Autor: rafaeljimenezasensio

EL ETERNO DILEMA: CONTINUIDAD VERSUS TRANSFORMACIÓN EN EL SECTOR PÚBLICO ESPAÑOL [1]

public sector transformation

“La legitimidad legal de la Administración, aunque plenamente vigente, muestra notas de erosión e insuficiencia en las sociedades contemporáneas”

(Francisco Velasco, “Reformas de la Administración Pública: fenomenología, vectores de cambio y función directiva del Derecho Administrativo”, AFDUAM, número 23, 2019, p. 120)

Planteamiento

Nadie duda que hay un sinfín de desafíos inmediatos y mediatos que deben atender las Administraciones Públicas. A los ya conocidos, se han añadido otros tantos en esta década de sobresaltos. Y, sin embargo, la sensación de esclerosis para hacer frente desde lo público a la tales retos es evidente. Se masca la impotencia o, incluso, la esterilidad, que se manifiesta en que, bajo esa superficie de movimiento constante hacia no se sabe dónde, hay una percepción dominante de que nos encontramos en una suerte de “punto muerto” (Ross Douthat).

Cabe plantearse, así, por qué nuestro sector público es tan resistente a la transformación. Y la respuesta no es fácil. Tampoco puede ser expuesta en breves líneas. Convergen muchos factores que explican esa intransigencia frente al cambio. Muchos de ellos son históricos, que no trataré aquí. Otros son culturales. Los hay también políticos, sindicales y corporativos.

Reformas formales y el papel de freno del Derecho Administrativo

Lo que resulta cierto es que en España las reformas administrativas, por lo común, han sido básicamente formales; esto es, consistentes en cambios normativos que apenas transformaban materialmente el statu quo de las organizaciones públicas. El profesor Velasco, en el artículo citado, deja muy claro que en estos momentos la sociedad, en cuanto al funcionamiento de su sector público, “espera algo más que el cumplimiento de las normas”. Como bien señala este autor, la pérdida de la capacidad directiva de la Ley, más aún en un contexto parlamentario tan fragmentado y con un constante tejer y destejer que no va más allá de la propia coyuntura, no ayuda precisamente a la transformación. Los controles internos y externos, se proyectan sustancialmente (con muy pocas excepciones) sobre la legalidad formal. Así, no cabe extrañarse de que el Derecho Público español, y sobre todo las normas organizativas, de empleo público, procedimiento o de contratación, descansen en premisas de rigidez, y no faciliten lo que debería ser una Administración de resultados, que por su propia naturaleza exige flexibilidad organizativa y procedimental. Su conclusión es contundente: “El Derecho español dificulta o desincentiva el paso de una Administración burocrática, centrada en la correcta aplicación de la ley, a una Administración de resultados”. Y, como él mismo lo ha denominado, el Derecho Administrativo especial de gestión de los fondos europeos, apenas ha cambiado nada ese escenario, con las consecuencias que vendrán.

El mal español: quemar etapas sin haberlas transitado de forma efectiva.

Hace más de quince años, Joan Prats publicó un estimulante libro, prologado por el entonces Ministro Jordi Sevilla, titulado De la Burocracia al Management. Del Management a la Gobernanza (INAP, 2005). En esa obra el autor pasa revista a las tres fases o movimientos de reforma del sector público. Sus postulados conceptuales son distintos, pero las tres a lo largo de los últimos sesenta años han venido iluminando procesos de transformación de las Administraciones Públicas. Se trata, en efecto, de las reformas de orientación burocrática, de las reformas basadas en la Nueva Gestión Públicas y de las que se sustentan en la Gobernanza.

El problema de España es que, sin implantar aún plenamente un sistema burocrático como tipo ideal, que se basara, por ejemplo, firmemente en unas premisas de profesionalización e imparcialidad garantizadas,  nos metimos a picotear probablemente los aspectos menos amables del New Public Management (externalizaciones, por ejemplo), desconociendo o ignorando de forma supina la gestión por resultados y la dirección pública profesional. Y, en fin, mal digerido el modelo burocrático y peor asumida el de la Nueva Gestión Pública nos hemos sumergido de sopetón (aunque metiendo solo el tobillo) en las complejas aguas (nunca bien entendidas y peor conceptualizadas) de la Gobernanza. De ahí es muy fácil concluir que, como ya hiciera Prats en 2005, las Administraciones españolas se han ido transformando, pero únicamente con cambios “incrementales, espontáneos y casuísticos”.

Final: El desorden de la contingencia

Los retos y desafíos a los que se enfrenta el sector público producen vértigo. Y no cabe, por conocidos, reiterarlos en esta entrada. Para afrontarlos, la receta de soluciones es amplia. Hay también un sobrecargado diagnóstico de los problemas que nos aquejan. La confianza de la ciudadanía en las administraciones públicas está hundida. Y, sin embargo, las reacciones desde los poderes públicos son timoratas y repetitivas, amén de autocomplacientes y endogámicas. Y, sobre todo, desordenadas, marcadas por la contingencia y la satisfacción de necesidades inmediatas. Existe una coraza que, al parecer, nadie sabe cómo romper. Lo expresa, a modo de paradoja, Carles Ramió: “Las instituciones públicas logran ser innovadoras en sus productos y servicios; pero, en cambio, son conservadoras e inmovilistas en sus sistemas de gestión” (Burocracia inteligente. Cómo transformar la Administración Pública, Catarata, 2022, p. 222).

En efecto, las resistencias al cambio desde el punto de vista de las estructuras, procesos y personas, siguen siendo brutales hoy día en nuestra organizaciones públicas. Si buceamos en la literatura especializada española de los últimos treinta años, encontraremos constantes propuestas para la reforma de la Administración que, al fin y a la postre, son repetitivas hasta el hartazgo. Los nimios avances producidos han sido resultado de una pobre visión de multiplicación del gasto público ajena a las coordenadas de la necesaria efectividad en los resultados. Y cuando llegan las crisis, como la que se anuncia, el reloj se para o retrocede. Falta una visión holística y estratégica, pero también ordenar el sistema administrativo sobre bases firmes en sus postulados burocráticos (por ejemplo, en la implantación efectiva del saber especializado y reforzar la garantía de imparcialidad y la integridad), incorporar de forma efectiva la gestión por resultados y la profesionalización del escalón directivo, como predicaba la NGP, nunca aplicada entre nosotros; y, en fin, es necesario armar consistentemente un sistema de Gobernanza multinivel que descanse, por un lado, en un modelo de Gobierno Abierto efectivo y no retórico o formal,  que aborde con rigor y seriedad las políticas de integridad, de transparencia, de participación, así como de rendición de cuentas, y, por otro, fortalecer la Gobernanza intraorganizativa (Administración digital, estructuras flexibles y transversales, una verdadera política de gestión de personas) que es, hoy por hoy, el talón de Aquiles que nadie sabe cómo afrontar ni tiene la valentía suficiente para hacerlo. El marco de disrupción en el que ya estamos inmersos, como bien apuntó Francisco Longo (RVOP núm. Especial 3, 2019), obliga a llevar a cabo reformas necesarias en las Administraciones. Tras la crisis Covid19 y el grave contexto actual, esa necesidad se transforma en urgencia existencial.  

