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SOBRE EL LISTADO DE AMIGOS Y ENEMIGOS DEL GOBIERNO EN LOS MEDIOS

“Todo poder sin control enloquece” (Alain)

Se había hecho otras veces, cierto, pero con una muestra tan amplia no lo parece. Tras la noticia aparecida hace días en un medio digital, de las que se han hecho eco unos medios sí y otros no tanto o casi nada, sigue llamando la atención que en 2026 un Gobierno que a sí mismo se predica, un día sí y otro también, como “progresista” cometa tal atropello contra derechos fundamentales tan básicos como la protección de datos personales, y a otros por añadidura. El señalamiento es burdo e ilegal, y malo es que pudiera ser la antesala para -como decía Hanna Arendt- “borrar del mundo” de las subvenciones a algunos medios o eliminar de la parrilla de medios públicos a los enemigos, dando así patente de corso a los amigos políticos.  

Pero siendo eso importante, no lo es menos que el autodenominado “documento técnico” por parte del Ministerio de Interior (en otros términos, una auténtica chapuza de escaso rigor, con sesgada información, en no pocos casos errónea o disparatada), por medio del cual se “clasificaba” a determinados periodistas y opinadores en función de su ideología política y de su mayor o menor afinidad al Gobierno de turno, se sumerja en una esfera tan clara y determinantemente prohibida como la de tratar datos personales discriminados sobre la ideología política de un amplio y arbitrario colectivo (que ni de lejos son todos los que están ni están todos los que son) de profesionales que participa en los medios escritos y en tertulias radiofónicas o televisivas o en programas de entretenimiento y desinformación en el ámbito de lo que el escritor Juan Valera ya definió como la “política palpitante” y Benito Pérez Galdós la “política menuda”. En fin, visto lo visto, algunos miembros de este Gobierno actúan como verdaderos liliputienses de la política; calificativo, muy ilustrativo, por cierto, empleado en su día por Tocqueville y, entre los nuestros, por el propio Clarín en sus satíricos artículos periodísticos.

No hace falta ser un lince jurídico para saber que, en efecto, tratar datos personales sobre la ideología política de tales sujetos es una acción generalmente prohibida por la actual Ley Orgánica de Protección de Datos personales y de garantía de los derechos digitales de 2018 (artículo 9, en relación con el artículo 72, que la tipifica como infracción muy grave). Una ley, por cierto, de las tempranamente aprobadas durante el primer gobierno Sánchez. Eso lo sabían perfectamente, por muy escasa cultura institucional y legal que parezcan haber demostrado los responsables políticos del ministerio regentado por el señor Grande-Marlaska, un juez de carrera ahora metido a político del poder de turno (antes anduvo dorando la píldora al principal partido de la oposición). Tiene bemoles que sea precisamente un político proveniente de la condición de juez profesional quien promueva tan flagrante vulneración de derechos fundamentales. Y cabe preguntarse por qué. Pues, en efecto, el propio ministro, sus altos cargos y asesores conocían perfectamente que no podían sobrepasar esa línea roja, y aun así lo han hecho y de forma descarada (¿no les advirtió el Delegado de Protección de Datos del ministerio que tal documento era absolutamente ilegal, o prestaron oídos sordos?). Las causas de este modo de proceder son muchas y, sin duda, entre ellas, cabe destacar la pérdida por desmemoria y falta de uso de los presupuestos básicos de una democracia liberal de estos últimos años en no pocas esferas de la política gubernamental. Una democracia liberal tiene como presupuesto básico el control del poder para evitar el despotismo y los abusos en los que este con frecuencia incurre. A un marco liberal-democrático le repugna que sea el poder quien se oponga o quien señale a las voces discordantes con aquel. Y dentro de esos mecanismos de control del poder, uno de los más clásicos es el que tradicionalmente ha venido ejerciendo la prensa (o, mejor dicho, los medios de comunicación). Sin garantía de una libertad de expresión y de información, y en este caso sin la salvaguarda de la protección de datos personales especialmente sensibles, ni tampoco de unos controles efectivos al poder por los medios, los atropellos a la democracia y libertades ciudadanas pueden multiplicarse. En suma, la pregunta básica, reitero, es, sabiendo como sabían todo lo anterior, por qué lo han hecho.

Y la respuesta es obvia: se sienten impunes. Y si examinamos la legislación aplicable no debería ser así. Pero lo es. Si tratar datos sobre la ideología política de las personas es una conducta radicalmente prohibida por nuestro ordenamiento jurídico, que conlleva, de ser aplicada, sanciones mayúsculas en el caso de que fueran empresas quienes impulsaran tal tratamiento de datos y los reflejaran en un “listado”, el hecho de que quien lo haga sea una Administración Pública abre una brecha de (relativa) impunidad, puesto que las consecuencias sancionadoras de semejantes conductas ilegales y de vulneración de los derechos de la ciudadanía se solventan, por lo común, con una admonición pública (resolución de la Agencia Española de Protección de Datos) de tal vulneración, y una mera amonestación por tal conducta. Todo lo más, si se identifica quién o quiénes fueron los promotores de tal desaguisado, se incluirá su nombre, apellidos y cargo institucional en la resolución que se publique en el BOE, admitiendo, en último caso, que la propia Agencia inste la incoación de un procedimiento sancionador a tales promotores, en los términos que prevea la legislación que sea aplicable (tal como prevé el artículo 77 LOPDGDD). Un régimen sancionador que llena de impotencia a la AEPD para frenar de modo efectivo el incumplimiento muy grave de la propia LOPDGDD por las administraciones públicas y sus cargos públicos.

En fin, como tales promotores y ejecutores de tal captura y difusión ilícita de datos no serán, por lo común, funcionarios públicos, quienes tienen un régimen sancionador establecido y se habrán puesto a salvo de tan torpe disparate, tal previsión legal se convertirá en pío deseo. Pues, efectivamente: ¿Qué régimen sancionador se le aplicará al ministro del ramo o a sus altos cargos ministeriales, así como a su personal asesor? No hay uno específico, debiendo echar mano -si es que se activa por el propio Gobierno tal procedimiento (y no se muere por el camino) a instancias de la AEPD- de la Ley 19/2013. En en este texto normativo, en su título II, se recoge genéricamente unas infracciones generales muy graves allí tipificadas, haciendo alusión incidental a que los altos cargos no podrán llevar a cabo actuaciones de discriminación por razón de “convicciones” (cabe presumir que también ideológicas), pero cuyas sanciones no dejan de ser un canto a la nada, pues nunca en verdad (al menos que se sepa) se han aplicado y menos aún se conoce -salvo error u omisión por mi parte- que tras trece años de vigencia de la Ley se haya cesado como consecuencia de tal infracción y de un procedimiento sancionador a ningún alto cargo por estos motivos. Hasta ahora, por tanto, un brindis al sol. La Ley 13/2019, se aprobó, en su día, para que, en un contexto de «regeneración democrática» (con la boca pequeña), parecer que se hacía algo (garantizar la integridad de los gobernantes), y no hacer en verdad nada. Humo normativo, que surge de un fuego que nunca se apaga. Y ahí sigue y seguirá, sin utilizarse, tapándolo todo. Si quien debe incoar el expediente es el Gobierno (o un ministerio) y a la hora de inculpar a algún alto cargo del departamento (nombrado políticamente), las dificultades u obstrucciones, cuando no la inacción, serán palpables. Siempre lo han sido.

Dicho en términos más llanos, desde el punto de vista sancionador propio del Derecho Administrativo (dejo de lado ahora si cabe activar la vía civil o penal al caso) y de la LOPDGDD, vulnerar por una Administración Pública y por sus cargos públicos el derecho fundamental a los datos personales y la prohibición legal expresa de que no se podrán tratar los datos relativos a la ideología política, en este caso de quienes actúan ejerciendo su libertad de expresión e información en los medios, comporta de facto pírricos efectos jurídicos sancionadores (si es que arrastra alguno) cuando quien lo hace es un ministerio y sobre todo quiénes en él desempeña las mayores responsabilidades (ministros y altos cargos).  En el ecosistema público -sobre todo en altos cargos- esas conductas ilegales de notable gravedad quedan acogidas por una suerte de inmunidad de facto, que no deriva (no tiene nada que ver) como es obvio de una prerrogativa jurídico-institucional propia de la posición del privilegio de autotutela de la Administración Pública, sino lisa y llanamente es una muestra más (como tantas otras, aún por analizarse y difundirse) de que el poder político en las leyes y en su (in)aplicación práctica opta por la autoprotección y desprecia soberanamente los principios y normas de garantía de la libertad que predica para los demás (ciudadanía y empresas), que con descaro evidente no los practica para sí mismo en ninguno de los casos, e incluso estimula, mediante ardides normativos y abandono ejecutivo, su incumplimiento. Lo analicé técnicamente hace años (2019) en el libro Introducción al nuevo marco normativo de la protección de datos personales en el sector público IVAP, 2019), y lo recuerdo ahora. Y añado: el Estado clientelar de partidos (que en este caso actúa como un verdadero cártel) no permite fisuras que pueda poner en riesgo el blindaje de ningún político gubernamental ni abrirá la veda para que alguno de ellos caiga en sus redes sancionadoras. Con tal estado de cosas que nadie se llame a engaño: Grande-Marlaska, sus altos cargos y asesores, tras ese atropello de derechos fundamentales, duermen a pierna suelta sin ningún temor, dado que saben que si quiebran gravemente la ley o la ignoran supinamente nada apenas les sucederá. En este ámbito el nuestro es un Estado de Derecho cojo, sin efectivo remedio paliativo alguno, que protege burdamente a quienes desempeñar circunstancialmente el poder.

El poder gubernamental hace tiempo que enloquece paulatinamente, ayuno por captura y anulación institucional de no pocos controles internos y de organismos “independientes”. Nada afortunado estuvo el presidente del Gobierno cuando dijo que fue “muy poco apropiada” la elaboración de ese “listado” señalando a los enemigos y reconociendo a los amigos del Ejecutivo en los medios. En verdad, tal tratamiento prohibido expresamente de datos supuso una vulneración potencialmente gravísima de derechos fundamentales de numerosas personas; una conducta que al parecer les saldrá gratis, o casi. Pues, aquí, nadie responde políticamente de nada y el régimen sancionador existente en esa materia es meramente decorativo en la práctica. Mucha letra y poca esencia. Todo lo más se producirá un tirón de orejas (probablemente duro en términos formales, pues la infracción es muy grave) por la resolución que dicte AEPD, con un reflejo instantáneo mediático, que pronto se olvidará. Y después de eso, a otra cosa mariposa…     

«ARENA POLÍTICA» EN CEUTA: BANCARROTA GUBERNAMENTAL Y ADMINISTRACIÓN IMPOTENTE

Encuadre

Esta reflexión ofrece una mirada alejada de los análisis al uso, ya que pretende no solo mostrar unos síntomas, sino identificar algunas de las posibles causas de los males derivados de una situación coyuntural explosiva manifestada hace más de cinco semanas en la ciudad autónoma de Ceuta. Ideas que surgen tras la relectura parcial de la obra ya clásica de Mintzberg, El poder en la organización; libro que, paradójicamente, apenas trata de la Administración, pero cuyo contenido sugiere muchas cosas aplicables a nuestro ecosistema público.

Las instituciones y las organizaciones son espacios de poder y de lucha por el poder. No es ninguna novedad. La política no se entiende sin el poder. Mas la Administración pública es un locus en el que, por su posición vicarial, se manifiestan innumerables tensiones y conflictos, que muchas veces muestran auténticas guerras de poder. Cuando política y administración van de la mano, y ambas respetan recíprocamente sus respectivos espacios y competencias, los roces se atemperan y los conflictos se reconducen, evitando estallidos. Pero ese combate por el poder, más en unas organizaciones públicas como las españolas en las que la política tiene una marcada tendencia patrimonial y clientelar, con su búsqueda permanente de anular o controlar la Administración Pública como institución imparcial y meritocrática, nunca cesa. En ocasiones, esa tensión se revela de modo descarnado. Y ello se da cuando el sentido institucional se disipa, y las estructuras organizativas ante su permanente abandono político muestran su obsolescencia.

Algo de eso está pasando desde hace décadas en España, aunque incrementado su impacto en los últimos años. La crisis extrema por la invasión orquestada en Ceuta ha puesto de relieve la desnudez de la política gubernamental española, absolutamente incapaz de prevenir ni tampoco de gestionar un conflicto de tales magnitudes. Tal situación crítica deslegitima el papel del Gobierno, pero arrastra también -factor preocupante por afectar al nervio estable del Estado- el de la Administración y de otras instituciones, que solo han podido responder con la impotencia. La transformación de la Administración es siempre tarea pendiente. Y este Gobierno la ha ninguneado irresponsablemente hasta meter en un cajón su proyecto más acabado de adaptación: Consenso por una Administración Abierta, que no se lo creyó nunca. Todo impostura.

Cabe resaltar que “el poder se distribuye entre mucha gente, pero el poder de la presidencia solo lo ostenta una persona” (Mintzberg). Gracián, en su obra El Político, expuso que “la capacidad es el fundamento de la política. La incapacidad crea monstruos”. Ceuta es uno de ellos. Ha sido creado, en efecto, por zombis gubernamentales que, anulados por el calor, por su incompetencia o por pactos ocultos, en plena vacancia estival y sin liderazgo ni coordinación efectivas, han dado la imagen de no saber qué hacer con sus atribuciones. La soberanía estatal y el ejercicio de sus funciones no vacan. El Estado, salvo que se quiera regresar a la España sin pulso de Silvela, no admite interrupciones en su funcionamiento. Menos cuando hay una gran crisis.

Según la tesis de Mintzberg, los compromisos con la organización y sus valores se incrementan conforme son más elevadas las responsabilidades jerárquicas en tales estructuras. De ser así, la vinculación con los valores públicos debería ser más intensa en los niveles político-directivos del Gobierno y de la Administración del Estado. Eso aquí no es ni ha sido así (casi) nunca. Con unas estructuras tan porosas a la política clientelar, parece obvio que el sentido institucional se ha evaporado en sede gubernamental. Aunque ha aparecido, con sus limitaciones, en la función pública. La estrategia gubernamental actual ha sido promover con descaro el imperio de la politización bajo la pretensión de quebrar así un hipotético poder corporativo, en vez de reforzar el estatuto de imparcialidad y la profesionalización, así como su diversidad, de la alta función pública del Estado. Ello no impide reconocer que, en la propia Administración, también por tendencia histórica, impulso o apoyo de la política “del otro lado”, no pocas veces el corporativismo impera con fuerza, y tales estructuras funcionariales se conforman en ese caso como organizaciones cerradas o burocráticas. La tensión entre politización y corporativismo en la Administración del Estado ha sido una constante, con resultados muy dispares según el tiempo histórico. Ahora la política aprieta, y luego se querrá restaurar el poder político-corporativo. Ese desgarro secular que padece la alta Administración nadie lo sabe superar con una sana reforma.

