” de disciplina fiscal vino acompañada por un ambicioso objetivo de ahorrar a través de esa reforma más de 8.000 millones de euros en el plazo de siete años. El Plan Presupuestario de 2015 presentado a Bruselas en octubre de 2014, volvía a incidir en la mágica cifra. Es más, preveía que la reforma local en 2015 (mediante supresión de cartera de servicios “impropios”, gestión integrada de servicios, redimensionamiento del sector público, etc.) supondría un ahorro de 3.500 millones de euros. Una vez más se pretendía cargar sobre las sufridas espaldas de los ayuntamientos españoles una parte importante (casi 0,4 puntos) del ajuste fiscal de 2015 (1,6 puntos) para cumplir los objetivos de déficit.

Esto no se lo creía nadie, menos aún en año electoral. No cabía en ninguna cabeza que se redujera la cartera de servicios impropios municipales en un montante de 2.500 millones de euros en un año electoral y por los Alcaldes salientes o entrantes. En la Comisión Europea, supongo, se estarían frotando los ojos, cuando les pasaron tales estimaciones.

Pues bien, el año electoral manda. Y tras los últimos años manteniendo la tesis de que se ahorrarían 8.000 millones de euros hasta 2020. Ahora, en este documento citado, la cifra se rebaja hasta 2018 “a la mitad”. Y sigue siendo un cálculo exageradamente optimista. Hay que leer la letra pequeña, cosa que ahora no haremos; pero esta decisión es una clara y contundente “marcha atrás” o, si se quiere, un “frenazo en seco” frente a lo mantenido hasta ahora. Tal vez se han dado cuenta de que el planteamiento inicial era absolutamente irreal e irrealizable (como se denunció por doquier; valgan los juicios autorizados de Muñoz Machado, Parejo, Embid Irujo o Velasco Caballero). Quizás desde el Gobierno cayeron en la cuenta que no podían seguir “castigando” al eslabón de gobierno más débil de la cadena (los resultados electorales, no cabe duda, “les han premiado” por esa política). En fin, puede ser que los recursos “extras” que se prevén puedan enjuagar ese esfuerzo fiscal titánico que se les pedía a unos gobiernos locales cuyo porcentaje sobre el total del gasto público sigue siendo pírrico y, aún así, mantienen unos servicios básicos (por lo común) de calidad y de proximidad a la ciudadanía.

La vuelta de tuerca del proceso “se explica” en términos escuetos en el citado documento:

“Ahora se plantea –señala el texto- una reestimación de la reforma local partiendo de estas bases. La Ley 27/2013, de 27 de diciembre, de Racionalización y Sostenibilidad de la Administración Local (LRSAL) exige la supresión de servicios e integración de servicios salvo en el caso de contar con superávit. Por tanto se ha estimado un menor impacto en los años del programa por estos conceptos, al no ser tan necesarios como en el momento de diseño de la ley”.

Como se dice coloquialmente, “blanco y en botella”. No se desdicen de la reforma emprendida (que algunos efectos positivos también tiene en aspectos puntuales, aunque no en su diseño estructural que es equivocada y gratuita), pero enmiendan todas sus previsiones anteriores, curiosamente porque no son “tan necesarias” esas medidas. La impronta fiscal, frente a la institucional, es lo que arruinó de origen esa llamada reforma local. Ahora corrigen.

Pero la Ley está allí. Publicada en el BOE, aunque en buena medida inaplicada. El Programa de Estabilidad 2015-2018, no obstante, advierte: esta retirada es circunstancial, debida a la propia coyuntura. Sus palabras no pueden ser más precisas: “Sin embargo, en caso de retorno a déficit serían de aplicación de nuevo estas medidas”.

En efecto, este es el problema de aquellas medidas fiscales (que deberían ser coyunturales) que se incluyen en leyes estructurales (como es la LBRL y la LHL). Nadie nos librará de su látigo si las circunstancias empeoran. Frente al optimismo del Gobierno central y la amnesia de la oposición política (“tradicional” o de “nuevo cuño”) sobre el futuro contexto fiscal, propio todo ello de un año de elecciones múltiples, habrá que ver si el déficit público se comporta como se prevé en este año electoral de 2015 (reducción de 16.000 millones de euros) y si en 2016 y 2017 esas previsiones tan amables se cumplen. Esperemos que el crecimiento económico y los factores exógenos nos ayuden. En caso contrario, prepárense. La Unión Europea no permitirá un relajamiento fiscal como tampoco la derogación completa de la reforma local. Compás de espera.