Este país tiene una imposibilidad histórica de promover reformas sustantivas de su sector público; pues gusta mucho de cacarear grandes logros, que luego la prosaica realidad se empeña en demostrarnos que eran burdos parches o ni siquiera eso. Sólo se impulsan, y siempre a regañadientes, cuando nos las exige la UE o si estamos al borde del precipicio. Tal vez algún día habrá que tomarse este asunto en serio, aunque de momento nadie se atreva. Menos cuando ya huele a ciclo electoral. Lo de siempre.  

[1] Estas reflexiones forman parte de la ponencia que se presentará en las Jornadas del Cabildo de Gran Canaria Repensando la Administración ante los viejos problemas y nuevos desafíos, que se celebrarán los días 29 y 30 del mes de junio de 2022.

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RENOVACIÓN DE CARGOS INSTITUCIONALES EN ESPAÑA

(El candor de la Comisión Europea ante la politización de las instituciones de control)

TC

“Los fallos institucionales -y la desconfianza que generan- son consecuencia de que una serie de personas no están a la altura de sus responsabilidades” (Heclo)

Sobre el injustificable incumplimiento de plazos para la renovación de los cargos públicos de las denominadas instituciones de control (categoría en la que entran una variopinta gama de órganos constitucionales y de creación legal, a las que ahora se suma el órgano de gobierno del poder juidical), es meridianamente obvio que supone -como se repite hasta la saciedad- un incumplimiento de la Constitución o de la normativa que prevé tales adecuaciones temporales en su composición. Es, en sí mismo, inaceptable.

El que ello se deba a un desencuentro entre las fuerzas políticas mayoritarias (PSOE/PP), que durante más de cuarenta años se han venido repartiendo por cuotas esos cargos institucionales de tales instituciones, sólo es la viva muestra de que la política ha entrado en un grado de descomposición y grosería intolerables más aún que antaño. Luego se lamentan del descrédito y de la multiplicación de la desconfianza ciudadana. Que arreen con las consecuencias de sus actos.

Quien está en el poder (ahora el PSOE/UP) empuja para que “se cumpla” la Constitución y meter, así, porque toca “a los suyos”, quienes están en la oposición (ahora el PP) bloquea injustificadamente (ejerciendo la vetocracia, como diría Fukuyama) algunos procesos o entra en el reparto del botín de forma descarada en determinadas instituciones para colocar también a sus fieles. Ello ha sido así con la penúltima renovación de cuatro magistrados del Tribunal Constitucional, que ha sido cubierta con perfiles “de estricta observancia” ya acreditada hacia los partidos que les propusieron (todos ellos ya habían hecho servicios al partido como vocales en el propio CGPJ) y en un caso con fidelización política descarada. Otro tanto se produjo en la bochornosa renovación, anulada por el Tribunal Supremo, de la Agencia Española de Protección de Datos, donde también las dos fuerzas mayoritarias pretendieron repartirse burdamente los cargos pisoteando chabacanamente lo dispuesto en la Ley. Menos aireada, pero también plagada de perfiles de amigos políticos, fue la renovación in totum del Tribunal de Cuentas, un ejemplo más de órganos que con los procesos de renovación pierden su memoria institucional y en los que la intensa colonización partidista es la regla. Y, en fin, no menos escandalosos, por antiestético y falto de ética, fueron los nombramientos políticos evidentes del Defensor del Pueblo y de su Adjunta, un reparto de cromos entre dos responsables políticos que pasaron por arte de birlibirloque a ser de un día para otro rebautizados de imparciales e independientes. Ya había varios precedentes.

En realidad, no hay que sorprenderse tanto de lo que está pasando. Es lo mismo que ha venido sucediendo desde la transición política. Las diferencias estriban en que el peso de los partidos tradicionales de ese bipartidismo imperfecto ha ido decreciendo. La “nueva política” no ha mejorado las cosas, sin embargo. Y, conforme las instituciones se degradaban, los perfiles de las personas elegidas para tan altas misiones de control del poder (rectius, en su aplicación de la singularidad hispana, para desactivar el control amigo y activar, en su caso, el enemigo) se han ido haciendo sin rubor más partidistas e, incluso, rebajando su calidad técnica e imparcialidad de los designados hasta dimensiones nunca conocidas (el listado de nombramientos disparatados y carentes de cualificación profesional o ética, es numeroso). Además, la polarización política (no sólo propia de nuestro contexto, véase lo que sucede en el Tribunal Supremo estadounidense) ha envenenado más ese débil sistema de checks and balances o de control del poder que, entre nosotros seamos honestos, nunca ha funcionado realmente. Y los partidos, ya estén en el poder (gobernando) o en la oposición (esperando gobernar), no quieren que funcione. El poder en España siempre ha sido enemigo de los frenos institucionales. Montesquieu siempre fue mal leído y peor entendido entre nosotros.  

Sorprende, así, que, como todo en este país, tenga que ser la Comisión Europea (cuando no el propio GRECO del Consejo de Europa) quienes reconvengan la actitud indolente del Gobierno y de los órganos constitucionales en lo que a la renovación de determinados cargos institucionales respecta, como está siendo el caso de renovación también in totum del Consejo General del Poder Judicial, un órgano constitucional desgraciado en su diseño constitucional/legal, que lleva tres años paralizada, por el bloqueo injustificable de unos y las resistencias numantinas de los otros a reformar su sistema de designación. Nadie explora terceras vías. A unos les interesa extender el bloqueo o el ejercicio particular de “su vetocracia”, a pesar de que se hayan mutilado las funciones del órgano de gobierno en tiempo de prórroga, pues ello prolonga artificialmente el control del órgano; mientras que los otros quieren renovar el órgano constitucional “como siempre se ha hecho”, esto es, repartiendo las poltronas entre jueces amigos de los dos partidos y dando migajas a otras fuerzas políticas para que obtengan una satisfacción equitativa a su peso parlamentario o de apoyo al gobierno de turno y coloquen o recoloquen a sus respectivos adláteres.