Un contexto de crisis de “arena política total”

Las luchas por el poder en las organizaciones son, en efecto, una constante. Mintzberg hace uso de la noción arena política, que califica como un “espectáculo circense con muchos escenarios”. Según sus palabras, la organización toma la forma de “una arena política” cuando es “un sistema atrapado en sus propios conflictos”. Si el conflicto se manifiesta en su punto más álgido, el autor utiliza la expresión de arena política total. Es ese el caso que aquí interesa, y se da cuando la organización se halla inmersa en una grave crisis, en la que la jerarquía de autoridad se tambalea, ya sea porque pierde el control o ya sea por negligencia o por incompetencia. La cuestión es cómo influye ese contexto crítico sobre la organización o la Administración del Estado.

Ni que decir tiene que, conforme el conflicto se muestra mayor intensidad, la organización puede quedar incapacitada o bloqueada, hasta tal punto de no “conseguir objetivo alguno”, pudiendo llegar incluso a la parálisis, situación en la que todo el mundo “parece salir perjudicado”. Si la crisis se anquilosa y se prolonga, como consecuencia de decisiones ejecutivas tardías o aplazadas, los efectos son letales: “pocas son las organizaciones que pueden soportar por un plazo largo de tiempo un conflicto intenso”. Solo lo pueden hacer cuando el conflicto se modera. Si las tensiones no cesan “las arenas políticas totales pueden terminar fácilmente con la existencia de la organización”. Ciertamente, el análisis de Mintzberg está pensando en empresas y no en organizaciones públicas cuya perennidad (aunque en declive obvio y con deslegitimación evidente) está (casi) garantizada. Reconducir el conflicto “al orden preexistente” en este caso resulta complejo, pues la solución tradicional (reparto) puede generar un efecto llamada multiplicador y desatar peores escenarios futuros. Nudo de una complejidad extrema.

Una aplicación la invasión de la ciudad autónoma de Ceuta

Las instituciones en España están sufriendo -como consecuencia de ese grave contexto- un acelerado y serio proceso de erosión. La política ha entrado en bancarrota y la Administración se muestra impotente, incapaz -por desdén o incapacidad gubernamental- de ofrecer soluciones cabales a una ciudad rota y de prestar sus servicios y funciones de forma mínimamente aceptable y digna.  Obviamente, tras esa gravísima crisis, el primer y más evidente descrédito ha sido, al margen de la pésima imagen de España como país, el de la presidencia y de su gobierno, incapaces de prevenir y evitar la invasión y también impotentes de gestionarla una vez producida; con fallos estrepitosos y continuados en el tiempo. Un problema enquistado de tal magnitud no se resuelve con un refuerzo del relato, como pretenden vendedores de humo de una comunicación de pura bisutería política; sino con liderazgo efectivo, alineamiento política-gestión, rigor político y buena gestión. La presidencia del Gobierno y el Ejecutivo no solo no han desplegado decisiones adecuadas, sino que han creado condiciones adversas (por omisión y a veces por acción), pretiriendo incluso que las Administraciones públicas ejerzan cabalmente sus responsabilidades públicas, y sometiendo a ese territorio y su población a una situación de abandono y de estrés existencial insostenible.

El resultado de esa cadena de errores mayúsculos es que se ha creado una arena política total (inmenso pantano enmohecido de mala política e incapacidad gestora), cuya salida no se visualiza a corto plazo, menos aún con una política polarizada hasta extremos inconcebibles, y donde nadie regala nada, pues solo se quiere ver la muerte súbita o a plazos del enemigo político. La polarización desgarra la propia Administración, pues pretende que, como soldadito parcial, el funcionario esté en una de las trincheras, quebrando su imparcialidad, objetividad y profesionalidad. De ahí al colapso y deslegitimación de los servicios públicos solo hay un paso, que si no se da aún es porque una parte importante de la función pública actúa con profesionalidad y sentido de pertenencia, aunque han surgido ya brotes de burocracia defensiva.

La presencia del Estado en la ciudad autónoma se ha tambaleado y sus efectos siguen siendo aún devastadores. Y eso es muestra de debilidad extrema. Difícilmente la situación podrá remontarse sin una clara asunción de responsabilidades y un enérgico, consensuado y coordinado plan de choque en el que intervengan de consuno todos los actores políticos e institucionales. Escenario improbable a día de hoy, pues se suma un gobierno incapaz, una Administración cuestionada y desapoderada, así como una oposición que solo busca atajos y descarta complejas soluciones de reparto “temporal”. Salida tampoco compartida por la UE. Si grave es la crisis, no lo es menos el dilema.

Final

Esto viene de lejos. Atrapada entre dos trincheras ideológicas incomunicadas (“el muro”), la política lleva tiempo renunciando a que en España haya una Administración íntegra, eficiente e imparcial. Los actuales gobernantes, además, han errado en su estrategia, si por tal se entiende el descrédito continuo de la alta función pública del Estado. En este caso, han ido más lejos: para atenuar o salvar sus responsabilidades políticas, han cuestionado (e incluso culpabilizado) directamente a instituciones del Estado que tienen como misión esencial prestar los servicios de información vinculados con la defensa del Estado (CNI), la seguridad pública a través de las fuerzas y cuerpos de seguridad, o la impartición de justicia (Tribunal Supremos y Audiencia Nacional). No es la primera vez, pero en este complejo y sensible contexto internacional debilitar más de lo que están (que ya es mucho) la Administración del Estado y el poder judicial, es un error de cálculo político mayúsculo, que pone en entredicho no solo la legitimidad del propio Estado (quien lo gobierna, la erosiona), sino que enfrenta cainitamente política y gestión, y que, en un conflicto enquistado de tal gravedad, requiere alineamiento y no colisión frontal o sumisión inaceptable. Rota la expectativa de pacto político y roto el imprescindible alineamiento entre política y gestión, así no se saldrá nunca de esa empantanada arena política total en la que España está inmersa. Quienes vengan, tras esta pasión por la politización descarada, restaurarán el poder corporativo funcionarial en su dimensión de tradicional contubernio con las estructuras políticas gobernantes. Tampoco eso resolverá los sempiternos problemas de la Administración española que, tras el síntoma de Ceuta, nos muestran fehacientemente (algo que ya sabíamos) que están enquistados. La impotencia de un Estado cada vez más frágil seguirá manifestándose mientras no se capte de una vez por todas que solo una política capaz, responsable e íntegra y una función púbica profesional, imparcial e inclusiva, ambas correcta y respetuosamente alineadas, podrán sacar a España del túnel en el que se halla desde hace más de un siglo.

LECTURAS Y RELECTURAS ESTIVALES

“Los lugares y los libros que vuelvo a ver me sonríen siempre con nueva frescura” (Montaigne)

“Seamos francos. Si nosotros, los que escribimos, hiciéramos votos de no hacerlo hasta que se nos ocurriera algo nuevo, verdaderamente nuevo, que escribir, nos pasaríamos la vida en perpetua holganza” (Juan Valera)

Relectura diletante

El verano es tiempo de lectura. Siempre lo ha sido, aunque ahora -pese a lo que se dice- se lea menos. Como es habitual, en estos meses estivales me he sumergido en la lectura. Miento, sobre todo en la relectura. Leo sobre todo ensayos, también cuando toca algo de novela. Mi espacio doméstico para libros apenas tiene huecos, ya no admite novedades. He optado, por tanto, por el préstamo bibliotecario que, dados los plazos precarios, exige disciplina en la lectura y rapidez en las anotaciones. Así, salvo algún caso significativo, eludo comprar libros sin antes catarlos. Desconfío cada día más de las impactantes novedades, como ya lo he expresado en otra reciente entrada sobre dos libros prosaicos. Ni el espacio ni el bolsillo ni menos aún mi impaciencia lectora admite ya muchos errores en la compra bibliográfica, como no pocas veces tuve antaño. 

Mis estímulos actuales se dirigen a la relectura. Disfruto con ella muchísimo y descubro o redescubro ideas que no brotaron con la fuerza necesaria en la primera o incluso en una segunda aproximación a tales libros. Ciertamente, no puedo compartir el juicio de Royer-Collard, cuando afirmaba: “Yo no leo nunca, releo”. Pero, tal y como van mis decepciones sobre la nueva literatura y especialmente con buena parte del ensayo actual, cada vez me aproximo más a esa idea. Debo confesar que una de mis pasiones lectoras en estas tardes tórridas de estío, es sentarme con buena música y una columna de libros por lo común ya leídos antaño (algunos incluso leídos inicialmente hace 30 o 40 años) de distinto signo y calado, sobre los que picoteo capítulos alternos sin solución de continuidad, y que voy cerrando y abriendo durante varios días. Con este caos de relectura disfruto lo indecible. Y no tengo inconveniente en pasar de la novela al cuento o a la poesía, del ensayo histórico o filosófico a libros de ciencia política, teoría del Estado o Derecho Público, cuando no de economía, sociología u otros temas prosaicos. Y, sin duda, frecuento las biografías, que habitualmente me enganchan (ahora estoy con varias), aunque más de una golpee pronto la puerta del abandono. Hay algunos autorretratos egocéntricos e infames.

Este diletantismo lector siempre me ha agradado. No lo puedo evitar. Bien es cierto que tal desorden (relativo) en las lecturas cede en ocasiones puntuales cuando retomo la relectura de una obra que por segunda, tercera o enésima vez me atrapa. Pondré solo algunos ejemplos recientes. Este año me sucedió con Maquiavelo, del que releí (en algún caso por cuarta o quinta vez) tanto alguna de sus biografías como sus afamadas obras El Príncipe, Discursos sobre la primera década de Tito Livio y sus Escritos políticos. Siempre aparecen cosas nuevas. Lo mismo me ocurrió con El arte de la prudencia de Baltasar Gracián (no digamos nada con El Político, que mi buen amigo Jesús Colás me regaló hace años), y también me pasa con Montaigne y sus Ensayos, o con el amigo de este último Étienne de la Boétie, y su Discurso sobre la servidumbre voluntaria, un alegato contra la tiranía. Sobre este tipo de libros vuelvo siempre que puedo.

En este deambular caótico me he sumergido en Carré de Malberg y otros teóricos del Estado europeos (tengo pendientes aún dos recientes libros publicados sobre Carl Schmitt, que solo he hojeado), en obras históricas sobre la Administración y función pública, pero sobre todo en una relectura de parte mínima de la abundantísima bibliografía sobre el fanatismo y la intolerancia, enfermedad común (y, al parecer, irresoluble) del pueblo español. La guerra civil española y nuestro particular cainismo también atrae mi atención. Analizadas en su día las guerras carlistas y sus devastadores efectos a través de los Episodios nacionales de don Benito (El legado de Galdós, libro reimpreso hace un par de meses por Catarata), he vuelto a los prolegómenos y desarrollo de la guerra incivil, como la llamó Unamuno. Herida aún no cerrada y que en este país corre riesgo siempre de abrirse de nuevo. Analicé las interesantes Memorias de Martínez Barrio y leí y reseñé la reciente obra de Chaves Nogales, Guerra total, tras releer parte de sus obras completas, que no son tales, y me sumergí también en el periodismo de Gaziel y Josep Pla, así como en diferentes ensayos sobre ese período (ahora estoy, un tanto tarde, con Fuego cruzado y la biografía sobre Hitler de Weber). Mi obsesión por la creciente intolerancia y fanatismo que nos invade me ha llevado también a releer a Locke (Escritos sobre la tolerancia), Voltaire (Tratado de la tolerancia), el magnífico opúsculo de Julián Marías (La guerra civil. Cómo pudo ocurrir) o, entre otros muchos libros, el de Clara Campoamor, La revolución española vista por una republicana o La velada en Benicarló, de Manuel Azaña, por no hablar de los fascinantes ensayos de Juan Valera Del influjo de la Inquisición y del fanatismo religioso en la decadencia de la literatura española o Historia de los heterodoxos españoles. También he revisitado algunas contribuciones de Amos Oz (Contra el fanatismo o Queridos fanáticos). Sin duda he vuelto a las obras de Hanna Arendt y Popper, entre otros.Pero eso, de lo que ya algo dije, sobre una España fanatizada, mejor tratarlo monográficamente en otra ocasión. El desorden lector de este verano se ha detenido asimismo en algunos opúsculos del gran Jonathan Swift, recordado recientemente por la interesante reseña de Daniel Gascón sobre Los viajes de Gulliver. He disfrutado esta vez con sus Pensamientos y otras obras cortas, así como con sus Instrucciones a los sirvientes, ambas editadas en México. Y ese disfrute lo he compartido también con la relectura de Carta sobre el entusiasmo y Sensus communis (ensayo sobre la libertad de ingenio y el humor), del conde de Shaftesbury.

La estatura intelectual de Heinrich Heine y otras lecturas y relecturas

Y, en fin, por no aburrir en demasía, no expondré ahora nada más sobre las desordenadas y múltiples lecturas que he realizado y aún estoy haciendo, en ese trasiego caótico que tanto me seduce. Pero lo cierto es que también con la relectura se abren puertas nuevas, al menos algunas que en mi caso nunca había franqueado, lo que es una viva muestra de mi gran ignorancia. Con la tercera relectura de la magnífica obra de Stefan Zweig, Erasmo de Rotterdam. Triunfo y tragedia de un humanista (aunque no supera su magistral Castiello contra Calvino),se me abrieron las puertas a su estimulante obra Adagios del poder, en la que me he sumergido con mi particular desorden lector. Erasmo construyó una ética del poder que quedó oscurecida por la coincidencia temporal con El Principe. Una pena, pues sus Adagios (una obra abierta) son muy instructivos, aunque no les prestaran demasiada atención los gobernantes en su día. De los estudios introductorios a los Adagios me interesó sobremanera el seguimiento que Erasmo hacía de la construcción tipográfica de sus obras, que me recuerda al Clarín soberanamente tratado por Botrel en su reciente libro Escribir y crear: Clarín adentro. Una figura literaria, la de Alas, hoy en día bastante olvidada que algunos batallan porque siga aún viva. Como lo he pretendido, con más voluntad que resultado, con mi Clarín, republicano de las letras.

