LA “BUENA” POLÍTICA: CUATRO ENSAYOS

“Para que un Estado pueda mantenerse, sus asuntos públicos deben estar organizados de tal modo que quienes los administran, tanto si se guían por la razón como por la pasión, no puedan sentirse inducidos a ser desleales o a actuar de mala fe”

(Spinoza, Tratado Político”, Alianza Editorial, 1986, p. 82)

En un año plagado de convocatorias electorales, todas ellas importantes y algunas existenciales, es obvio que hoy en día tenemos –como afirmó Julián Marías- un “exceso de política”, lo cual no es ningún dato positivo. Y menos aún lo es cuando ese exceso de política viene acompañado por una “mala política” y por un déficit clamoroso de gobierno en algunos casos, así como deficiente en no pocos. Todos quieren ganar las elecciones y nadie sabe muy bien luego qué hacer con el poder conquistado, aparte de colocar a los suyos. Como si eso de gobernar fuera cosa adjetiva. Debería ser el centro de la actividad política. Pero aquí se sigue entendiendo la política en clave exclusiva de “ganar elecciones” y “repartir prebendas”.

Por eso se agradece que, con una relativa coincidencia en el tiempo, se hayan publicado cuatro ensayos cuyo punto en común es reivindicar la “buena política” y el “mejor gobierno” como único medio de salir de ese complejo atolladero en el que las sociedades occidentales se encuentran. Mucho más serio es aún el marco en el que se desarrolla la política en España, donde los problemas son tan ingentes, la mirada política tan pobre y los gobiernos están tan desorientados, que la “buena política” y el “mejor gobierno” son más necesarios que nunca.

Cuatro ensayos cuya lectura se recomienda, sobre todo a aquellos que ejercen la actividad política o pretenden ejercerla. También a quienes la estudian o están interesados por ella. Cabe sugerir a nuestros políticos que “pierdan (algo) el tiempo” leyendo, para así decir cosas sensatas en sus mítines e intervenciones públicas (y no impregnarse de una retórica que insulta a la inteligencia) o para ejercer las tareas de gobernación con tino y juicio. Estos cuatro libros les ayudarán a tener mirada estratégica y a no volar –como decía Pepe Mujica- como las perdices, cortito y rápido.

El primer ensayo, publicado en 2014, es un libro aparentemente divulgativo, pero no menos profundo (David Runciman, Política, Turner 2014). Ruciman, profesor de la Universidad de Cambridge, inicia su relato con una comparación entre Dinamarca y Siria: ¿dónde preferiría usted vivir? Escrito mucho antes de la actual tragedia de los refugiados sirios, el autor parte de que lo que diferencia a uno u otro país es la política y el control de esta. Donde no hay buena política ni control efectivo de las instituciones, los países no funcionan. Con apoyo en Hobbes, pero también en Weber y Constant, Runciman describe magistralmente en qué consiste la política, pero también lo que no debe ser: “La política no puede consistir en largos períodos de indiferencia salpicados de breves arrebatos de furia”. La política es una actividad que requiere capacidades complejas de acreditar, que no todos poseen, ni siquiera aquellos que son “profesionales de la política”, menos aún quienes pretenden serlo. Conseguir que funcione la política, además, es algo muy difícil. La “mala política” se contagia fácil. Pero la política, la buena política, es más necesaria hoy que nunca. Así afirma: “Las sociedades incapaces de adaptarse a los desafíos a los que se enfrentan acaban desintegrándose”. Como bien sentencia este autor: “contar con que el precipicio está lejos es propio de políticas suicidas”. “La política –concluye- todavía importa”.

El ensayo de John Micklethwait y Adrian Wooldridge (La cuarta revolución. La carrera para reinventar el Estado, Galaxia Gutenberg, 2015), tiene una factura diferente. No es tanto un libro de política como de “mejor gobierno” o de “buena gobernanza”. Uno de los déficit más relevantes y escandalosos de los gobiernos de nuestro entorno. Compara también la situación de los países occidentales (Estados Unidos y Europa) con potencias emergentes como China o el modelo de Singapur. La crisis de los Estados occidentales solo puede resolverse cabalmente a través de “hacer gobierno de una manera mejor”. Es la cuarta revolución pendiente: “Los países que puedan dotarse de ‘buena gobernanza’ tendrán muchas más posibilidades de proporcionar a sus ciudadanos niveles de vida decentes. Aquellos que no puedan hacerlo, estarán condenados a la decadencia y la disfunción”. La política se ha convertido en muchos países occidentales en una suerte de “entretenimiento cómico”. Se polariza de forma irresponsable, haciendo cada vez más difícil la gobernación. El poder se fragmenta y los gobiernos de coalición se convierten en regla (véase asimismo el importante libro de Moisés Naim, El fin del poder, Debate, 2013). El diagnóstico es impecable, otra cosa son las soluciones que se proponen. Se puede compartir plenamente que “una mejor gestión y el uso inteligente de la tecnología” harán avanzar a los países occidentales, lo contrario no. La orientación neoliberal de los autores (no en vano son periodistas cualificados del semanario The Economist) les conducen a apostar por un menor Estado que sea más eficiente, en lógica con la sobredemanda que los Estados actuales soportan y las imposibilidades financieras de atenderlas. El secreto está –a su juicio- en “reinventar el Estado”, reformar la democracia y las actitudes políticas: limitar el gobierno, mediante formas efectivas de control, así como no desatar las pasiones humanas, sino controlarlas. En ello está el secreto del buen gobierno.