También sorprende el candor con que la Comisión Europea viene afrontando este tema. Hay, en efecto, un punto de ingenuidad en el modo de comprender el funcionamiento institucional de la (singular) democracia española, preñada de clientelismo y prácticas caciquiles hoy en día ejercidas con mano de hierro por los partidos y sus “baronías” territoriales. Dirigirse a las instituciones son mensajes que aquí nadie capta: en España son los partidos los señores de las instituciones, son “suyas”, no del Estado ni menos de la ciudadanía. Error de percepción. Y pretender que se modifique antes un partidista sistema de designación de vocales “togados”, dominado por el reparto de sillones en función de criterios políticos, es desconocer con qué país y con quiénes se juegan los cuartos. Retornar, pues así se empezó, a que los vocales togados los elijan los jueces, es una solución comparada aceptable, pero desconoce la enemiga política que despierta en el lado izquierdo de la escena política el peso del corporativismo judicial, que hunde sus raíces en la reforma (“progresista”) de 1870, se anquilosa en el sistema político de la Restauración y se multiplica en los largos períodos autoritarios del propio siglo XX. Hoy en día la judicatura -se objetará- es otra cosa; pero no cabe olvidar que el sistema de reclutamiento, que determina el ADN de la institución y define l’esprit de corps, sigue siendo en grandes líneas el mismo. E, insisto, la opción mixta (selección por una comisión independiente a propuesta, en ese caso, de listados de candidatos por los jueces y designación ulterior de los vocales del CGPJ por las Cámaras) no tiene defensores, pues visto el fiasco del modelo en la RTVE o en la AEPD, el bastardeo español de los sistemas de concurso o acreditación (donde meten sus pezuñas los partidos para alterar el orden de los factores) es norma de la casa. El empate es, por tanto, infinito y la solución estructural imposible. Más aun cuando de esa renovación también pende, como es sabido, la del propio Tribunal Constitucional (y su futuro control o mayoría), en el pack del Gobierno/Consejo General del Poder Judicial, que se quiere fracturar mediante una singular interpretación del marco constitucional y normativo vigente. Más gasolina al incendio. Mientras tanto, parálisis.

España es, en teoría, una democracia constitucional. Sin embargo, un análisis objetivo detenido y serio del (mal) funcionamiento de sus instituciones de control del poder pueden llevar a concluir fácilmente que demasiadas prácticas iliberales se han acumulado a lo largo de estos más de cuarenta años, y hoy en día se manifiestan de forma más cruda conforme el poder se hace más disgregado y volátil, y quienes lo ejercen –y esto es muy grave- apenas acreditan cultura institucional, ni siquiera constitucional. Cumplir formalmente la Constitución exige pleno respeto a sus procedimientos y plazos, y no utilizar torticeramente vetos de bloqueo. Cumplirla materialmente (esto es, de forma efectiva de acuerdo con los estándares efectivos del Estado de Derecho y la garantía del principio de separación de poderes) requiere, además, nombrar como miembros de las instituciones y órganos de control a personas independientes, imparciales y profesionales consagrados, amén de íntegros, con la finalidad de que ejerzan cabalmente las funciones constitucionales asignadas. Lo demás, es el cuento de la lechera, que ya nadie se cree, salvo los fieles seguidores de unos partidos políticos en absoluto declive y creciente desprestigio. Lo dijo magistralmente Pierre Rosanvallon (La legitimidad democrática Paidós, 2010, p. 224) , “una Corte Constitucional (o cualquier otro órgano de control) debe encarnar estructuralmente una capacidad de reflexividad y de imparcialidad que quedaría destruida por la inscripción en un orden partidario”. Esto último es justo lo que llevamos haciendo desde hace más de cuarenta años. Sin pestañear. Que se vayan enterando en Europa. Si es que no lo sabían.

En cualquier caso, como también recordaba el profesor Hugh Heclo, todo apunta, y más en este país llamado España, que “vivimos en una época en la que pensar en clave institucional se ha convertido en un acto contracultural” (Pensar institucionalmente, Paidós, 2010, p. 260). Ni siquiera quienes están en el poder o esperando alcanzarlo miman sus instituciones, sino que, por el contrario, con sus actitudes y deplorables comportamientos las desprecian. Solo quieren colonizarlas para mutilar su esencia. Que vivan exclusivamente en las formas, de escaparate institucional para cubrir las apariencias. Se prevalen de ellas para repartir púrpuras y prebendas entre sus acólitos, y hacer política rastrera. Y sin instituciones sólidas (recuérdese el ODS 16 de la Agenda 2030) ni hay Constitución, ni hay país, ni hay democracia, ni hay confianza ciudadana. Tampoco recuperación que valga. No hay nada. Poder desnudo. Eso es lo que quieren, unos y otros. Ya se sabe: quien siembra vientos, recoge tempestades.

EL «DESPOTISMO BENIGNO»: POLÍTICA, ADMINISTRACIÓN Y CIUDADANÍA

(Sobre la vigencia del pensamiento de Tocqueville)

ALEXIS-DE-TOCQUEVILLE

“Creo que si el despotismo se estableciera en las naciones democráticas contemporáneas, tendría otras características: sería más amplio y más benigno, y degradaría a los hombres sin atormentarlos” (Tocqueville, La Democracia en América, II)

Introducción

La relectura de los clásicos siempre enriquece. La obra de Alexis de Tocqueville ha sido objeto de múltiples análisis y de no pocas controversias. En esta entrada me interesa poner de relieve puntualmente algunas ideas de su pensamiento que tienen hondas conexiones con nuestra realidad actual, al margen del tiempo transcurrido; y, en especial, del uso del poder como máquina de repartir prebendas, que constituye –a juicio del autor francés- una manifestación (con otros muchos perfiles) de un nuevo despotismo de baja intensidad que degrada la libertad y las instituciones. Tocqueville nos muestra en algunos fragmentos de su obra una intuición fuera de lo común, que se adelanta en mucho a los tiempos. Y su aplicación a nuestra realidad político-institucional está fuera de toda duda, como de inmediato se podrá deducir. Ahorro cualquier referencia al presente, ya que el lector avezado las podrá deducir por sí mismo.