Buceando en el pensamiento europeo del XIX, me surgió la estimulante lectura del egregio Heine, sobre quien el profesor Jiménez-Blanco reseñó hace unos meses una importante obra, La herida Heine, de Mariano Zubía. Comencé por el final y por lo aparentemente más fácil, sus Confesiones y Memorias, un libro magnífico, de un personaje poliédrico, difícil de encasillar, un intelectual sobresaliente, ensayista comprometido, pero a la vez independiente, un excelente poeta (sobre el cual se explaya en algunos momentos la Correspondencia de Juan Valera; y que fue profusamente citado, por cierto, en los ensayos de crítica literaria y artículos periodísticos por Alas, Clarín). A Heine, incluso, se le han encontrado ciertos paralelismos en su labor crítica de periodista con Larra (Max Aub), pero menos con un posterior Clarín (del que habría que rastrear su influencia), un autor que, salvando las distancias, en su periodismo literario y político bebió sin duda del malogrado escritor madrileño y también del propio Heine. He leído sobre este autor un buen perfil dibujado por la interesante obra de Max Aub (realmente, una conferencia impartida en México en el centenario de su muerte) sobre el amigo circunstancial de Karl Marx (donde ofrece algunas claves para entender la persona y su obra), que viene precedida de un interesante y clarificador estudio de Mercedes Figueras sobre la trayectoria vital de Heine. Engels, en un libro que he disfrutado mucho (El gentelman comunista), dijo de aquel, que “el más eminente poeta alemán se ha unido a nuestras filas”. No fue para tanto. Adorno lo clavó: “En términos políticos, Heine fue un compañero poco fiable, también para el socialismo”. Heine no se casaba con nadie. Las Confesiones y memorias de este ensayista me han seducido (máxime al estar escritas, o mejor dictadas, en 1854, en sus años de postración como enfermo de ELA que fue, tiempo en el que mantuvo su potencia intelectual ante un cuerpo inerte). Allí zanja cuentas con su pasado hegeliano. Y rectifica algunas de sus radicales posiciones de antaño como las mantenidas en su magnífico y estimulante ensayo Sobre la historia de la religión y la filosofía en Alemania, donde lleva a cabo un esclarecedor y didáctico análisis de la historia de la filosofía alemana y sus precedentes religiosos, escrito por un judío formado de adolescente en el catolicismo que luego abrazó un protestantismo abierto. La historia de la religión y de la filosofía en Alemania contada para franceses, es un gran libro. Sus amores por Napoleón (y su despecho hacia Madame de Stäel y su idealista visión de Alemania) vienen de ahí, pues el emperador le permitió descubrir el respeto a la libertad de conciencia en una Alemania muy poco dada entonces a tales ensayos. El estudio introductorio de Velasco es sencillamente clarificador sobre tan insigne poeta y ensayista. Como dice este autor: trató “de aunar la filosofía revolucionaria alemana y la política revolucionaria francesa, esto es, acercar el mundo cultural alemán a Francia y exportar el entramado político y social de ésta a Alemania”. Tengo aún pendiente la biografía de Max Brod sobre ese escritor, de la que leído varias y encomiásticas reseñas.

El boom del ensayo periodístico: demasiados libros, pocos buenos.

Tengo, asimismo, abiertos varios libros de historia, ensayo, novela, filosofía e instituciones (uno de mis terrenos predilectos). Tampoco me extenderé sobre los libros “nuevos” (esto es, los que han sido editados en los últimos años) que he leído recientemente. Algunos ejemplos. Leí dos de Martínez Pisón sobre Dos tardes con Benito Pérez Galdós (un opúsculo sin pretensiones y alguna cosa matizable) y su obra autobiográfica Ropa de casa, espléndidamente escrita como magnifico escritor que es, aunque sin demasiadas cosas que contar. Resalto también el libro de Enrique Murillo, que sinceramente me atrajo (Personaje secundario. La oscura trastienda de la edición), y al que ya me referí en esta Web. De Orwell disfruté un reciente librito que aúna escritos suyos sobre la guerra civil española (La historia se detuvo en 1936), y que me llevó a releer su Rebelión en la granja, picotear 1984, y retornar a Por qué es importante Orwell, de Hitchens, y al brillante ensayo Churchill y Orwell, de Ricks. Su singular mirada socialista y liberal-democrática, así como antiautoritaria, siempre me ha atraído.

Por empuje del contexto y su amplia difusión, me adentré en la lectura de algunos ensayos periodísticos, género que hoy invade el mercado editorial, y que, dado sus reconocidos autores, se venden bien. He leído algunos, pendientes otros y aparcados sine die los demás. Preñados de contingencia política o incluso (en el peor de los casos) de cierto sesgo ideológico coyuntural, su lectura, en buena parte de los casos, me ha dejado frío. Esperaba más. Un buen columnista puede tener madera de ensayista. O no. Periodistas novelistas y ensayistas ha habido muchos, algunos de gran nombradía. Pero no siempre es así. Actualmente, pocos parecen “cavar hondo”, una expresión de Azaña aplicada a las excelsas cualidades ensayísticas de Juan Valera. Y eso desluce un ensayo, que siempre es otra cosa. Lo expresó bien Carmen Martín Gaite, al afirmar: “El ensayo no perdona. En la novela puedes esconder las imprecisiones detrás de los personajes, puedes disimular la vaguedad con la atmósfera. Pero en el ensayo estás tú solo, desnudo, con tus ideas. O sabes lo que dices. O quedas en evidencia.” La cita es de Máximo Pradera en sus autodenominadas Memorias, más bien “recuerdos” familiares; obra a la que me aproximé, estimulado por la lectura de la excelente biografía Sánchez Mazas. El falangista que nació tres veces, de Fuentes Codera. El libro de Pradera (hijo) describe algunas anécdotas apreciables (otras menos) de destacados miembros de su reconocida familia (me quedo con la genial estampa de Rafael Sánchez Ferlosio); pero su autorretrato -preñado por distanciarse ideológicamente de sus ancestros, se desdibuja, pues es un ejercicio siempre mucho más complejo, como escribió Heine.  

Del resto de ensayos periodísticos, nada diré. De uno de ellos he elaborado una recensión académica puesto que aporta una mirada nueva (aunque limitada y parcial) sobre los conflictos de interés en una parte de alta función pública. En ese boom de ensayos periodísticos hay aportaciones puntuales interesantes y otras bastante menos. El buen ensayo no es un género fácil. Ni es una columna de opinión ni tampoco un reportaje ampliado. Es, como decía, otra cosa.

Queda, no obstante, demasiado por leer. No pasamos de ser, yo el primero, meros aprendices. Son muchísimas las obras que, de entrada, alimentan la curiosidad intelectual. Deberíamos ser capaces de saber desbrozar lo que se puede eludir (que es mucho, aunque a veces sea, paradójicamente, lo que más se difunde y vende) de lo que resulta, cuando menos, interesante, novedoso y estimulante. En fin, para gustos los colores. Pero, al margen de lo anterior, un poco más de criterio en la edición de algunas obras sería aconsejable. Y podría poner numerosos ejemplos de libros que pertenecen a esa categoría de prescindibles y que, gracias al préstamo bibliotecario he podido acercarme a ellos y leerlos (y algunos abandonarlos, que también se ha dado el caso) para tener un juicio más acertado de lo que esas páginas contienen. Como me dijo uno de mis libreros de confianza: “Rafael, más del ochenta por ciento de los ensayos que se publican y nos llegan a escaparates y estanterías de las librerías, carecen de interés”.  No andaba desencaminado. Tal juicio, se podría extender también a otro tipo de géneros. Hay un buen número de novelas y ensayos, con ventas espectaculares, de baja calidad. No pocos libros buenos, que los hay, quedan a veces enterrados entre centenares de textos publicados. Sellos editoriales antaño consagrados publican, cada vez más, mediocres novedades. Eso también desincentiva la lectura. Y eso hoy, no es buena noticia.  

LA «ESPAÑA PLURINACIONAL» EN DOS LIBROS: «EL MANUAL» Y «LA PERESTROIKA DE FELIPE VI»

“El pensamiento precede a la acción como el rayo al trueno”

(Heine, Sobre la historia de la religión y la filosofía en Alemania, Alianza, 2008, p. 209)

Preliminar

Son dos libros que distan más de diez años. El primero (El Manual), es el más reciente: publicado en 2026, ha tenido una difusión atronadora en los medios. El segundo (La perestroika…), data de 2015, y tuvo una difusión discreta. Sus autores respectivos son Iván Redondo y Jaime Miquel, este último fallecido hace más de un año. Muchas cosas les unían, otras tantas les separaban. Pero el libro de Redondo bebe mucho del de Miquel (no solo en la paternidad de la idea de España como Estado plurinacional y como pretendida solución a nuestros males), aunque se aparten demasiado en la forma de exponer (más pulcra la de este y más heterodoxa la de aquel). Los dos proceden del mundo de la consultoría y el análisis electoral, aunque de generaciones distintas y con miradas diferentes.  Si se quiere tener una visión de la crisis de la política española (y sobre todo de su sistema de partidos), ambos libros ofrecen miradas complementarias, aunque no se compartan sus polémicos y a veces oportunistas puntos de vista, cuando no sus diagnósticos equivocados y sus autoalabanzas (abusivas en el primero y discretas en el segundo).

El Manual

Leer El Manual, teniendo en cuenta los límites del préstamo bibliotecario, supuso interrumpir mis lecturas veraniegas. El libro de Redondo es sobre todo un ejercicio de autobombo autobiográfico de una persona que apenas ha cumplido los 45 años, y que airea haber triunfado en el ámbito de la comunicación política y de la estrategia electoral desde edad temprana. Curiosamente, entre las lecturas interrumpidas estaban algunos ensayos de ese magistral escritor que fue Heinrich Heine. En su fascinante libro Confesiones y memorias, dictado en sus últimos años de vida, aquejado de ELA, Heine se sinceraba, siendo consciente de que cualquier autorretrato suele dar una impresión falsa de lo que uno realmente es. Estas eran sus palabras:

“La composición de un autorretrato sería un trabajo no sólo enormemente ilusorio, sino incluso imposible. Sería un presumido vanidoso si aquí aumentara todo lo bueno que supiera decir de mí, y sería un gran necio si expusiera a la vista de todo el mundo los delitos de los que también soy consciente… Y, por otro lado, ni con la mejor voluntad de fidelidad, puede una persona decir la verdad sobre sí misma. Además, hasta ahora nadie lo ha conseguido, ni San Agustín ni el ginebrino Jean Jacques Rousseau, y mucho menos este último, que se denominaba a sí mismo hombre de la verdad y de la naturaleza, cuando, en el fondo, era más falso y menos natural que sus coetáneos”.

La lectura del libro que aquí se comenta me ha recordado esta impecable reflexión, pues Redondo -amén de otros muchos deslices- incurre aquí en esa condición de “presumido vanidoso” de la que se hacía eco Heine. El Manual, obsceno por autocomplaciente autorretrato, rezuma por los cuatro costados aires de grandeza y no poco autobombo en sus actuaciones públicas más conocidas (Badalona, Euskadi y su período en la Junta de Extremadura, con el PP; Telde; su inmersión como comentarista político en los medios; su fichaje por Pedro Sánchez cuando era candidato; “su” exitosa moción de censura y el desembarco en la ansiada Moncloa como Director de Gabinete del presidente en 2018; su salida en 2021, que él la enmarca en un problema grave de salud; y, en fin, su colaboración en dos tiempos con “el Ministro” (así lo cita) candidato, y a la segunda presidente de la Generalitat catalana, Salvador Illa. Tal es su jactancia que llega hasta el punto de insinuar veladamente que la historia de España hubiese sido otra en estos últimos diez años sin su presencia en la arena política.

El Manual cuenta lo que le interesa y calla aquello que no quiere narrar. Aun así, la foto dibujada (por muy velada que esté) ayuda a explicar algunas cosas de lo que ha pasado en España en los diez últimos años, y sirve, asimismo, para comprender por qué las instituciones en este país se hallan tan degradadas tras ese tsunami que produjo en 2018 la moción de censura triunfante en un contexto parlamentario de suma debilidad de un entonces PSOE que se venía desangrando desde hacía años en su tradicional peso electoral. Redondo se vanagloria de que ya en 2017, en Expansión, había escrito que el líder de la oposición (a quien Podemos disputaba tal condición), Pedro Sánchez, llegaría al poder por medio de una moción de censura. Un desenlace de lo que él llama estrategia política, aunque en realidad era resultado de un maquiavélico pacto hecho entre bastidores. El Gobierno Rajoy II, tras el procés y sus consecuencias inmediatas, así como sobre todo acosado por casos de corrupción, vivía momentos de angustia. Y la tecla correcta, según Redondo, era esa: plantear una moción de censura y asumir el poder con el apoyo de las fuerzas nacionalistas e independentistas y del resto de los partidos de izquierda, Podemos incluido. Se trataba de tomar, así, la delantera y dejar a la derecha y a la luego asentada extrema derecha (que emergió en 2019), sin espacio para gobernar de forma efectiva, enviándola así al ostracismo político. Para ello, el PSOE debía mutar de lo que fue a lo que será. La travesía en el desierto del partido había terminado. La plurinacionalidad se imponía, sino de iure, sí de facto. Llegar así al poder exigía una alta capacidad de maniobra y no poca cintura para ceder ante sus socios lo que fuera menester. Pocos votos son muchos, como repite el autor. Según Redondo, el apoyo de los independentistas catalanes (curioso que apenas hable de los vascos) a la moción de censura enterró para siempre el procés. Una vez sepultado, tras la mano dura, se trataba de encajarlos en España mediante indultos, luego la amnistía (según él fue quien la propuso mucho antes de 2023), y tras ello diseñar un nuevo encaje “constitucional” asimétrico que diera satisfacción a sus demandas de creación de un Estado propio dentro de una España confederal.

Nada nos dice el autor sobre qué le ha impulsado a escribir este extenso autorretrato profesional (apenas personal). Se intuyen muchas razones, y otras tantas se han barajado en los medios. La más plausible es que busca un protagonismo perdido. No descarta volver a la política (en varios pasajes deja la puerta entreabierta). Por eso no hace apenas sangre. También se ha escrito que está promocionándose como consultor electoral para hacer caja en el futuro. En fin, el hecho real es que el libro lo ha escrito en el ecuador de su vida y sus razones tendrá para ello.

El sueño del Director (así se autodenomina, además con mayúsculas) fue, según dice, llegar a La Moncloa, como jefe de Gabinete de la Presidencia del Gobierno. Incluso llega a afirmar que, tras sus éxitos iniciales como consultor electoral, recibió innumerables demandas para prestar servicios a políticos en países del extranjero. Sin embargo -añade, renunció a su internacionalización para centrarse domésticamente en el que era su gran objetivo. Utilizando siempre esa cargante forma impersonal (hablando de sí en tercera persona), escribe: “Nada de eso jamás estuvo en su mente, solo tenía sitio para una meta: ganar la Moncloa”. En verdad, el libro es un canto a ese objetivo y una difusión de que tal meta se alcanzó, de la mano de quien será su gran valedor: Pedro Sánchez; quien, por cierto, sale entronizado y prácticamente inmaculado del relato. Los únicos reproches son hacia decisiones del presidente que no se adaptaron a las propuestas de su jefe de Gabinete, y que, según dice, se equivocó.

