EXCESO DE POLÍTICA, DÉFICIT DE GESTIÓN

“Se equivocan aquellos que piensan que la historia es un interruptor” (Alberto Barrera)

“Importan lo pequeño, las reformas, los cambios, no los grandes proyectos globales de perfección absoluta”

(Rafael del Águila, Crítica de las Ideologías. El peligro de los ideales, Tecnos, 2008, p. 179)

El año 2015 será recordado por la entronización de la política. Por un exceso o borrachera de política. Cuatro procesos electorales han retroalimentado ese exceso. Hemos llegado a la conclusión, por activa o por pasiva, que todos los problemas que tenemos se resuelven con un volantazo, con un cambio radical de política. Todo son grandes remedios para pequeños o grandes males. Nadie repara que los grandes males solo se resuelven con pequeños, pero constantes remedios. Con buena gobernanza, con buena gestión. Que es buena política.

La “politización” de la sociedad española comenzó hace algún tiempo. Tal como recordaba Julían Marías, esa politización ha simplificado lo real, hasta transformarlo en “meros rótulos o etiquetas”. A ello ha contribuido una política espectáculo, deplorable como ejemplo para una ciudadanía responsable, auspiciada por algunos medios de comunicación, periodistas inquisitoriales y “debates” encastillados o vacuas “deliberaciones de frontón”. También se ha alimentado de nuevos iconos que, bajo la pátina de una aparente novedad y juventud, dicen (pero no hacen) que van a cambiar los modos de hacer política. También a todo lo anterior se suma el derrumbamiento del sistema institucional y el cuestionamiento de los partidos tradicionales, con liderazgos debilitados e incluso insignificantes. El remate, lo ha dado la “cuestión catalana”, donde la política travestida de independentismo es la redención absoluta de todos los males. Una sociedad laica donde las haya ha redescubierto una nueva religión, que hasta ahora multiplica adeptos.

Pero esa entronización absolutista de la política esconde la impotencia para resolver de forma razonable y cabal los innumerables problemas que nos aquejan. La buena gestión de los asuntos públicos es algo que no interesa a esa política de “cosmovisión” –como la denominó acertadamente Víctor Lapuente. Lo importante es decir que vamos a hacer política, lo adjetivo es cómo, con qué recursos y a través de qué medios. Ahora todos prometen soluciones mágicas como si fueran prestidigitadores. Unos se desdicen de lo que hicieron o dijeron. Otros pretenden embaucarnos con promesas inalcanzables y a todas luces imposibles. Y los hay que quieren “recrearlo” todo o buena parte. Adanismo constitucional. Como si de la Constitución pendieran todos nuestros males. ¡Cuánta ignorancia! Nos tratan como estúpidos.

El Gobierno central lleva tiempo confundiendo gobernar con legislar (o con manchar el BOE de leyes y decretos-leyes). Desprecio absoluto a la gestión. La “brigada Aranzadi” -como así la acuñó felizmente Enric Juliana- gobierna y dirige las riendas de la Administración Pública con un desdén a la buena gestión pública y un desconocimiento absoluto de lo que es la gobernanza (no está en los temarios de oposiciones). Para ese escuadrón de Abogados del Estado y otros altos funcionarios que ahora nos gobiernan, la “Ley” es el único referente. La única guía. El único faro.

Nadie en su sano juicio pondrá en duda la importancia del Estado Constitucional de Derecho y el cumplimiento de la Ley. Donde aquel desfallece, ningún sistema democrático crecerá a su alrededor. Será pura apariencia. Pero eso es un presupuesto básico para hacer política, no la política misma. Quien así razona, yerra. Y están por ver aún las trascendentales consecuencias que tendrá para España (algunas ya son muy visibles) haber dejado las riendas de la política a altos funcionarios que poco o nada saben de aquella, como también haber entregado la dirección pública a quienes son profesionales de la función pública, pero absolutos profanos en el arte de dirigir organizaciones y personas.

Por su parte, los Gobiernos autonómicos están, en su mayor parte, recomponiendo su guión político. Tejer y destejer tras un proceso electoral. Cambiar siglas, cambiar caras, cambiar políticas. La política entendida como interruptor, como reza la cita del inicio: cada nuevo gobierno apaga la luz de todas las habitaciones (de lo hecho hasta entonces) y comienza a iluminarlas de nuevo con su nueva luz, que en nada se parece a la anterior (o, al menos, eso quieren hacernos creer). Política sectaria de letales consecuencias. Organizaciones sin memoria ni continuidad. Organizaciones estúpidas.

Ya se sabe, los seis últimos meses de mandato no se gobierna. Y los seis primeros se comienza a pergeñar lo que se hará en ese nuevo mandato. Además, con los importantes cambios habidos y, si no, con los gobiernos en minoría que hay, la inmensa mayoría de las Comunidades Autónomas tendrán (ya están teniendo) una gobernabilidad compleja. Inactividad o inoperancia. Por no decir un escenario más que probable de ingobernabilidad. La política de chalaneo, de la ocurrencia o la precariedad de los gobiernos, serán la regla. Medidas de política pantalla, que nada arreglan, salvo una comunicación instantánea. Leyes que -como decia Bismarck- se transforman en salchichas, tras su paso por un Parlamento cuarteado donde todos meten mano. En ese escenario la buena gestión no cuenta. Está amortizada. A no ser que algún gobierno vislumbre la importancia que tiene. Será un visionario. Y tendrá resultados, a poco que se empeñe.