La (mala) política como puerta al nuevo despotismo

La política constitucional es objeto de su obra La Democracia en América  (DA I) donde sienta las bases de un sistema institucional, a imagen y semejanza del modelo estadounidense, de checks and balances (sistema de pesos y contrapesos) en el control del poder. Las prevenciones contra la tiranía de la mayoría, ya presentes en la obra El Federalista, se dibujan con precisión en el texto del autor francés. De ello ya me ocupé en otro lugar (Los frenos del poder. Separación de poderes y control de las instituciones).

Pero, las ideas-fuerza sobre la política y los políticos se dispersan en toda su obra. En la Democracia en América II (DA II), hay innumerables referencias a esta cuestión. Por ejemplo, allí se contienen unas interesantes y premonitorias consideraciones sobre la ambición política en los sistemas democráticos, que se manifiesta, por ejemplo, en que los políticos “se preocupan menos por los intereses y juicios del futuro; el momento actual es lo único que les ocupa y absorbe”. No están para “monumentos duraderos”, ni tienen percepción de hacer historia, sino que “aman el éxito” inmediato, y “lo que desean ante todo es el poder”. La evolución o involución de un país como consecuencia de las decisiones o indecisiones de sus responsables políticos no escapa de la mirada de Tocqueville, y así afirma: “Estoy convencido de que también en las naciones democráticas el genio, el vicio o las virtudes de ciertos individuos retardan o precipitan el curso natural del destino de un pueblo”. Y más aún si estos son los gobernantes. Recomienda que el orador mediocre guarde silencio como “el más útil servicio que puede prestar a la cosa pública”. Nos advierte de la tendencia de los gobernantes a rodearse de gente mediocre: “Los hombres parecen más grandes cuanto más pequeños son los objetos que les rodean”. Y, en fin, nos pone alerta de uno de los errores que cometen los gobernantes con consecuencias dramáticas, que nos recuerdan algunos momentos de nuestra política reciente: “Una de las debilidades más comunes de la inteligencia humana, es la de querer conciliar principios contrarios y conseguir la paz a expensas de la lógica”.

Es, sin embargo, en su obra Recuerdos de la Revolución de 1848 en la que se despliegan análisis muy certeros sobre la política y los políticos. El contexto entonces mandaba (“creo que estamos durmiendo sobre un volcán”, decía el autor), y denunciaba la degradación de las costumbres públicas como antesala de los cambios políticos, concluyendo: la clase política que entonces gobernaba se había convertido, por su indiferencia, por su egoísmo, por sus vicios, en incapaz e indigna de gobernar”. La “larga comedia parlamentaria” no aventuraba cosas buenas. En realidad, la política espectáculo y la vocación de vivir de la política ya se encontraban plenamente vigentes en el pensamiento de Tocqueville: “La verdad –lamentable verdad- es que el gusto por las funciones públicas y el deseo de vivir a costa de los impuestos no es, entre nosotros, una enfermedad exclusiva de un partido; es el grande y permanente achaque democrático de nuestra sociedad civil y de nuestra administración, es el mal secreto que ha corroído todos los poderes y corroerá también todos los nuevos”.

Tocqueville denuncia “la mendicidad política” y la colmena de “solicitantes” que se acercan al poder para ser receptores de dádivas, y lo entroniza como un mal que “es de todos los regímenes”, del que tampoco se libran los democráticos si no son capaces de controlar el ejercicio del poder. Y ya nos anticipa las posibles soluciones populistas (avant la lettre) como una manifestación del Legislativo o del Ejecutivo (hoy en día tan transitada). Así nos dice que “las asambleas son como niños: la ociosidad las induce a decir o a hacer muchas tonterías”. Y, en fin, de su experiencia ministerial nos deja algunas reflexiones que son auténticas joyas. Por ejemplo, “en política es preciso no olvidar jamás que el efecto de los acontecimientos debe medirse menos por lo que son en sí mismos que por las impresiones que producen”. Asimismo, adopta una resolución: “Comportarme cada día, mientras fuese ministro, como si tuviera que dejar de serlo al día siguiente, es decir, sin subordinar jamás a la necesidad de mantenerme la necesidad de continuar siendo yo mismo”. Pero, igualmente, sus advertencias o presunciones sobre Luis Napoleón, que al fin y a la postre pondría en jaque las libertades públicas con un uso autoritario del poder y de las instituciones: “El mundo –decía- es un extraño teatro; en él hay momentos en los que las peores piezas alcanzan los mejores triunfos”.

El nuevo despotismo o el despotismo “benigno”: los riesgos (iliberales) de la democracia

El despotismo representa un ejercicio arbitrario del poder o un uso torticero de las instituciones vigentes. El autor llama la atención sobre sus secuelas: “El despotismo, peligroso en todos los tiempos, resulta más temible en los democráticos». El individualismo y una igualdad mal entendida pueden ser motores de tal desviación. Utiliza, así, la expresión de despotismo benigno. Y para combatir tales males, “sólo hay un remedio eficaz: la libertad política”. Es en la DA II donde se recogen las reflexiones de mayor calado sobre este importante tema. También de forma premonitoria, Tocqueville expone lo siguiente: “Es de prever, pues, que el interés individual se irá convirtiendo cada vez más en el principal, si no en el único móvil de las acciones humanas”. La clave se halla en si la sociedad (trae entonces a colación la americana) opta por empujar la actividad económica, o, por el contrario, vive parásita del Estado.