El autor nos habla, por tanto, como si hubiese sido el director in péctore desde su más tierna infancia; pues para él tocar el cielo profesional consistió, antes de llegar a los cuarenta, en ser nombrado responsable del Gabinete de la Presidencia del Gobierno. Un sueño cumplido. Y en el que (si nos creemos lo que cuenta) triunfó por completo. En su hiperbólica visión, ese cargo era el más importante del Ejecutivo tras el presidente del Gobierno. Así lo cree, y lo deja claro muy a lo largo del texto. Los ministros eran piezas de ajedrez de menor importancia. Se produjo así un matrimonio político de dos grandes narcisistas y megalómanos del poder. Conjunción perfecta. Su idilio no fue fácil. Tras la exitosa moción de censura, y una vez nombrado, el director construyó un “Gabinete total”, esto es, una estructura de asesoramiento elefantiásica que no dejó de crecer desde entonces, más de lo que aún era. Vinieron tiempos difíciles, pero la argamasa del poder da votos.  Y en las elecciones de 2019, eso dice, sacó al PSOE de su subsuelo electoral (85 escaños) y lo situó en 123, un falso techo hasta ahora nunca superado. Abrazarse a la bandera de España dio réditos. Aun así, quedaban muy lejos las mayorías anteriores a 2011, y se repitieron las elecciones -algo que el director desaconsejaba- y el resultado fue algo peor. Se salvaron los muebles. Atravesó el Covid19 (aunque había anunciado su prevista marcha en junio de 2020, que retrasó por sentido de responsabilidad), y en esa etapa se llega a calificar incluso como gran gestor; pero fue más bien un gran propagandista: diseñó una gestión de fondos europeos centralizada para reforzar la imagen de su presidente con el maná procedente de Bruselas, afirmando incluso que con esos fondos a este país no lo iba a reconocer ni la madre que le parió. Nada de eso sucedió, como es obvio. La convulsa vida política española y las elecciones autonómicas del 19 (el batacazo de Madrid, el fracaso de la moción de Murcia, etc.), tensaron su paz política en Moncloa. Había quienes le movían su silla. Y llegó la enfermedad coronaria. Que dice estar en el fondo de su decisión de marcharse en 2021, con la crisis de Gobierno. Recibió, también según él, muchas presiones para continuar, incluso de su propio equipo (pues algunos, no se sabe nunca quiénes, veían con su marcha frustradas sus expectativas de progresión profesional). La Jefatura del Gabinete pasó al partido (nunca le perdonaron al autor no ser afiliado y menos aún haber sido asesor del PP). Y luego, tras una fallida y gris experiencia de jefatura de Gabinete del partido, volvió el cargo a una persona del anterior equipo del director, con perfil más discreto, de sólida formación, pero con parecidas obsesiones: la política como relato, las instituciones como pieza de caza política mayor y el exterminio de la oposición. Según Redondo, hubo un momento en que el presidente renunció a la apuesta plurinacional. Y ahí también se equivocó. Pero, propio del oportunismo versátil característico del presidente, hizo de la necesidad virtud, pues apoyos son amores. Esto último no lo cuenta.  

En este pretendido autorretrato profesional y político, prescinde el autor también de citar por sus nombres y apellidos a todas las personas y políticos con los que se cruza (e incluso con los que ajusta cuentas) en esos importantes años de su vida. Ni siquiera a su mujer, a quien despacha con la expresión “la Capitana”. Lenguaje opaco, en clave. Para entendidos…, por decir algo.  

La perestroika de Felipe VI

El primer libro me condujo al segundo. Redondo no hubiese llegado a “sus” conclusiones sobre la naturaleza plurinacional del Estado español sin la atenta lectura del libro de Jaime Miquel, La perestroika de Felipe VI (RBA, 2015), como algunos comentaristas ya expusieron en su día. La pretendida solución “institucional” del director de involucrar a la Corona en un juego de alternancia política entre izquierda y derecha con base exclusiva en las fuerzas políticas territoriales (catalanas y vascas, principalmente), parten de las tesis del análisis político-electoral de Miquel. El director intenta justificar su autoría al afirmar que fue el libro de Anselmo Carretero, Las nacionalidades españolas, el que le abrió los ojos a esa idea. En verdad, fue Jaime Miquel, quien, en una entrevista a un diario, reconoció la paternidad de la idea y su “compra” por el director. De hecho, una vez nombrado jefe de Gabinete, Redondo incorporó a Miquel como asesor en su elefantiásico equipo monclovita.; justa recompensa para quien le había provisto de tan importante munición y era un fino y consagrado analista electoral.

El libro de Miquel ha influido y mucho en El Manual. Creo que sin él no lo habría escrito, al menos así. De hecho, las tesis de Redondo fueron adelantadas en numerosas y reiterativas columnas de opinión de los lunes en La Vanguardia tras su salida del Gobierno. Antes le valieron incluso para construir la idea del “muro”, propia de una política excluyente (muy alejada de los píos deseos que incluye en su libro), que le permitiría blindar el poder desnudo de Pedro Sánchez tras alcanzar el poder: los aliados del Gobierno (ya de coalición con Podemos a partir de 2020, y luego reducida a escombros esa fuerza política, sustituida por la complaciente y anodina Sumar) eran claramente las fuerzas políticas independentistas de la España periférica. Esa pinza, formulada como lección de “estrategia política”, no la destruiría nadie. Electoralmente (esa fue la gran intuición de Miquel) la izquierda así (aunque este no pensaba en el PSOE) podía ser imbatible, aunque con dos condiciones: que la izquierda del socialismo creciera hasta ser hegemónica y que las cesiones a los poderes territoriales catalán y vasco no cesaran. El primer objetivo no se cumplió, por la mutación acelerada del PSOE hacia el populismo tras la segundo y definitivo liderazgo de Sánchez. La ayuda de una derecha desnortada y fracturada de liderazgos débiles (y la emergencia cada vez con más fuerza de Vox, un balón de oxígeno para esa estrategia electoral que había que engordar desde el poder), hacía el resto. Aunque la idea fuerza de Miquel era otra: según su tesis, la única opción de supervivencia de la España constitucional del 78 era transitar hacia la fórmula confederal, conducción en la que el monarca tenía su papel; pero eso fue antes del procés. Tal apuesta confederal, mal explicada con los modelos belga y suizo, era la excusa. La ventana de oportunidad del director, alimentada en un cálculo electoral,era más precisa: encerrando a la derecha en el extremo, las dificultades de alternancia eran evidentes.

El ensayo de Jaime Miquel tiene también una factura autobiográfica y de autobombo (aunque mucho más templada en este último aspecto, si bien también “se vende”, pues estaba en el mercado); pero sobre todo es un sugerente e interesante análisis político-electoral de la democracia española de 1978 hasta 2015, con especial dedicación a los últimos años entre 2011 y 2015 cuando el sistema de partidos centrales en la democracia española del 78 entra en barrena, y de cuyo fenómeno y contingencia electoral extrae el autor consecuencias demasiado osadas que los hechos históricos ulteriores han desmentido casi por completo. Es una consecuencia de poner el foco en el momento presente y no cavar más hondo. Los problemas de la mala articulación político-institucional de España no venían solo del franquismo ni de la transición, ni de ese denostado por el autor sistema burocrático-político enfermo, sino de mucho tiempo atrás. La España actual no se puede entender sin el siglo XIX y primeras décadas del XX. Tampoco sin una referencia expresa al Desastre del 98. Algo que Miquel no huele y Redondo menos aún. El libro de Miquel está mejor escrito y no se esconde en referencias impersonales. Pone siempre nombres y apellidos. Es fruto de un buen analista electoral, con años de oficio y ciertos errores, pero con certezas y propuestas bienintencionadas en otros muchos casos. Trabaja el dato y eso le avala. Le puede su dogmatismo y su cerrazón conceptual, si bien a veces se muestra paradójicamente flexible y moderado. En suma, de La perestroika de Felipe VI (título muy impreciso pues la apuesta de Gorbachov por reconducir el modelo territorial de la antigua URSS hacia una confederación acabó como el rosario de la autora), es de donde Redondo ha tomado su pretendida idea de la plurinacionalidad de España y del papel del monarca para refundar así la Constitución de 1978 cuando el sistema político derivado de esta Carta Magna ofrecía signos de evidente agotamiento. Felipe VI, como es obvio, ni está ni puede estar en esa clave, pues su evidente apoyo social en las encuestas (que Miquel cita una y otra vez) se desmoronaría de transitar por esa estrecha e incierta senda que solo conduce al suicidio institucional. Mas eso no impide que, en estos difíciles años de equilibrio político-territorial haya incrementado su sensibilidad hacia esos problemas heredados por la España en los últimos 130 años. El PSOE tampoco está -de momento- en la senda confederal, pues -como también advirtió Miquel y confirma Redondo- en los años 2014 a 2016 defendió el modelo federal, y a partir de entonces, sobre todo tras su llegada al poder en 2018, ha ido configurando un rosario de cesiones políticas a las fuerzas políticas independentistas nacionalistas, acosado por las circunstancias y más aún por la debilidad parlamentaria sobre todo desde julio de 2023. Su balón de oxígeno para mantenerse en el poder haciendo equilibrios se asienta, como escribió Schumpeter, sobre una pirámide de bolas de billar (Congreso de los Diputados), en una “legislatura” fantasma (2023-2027). Pero el poder crea adición y permite soñar a quien lo ejerce temporalmente con su reproducción perpetua. Quien lo disfruta, nunca se ve fuera.

Jaime Miquel fue visionario antes que Redondo. Aunque erró (al menos hasta hoy) en el anunciado cambio del sistema de partidos y en el derrumbe de las fuerzas centrales del modelo, pues ignoró las pulsiones históricas clientelares y oligárquicas de los partidos en España, que terminarían devorando también a unas nuevas y bisoñas fuerzas políticas que irrumpieron como elefantes en cacharrería en el panorama político-electoral: Ciudadanos y Podemos. En todo caso, ¡qué bien cuenta Miquel esa irrupción! En 2015, escribió: “Todo parece indicar que en la legislatura que empieza este año se producirá una transformación profunda del actual Estado español”. No podía intuir el autor de ese vaticinio que tal transformación la llevaría a cabo un Pedro Sánchez (cuya imagen sale dañada en ese libro por su incapacidad de comprender entonces el problema del Estado plurinacional; a quien incluso, en sus primeros momentos, que nada le gustaría, el autor llega a comparar, un tanto exageradamente, con ¡Toni Cantó!), de la mano de su consejero áulico, Iván Redondo, bien pertrechado del argumentario de Miquel y con sus innegables dotes de oportunismo político-electoral y su concepción del poder desnudo. Realmente, ni cayó el sistema anterior, como había anunciado, ni se proclamó ese Estado plurinacional, que solo los restos de la izquierda radical en torno a Sumar y Podemos, y algunas fuerzas políticas nacionalistas-confederales, siempre como estadio de transición hacia la independencia, han defendido en estos últimos años. El PSOE sobre esto, hoy por hoy, calla.

Final: la Constitución del 78 y la pretendida solución confederal.

Todavía el PSOE no ha decidido formalmente qué hacer con el Estado de las autonomías. Las únicas huellas de tal confederación in nuce, lengua aparte, es hoy el silente avance competencial en Euskadi/Navarra y la pretensión de implantar una suerte de sistema de concierto económico en Cataluña, debido principalmente a contingencias políticas, pero con muy serios impactos potenciales sobre la estructura territorial del Estado. Esas pulsiones confederales, como bien apuntaba Miquel, no se pueden verbalizar ni menos aún programar electoralmente, pues una parte de su electorado les abandonaría. Por ello, el mensaje presidencial y gubernamental en esta era de incertidumbre, se apoya en otras ideas: el crecimiento económico, el miedo a la extrema derecha, y la defensa de las libertades democráticas, aderezado todo ello con los ataques al poder judicial. Redondo, además, mete en juego el creciente poder de Madrid DF, más allá de su “almendra”, como enemigo a batir. Por el contrario, alaba Cataluña, curiosamente por su “sentido institucional”. Miquel también muestra sus complejos territoriales: unos son los buenos (periféricos nacionalistas) y otros los malos (políticos y burócratas centrales). En esto muestran paralelismos: la “España muerta” versus “las demás Españas”, de Gaziel. El fanatismo y la intolerancia vistas solo desde un lado. Sin mirar, y menos analizar, lo que pasa en el otro.

Tiempo de centenarios: el 31 se aproxima y para el 36 quedan diez años. Se van calentando motores para ensayar una forma de gobierno republicana como otra alternativa a nuestros males. Los síntomas de agotamiento del sistema constitucional de 1978 no son tanto hoy de la ciudadanía como de los partidos: la Constitución del 78 cada vez tiene menos apoyos partidistas, y quienes dicen apoyarla no comulgan con el ideario liberal-democrático, hoy abandonado por la práctica totalidad de las fuerzas políticas. Pero Felipe VI no es Alfonso XIII. Es un borbón atípico, hasta ahora. Los años venideros pondrán a prueba la monarquía parlamentaria. Nada es eterno.  

En fin, no prolongaré más este largo comentario. Sobre la pretendida solución confederal en España ya me he ocupado en el reciente ensayo Falsos cimientos: la fragilidad de las instituciones en España (Tirant, 2026), y algunas alusiones hice al calor de la divulgación del libro de Redondo por los medios en este blog: https://rafaeljimenezasensio.com/2026/05/12/tras-la-senda-de-maquiavelo-el-asesor-aulico-y-el-estado-plurinacional/. Cuando escribí ambos textos, no había leído ni el libro de Miquel ni el de Redondo. Pero no tengo mucho más que añadir a lo que allí dije sobre la complejidad del problema expuesto: “Hacer compatible armonía e integración con asimetrías aceptables no puede hacerse quebrando la solidaridad, la lealtad y la cooperación (cimientos del Estado autonómico). La contingencia política imperante va por el camino contrario. Y la negación del problema en nada ayuda. Ambos son los peores remedios. Nada resolverán”. Y este es el páramo político en el que se mueve España. No hay otro. Mal pronóstico.

La crisis territorial que se abrió en España en 1898, tras el Desastre, que no se supo atajar después, tampoco en la original y discutida fórmula de la Constitución republicana de 1931, que impregnó en parte el modelo territorialmente abierto de 1978, nadie sabe cómo cerrarla. Y si no se pacta un modelo asimétrico y sostenible, el problema se pudrirá más aún. Con riesgos cada vez mayores. Lo sucedido en Ceuta (atentos a lo que Miquel decía en 2015 sobre esta ciudad autónoma), y lo que pueda pasar en Melilla, pueden abrir como efecto dominó una crisis constitucional territorial de dimensiones incalculables en España. Las soluciones que se apliquen en un futuro en esas “ciudades autónomas”, se pueden pretender trasladar simplista y absurdamente a otros lares, más aún en el ámbito territorial peninsular y de sus islas. Abrir irresponsablemente melones territoriales es muy fácil en letra impresa, incluso intentando darles la pátina de “soluciones institucionales” irreversibles (que nunca lo son). Tales experimentos con gaseosa confederal pueden arrastrar letales consecuencias en la prosaica vida cotidiana de un país y de sus ciudadanos, quebrando, así, la convivencia y haciendo pedazos la integridad territorial. De las historias pasadas se aprenden muchas cosas, si uno quiere.

POLÍTICA INCOMPETENTE Y GESTIÓN INEFICIENTE

“La clase política está cada vez más alejada de las preocupaciones de aquellos que dice representar”

«A pesar de las numerosas disfunciones relatadas (en este libro), me he encontrado hombres y mujeres formidables que no tenían otro objetivo que el de ponerse al servicio del ciudadano. Son numerosos, pero en la base de la pirámide…» (Philippe Pascot, Pilleurs d’Etat, París, 2015)

Es obvio que el devastador contexto climático, con sus desgarros permanentes y sus zarpazos inmediatos, irá a más. Y de forma acelerada. Si nadie lo remedia, dentro de diez años sus efectos serán mucho más letales, pudiendo convertir a España en un territorio parcial y temporalmente inhabitable.