Daniel Innerarity ha publicado recientemente un libro imprescindible para evaluar la importancia que tiene la política en nuestros días, o mejor dicho la “buena política” (La política en tiempos de indignación, Galaxia Gutemberg, 2015). Desde un enfoque filosófico, pero en nada alejado de lo práctico, con un lenguaje accesible, Innerarity adopta una posición valiente de defensa de la política y de su necesidad en nuestros días, frente al linchamiento colectivo que en algunos casos se produce. Un libro plagado de ideas-fuerza de las que solo puedo retener aquí unas pocas. La singularidad de la actividad política, basada en la praxis, así como el tiempo político o el discurso político, dejan paso a un interesante análisis de las emociones en la política y al criticable papel del populismo, que ha irrumpido en la escena europea y también española: “El populismo es precisamente una reacción a la falta de política”. Transcendental es la opinión del autor sobre el papel de la política: “la búsqueda de espacios de encuentro, el compromiso y la implicación de otros”. Rechaza los planteamientos binarios, tan al uso en nuestra política de baja calidad y de pésimos resultados. Lleva a cabo una defensa, asimismo muy cabal y razonable, de las instituciones de la democracia representativa, mostrando las innumerables limitaciones que ofrecen las herramientas de participación directa, nunca sustitutivas de las anteriores. Se opone, por tanto, a esas “mentalidades antipolíticas, porque –sentencia- no hay política sin representación”. Aboga –y este es un punto importante- por un mayor y mejor control de la política. Tras una mirada escéptica hacia los resultados de la transparencia y del papel de moralizar la política, identifica genialmente dónde están los problemas actuales de la política: en su déficit estratégico. Los partidos piensan mucho en cómo hacerse con el poder y muy poco (o nada) en qué hacer con él cuando gobiernan. Vuelve la necesidad de “una gobernanza inteligente”, que ponga en el centro la acción de un mejor gobierno. Y termina con estas palabras: “Nunca vamos tan rápidos como cuando no sabemos a dónde vamos”. Así van buena parte de nuestros gobiernos, a la deriva.

Y, en fin, el cuarto ensayo que quiero comentar brevemente es el sugerente y también valiente libro de Víctor Lapuente (El retorno de los chamanes. Los charlatanes que amenazan el bien común y los profesionales que pueden salvarnos, Península, 2015). Tiene un enfoque muy distinto a los anteriores, pero asimismo no pocas coincidencias con los mensajes antes resaltados. Sin abandonar del todo el (transcendente) papel de las instituciones en el funcionamiento mejor o peor de un país, la tesis central del autor es la siguiente: “El éxito de las políticas es el resultado de cómo las discutimos. De cómo enmarcamos el debate de los problemas colectivos”. Una cuestión de “marco”. A partir de este presupuesto de partida, contrapone dos visiones y dos formas de hacer política. La primera es la de “los chamanes”, con una retórica de “cosmovisión” de la política, “una política grande” (o grandilocuente), “radical” (en el peor de los sentidos), cargada de tópicos, mensajes vacuos pero efectistas en su llegada al público, que toma el cielo (el poder) no por consenso sino por asalto y que luego, una vez huelen esas mieles del poder no saben qué hacer con él o, peor aún, llevan a cabo unas políticas ineficientes sin reforma alguna de las agotadas políticas incrementales, así como de las igualmente caducas estructuras burocráticas y de gestión. Grandes propuestas para ningún remedio. Una crítica durísima, pero acertada, del populismo y sus letales consecuencias, así como del modo de hacer política (y de formatearla en los medios) en algunos países mediterráneos (sin más señas). La segunda visión es la de los “exploradores”; un enfoque radicalmente diferente de la política: en este caso se opta por una retórica más abierta, pluralista y tolerante (y no excluyente como en el caso anterior), donde no se enfrentan ideales sino datos. Política pragmática, política que se basa en la razón, que “no es la antítesis de la emoción”. Una apuesta decida y convincente por la micro política, por la política eficiente, que da resultados tangibles y mejora la vida de la ciudadanía. Una política –aspecto nada menor- que se desarrolla en “un ambiente creativo donde los profesionales trabajando con, pero no para, los políticos- puedan desarrollar iniciativas propias basadas en su experiencia y conocimiento experto.

No cabe ser muy incisivo para identificar en qué países se lleva a cabo esa buena política a juicio del profesor de la Universidad de Gotemburgo (países nórdicos), frente a aquellos otros que estamos ahogados en la mala versión la política. Pero la esperanza remota que siempre nos queda es que, al igual que explicaba Runciman en el primer ensayo comentado, no siempre las cosas fueron así en aquellos países que ahora funcionan bien, como se explica en esas obras.

Siempre hay recorrido de mejora y trazado para mejorar la política y la gestión (el gobierno). Siempre, obviamente, que se sepa a dónde se quiere ir y se erradiquen esas malas o pésimas formas de hacer política. Siempre que haya liderazgo, una cualidad escasa o inexistente en estos convulsos momentos. No será fácil. Algunas cosas poco a poco y muy lentamente se están moviendo en esa línea de Buena Gobernanza (por ejemplo, en Euskadi; aunque todavía de forma muy incipiente). Menos pasos se están dando, por no decir ninguno, en la mejora de la política. No pocos gobernantes o aspirantes a serlo aún no se han enterado de por dónde va el mundo o, peor aún, no quieren enterarse, porque ello enterraría de una palada su pobre y aferrada concepción de la política como máquina de reparto. Problema de enorme seriedad, sobre el cual mejor no hacer broma alguna. Es algo que nos debería preocupar muchísimo (síntomas para preocuparse ya existen por doquier), sobre todo porque esa política irresponsable nos aproxima inconscientemente al precipicio. Que se tiren ellos, pero que no nos arrastren a nosotros. Solo la buena política nos salvará de la mala política. A ver si va apareciendo. El tiempo corre en contra.

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