Advierte el autor francés que en la sociedad continental europea “la primera idea que vienen a la mente es la de obtener un empleo público” (o unas prebendas desde el poder), pues con él la persona goza así “tranquilamente como de un patrimonio”. No tiene, ciertamente, Tocqueville un juicio muy positivo de las funciones públicas que, si bien necesarias, en no pocos casos resultan –a su juicio- improductivas. Es verdad que, en su extraordinaria obra El Antiguo Régimen y la Revolución ya expuso la impecable tesis de la continuidad de “la constitución administrativa” frente a los cambios de “la constitución política”, lo que implicaba que –incluso con cambios de personas- “el cuerpo (de la administración) quedaba intacto y vivo”. También allí denunció la aristocracia funcionarial, que se apropia de una “administración única y omnipotente”, cuya herencia secular provenía de la venalidad de los cargos públicos en el Antiguo Régimen  y de sus estructuras administrativas elefantiásicas. Tal como expone el autor, “la mayor diferencia que existe en esta materia entre los tiempos que hablo y los nuestros (la obra está escrita a mediados del siglo XIX), es que entonces el gobierno vendía los puestos, mientras que hoy en día los da”. El clientelismo político derivado de esa “pasión, creciente. Ilimitada, desenfrenada por los empleos públicos” (recogida en su discurso ante la Asamblea, El deseo de los cargos públicos), no fue, por tanto, exclusivo de España, pero aquí echó hondas raíces. Hasta hoy. Ahí siguen. La desmoralización de la política, otra expresión afortunada de Tocqueville, explica muchas cosas que están pasando en nuestros días.

Pero dentro de esas expresiones del despotismo benigno, que tiene múltiples caras que ahora no pueden tratarse, conviene hacer hincapié en otra idea fuerza que se expone en la DA II, y que tiene que ver con el uso del poder político como adormidera esterilizante del vigor de la ciudadanía, desactivando su potencial como actor político, una cuestión muy vinculada con el individualismo, el egoísmo y el papel de actor secundario o exclusivo receptor de servicios o prestaciones y ayudas. Papel secundario que se agudiza en la era digital. El problema tiene que ver con las posibles desviaciones o descompensaciones que se pueden mostrar en una sociedad cuando las demandas o “la ambición (de la ciudadanía) no tiene más campo que el de la administración” (ya presente entre nosotros en muchos territorios). En estos casos, el error consiste en pretender acallar siempre las necesidades o reivindicaciones como si los presupuestos públicos fueran infinitos. Lo cual, como es sabido, es radicalmente falso. El poder en estos casos con lo que se encuentra es con “una oposición permanente; pues su tarea consiste en satisfacer, con medios limitados, unos deseos que se multiplican sin límite”. Y la reflexión final de Tocqueville es sencillamente magistral: “Hay que convencerse que de todos los pueblos del mundo, el más difícil de contener y dirigir es un pueblo de solicitantes”.  Siempre pedirán más y no entienden de límites, pues desde el poder no se les han puesto. Tomen nota nuestros magnánimos responsables públicos, sean del color que fueren. La política, la verdadera política, no consiste de distribuir subvenciones, cargos o empleos por doquier, ni menos aún en canalizarlos hacia “los nuestros”. Es tomar decisiones en las que se debe priorizar en función de las necesidades y de futuros estratégicos, que hoy en día a nadie al parecer importan. Alexis de Tocqueville sigue plenamente vigente.  Aunque, quienes deberían hacerlo, apenas lo lean.

Adenda

En una reciente e interesante obra (Les meilleurs n’auront pas le pouvoir. Un enquête à partir d’Aristote, Pascal et Tocqueville, PUF, 2021), Adrien Louis introduce en el análisis de este último autor el concepto de republicanos absolutistas como aquellos que, con particular desprecio -de impronta rousseauniana– hacia la separación de poderes y al control de las instituciones, llevan a cabo además “reformas  sobre reglas secundarias” (en términos aparentes) y que, sin embargo, son incapaces de configurar un “ejecutivo republicano ideal”; que no se caracterice tanto por “la extensión de su poder, sino más bien por la firmeza de su voluntad”.

Un gobierno no pueden actuar como exclusiva máquina repartidora de nóminas, prestaciones, ayudas, subvenciones o empleos, con mirada a corto plazo (regar su pretendido huerto electoral), sino sobre todo debe intervenir como emprendedor efectivo (y no impulsado desde fuera) de las grandes reformas que requiere el país. La búsqueda del mejor gobierno, concluye el autor, no es el populista (aunque los tiempos manden), sino el que se enfrenta enérgicamente a los diferentes males y enormes desafíos, muchos de ellos de largo alcance, a los que debe hacer frente la sociedad. El mejor gobierno es, en fin, el que recibe la confianza de la ciudadanía, pero sobre todo aquel que es capaz “de organizar contra poderes eficaces y responsables”. Sin ellos, el fantasma del populismo (como también decía Rosanvallon, “de un pueblo-rey o de un rey-pueblo”, desmovilizado y receptor de prebendas exclusivamente) seguirá creciendo entre nosotros. Tal vez debemos ir olvidando que nos gobiernen los mejores (nada de eso será factible, como señala Louis), pero tampoco podemos aceptar ni menos aún resignarnos a que puedan gobernarnos los peores o los más mediocres. Al menos vigilémoslos de forma efectiva y que rindan cuentas. Hasta hoy, pío deseo.  

¿SE DESFONDA LA GESTIÓN DE LOS FONDOS EUROPEOS?

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Hay señales y voces de alarma que nos indican o advierten que la gestión de los fondos europeos NGEU va muy lenta. Y ello pasa factura a la recuperación económica, pero también a ese objetivo más a medio/largo plazo que era construir las bases de la transformación del modelo productivo y cambiar, mediante las reformas anunciadas, el marco regulador fortaleciendo asimismo el futuro del país, haciéndolo más resiliente. El Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia nos prometía todas esas cosas y algunas más. España, en pocos años, iba a sufrir un proceso de reseteo que la harían casi irreconocible, como nos vendía el entonces consejero áulico de la Presidencia, Iván Redondo.

Sin embargo, el crecimiento anual del PIB (que se calculó en 2/3 puntos anualmente, según las fuentes que se consultaran) por la llegada del maná europeo está lejos aún de lograrse (en 2021 se ha estimado que su impacto apenas ha sido del 0,5 % del PIB; bien es cierto que era el año de arranque y se comenzó en el segundo semestre; pero en 2022 se estima que sea en torno al 1 por ciento, lo que está muy por debajo de las expectativas iniciales).