Si se quiere afrontar algún día, cosa que dudo, ese mayúsculo problema, no cabe otra opción que hacer otra política. La que tenemos no vale. Ha mostrado su incapacidad y, peor aún, su ruindad moral: ha habido y habrá muertos, patrimonios arruinados, devastación, ansiedad, impotencia…

El cambio de política exige, en primer lugar, estrategia. Y esta llama a la prevención, al buen uso e incremento de los recursos y a una efectiva gestión, mas también a una coordinación eficiente y a la rendición de cuentas. Nada de eso se ve, ni tampoco se imagina. España, en demasiadas ocasiones, se desangra en su particular marasmo. Cuarteado el país en compartimentos estanco poco eficientes, y dividido en dos bandos políticamente enemigos, destrozada la vieja función pública profesional e imparcial, sin presupuestos generales del Estado durante una caótica y perdida “legislatura” ayuna paradójicamente en leyes y más aún en reformas estructurales, los problemas se acumulan y las soluciones nunca llegan. Ni así lo harán jamás.

La cultura de la prevención es despreciada por los políticos e ignorada por la Administración. La estrategia está ausente en una política capturada por el corto plazo y el regate corto, que no sabe conjugar el verbo planificar ni tampoco el de gestionar. Colonizados los niveles de “responsabilidad” (o de prebenda) directiva por los altos cargos de los partidos políticos (cuya incompetencia es manifiesta) y por funcionarios libremente designados que se columpian al viento que exige el poder de turno, en ambos colectivos «temporales» el lema claro: “Tomar el menor número de decisiones complejas para preservar ‘sus carreras’” (Pascot, 2015); esto es, sestear sin romper un plato ni cambiar nada. Así no puede funcionar cabalmente un país.

Y la gestión (¡ay de la gestión!), palabra con la que se le llena la boca a la política y se mal mastica por un desvertebrado mosaico de Administraciones incapaces de dar respuesta a problemas críticos que les desbordan (y poco capaces, asimismo, de resolver incluso las cuestiones más ordinarias). Con una función pública (ahora reconvertida en empleo público endogámico y vicarial) que recluta mal, defiende un igualitarismo imposible incapaz de gestionar la diferencia, que tampoco ofrece expectativas de desarrollo profesional efectivo, pero dota -eso sí, por presiones corporativo-sindicales- de una razonable zona de confort a quien allí ingresa.

Lo escribió Peter Drucker: “Las personas en las organizaciones tienden a comportarse como ven comportarse a los que son recompensados. Y, cuando las recompensas recaen en el no rendimiento, sobre el halago o simplemente la viveza, la organización pronto se inclinará al no rendimiento, al halago y a la viveza”. Así se comportan en España quienes viven de la política y así vegetan en algunos casos (afortunadamente, no todos) en ese improductivo mundo de la función pública no pocos empleados en este país. Con un sector público fragmentado y descoordinado, así como ayuno de estrategia directiva y gestión eficiente, pretender enfrentarse a las catástrofes de última generación, que asoman un día sí y otro también, es un pío deseo. Con relatos amables y vacuos, actos de fe impostada o falsas promesas nada se consigue, salvo enojar más todavía a una vapuleada y desamparada ciudadanía. Como también se dijo: “La responsabilidad es la clave”. Y en el sector público español ese principio brilla por su ausencia. Nadie responde por nada. Así nos va.

PUBLICAR UN LIBRO: UNA DIFÍCIL Y CAPRICHOSA SENDA (A propósito de la obra de Enrique Murillo «Personaje secundario»)

«Y no se trata solamente de llegar a alguna conclusión acerca del valor intrínseco de ese manuscrito. Además, debes tener en cuenta que el editor estará muy interesado, siempre, en saber si una vez publicado el manuscrito podrá encontrar lectores (…) Venden los libros que logran encontrar lectores que luego recomiendan a sus amigos lo que les ha gustado». (Enrique Murillo).

«La corrupción que el amaño de los premios representa se vive con tal naturalidad en los medios literarios que referirse a ellos es ganarse inmediatamente la vil condición de envidioso, resentido o frustrado. Quizá de ahí el mafioso silencio que acompaña a tan general práctica» (Constantino Bértolo, citado por Enrique Murillo)

Lo sustantivo: sobre el libro y su autor

Cualquier reseña de un libro debe partir de la novedad que tal obra representa en el mercado editorial. Bajo esta premisa, unas reflexiones sobre una obra publicada en 2025 y escritas en julio de 2026 carecen de sentido. Más aun, cuando, como es el caso, el interesante y detallado libro (lleno de confesiones y anécdotas) de Enrique Murillo, Personaje secundario. La oscura trastienda de la edición (Trama, 2025), ha conocido al menos cuatro ediciones y fue objeto en su día de innumerables reseñas en periódicos y revistas, también de no pocas entrevistas en diferentes medios de comunicación, así como de celebradas y constantes referencias en las redes sociales. Por tanto, nada queda por decir que no se haya dicho de tan esperada (por anunciada) obra.

El autor se autodenomina “personaje secundario”, si bien lo fue bastante menos de lo que pretende. Al menos en el mundo editorial, en el que su brillo mate, siempre alejado de la primera fila de los focos, tuvo gran importancia. Conoció a los grandes literatos y editores de la España constitucional de 1978, aunque sus comienzos son anteriores. De sus manos salieron escritores afamados luego, reforzó otros ya lanzados y apostó en algunos casos por nóveles sobre los que pocos creían. Por mucho que vanaglorie a los escritores, el papel de los editores es clave para que aquellos emerjan. No pocos autores se pierden por el camino o no superan las caprichosas puertas de entrada en tal mundo. Lo describe muy bien el autor en una obra de contenido entre autobiográfico, memorialista y, en algunos pasajes, de denuncia de prácticas o conductas nada ortodoxas e incluso ilegales.

Conforme iba leyendo este libro más me seducía el personaje (su vida profesional me parece fascinante, propia de un hombre hecho a sí mismo, un autodidacta con muchísimo olfato, con una personalidad envidiable y un don de gentes notable), también descubría algunas afinidades existenciales (salvando las enormes distancias, siempre a favor de Murillo) en sus cambios de vida profesional (quien suscribe también se reinventó varias veces por necesidades del guion), y, en fin, más juicios compartía (en mi caso meras intuiciones) con el autor, asimismo, sobre sus concluyentes descubrimientos del oscuro mundo editorial que describe con una franqueza determinante.

Enrique Murillo despliega en este libro (que me sirve de excusa para exponer también como apéndice adjetivo algunas de mis andanzas por el pedregoso mundo editorial), una suerte de magnífica y extensa autobiografía que tiene a veces tono memorialista. Su vida profesional (la personal apenas aparece) fue -según cuenta- fascinante. Culo inquieto, intelectual hecho a sí mismo, que supo siempre buscarse salidas profesionales dignas e incluso de gran relieve ante momentos críticos de su vida, maltratado por el mundo editorial en unos casos (Anagrama, aunque fuera centro de su aprendizaje, lo tuvo más de diez años como falso autónomo) y encumbrado temporalmente en otros (Plaza y Janés, Planeta, Alfaguara) hasta sus (en algunos casos) sangrantes despidos, supo reconstruirse o rehacerse y continuar trabajando de lo que sabe hasta nuestros días, cuando con más de ochenta años sigue activo (lo que le deja la Seguridad Social, como es también mi caso). Vivió la precariedad, pero también el esplendor profesional. Fue capaz y eso es importante de recalar finalmente en sellos editoriales pequeños y obtener resultados razonables. Su mirada sobre esos sellos y sobre las distribuidoras que los alimentan (UDL, por ejemplo), es breve y muy limitada, pero interesante, pues describe descarnadamente que los grandes sellos editoriales (tres) monopolizan más del 50 por ciento de la edición. Pone grandes esperanzas en los sellos pequeños, que algunos se han profesionalizado.  El autor expone lo que tiene morbo en el mundo editorial: los grandes sellos y los grandes literatos españoles que fueron emergiendo con el paso del tiempo, con muchos de los cuales Enrique Murillo tuvo excelentes relaciones (por ejemplo, con Javier Marías; a quien consideró el mejor novelista español), con otros grandes literatos mantuvo buena sintonía y con los menos alguna relación tensa o desagradable. Sus choques frontales los tuvo con esos editores y directivos de mentalidad jerárquico-arribista y burocrática.

El autor denuncia sin ambages determinadas prácticas editoriales nada ortodoxas, e incluso algunas ilegales. No habrán caído bien sus palabras en determinados círculos del mundo editorial. La precariedad en la que se encontraban (y probablemente se encuentren aún) quienes colaboran en la producción del libro (desde traductores, correctores de pruebas, ortotipógrafos, diseñadores de cubiertas) e incluso los propios autores, que muchas veces carecen de información fiable sobre las ventas reales de sus libros. Pone el ejemplo, en su día muy aireado, de la ruptura por este motivo de Javier Marías con Anagrama, dando su propia versión, que no es coincidente, por cierto, con la de otros (Ignacio Martínez Pisón en su Ropa de casa). La Ley de 1987 no terminó de regularizar un problema que hasta cierto punto sigue abierto: el control de tiradas y las ventas realizadas. Por lo común, las editoriales son escrupulosas, pero las hay que menos.

Cuenta genialmente Enrique Murillo cómo los premios de los grandes sellos literarios (y no sé hasta qué punto también otros) están amañados. Y su relato sobre cómo se fabrican obras ganadoras y autores que ulteriormente serán de “prestigio” es, como se ha expuesto, franco y descorazonador. Aporta ejemplos magníficos de consagrados literatos que se negaron a ser utilizados en tan espurio sistema, pero también de otros -algunos tan alejados de esa corrupción moral- que terminaron comulgando con ruedas de molino. Mis presunciones reiteradas de la falsedad de esos premios, en los que colaboran los medios, los críticos e incluso los académicos, se han visto confirmadas por las confesiones de este sugerente editor. Una auténtica vergüenza nacional. En efecto, Murillo desnuda, en unas páginas memorables, cómo se cocinan o se amañan los premios literarios (algo que todos intuíamos y que algunos han denunciado, como él mismo cita). Las experiencias que cuenta son de gran interés. Pero se remontan a un momento de los premios en los que el decoro en la elección de la persona premiada era aún relativo. Hoy en día el escándalo con sordina es lo más corriente: se premian obras de quien no las ha escrito o cuya calidad literaria es sencillamente ínfima. Todo da igual con tal de vender. Los grandes grupos editoriales quieren eso: vender. Lo demás les es indiferente. Si eso es una apuesta cultural, que alguien nos lo explique.

Vivió circunstancialmente el mundo del periodismo, en el que se había diplomado e incluso (de una forma un tanto rocambolesca) doctorado, trabajando en El Europeo y en El País, cuyo suplemento cultural Babelia contribuyó a lanzar, aunque su marca nunca le satisfizo. Allí no terminó por encontrar la química necesaria y su salida le permitió que se le abrieran las puertas de las grandes editoriales, donde -entre otras cosas- se dedicó, también, por gajes del oficio, a publicar lo que denomina “libros-acontecimiento” e intentar promover best seller en una España poco dada (salvo limitados círculos) a la lectura de textos complejos. A pesar de no encajar en la burocrática y entonces socialdemócrata redacción de El País, su libro fue convenientemente recensionado décadas después en sus páginas (eso sí, sin hacer mención alguna a ese corto periodo de su vida profesional, del que no salió precisamente muy contento). Fue también temporalmente profesor de un máster de edición en la UPF (aquí también mis afinidades existenciales con el editor son claras y podía contar un largo anecdotario al respecto), aunque su paso por esa insigne Universidad fuera efímero, para recalar definitivamente en la UAB, donde aún despliega sus vastos conocimientos editoriales para beneficio del alumnado. Su precaria vida existencial y profesional inicial, contrasta con su despegue como editor en un mundo de tiburones, del que salió con algunas heridas profundas, pero nunca definitivas. Supo reconstruirse y, además, muy dignamente. Vivió intensamente y su libro de memorias así lo confirman. Quienes a él se acerquen disfrutarán mucho y se enterarán, además, de no pocos chascarrillos relacionados con los grandes literatos, sus egos inmensos, vanidades y celos, así como también sus miserias. Que de todo hubo. Muchos de esos autores superaron el triturador escrutinio, a veces salvaje, de los editores, y triunfaron, mientras que muchos más quedaron por el camino. Entre ellos un modesto servidor, que nunca fue literato, pero sí aprendiz de ensayista. Como se verá de inmediato (quien tenga paciencia de seguir leyendo una reflexión más adjetiva), con mucha persistencia y muy poco éxito, que siempre es un valor relativo; pero, si soy sincero, al igual del autor de esta obra que sirve de excusa a esta larga entrada, he aprendido mucho y disfrutando de lo que hice y hago. Lo cual ya es mucho. A veces todo.

Lo adjetivo: algunas experiencias personales con el mundo de la edición

Hace seis años (a la vejez viruelas) inicié una suerte de trilogía sobre la concepción del liberalismo político que tenían tres grandes literatos “decimonónicos”: Galdós (liberalismo progresista), Juan Valera (liberalismo conservador) y Leopoldo Alas, Clarín (liberalismo republicano). Una tríada de escritores que a Enrique Murillo probablemente le dejarán indiferente (solo una vez cita a Galdós en su obra, y para decirnos el escaso interés que sus novelas, Episodios Nacionales incluidos, le suscitaron). Pero Clarín, sin embargo, diferenció muy bien “la tienda” de “la trastienda” en la actividad comercial, también en la política, en su inmejorable pieza “El Regenerador”. No ha tomado de ahí Murillo el subtítulo, pero está bien traído. El autor del libro es un editor que, en sus años de formación (al final de la dictadura), quedó fascinado y lo justifica por la novela anglosajona y europea, y luego por la latinoamericana. Aunque en algunos pasajes de su obra emergen autores clásicos, los autores españoles de finales del XIX o principios del XX no forman parte de su interés, o al menos no se refleja. Mas eso ahora no importa.

Los problemas mayores aparecieron, en cambio, cuando a partir de que, en una edad madura, desencantado de las obras jurídico-públicas de vida más que mortecina y siempre temporal, me incliné por publicar esos ensayos «político-literarios», como he dicho antes. Las primeras dificultades surgieron cuando hube de buscar editor para El legado de Galdós. Los mimbres de la política y su “cuarto oscuro” en España (2023). Llamé a la puerta de varias editoriales “comerciales”, pues pensaba ingenuamente que Galdós tenía tirón, sin caer en la cuenta de que quien lo escribía, como era mi caso, resultaba ser un perfecto desconocido en el mundo editorial ajeno al Derecho Público y a la Administración. Además, como se interrogó José María de Pereda cuando conoció a Galdós: ¿Cómo iba a triunfar en España alguien que se llamada Benito y se apellidaba Pérez? Aun así, triunfó y mucho, con el apellido vasco de su madre. Y el cántabro falló en su pronóstico. En mi caso era obvio que llamándome Rafael y apellidándome Jiménez, mis credenciales de entrada, amén de escritor entrado en años y en un género tan difícil de vender como el ensayo literario, las expectativas -confirmadas sobradamente por los hechos- serían aun peores.