Eso es algo que, al menos, está intentado hacer el Gobierno Vasco y otras instituciones vascas, en menor medida el gallego, no acuciados de momento por las apreturas electorales, que llegarán el año próximo. En el ámbito vasco la apuesta por la buena gobernanza o la gestión avanzada se vende al menos como hoja de ruta. La ciudadanía inteligente valora mucho la buena gestión de los asuntos y servicios públicos. Eso tiene premio. La mala gestión. castigo. Véanse, si no, los resultados de mayo de 2015 en Euskadi. Algunos, creo, han aprendido la lección, aunque el aprendizaje haya sido caro.

En Cataluña esa alternativa, al parecer, no computa: la política existencial ha ahogado el gobierno, hasta hacerlo superfluo. Sorprende cómo en los últimos años un sector público referente en gestión pública se haya transformado en un alumno torpe y desfasado. Desconocido. De los últimos de clase. Ya no hay administración pública ni pulso innovador desde hace más de un año. Y eso se contagia a las demás instituciones del país. Se reproduce el caso belga, pero en este país había al menos una dirección pública profesional que amortiguó el vacío de gobierno. Se gobierna con hechos, no con palabras ni con promesas de paraísos en la tierra. Con buena gobernanza y gestión. Estas refuerzan la identidad y suman adeptos. Quien no lo vea es ciego, sea de lo que fuere. Lo contrario no es una opción gratuita, sino de altos costes. Ya se irán dando cuenta. Los liderazgos corales y asamblearios, sirven para lo que sirven, para todo menos para gobernar eficientemente. Lean algo de la Revolución francesa y de sus directorios. Está todo inventado, aunque algunos descubran la pólvora a cada paso que dan.

En los gobiernos locales el vuelco también ha sido considerable. La precariedad de las mayorías la regla. Se ganó por la “gran política” o la política grandilocuente y se sigue gobernando del mismo modo. Hasta que no dé más de sí, que será pronto. La apuesta por la por la buena gobernanza es algo nada o poco visible en el nivel local. Aún así, todavía en pocos sitios, alguna cosa se mueve. En los demás, cuando los equipos de gobierno se empiecen a enterar se les habrá “pasado el arroz” (acabado el mandato). Y serán sacados a patadas por los votos de los ciudadanos en las próximas elecciones. Se les ha llamado para que resuelvan problemas, no para que los creen. La retórica de la política surte efectos en un primer momento, luego se desvanece, pues nada real ofrece. El entusiasmo en política es fruto perecedero.

El exceso de política invade nuestra realidad cotidiana e inmediata. La fragmentación política y la ineptitud de la política para alcanzar acuerdos transversales, si no se corrige (al menos esta última), conducirán al fracaso inmediato de la propia política. La sobredemanda ciudadana hacia la política (nutrida por ella misma) no augura nada bueno. Quienes lleguen al poder poco o nada podrán hacer. Retornemos de nuevo a Julián Marías, pues se advierte en el horizonte (en muchos sitios ya lo hay) un “parlamentarismo excesivo que impide a un poder ejecutivo fuerte enfrentarse con los problemas”. Preludio de algo. De nada bueno.

Ninguna de las fuerza políticas en liza en las próximas elecciones generales propone nada mínimamente serio en relación con una política de buena gobernanza, con la profesionalización de la alta administración o con la renovación moral del sector público. Tampoco hablan de adaptar la desvencijada función pública a las necesidades del momento o de alinear correctamente la máquina administrativa con la propia política (algo que exige como premisa despolitizar la Administración Pública y las instituciones reguladoras, frenar el poder del corporativismo y rediseñar las relaciones laborales en el sector público).

Son, entre otros muchos, temas incómodos que no dan votos. El gran problema de la política actual -como bien señalaba Innerarity- es que invierte casi todo en ganar elecciones y nada o apenas nada en gobernar. Cuando llegan al poder no saben qué hacer con él. Prometieron mucho, pueden cumplir poco y se encuentran desorientados pilotando máquinas desgastadas, desmotivadas, inadaptadas y abandonadas, que nadie arregla, pues para esa legión de ignorantes eso no es hacer política. Gobernar en esas condiciones es tarea hercúlea, condenada en cualquier caso al más estrepitoso de los fracasos o, en el mejor de los supuestos, dirigida a salvar los muebles. Tiempo perdido, política fracasada. Augura, más tarde o más temprano, cambios. La mala gestión también acaba con los gobiernos. Afortunadamente, la democracia funciona, aunque implique en no pocas ocasiones experimentar fracasos y acumular decepciones.

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