Es cierto que hay miradas o lecturas catastrofistas y otras muchos más complacientes. Los medios de comunicación, alineados habitualmente en una u otra trinchera ideológica, pintan el panorama según sus creencias o sesgos. Lo mismo hacen las fuerzas políticas en disputa. Creo que se impone una interpretación más sosegada, menos crispada y ciertamente basada en datos objetivos. Pero no se puede ocultar, pues así lo han reconocido fuentes políticas, económicas y académicas solventes, que la recuperación (también por otras causas exógenas por todos conocidas) va lenta. Y no es precisamente, porque no haya proyectos ni ideas, sino que -como bien ha apuntado uno de los mejores analistas de la gestión de los fondos europeos, el profesor Manuel Hidalgo- las causas de esa ralentización del papel motor de los fondos europeos en la economía hay que buscarlas principalmente en el diseño del modelo de gestión de los fondos europeos, basado en un sistema burocrático y procedimental que no está funcionando adecuadamente. Ya lo advirtió ese mismo autor en 2020: si no hay virtuosismo en la gestión los fondos europeos NGEU pueden acabar sin absorberse adecuadamente y perder parte de esos recursos sería una enorme irresponsabilidad. No se puede repetir la baja ejecución de los fondos tradicionales del Marco Financiero Plurianual 2014-2020, que se estiman en estos momentos en torno al 40-45 %. De repetirse estos porcentajes con los fondos NGEU, el fracaso de la recuperación podría arrastrar al fracaso del país y de sus gentes (así como de las “próximas generaciones”). Además, la pretensión de que tales recursos tengan una fuerte capilaridad en el tejido productivo y en la economía real están siendo hasta ahora un pío deseo, en parte también por la indigestión burocrática existente.

A mi juicio, hay asimismo otras razones menos aireadas que explican parcialmente el lento proceso de ejecución de los fondos europeos. Algunas están vinculadas con la política, como son, por ejemplo, la inexistencia e incapacidad de trenzar pactos transversales, así como la excesiva y exagerada centralización de la gestión de tales recursos financieros, que ha limitado los órganos decisores a las estructuras del Gobierno central, al margen de que muchas de esas intervenciones implicasen a las competencias autonómicas o locales, y no solo en el plano ejecutivo, sino también (por lo que afecta a las CCAA) en el ámbito normativo (extensión de lo básico y correlativa reducción del margen de configuración autonómico).  En efecto, el PRTR fue configurado desde sus orígenes no como un plan de Estado, sino de Gobierno. Y con la finalidad instrumental de reforzar más el poder de éste que fortalecer aquél. Las reformas sólo se aprueban desde el centro y por los órganos generales del Estado, lo que termina absorbiendo o dejando sin apenas espacio configurador a los poderes públicos territoriales, que se transforman en meros apéndices tentaculares (una suerte de “administración periférica autonómica”) del Gobierno central y de la Administración General del Estado. El problema de esa fuerte recentralización es que tiene también implicaciones políticas serias: con el PRTR se pretendía -aspecto que aún sigue siendo esencial- reforzar la imagen de la Presidencia del Gobierno como figura que reparte el maná europeo y que, por tanto, encarna políticamente la recuperación. Y ese punto también está fallando. No obstante, cabe presumir que el segundo semestre de 2022 y el primer semestre de 2023 la máquina de distribución de fondos europeos se pondrá a pleno rendimiento: no se puede llegar al segundo semestre de 2023 (semestre de la presidencia española de la UE y, en principio, elecciones legislativas) sin los deberes hechos.

Pero, a mi juicio, además de un modelo equivocado de Gobernanza, fuertemente centralizado y también, paradójicamente, fragmentado departamentalmente, sin apenas estructuras organizativas transversales, el lastre principal que tiene la gestión de los fondos europeos se encuentra precisamente en excesiva burocratización que implica su puesta en marcha y en las enormes limitaciones que ofrece el actual modelo de gestión existente en las Administraciones Públicas españolas. En un inevitable ejercicio de simplificación de un problema mucho más complejo, que he tratado en algunos artículos, las señales de desfondamiento en la gestión de los fondos europeos en nuestro sector público se advierten en los siguientes puntos:

1.- La Administración General del Estado se ha echado tras sus espaldas un pesado fardo de gestión para el que, objetivamente, no estaba preparada para asumir de forma efectiva. Allí residen las entidades decisoras (fruto de la centralización), pero también buena parte de las entidades ejecutoras, al menos de primer grado. Demasiada gestión para una maquinaria burocrática que, por su diseño finalista y por el reparto interno de competencias, ha dejado de ser (o debería haber dejado de ser, salvo en ámbitos puntuales) una Administración ejecutiva. Los PERTE se han ido alumbrando, pero aún están lejos de jugar ese papel tractor que se les presumía. Con enorme opacidad, algunas tensiones territoriales y pocos resultados hasta la fecha. El talento interno que iba a nutrir las unidades administrativas provisionales ministeriales para gestionar fondos europeos no sé si lo han descubierto. Más me temo que los funcionarios habrán añadido a su trabajo habitual la sobrecarga de la gestión y seguimiento de los fondos europeos. Las Subsecretarías se han convertido en las responsables de que esta prioridad funcione, lo que está debilitando otras tareas habituales propias del back office y, más concretamente, la necesaria planificación estratégica de sus recursos propios no orientados a la gestión de los fondos europeos. La esquizofrenia administrativa (o el dualismo que comporta la gestión ordinaria y la gestión de los fondos europeos) sigue sin resolverse.

2.- Aun así, siendo la AGE el motor o palanca que debe permitir que los fondos europeos circulen con celeridad y efectividad, parte de esos recursos se están canalizando a las CCAA por diferentes vías, pero principalmente por medio de las conferencias sectoriales. Todo eso requiere su liturgia y sus pactos. La transparencia nunca ha sido hasta ahora la fortaleza en la construcción el PRTR ni tampoco en la adjudicación y gestión de esos recursos. El proceso de capilaridad territorial de los fondos está siendo también lento. Y ello retrasa su impacto sobre la economía. Pero la anunciada llegada de tales recursos financieros a las entidades locales está siendo, mucho más aún que en el caso anterior, más limitada. En 2021, como ha estudiado también Manuel Hidalgo, era prácticamente irrisoria. Sin duda, ese proceso se acelerará en los próximos meses. Pero, ello ha dado lugar a que exista una percepción -al igual que sucede en el mundo empresarial y en el tejido productivo- de que tales recursos nunca llegan. La inversión, hasta la fecha, se está centrando en infraestructuras y obras. Más “ladrillo; menos innovación.