Hubo, sin embargo, algo de suerte. Mi olfato y conocimiento relativo del mundo editorial (de mi etapa en un servicio institucional de estudios y publicaciones; así de mis más de veinte libro publicados en el ámbito del Derecho Público), infinitamente menor que el de Enrique Murillo, me aconsejaba racionalmente que un libro de ensayo tenía mala venta y que el editor, cualquiera que fuese, necesitaba no solo creer en la calidad del libro sino especialmente en su venta. Y ese libro, con mis modestas o inexistentes credenciales, no tenía salida comercial sin buscar antes un coeditor, que comprara un número de ejemplares y sufragara parte o toda la edición. Y así lo hice. Felizmente, encontré el apoyo del Cabildo de Gran Canaria, pues Las Palmas fue la ciudad donde nació el insigne escritor. Gracias a los buenos oficios de algunas personas, se logró coeditar e hicimos un acto de presentación en la capital canaria. Ello facilitó que una editorial como Catarata me abriera de nuevo las puertas, pues allí había publicado antes un breve ensayo, también coeditado, Cómo luchar contra la corrupción (2017). Aquel tipo de ensayo sobre Galdós no encajaba demasiado en el sello Catarata y en su catálogo de publicaciones, pero lo editaron y ha sido incluso reimpreso recientemente.

Más dificultades encontré con el segundo de la saga, mi querido libro sobre Juan Valera. Liberalismo político en la España de los turrones. En este, a diferencia del de Galdós, que giraba sobre su obra, me sumergí como un aprendiz de biógrafo en la apasionante vida del escritor egabrense, hoy en día prácticamente olvidado, con especial esmero en sus actividades político-diplomáticas, tomando como puerto seguro su fascinante y extensa Correspondencia (8 tomos). Buscar editor no fue fácil. Descartada inicialmente Catarata, al ser un escritor de factura más conservadora (y de raíces familiares aristócratas), y tras algunos tanteos frustrados topé, gracias al apoyo de un buen colega universitario, con el benevolente juicio de Athenaica y sus editores. Hubo que buscar coeditor, pero de ello se encargó la editorial, y el ayuntamiento de Córdoba se prestó felizmente a ello, ya que coincidía circunstancialmente la edición de la obra con el 200 aniversario del nacimiento del escritor egabrense. El libro, magníficamente editado, con un excelente y extenso prólogo de Santiago Muñoz Machado, director de la Real Academia Española, sobre la contribución de Valera a los discursos de la Academia, pasó sin pena ni gloria. Hubo, bien es cierto, razones familiares (hospitalización y fallecimiento de mi querida madre) que me impidieron dedicarme a su difusión. Así, esa biografía político-literaria y personal de ese auténtico erudito y bon vivant que fue Juan Valera, quedó literalmente enterrada -como libro de fondo- en esa inmensa montaña de novedades literarias que aparecieron a finales de 2024. Y ahí quedará, para siempre. Otro fracaso más.

Esta cadena mía de “éxitos editoriales” en el campo del ensayo literario culmina con las enormes dificultades con las que me enfrenté para colocar editorialmente la última entrega de esa trilogía: Clarín, republicano de las letras. Las calabazas de los editores, cuando no la mera conspiración del silencio (aún peor) tras el envío del manuscrito, fueron reiteradas, incluso por una editorial que lleva en su sello tan magna planta. A nadie le interesaba un libro sobre Clarín en estos tiempos y menos escrito por un autor tan desconocido y con tan bajas credenciales. Pedí consejo a mi editor anterior, Ignacio F. Garmendia, quien me respondió gentilmente que el manuscrito le había gustado, pero, en un ejercicio de sinceridad, añadió que no podían publicar otro libro de fondo -como el de Juan Valera- cuyas ventas, al parecer, fueron pírricas. Ignacio siempre se ha portado conmigo maravillosamente bien, escribiendo sendas elogiosas reseñas periodísticas de mis dos últimos libros “literarios”. Me sugirió acudir a Renacimiento y contacté con el editor Abelardo Linares, quien tuvo conmigo también un comportamiento exquisito. Me reconoció que editar ese libro de inmediato no podía hacerlo, a pesar de ofrecerle la compra de un buen número de ejemplares por mi parte. Con cierta pena me trasladó que esos libros de crítica literaria, aunque fuera una biografía como era el caso de Leopoldo Alas, no tenían apenas mercado hoy en día. Pero me buscó una solución: una editora de la órbita de Renacimiento que, finalmente, publicó el libro mediante una generosa compra por mi parte de ejemplares.

Como ven, nadie te viene a buscar si eres un perfecto desconocido, como es mi caso. Y si quieres publicar, ten contactos y pon dinero encima de la mesa. Nereyda Nodarse, con su reciente sello Ediciones Orígenes, publicó por fin impecablemente mi Clarín, republicano de las letras. Y ese complejo parto tuvo un alumbramiento feliz. El libro está en la calle y ahora se trata de difundirlo. Tarea hercúlea. Si un buen número de editores lo rechazaron o ignoraron, mal encaje tendrá -intuyo- en un público cada vez más teledirigido por las editoriales, sus críticos amigos y las sesgadas redes sociales. Como bien expuso Enrique Murillo, que un libro se difunda exige muchas “casualidades”. En España prima el “amiguismo” y (casi) nadie regala un bombo gratuito (sin contrapartidas), hay que “estar a la moda”, y ni Clarín lo estaba ni mucho menos yo. Bien es cierto que la agonía inicial se atemperó: comprometido ya el libro, el Real Instituto de Estudios Asturianos (RIDEA) mostró interés por publicar el manuscrito enviado. Y lo mismo hizo Marcial Pons Historia. Pero era tarde en ambos casos. Al menos me quedó el consuelo y el alivio de que interesaba a alguien. Y sobre todo a los descendientes del escritor (Leopoldo y Ana Cristina Tolivar Alas). Leopoldo hizo un magnífico prólogo, que agradezco mucho. También estímulos posteriores he recibido desde algunos de los prestigiosos estudiosos del genio literario que fue Clarín, como Botrel, Lissorgues y Ricardo Labra (quien me ha ayudado mucho en su confección), que han acogido el libro con moderada y discreta alegría por poner una vez más al escritor de Guimarán en el foco. También ha tenido alguna puntual y amable reseña de algún periodista (Laviana) o crítico (Garmendia) han hecho. Y en su querida Asturias la obra ha tenido un moderado y temprano eco. De algo sirve publicar. Retribuciones emocionales. Que, al fin y a la postre, son las que valen.

Si comento todas estas cuitas, tal vez de forma demasiado personal, es, sobre todo, para poner de relieve que el excelente libro de Enrique Murillo no ha hecho sino confirmar muchas cosas que sobre el mundo editorial ya intuía o, incluso, conocía. Entrar en ese circuito selecto, sobre todo en el campo de los grandes sellos o en editoriales medianas y grandes, exige tener mano, esto es, alguien que te abra la puerta. Nadie vendrá a buscarte. Además, hoy en día, a diferencia de la época en la que ejerció Murillo, pocas editoriales leen manuscritos no solicitados. Y quien lo hace pocas garantías ofrece, por lo común. Todo lo más, y en contadas ocasiones, los catan. Y si no vienen avalados por un nombre reconocido, enviar manuscritos para su lectura y evaluación, como hizo quien esto escribe en no pocos casos, es una soberana pérdida de tiempo. Una estupidez. Lección aprendida.

La tardía lectura de este importante libro me ha despertado innumerables inquietudes y confirmado algunas intuiciones que, ya desde hace cuarenta años, pululaban por mi cabeza. Como decía Juan Valera, para mí la escritura, más en esta edad avanzada, es una suerte de fe de vida. Me mantiene vivo a los ojos de los demás, me hace leer y estudiar, amén de que -como toda actividad profesional- creo modestamente que con más dedicación mejoran los resultados, aunque sea tímidamente. Pero esta ilustre y estimulante actividad me cuesta dinero. Y no poco. Otros se lo gastan en el gimnasio. Nada es gratis. Menos aún publicar. Que quede claro. Pero es estimulante. Y, al fin y a la postre, es lo que vale.

Coda: la herida abierta

Y ahora, para cerrar esta extensísima entrada de quien haya aguantado estoicamente hasta aquí, viene la herida abierta, esta en el campo de los premios literarios. La peor experiencia, relativamente reciente, por cierto, la tuve cuando el libro El legado de Galdós fue preseleccionado, sin que yo lo solicitara en ningún momento, por algún miembro del Jurado del premio nacional de Euskadi de literatura en castellano en 2024, y tras avatares internos que se me escapan, el propio Jurado lo declaró desierto por primera vez en su larga historia, justificando “su decisión” (y abochornándome gratuitamente de paso) en que ninguna obra (que ellos habían preseleccionado) tenía calidad literaria ni los temas tratados interés público alguno. ¿A quién le iba a interesar una obra «mal escrita» sobre el “desconocido” Galdós? La primera y complaciente lectura de El legado de Galdós por el Jurado tal vez orilló que este escritor fue poco amigo (por ser suave) del nacionalismo vasco emergente, declarado anticlerical y, tras Electra (1901), fustigador de los versátiles jesuitas muy afincados desde sus orígenes en tierras vascongadas, amén de republicano liberal progresista en los últimos años de su vida. Siempre pensé que habían elegido finalista a la obra sin leerla. Y los hechos finales lo confirmaron. Luego entró «la política» en acción. Un libro sobre Galdós, a pesar de su segundo apellido, no podía ser premiado por un nacionalismo vasco institucional -duele comprobarlo- culturalmente cada vez más endogámico y encogido. Y así fue.

¿TRAS LA SENDA DE MAQUIAVELO? EL ASESOR ÁULICO Y EL ESTADO PLURINACIONAL





«Los que organizan prudentemente una república consideran la institución (como) una garantía de la libertad (y) deben poner como guardianes a los que tienen menos deseo de usurparla»

(Maquiavelo, Discursos de la primera década de Tito Livio, Alianza, 1987, p. 41)

1.- Quien ama la lectura abraza la relectura; en términos similares se expresaba el doctrinario Royer-Collard. La relectura enseña mucho. Volver a releer las obras y ciertas biografías de Maquiavelo nos ponen también en la pista de algunas coincidencias que la prosaica vida política ofrece con quienes son amantes del ilustre florentino, aunque no lo confiesen de forma expresa. Algunos aprendieron de él, tal vez no sé si atropelladamente. Otros lo estudiaron a fondo.

2.- Para Maquiavelo “la política era su pasión, su razón de ser”. Su labor como consejero o de “eminencia gris”, colmó sus ambiciones; pero también le dio sonoros fracasos. Aprendió mucho y, cuando ya nadie quiso oír sus consejos, buscando su regreso al poder, se volcó en poner negro sobre blanco su doctrina sobre las relaciones de poder que tanto había escrutado. Así escribió El Príncipe o sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio, por no citar su Arte de la guerra o la Historia de Florencia, y antes de todo ello múltiples reflexiones puntuales recogidas ulteriormente en sus Escritos políticos breves. Una excelsa construcción doctrinal condicionada por un extraordinario lector de contextos, pero de los que fue capaz de extraer lecciones universales sobre el poder, el gobierno, el arte militar, la diplomacia y el Estado.

3.- Maquiavelo, dotado de cualidades sin par, fue muy ambicioso en política. Una vez su madurez y experiencia lo acreditaron como gran negociador y analista profundo, se creyó imprescindible, cuando nadie lo es, menos en esas lides interpuestas. Tenía vocación de servicio al poder, pero también gustaba de la pompa y el boato que el poder otorgaba. Le ofrecía dinero, prestigio y amores, que no es poco.

4.- Marcel Brion, en una biografía sobre Maquiavelo escrita en 1948, describía muy bien al personaje. Amante como era de “la buena política”, por tal entendía la que no se hace “con un alma bella y buenas intenciones”, sino la que se asemejaba “a una partida de ajedrez, jugada por un hombre ejercitado, avezado a los fingimientos y a las dificultades”. Alguien que “desde los primeros movimientos adivinaba el carácter de su adversario, sabía de qué manera jugaría y qué trampas era importante tenderle”. Como también escribió, “el buen jugador de ajedrez tiene la cabeza y el corazón fríos”. El éxito era, al menos en el primer Maquiavelo, lo único que justificaba el juego de la política.

5.- Maurizio Viroli, biógrafo más reciente, enmendó en 1998 algunas lecturas simplistas que de Maquiavelo se habían hecho hasta entonces. En un espléndido libro (La sonrisa de Maquiavelo) nos descubre a un consejero que, puertas adentro, era “burlón, irreverente, dotado de una sutilísima inteligencia y fascinado por las cosas y los hombres dotados de grandeza”; esto es, de poder efectivo. La política era grande, y siempre fue, como también expuso Brion, la razón de ser de su existencia. Maquiavelo fue un pragmático de la política que buscaba resultados en el puzle entonces complejo de la dividida Italia. Su sentido institucional era acusado, como analiza aquel biógrafo: “una persona que obra bien, que sirve al interés público con absoluta dedicación y honradez”. Fue, sin embargo, preterido porque no sabía “adular, lisonjear y servir a los poderosos”. Ese apartamiento le dolería sobremanera. Tardaron en cicatrizar las heridas.  

6.- Maquiavelo, en ese retrato biográfico, muestra una serie de obsesiones vitales. Al margen de las más terrenales y licenciosas, que también las tuvo y mucho, le movía su fin de ver consagrada una Italia unificada, y en el ínterin, su defensa a ultranza de la república a la que pertenecía: Florencia. Su sentido institucional y de lealtad fue evidente, aunque en algunos momentos, cuando pierde el poder como consejero de la República, no duda en querer echarse en brazos de quienes incluso habían sido sus enemigos. Todo por volver a ser lo que fue. La política era su sentido existencial. Pero los tiempos en política son crueles, y también lo fueron con él.

7.- La política, como se ha dicho, fue su motor existencial. Y llegado un momento se vio, en efecto, desbancado de ella. En la soledad de su autoexilio, tras su paso por presidio, escribe El Príncipe. Luego ve la luz La primera década de Tito Livio. Aunque las reflexiones de ambas grandes obras se entreveran, los mensajes no son unívocos. Los matices son importantes. El contexto y los fines también. Pero en el fondo son un compendio de sus tempranos y ulteriores estudios sobre “la historia antigua y todo lo que ha aprendido durante los años en que fue secretario y podía ver la política desde cerca”. En El Príncipe pesa mucho el afán de Maquiavelo por volver a la primera línea de la política, donde había prestado innegables servicios; pero esta obra marcará un antes y un después en cómo concebirá la política, el poder y el Estado. En los Discursos, ya más templado, le preocupa el sentido institucional de la política y, entre otras cosas, cómo combatir la corrupción política. Como se ha dicho, “después de su muerte, los Discursos se convirtieron en la guía intelectual y política de quienes amaban los ideales de la libertad republicana”. 

8.- En fin, Maquiavelo escribió sus insignes aportaciones a la política y al Estado en su madurez personal, con apenas 43 años, tras el fiasco de verse desbancado de sus responsabilidades públicas ejercidas con tino durante casi quince años. Tal vez de lecturas precipitadas y sentencias movidas por la inmediatez que nos invade, puedan verse algunas similitudes entre la trayectoria del maestro florentino y el aprendiz en tales lides que obedece al nombre de Iván Redondo. No cabe duda que este pretende inspirarse en aquel, a quien ha leído y no sabemos bien si también aprehendido. Pero cualquier paralelismo entre ambos no pasa de ser una mera coincidencia. Más allá de la concepción de la política como motor de sus respectivas vidas, y del amor al ajedrez como juego explicativo de esa actividad, así como algunas otras circunstancias, las diferencias son abismales. No hay término de comparación posible. ¿Ha pretendido el asesor donostiarra equipararse al ilustre pensador florentino? No lo creo, sería una temeridad.

9.- Iván Redondo, en el ecuador de su vida, con 45 años, en un momento a todas luces improcedente, ha escrito una suerte de Memorias de un cuarentón (por parafrasear la gran obra de Mesonero Romanos Memorias de un setentón, de la que tanto se aprende) cuando su experiencia vital acumulada en primera línea política apenas supera poco más de tres años. Además, la ha titulado con el prosaico enunciado de El Manual. No he leído aún tan ambiciosa obra autobiográfica, pues huyo por lo común de los innumerables ensayos que hoy pueblan las librerías (y concentran las ventas) firmados por periodistas, consultores o famosos. Pero por lo leído en varias de sus entrevistas que ha dado a diferentes medios, cabe intuir que lo que quiere el autor es ponerse en el mercado, si bien de forma infinitamente menos sutil e ilustrada que la empleada por su admirado Maquiavelo con El Príncipe, al fin y a la postre una obra cumbre en el pensamiento político universal. Cualquier comparación al respecto es odiosa. Bien es cierto que el consejero áulico de nuestros días esboza soluciones (no se sabe si conscientemente) contenidas en el epílogo de El Príncipe cuando allí se apuesta por “inventar unas instituciones nuevas” que mejoren las débiles existentes hasta entonces. Y aquí surge el conejo de la chistera.  

10.- A pesar de esa pretensión de ponerse en el mercado, Redondo no esconde su afán de seguir asesorando a su César Borgia castizo, esto es, a quien fuera su presidente y por quien aún bebe los vientos. Lo hace semanalmente en su tribuna en La Vanguardia. Allí lleva tiempo defendiendo la idea de España como Estado plurinacional. Para alcanzar ese rediseño institucional y constitucional, ha anunciado que presentará al presidente un “informe” (¿?) sobre cómo transformar el Estado autonómico en ese complejo inorgánico adosado de corte confederal. Mas cualquier lector avezado sabe que detrás de esa idea hay un sustrato político-electoral inmediato y mediato. Imbuido de algunos retales de la obra de Maquiavelo, a Redondo, “teórico” que revistió el “no es no” y pergeñó el “muro” del presidente articulando una nueva mayoría parlamentaria “anticorrupción” que dio pie a la moción de censura (y, más tarde, alejado ya del poder, a la investidura parlamentaria este mandato), le interesa sobre todo (es su oficio y lo hace bien) cómo ganar elecciones. El sentido institucional, nunca lo emula, no es su fuerte. Y para alcanzar esa finalidad es obvio que la solución plurinacional como contrafuerte de un frentismo ideológico cuya argamasa no es fácil, resulta hoy la única vía. Son soluciones ya exploradas en nuestra historia que cualquier lector informado sabe cómo acabaron.

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Tal vez, pasado el temporal, alguien escribirá un ensayo sobre por qué el poder desnudo, auspiciado por este tipo de spin doctor, con alumnos aventajados y revestidos a veces en magos del relato, terminó devorando y destrozando más todavía el papel de las instituciones en España como engranaje principal para que el Estado funcionara cabalmente. Para estos consejeros áulicos gubernamentales, las instituciones son lugares exclusivamente destinados a ser ocupados por el poder desnudo (colonizados por la política clientelar, aunque sean instituciones de control). Las instituciones para ellos tienen valor adjetivo y en todo caso son instrumentos para hacer una política marcada por el dominio absoluto de quien gobierna. Poco o nada que ver con el auténtico Maquiavelo, cuya visión del poder fue fría, en ocasiones gélida y dura; pero cuyo sentido institucional -algunas veces circunstancialmente herido por la exclusión de las mieles del poder y de tono oportunista- siempre primó sobre esa falsa idea. Como expuso Maurizio Viroli, “Maquiavelo jamás ha enseñado que el fin justifica los medios”.

En sus Discursos se contiene la idea de que la ruina del Estado se plasma cuando “las instituciones de la república no se modifican con los tiempos”. Algo de eso le pasa a España. Reformar las instituciones, también las territoriales, nunca puede hacerse pensando en el corto plazo y en réditos electorales. Un problema abierto desde hace más de un siglo nunca se cerrará con meras ocurrencias. Abrir el melón de un Estado confederal es fácil, pero una vez abierto lo imposible será cerrarlo. Siempre fueron las confederaciones en la historia del constitucionalismo contemporáneo formas de gobierno territoriales de factura transitoria encaminadas hacia una desintegración del Estado (fin por el que no pocos aquí empujan) o a una unión más fuerte en clave federal (hoy en día olvidada), pero con un poder central sólido. No se busquen soluciones mágicas porque no las hay. Como he expuesto en Falsos cimientos (*), el problema es muy complejo: hacer compatible armonía e integración con asimetrías aceptables no puede hacerse quebrando la solidaridad, la lealtad y la cooperación. La contingencia política imperante va por el camino contrario. Y la negación del problema en nada ayuda. Ambos son los peores remedios. Nada resolverán. Y de momento no hay otros.

Rafael Jiménez Asensio: Falsos cimientos. La fragilidad de las instituciones en España (Tirant lo Blanch, Ágora/Humanidades, Valencia, 2026). La referencia está tomada del final del capítulo VII «Las disfunciones del estado autonómico».

«FALSOS CIMIENTOS»: LA FRAGILIDAD DE LAS INSTITUCIONES EN ESPAÑA

“Cuando los hombres construyen sobre falsos cimientos, cuanto más construyan, mayor será la ruina”
(Thomas Hobbes, Leviatán, Alianza, 1989)

Inicialmente pensaba enunciar este libro de otro modo («Castillos de naipes»), pero tanto en singular como en plural ya había un par de obras publicadas con ese título. Así que releyendo algunos pasajes de la obra de Hobbes, Leviatán, descubrí esa magnífica cita que inaugura este librito -planteada eso sí en un contexto muy distinto al actual- que, a suerte de metáfora, explica en cierta medida el mal estado congénito de las instituciones políticas en España desde los siglos XIX al XXI, y da enunciado a esta obrita de divulgación que solo pretende poner de relieve la trascendencia de las instituciones para el desarrollo político, social, económico y, en fin, para la propia armonía territorial de un país como el nuestro. Por lo común, tanto la clase política, como los medios de comunicación y buena parte de la sociedad española apenas aprecian la trascendencia que tienen las instituciones para la calidad de la democracia. Y así nos va.

Como medio de difusión de algunos de los contenidos de este microensayo y con la finalidad de abrir el apetito lector interesado o que le preocupen estos temas, se difunden tanto la «Presentación» como el Capítulo I («Liberalismo político e instituciones en España»), que es un mero e incompleto encuadre histórico-conceptual del problema con las dificultades congénitas que siempre ha tenido este país para reformar sus instituciones y homologarlas no solo formalmente sino en sus elementos sustanciales y en su funcionamiento material al estándar existente en las democracias avanzadas.

Tras ese Capítulo I, el ensayo se adentra en el análisis de la separación del poderes y del papel del poder judicial; en lo que se denomina como el «borrado» del Parlamento y la quiebra de las formas del poder; así como en la transformación (imposible) de la Administración Pública. Asimismo, se analizan las complejas y enfermizas relaciones entre partidos e instituciones en España; el fenómeno de una corrupción que nunca cesa; y se cierra el ensayo con un breve análisis de las disfunciones del Estado autonómico. No son más que una parte de los problemas institucionales que aquejan a este país, pues efectivamente se podrían haber tratado otros muchos (España y la UE; la situación actual de la función pública; el papel de la monarquía; las maltratadas instituciones locales, etc.), pero al ser esta una colección de divulgación y con un límite de páginas, hubo que sacrificar muchos otros aspectos y ciertos contenidos. Pero lo sustancial está, aunque falten aspectos importantes.

Rafael Jiménez Asensio, Falsos cimientos: la fragilidad de las instituciones en España, Editorial Tirant lo Blanch/Colección Ágora, València, 2026, 4,90 €

ÍNDICE, INTRODUCCIÓN Y CAPÍTULO I: PDF PROMOCIONAL

FALSOS CIMIENTOS INTRODUCCIÓN Y CAPÍTULO 1

¡AY DE LOS MEDIOS Y EL PODER! (MAQUIAVELO VERSUS MONTESQUIEU)

Preliminar.

Pierre Ronsavallon, en su libro Le bon gouvernement (Seuil, París, 2015), dedica un par de páginas al panfleto (realmente por su extensión un libro, aunque sea de batalla política) de Maurice Joly, Dialogue aux enfers entre Machiavel et Montesquieu. De ambos libros, el de Rosanvallon y el de Joly, hay traducción española. Ese diálogo desde el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu es un ataque brutal a la política autocrática de Napoleón III, hasta el punto de convertirse Joly “en uno de los más feroces adversarios” del emperador.

Pero el interés actual de ese folleto, como recuerda el ensayista francés, radica en que por vez primera se lleva a cabo una “descripción crítica de la manipulación de la opinión en la era mediática moderna”, que precede en varias décadas a análisis posteriores, y entre ellos a los de Hanna Arendt. En efecto, “el interés del panfleto es que no solo denuncia con virulencia el carácter autoritario del régimen (eso también lo habían hecho otros muchos, como Víctor Hugo, quien atacó directamente a la cabeza del segundo imperio, Napoléon le petit), “sino que muestra cómo ese régimen había inaugurado una relación inédita (hasta entonces) con la prensa”, más allá de la censura; consistente en la llegada de un poder mediático manejado desde el poder, y descrito de forma impecable por el autor del reiterado panfleto.

En verdad, el panfleto está lleno de ideas sugerentes, en esa eterna polémica, hoy en día también muy actual, entre quien defiende la limitación del poder y las libertades (Montesquieu) ante quien airea la defensa del poder absoluto y el control férreo de la oposición política frente a su ejercicio (el Maquiavelo de El Príncipe). Aquí solo nos detendremos en algunos ilustrativos y deliciosos pasajes (es solo una selección de fragmentos de ese diálogo) sobre cómo Joly aborda la libertad de prensa en un sistema de democracia plebiscitaria o de componente democrático-autoritario. Hay pasajes, además, otros muchos pasajes no exentos de interés sobre cómo entendía “el emperador” las relaciones con el poder judicial, o cómo distraía las exigencias presupuestarias; por solo traer dos ejemplos a colación.

Se ha querido ver por parte de algunos analistas políticos actuales en algunos medios españoles un cierto paralelismo entre la forma de actuar de Napoleón III y la propia del actual presidente del Gobierno. No es momento de entrar en tales cuestiones. Puede parecer una comparación un tanto extemporánea, pues el contexto entonces era diametralmente distinto y, por lo que a la libertad de información y de expresión respecta, solo había entonces prensa escrita y libros, que son los aspectos que este diálogo aborda. El lector determinará hasta qué punto pueden existir esos paralelismos en este precioso diálogo. Y, en fin, si tienen o no fundamento o son más bien fruto de una imaginación sesgada, que de todo puede haber.

La larga conversación entre Maquiavelo (una suerte de alter ego del propio Napoleón III) y Montesquieu (el autor), como he dicho, está llena de matices muy interesantes en innumerables temas relacionados con el poder, las libertades, las instituciones y la democracia. Mas las relaciones entre poder y prensa se hallan en los capítulos décimo primero y décimo segundo de la segunda parte, que nos ha dejado, entre otras muchas (es un breve e incompleto resumen lo que sigue), las siguientes joyas. Veamos.

Diálogo XI (2ª parte):

Montesquieu- No me disgustaría saber ante todo cómo os defenderéis frente a la prensa.

Maquiavelo- En verdad, ponéis el dedo en la parte más delicada de mi tarea. Felizmente, en este caso tengo el campo libre; puedo hacer y deshacer con plenas garantías y casi diría sin suscitar recriminación alguna.

Montesquieu- ¿Puedo preguntaros por qué?

Maquiavelo- Porque en la mayoría de los países parlamentarios, la prensa tiene el talento de hacerse aborrecer, porque solo está siempre al servicio de pasiones violentas, egoístas y exclusivas, porque denigra por conveniencia, porque es venal e injusta; porque carece de generosidad y patriotismo; por último, y sobre todo, porque jamás haréis comprender a la gran masa de un país para qué puede servir.

Montesquieu- ¡Oh! si vais a buscar cargos contra la prensa, os será fácil hallar un cúmulo. Si preguntáis para que puede servir, es otra cosa. Impide, sencillamente, la arbitrariedad en el ejercicio del poder; obliga a gobernar de acuerdo con la constitución; conmina a los depositarios de la autoridad pública a la honestidad y al pudor, al respeto de sí mismos y de los demás. En suma, para decirlo en una palabra, proporciona a quienquiera se encuentre oprimido el medio de presentar su queja y de ser oído. Mucho es lo que puede perdonarse a una institución que, en medio de tantos abusos, presta necesariamente tantos servicios.

Maquiavelo- Sí, conozco ese alegato; empero, hacedlo comprender a las masas, si podéis; contad el número de quienes se interesan por la suerte de la prensa, y veréis.

Montesquieu- Es por ello que creo preferible que paséis ahora mismo a los medios prácticos para amordazarla; creo que esta es la palabra. Pues bien, comencemos con el periodismo.

Maquiavelo- Es la palabra, en efecto; no solo me propongo reprimir al periodismo.

Montesquieu- Sino a la prensa misma.

Maquiavelo- Veo que comenzáis a emplear la ironía. Atacaré principalmente a los periódicos, en tanto que empresas de publicidad. Les hablaré de la siguiente manera: Os dejo vivir, mas, por supuesto, con una condición: no entorpeceréis mi marcha ni desacreditaréis mi poder. No puedo tener una legión de censores encargados de examinar hoy lo que editaréis mañana. Tenéis pluma, escribid; mas recordad lo que voy a deciros: me reservo, para mí mismo y para mis agentes, el derecho de juzgar en qué momento me siento atacado. Nada de sutilezas. Si me atacáis, lo sentiré, y también vosotros lo sentiréis; os advertiré una vez, dos veces; a la tercera, os haré desaparecer.