3.- Probablemente, una de las causas que entorpece y dificulta la circulación de esos fondos es que el modelo descansa principalmente sobre los convenios administrativos y sobre la convocatoria de procesos de subvenciones de concurrencia competitiva, generalmente. También, sin duda, interviene en última escala la contratación pública o la solución del uso de medios propios. Hay aquí, como es obvio, procedimientos administrativos, plazos, trámites, informes, propuestas de resolución y, en última instancia la formalización definitiva. Pero también hay controles internos, más acentuados por la obligación derivada del Derecho europeo y concretada en la Orden HFP 1030/2021 de proteger los intereses financieros de la UE frente a las irregularidades, fraude, corrupción, conflictos de intereses o la doble financiación. Por mucho que se hayan pretendido acortar determinados plazos, simplificar trámites o eludir determinadas exigencias, tal como previó en su día el RDL 36/2020, lo cierto es que la Administración Pública tiene que cumplir las exigencias legales y reglamentarias y es, en general, lenta en su ejecución, debido no solo a exigencias legales (que también), sino sobre todo a problemas estructurales, que son muchos y generalmente sin solución a corto plazo.

4.- En efecto, la gestión de fondos europeos sólo puede funcionar cabalmente en el marco de un modelo organizativo que se base en misiones, proyectos o programas, y que supere la tradicional concepción (herencia del Antiguo Régimen y del primer Estado liberal) de los departamentos (ministeriales, consejerías o áreas). Y sobre esto apenas se ha avanzado. Las unidades administrativas provisionales fueron una solución organizativa propia del RDL 36/2020, que luego copiaron, con su particular impronta de isomorfismo, algunas Comunidades Autónomas. Pero esa solución organizativa, aunque suponga algún avance, sigue hipotecada por el modelo matriz. Nadie puede obviar que los proyectos de inversión tienen en su mayor parte enfoque transversal, más cuando afectan a ejes tan atravesados por esa perspectiva como son las transiciones verde, energética, digital o la propia cohesión social o territorial. Además, ello requiere adoptar una mirada de Gobernanza multinivel, que solo tímidamente (de forma institucionalizada tradicional) se está aplicando. Hay un largo trecho de aprendizaje organizativo que aún no se ha sabido transitar. Tiempo habrá para ello.

5.- Sin embargo, donde la gestión de fondos europeos puede fracasar estrepitosamente es en lo que respecta al modelo de recursos humanos existente en las Administraciones Públicas. No me extenderé sobre este punto, pero hay un conjunto de puntos críticos que no parece se puedan resolver a corto plazo, ni siquiera a medio, pues no se advierte ni voluntad política ni un proyecto estratégico coherente y bien diseñado. Citaré solo algunos. El primero de ellos es el profundo relevo generacional, hasta ahora absolutamente descuidado por la práctica totalidad de las organizaciones públicas: asumir los retos que el PRTR comporta, representa disponer por parte de las AAPP de perfiles profesionales muy distintos a los que hoy en día tiene o ser devoradas y capturadas por las empresas punteras del mercado y por las grandes consultoras. El segundo, corolario del anterior, es que buena parte de los recursos humanos existentes en el sector público tiene edades avanzadas, en muchos casos perfiles obsoletos y, en no pocos también, están de salida (el proyecto de la recuperación y de la resiliencia les llega tarde); y, por consiguiente, su implicación dependerá muy y mucho de su vocación de servicio. El tercero, en nada menor, particularmente en las administraciones territoriales, es el elevadísimo porcentaje de temporalidad que tienen, y por tanto que tales organizaciones estarán inmersas en los próximos tres años (críticos en la recuperación) en unos procesos de estabilización que consumirán buena parte de sus energías y tendrán a ese personal obsesionado con cuál será el desenlace de tales procesos, que presumiblemente se judicializarán y ofrecerán resultados inciertos: un contexto poco apropiado para remar en la buena gestión de los asuntos cotidianos, pero menos aún en los extraordinarios (como son la gestión de los fondos europeos). El cuarto, tiene que ver con los recursos internos que cada organización pública tiene para asumir esas tareas extraordinarias de gestión de fondos europeos que se prolongará, al menos en lo que afecta a los NGEU, hasta 2026; pero que tendrá continuidad o coexistencia con los fondos del Marco Financiero Plurianual 21-27, y con otros que ya está preparando la UE ante la situación de crisis energética: el personal al servicio de las organizaciones públicas tiene funciones y tareas asignadas, por lo que las derivadas de la gestión de los fondos europeos son un plus (piénsese en el presumible colapso de los servicios de contratación púbica o de gestión económico-financiera) o, todo lo más, representan una adscripción provisional, lo que hace presumir la necesidad, siquiera sea temporal, de nuevos efectivos y el engorde de nuevo de la temporalidad, amén de la necesidad de formar a un personal que, por lo común, de esto sabe muy poco o sencillamente nada. El quinto procede de la proliferación de la modalidad del teletrabajo, que ahora de forma contingente también se quiere aplicar como cauce de ahorro energético, puesto que, si no se fijan bien objetivos y no se lleva a cabo un correcto seguimiento y evaluación de los resultados de gestión, tales cometidos se podrán diluir, y si algo exige la gestión de fondos europeos (dentro de esa lógica del principio de compromiso con el cumplimiento) es celeridad y efectividad en su ejecución, siempre bajo la lógica de la probidad y del cumplimiento de objetivos en el marco de la legalidad. En fin, habría muchos más (déficit de una dirección pública profesional por proyectos, carencia de un modelo de evaluación del desempeño y de gestión de la diferencia, rigidez y obsolescencia de las relaciones de puestos de trabajo para cumplir tales retos, etc.), pero basta con los puntos expuestos.

España (rectius, el Gobierno central) va a solicitar 71.000 millones € más de financiación vía préstamo del Mecanismo de Recuperación y Resiliencia que se suman a los 69.500 millones de € ya reconocidos del actual PRTR. La Vicepresidencia primera ha retrasado esa solicitud, según se ha dicho oficialmente, porque está pendiente de las decisiones que adopte el Banco Central Europeo (tipos de interés, compra de deuda pública, etc.). En esa demora también puede haber un reconocimiento tácito de que la digestión de los fondos europeos está siendo más lenta de lo inicialmente previsto. En todo caso, el proceso (sí o sí) se acelerará en los próximos meses. No queda otra políticamente hablando, otra cosa es el incremento de riesgos que comporta acelerar tanto este proceso. Y el reto de la absorción efectiva de los fondos europeos estará en las manos de cada nivel de gobierno y de sus propias Administraciones Públicas. Para lo cual sería necesario impulsar planes de choque urgentes que implicasen mejoras organizativas y de gestión de personal que eviten un desfondamiento de la gestión de tales fondos europeos. La dicotomía es clara: transformación versus transformismo. Hay algunas Administraciones Públicas que, bien lideradas, lo lograrán o, al menos, paliarán el desastre. Otras, por el contrario, fracasarán. Habrá quien comprometa, ejecute y liquide adecuadamente todos o buena parte de los recursos recibidos, también sin medidas correctoras, lo que revertirá en el país, territorio o ciudad, así como en su población; pero también habrá organizaciones públicas que se quedarán lejos de sus objetivos, y las consecuencias se sus malos resultados los pagarán muy caro su ciudadanía, territorio y economía. Esa será la gran diferencia que existirá entre hacer las cosas bien o llevarlas a cabo de forma no efectiva, improvisada o chapucera. Que de todo habrá. También corrupción. Pero eso para otro día. 