Montesquieu- Observo con asombro que, de acuerdo con este sistema, no es precisamente el periodista el atacado, sino el periódico, cuya ruina entraña la de los intereses que se agrupan en torno de él.

Maquiavelo- Que vayan a agruparse a otra parte; con estas cosas no se comercia. Tampoco intentéis impresionar el espíritu público por medio de falsas noticias, publicadas ya sea de buena o de mala fe, serán penadas con castigos corporales.

Montesquieu- Vuestro rigor parece excesivo, pues en última instancia ningún periódico podrá ya, sin exponerse a los peligros más graves, expresar opiniones políticas; vivirán a duras penas de las noticias. Ahora bien, me parece en extremo difícil, cuando un periódico publica una noticia, imponerle su veracidad, pues la más de las veces no podrá responder de ello con absoluta certeza, y aun cuando esté moralmente seguro de decir la verdad, le faltará la prueba material.

Maquiavelo- En tales casos, lo que hay que hacer es pensarlo dos veces antes de inquietar a la opinión pública.

Montesquieu- Veo que tuve razón al decir, en el Espíritu de las Leyes, que las fronteras de un déspota debían ser asoladas. Es preciso impedir que penetre por ellas la civilización

Maquiavelo- No deseo que (mi poder) pueda ser perturbado por rumores y conmociones provenientes.

Montesquieu- Maravilloso; podéis pasar por ahora a la vigilancia que ejerceréis sobre los libros.

Maquiavelo- Este es un problema que me preocupa menos, pues en una época en que el periodismo ha alcanzado una difusión tan prodigiosa, ya casi se no leen libros. No tengo, empero intención alguna de dejarles la puerta abierta.

Montesquieu-¡Los instrumentos del pensamiento convertidos en instrumentos del poder!

Maquiavelo- Es preciso que, en el caso de que haya escritores lo bastante osados como para atreverse a escribir obras en contra del gobierno, no encuentren nadie que se las edite. Los efectos de esta intimidación saludable restablecerán una censura indirecta que el gobierno no podría ejercer por sí mismo, a causa del desprestigio en que ha caído esta medida preventiva.

Montesquieu- Entonces, si no me equivoco, habéis terminado con la prensa.

Maquiavelo- ¡Oh, no! No todavía.

Montesquieu- ¿Qué os queda por hacer?

Maquiavelo- La otra mitad de la tarea

Diálogo XII (2ª parte):

Maquiavelo- No os he mostrado todavía más que la parte en cierto modo defensiva del régimen que impondré a la prensa; ahora os haré ver de qué modo sabré emplear esta institución en provecho de mi poder. Me atrevo a decir que ningún gobierno ha concebido, hasta el día de hoy, una idea más audaz que la que voy a exponeros. En los países parlamentarios, los gobiernos sucumben casi siempre por obra de la prensa; pues bien, vislumbro la posibilidad de neutralizar a la prensa por medio de la prensa misma. Puesto que el periodismo es una fuerza tan poderosa, ¿sabéis qué hará mi gobierno? Se hará periodista, será la encarnación del periodismo.

Montesquieu- ¡Extrañas sorpresas me deparáis, por cierto! Desplegáis ante mí un panorama perpetuamente variado; siento una gran curiosidad, os lo confieso, por saber cómo os ingeniaréis para llevar a cabo este nuevo programa.

Maquiavelo- Requerirá mucho menos desgaste de imaginación que el que suponéis. Contaré el número de periódicos que representen lo que vos llamáis la oposición. Si hay diez por la oposición yo tendré veinte a favor del gobierno; si veinte, cuarenta; si ellos cuarenta, yo ochenta.

Montesquieu- Es muy sencillo, en efecto.

Maquiavelo- No tanto como lo pensáis, sin embargo, porque es indispensable evitar que la masa del público llegue a sospechar esta táctica; la combinación fracasaría y la opinión por sí misma se apartaría de los periódicos que defendiesen abiertamente mi política. Como el Dios Vishnú, mi prensa tendrá cien brazos y dichos brazos se darán la mano con todos los matices de la opinión, cualquiera que sea ella, sobre la superficie entera del país. Se pertenecerá a mi partido sin saberlo. Quienes crean hablar su lengua hablarán la mía, quienes crean agitar su propio partido, agitarán el mío, quienes creyeran marchar bajo su propia bandera, estarán marchando bajo la mía.

Montesquieu- ¿Se trata de concepciones realizables o de fantasmagoría? Produce vértigo todo esto.

Maquiavelo- Cuidad vuestra cabeza, porque aún no habéis oído todo.

Montesquieu- Esto está por encima de mi entendimiento; ya no comprendo más. ¿Y qué ventajas os reportará todo esto?

Maquiavelo- Ingenua pregunta la vuestra. El resultado consistirá en hacer decir a la gran mayoría: ¿no veis acaso que bajo este régimen uno es libre, uno puede hablar; se le ataca injustamente, pues en lugar de reprimir, como bien podría hacerlo, aguanta y tolera? Otro resultado, no menos importante, consistirá en provocar, por ejemplo, comentarios del siguiente tenor: Observad hasta qué punto las bases, los principios de este gobierno, se imponen al respeto de todos; ahí tenéis los periódicos que se permiten las más grandes libertades de lenguaje; y ya lo veis, jamás atacan a las instituciones establecidas.

Montesquieu- Esto, lo admito, es verdaderamente maquiavélico.

Maquiavelo- Me hacéis un alto honor, pero hay algo mejor: dirijo a mi antojo la opinión en todas las cuestiones de política interior o exterior. Excito o adormezco el pro y el contra, lo verdadero y lo falso. Hago anunciar un hecho y lo hago desmentir, de acuerdo con las circunstancias; sondeo así el pensamiento público, recojo la impresión producida, ensayo combinaciones, proyectos, determinaciones súbitas; en suma, lo que vosotros llamáis globos-sonda.

Montesquieu- Esas diversas combinaciones me parecen de una perfección ideal. Os someto, empero, una nueva objeción: Cuando conozcan el secreto de esta comedia, ¿podréis acaso impedirles que se rían de ella?

Maquiavelo- En absoluto; me he informado a fondo en lo que atañe a las condiciones de existencia de la prensa en los países parlamentarios. Vos debéis saber que el periodismo es una especie de francmasonería: quienes viven de ella se encuentran todos más o menos unidos los unos y los otros por lazos de la discreción profesional; a semejanza de los antiguos agoreros, no divulgan fácilmente el secreto de sus oráculos. Nada ganarían con traicionarse, pues tienen casi todos ellos llagas más o menos vergonzantes.

Montesquieu- Es sumamente ingenioso: de esta manera, vos siempre tendréis la última palabra, y ello sin recurrir a la violencia. Como bien decíais hace un instante, vuestro gobierno es la encarnación del periodismo.

Maquiavelo- Es indispensable. Hoy en día, utilizar la prensa, utilizarla en todas sus formas, es ley para cualquier poder que pretenda subsistir. Hecho muy singular, pero es así. De manera que me adentraré en ese camino más lejos de lo que podéis imaginar.

Montesquieu- En verdad, sois admirable. ¡Que energía de pensamiento, cuánta actividad!

Maquiavelo- Los pueblos meridionales necesitan que sus gobiernos se muestren constantemente ocupados; las masas consienten en permanecer inactivas, a condición de que sus gobernantes les ofrezcan el espectáculo de una continua actividad, de una especie de frenesí; que las novedades, las sorpresas y los efectos teatrales atraigan permanentemente sus miradas; tal vez esto perezca raro, pero, nuevamente, es así. El objeto único, invariable, de mis confidencias públicas será el bienestar del pueblo. Hable yo, o haga hablar a mis ministros o escritores, el tema de la grandeza del país, de su prosperidad, de la majestad de su misión y su destino nunca quedará agotado; nunca dejaremos de hablar sobre los grandes principios del derecho moderno y de los grandes problemas que preocupan a la humanidad. De este modo trataremos de crear, contra los regímenes que antecedieron al mío, una especie de antipatía, hasta de aversión, lo que terminará por resultar irreparable como una expiación. Tal es, brevemente, la economía general de mi régimen sobre la prensa.

Montesquieu- ¿Habéis terminado, entonces?

Maquiavelo- Si, y muy a pesar mío, pues he abreviado en demasía. Pero nuestros instantes están contados y es preciso andar de prisa.

Final

Según escribió Rosanvallon, “si bien las instituciones representativas o las modalidades de participación han podido evolucionar y reforzarse tras las revoluciones de la modernidad política, no menos cierto que el arte de gobernar ha quedado extraordinariamente paralizado en el tiempo, incluso con aires primitivos. Ello explica que los magos del poder sean aquellos que asesoran todavía con fórmulas maquiavélicas, que parecen retomar nuevos bríos en esta era del populismo iliberal. Siempre se ofrecen las mismas recetas, los mismos subterfugios, los mismos elementos de lenguaje, que guían la conducta de los gobernantes obsesionados por la conservación de su poder.

En fin, son reflexiones oportunas confirmatorias de que, frente a la apariencia del desarrollo tecnológico actual de los medios audiovisuales y de las omnipotentes redes sociales, en el fondo el problema del poder y sus relaciones con los medios ha cambiado muy poco. Como también recoge el excelente ensayista francés, “la llegada de los medios electrónicos no ha hecho sino multiplicar los instrumentos de manipulación”. Y ejemplos, algunos recientes, tenemos muchos.   

DEL ODIO COMO SÍNTOMA

(Fotografía 19023 del Archivo «Cabra en el Recuerdo» https://www.cabraenelrecuerdo.com/valera-ampliadas.php, que recoge en este caso la obra de Manuel Azaña titulada Valera en Italia: Amores, Política y Literatura, 1929)

1.- Desde que me sumergí en la obra y el personaje de Juan Valera, siempre recuerdo una frase que Manuel Azaña -desenterrador del olvido padecido por el gran escritor egabrense- escribió: “Valera cava más hondo”.

2.- En su discurso de contestación al ingreso en la Academia de Núñez de Arce (1876), frente a la defensa que este hacía de que fue la era de los Austrias el momento del declive de España, Juan Valera opuso que no había que confundir los síntomas con las causas.

3.- Para Valera “la enfermedad estaba en ese engreimiento fanático” que anidó a finales del siglo XV y en el siglo XVI, período en que se manifestó una “fiebre de orgullo, delirio de soberbia, al triunfar después de ocho siglos en la lucha contra los infieles”. Ahí se gestó la intolerancia (primero religiosa, luego también política), que ya no nos abandonará hasta nuestros días. Y también de ahí viene el aislamiento de Europa, que duró siglos. Lo reiteró luego en su magnífica reseña crítica a la Historia de los heterodoxos españoles, de Menéndez Pelayo, su amigo, al que no ahorró severas censuras por sus juicios sectarios e intolerantes, movidos «de santo furor», frente al valor de los heterodoxos en el pensamiento español.

4.- Infinitos matices aparte, esa es la fuente de nuestros males, que con más frecuencia de la necesaria invade nuestra vida política y carcome, cuando no derrumba, la frágil convivencia. Hubo muchos episodios en los siglos XIX y XX, que no es menester recordar aquí. Al parecer, el siglo XXI tampoco está ya libre de tales enfermizas conductas. Y crecen. Cada vez más.

5.- La lucha contra la intolerancia en Europa se manifestó en las feroces guerras de religión y se halla en la antesala de las libertades constitucionales, dando lugar a memorables aportaciones como las de Locke y Voltaire, entre otros muchos. Como expuso este último: “La recíproca intolerancia hace eternamente enemigos a los ciudadanos de un mismo Estado y dejan subsistir las semillas de la discordia”.

6. Tales semillas hicieron crecer enormes y sectarios odios durante los siglos XIX y XX, primero larvados y luego con el foco puesto en el exterminio de los enemigos políticos. Lo analizó muy bien y padeció también, ese extraordinario periodista que fue Chaves Nogales. Un tardío y desengañado Azaña, en La velada en Benicarló (1937), volvió de nuevo su mirada hacia su admirado Juan Valera. Manuel Zafra trató con pulcritud esa mirada triste del entonces presidente de la República, en la que percibió «la fragilidad política de una sociedad negada para el acuerdo» (Manuel Azaña. República antes que democracia).

7.- En su velada el alcalaíno retoma, por tanto, a Valera: “El odio inextinguible azota a los españoles”. Y, tras reconocer que “somos intolerantes”, añade: “Ninguna política puede fundarse en la decisión de exterminar al adversario. Es locura -concluía-, y en todo caso irrealizable”. La perspicacia de Azaña orillaba, sin embargo, que el odio no era la causa, sino el síntoma. Mas pronto lo corrige en palabras de otro alter ego (Morales) en tal conversación: “Se condensó la nacionalidad (española) en torno a un principio dogmático y excluyente”. Juan Valera en estado puro.

8.- Interés especial tiene, en este punto, la tesis que mantuvo Julián Marías en su excelente opúsculo La guerra civil, ¿Cómo pudo ocurrir?: “La guerra fue consecuencia de una ingente frivolidad”: los políticos españoles, la Iglesia, los intelectuales, “y desde luego los periodistas”, los dirigentes sindicales, etc., “se dedicaron a jugar con las materias más graves, sin el menor sentido de responsabilidad”. Las consecuencias fueron fatales: “a) dividir al país en dos bandos; b) Identificar al “otro” con el mal; c) No tenerlo en cuenta; d) Eliminarlo (política y físicamente)”.

9.- Y vuelvo a Valera. Este escritor siempre advirtió que construir muros entre la ciudadanía y sus expresiones políticas no conducían a ningún puerto seguro, salvo al enfrentamiento cainita. Aquello fue una premoción de lo que sucedió en España décadas después. Mas ello no fue óbice para que don Juan se enfrentara ardientemente a las expresiones intolerantes del neocatolicismo, y mostrará también su escepticismo ante las tendencias radicales que pretendían construir un mundo nuevo. Nunca creyó en soluciones ideales y atajos fáciles. El mundo era más complejo.

10.- Como expuso Winston Churchill, en cita recogida por Asmos Oz, “un fanático es una persona que de ningún modo cambia de opinión y de ningún modo permite que se cambie de tema”. Y como expuso el ensayista israelita: “Su deber es odiarte y erradicarte del mundo”. No lo olvidemos, el odio es consecuencia de la intolerancia y del fanatismo, así como del sectarismo, y no al revés. Atacar lo primero sin abordar lo segundo no lleva muy lejos, florituras políticas al margen. Tampoco simplificando el problema se arregla: “Los fanáticos tienden a vivir en un mundo de blanco y negro. Es un wéstern simplista de ‘buenos’ contra ‘malos’” (Asmoz Oz). En fin, lo que lleva con nosotros más de cinco siglos no se resuelve con ocurrencias de asesores «magos» que no van a la raíz de los problemas, siempre más complejos que lo que en apariencia nos quieren hacer ver.