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EDGAR MORIN: LECCIONES DE UN SIGLO DE VIDA

edgar morin

“Todo lo bueno que he hecho ha sido al principio incomprendido y mal juzgado. Pero la autonomía intelectual conduce sin que uno lo quiera a la heterodoxia. Y hay que aceptar la incomprensión y el descrédito” (Edgar Morin, Lecciones de un siglo de vida, Paidós, 2022, p. 108).

Una mirada retrospectiva de cien años es, sencillamente, un privilegio; más si procede de un humanista y filósofo tan reconocido como Edgar Morin, cuya vida ha transcurrido desde 1921 hasta la actualidad. Un ensayista de una profundidad extraordinaria, del que siempre me habló extraordinariamente mi buen amigo, columnista y profesor de filosofía, Mariano Berges. Morin es una persona, además, de identidades múltiples, de origen sefardí y con lazos, por tanto, con la lengua española. De la tradición humanista que va desde Montaigne a Víctor Hugo. Pero, asimismo, marcado por el contexto histórico de su existencia, ya que fue miembro del Partido Comunista francés hasta que advirtió la deriva totalitaria de tales ideas, lo que le comportó, tras su abandono, “los insultos rutinarios que recibe cualquier excluido”.

Su larga y fructífera vida personal e intelectual se manifiesta en una vasta obra y, como él mismo reconoce, en treinta y ocho doctorados honoris causa recibidos en el extranjero. Su período comunista, que duró seis años, lo ve como una oportunidad, puesto que “me permitió entender posteriormente el totalitarismo por haberlo vivido desde dentro”. Fruto de esa experiencia escribió Autocrítica, algo que le facilitó un desengrase mental, la conquista de la autonomía intelectual, y la búsqueda obstinada de un pensamiento político a partir de entonces complejo”.

Esta breve obra transita por sus experiencias personales, profesionales y académicas, así como por ciertos recovecos de su amplia obra intelectual, con algunas reflexiones que merecen ser destacadas por su fuerza argumental y por su riqueza en el enfoque de quien atesora una larguísima y rica existencia, así como una mirada penetrante sobre la realidad que le circunda. Lo que sigue son solo algunas ideas que me han llamado la atención en ese penetrante discurso de una persona centenaria en plena lucidez.

Interesantes, por ejemplo, son sus reflexiones en torno a que “vivir es navegar en un océano de incertidumbre, parando de vez en cuando en algunas islas o archipiélagos de certidumbre donde abastecernos”. También lo es, con impronta estoica, el reconocimiento de que la incertidumbre de nuestros destinos, generada entre otras cosas por la imposibilidad de eliminar el azar, comporta -como una de las lecciones que el autor afirma más importantes de su vida- “la necesidad de estar preparado para que ocurra lo inesperado”.

En el capítulo relativo a “Saber vivir”, Morin subraya de entrada que “una vida reducida a la supervivencia deja de ser vida”. La dignidad humana es un aspecto central en su discurso: “subvivir es peor que sobrevivir”. Tras algún recordatorio de experiencias personales y de momentos históricos relevantes (“los éxtasis de la historia”), entre los que cita la Revolución de los Claveles y “la embriaguez de libertad que fue el paso del muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989”, se adentra el autor en unas reflexiones muy pertinentes sobre la necesidad de reconocimiento, una idea vinculada estrechamente con la dignidad, que esta sociedad digitaliza y cuantitativa, del imperio del dato, parece difuminar en todos sus extremos: “Los hombres y las mujeres tratados únicamente como objetos estadísticos (…) disuelven la humanidad en las cifras, (y) no hace más que sobreexcitar la necesidad antropológica de reconocimiento”. Retoma el reconocimiento y su necesidad al final de la obra, aspecto del que están tan necesitados no pocas personas y colectivos: “Los escritores, los filósofos y los universitarios (podríamos ampliar la nómina) padecen un complejo desmesurado. Cada uno de ellos quisiera ser reconocido, si no como un genio, al menos como el mejor entre sus pares”.

Su formación universitaria fue avanzada en la transversalidad, sabiendo romper los compartimentos estancos del conocimiento y de los estudios titulados. La idea de complejidad comenzaba a tomar cuerpo en su pensamiento y en la acción. Las contradicciones humanas eran base de su enfoque. Y, así, cita a Heráclito, “concordia y discordia son madre de todas las cosas”. Como bien expone el autor: “El ser humano no es ni bueno ni malo, es complejo y versátil”.

El capítulo dedicado a sus experiencias políticas en ese siglo XX, torrente de acontecimientos y marcado por un mal específico (“el totalitarismo de partido único”), no es sin embargo página pasada: “Se están dando todos los elementos de un neototalitarismo cuyo primer modelo se está desarrollando en China”, y cuya huella de dominio está basada “en la vigilancia electrónica». De ahí extrae asimismo la tendencia a la regresión (estancamiento, esclerosis, repetición, que diría Ross Douthat) que se está produciendo mundialmente desde principios del siglo XXI en nuestras sociedades occidentales: “Una de las principales lecciones de mis experiencia -añade- es que el retorno a la barbarie siempre es posible. Ninguna conquista histórica es irreversible”

Los treinta gloriosos (1945-1975), años de reconstrucción europea y de acelerado desarrollo económico y social, le han provocado al autor una lección importantísima, tal como él mismo reconoce: “Una progresión económica y técnica puede comportar una regresión política y civilizatoria, lo cual en mi opinión se hace cada vez más patente en el siglo XXI”. Su toma de conciencia ecológica es, cuando menos, prematura y premonitoria. Se remonta a 1972 cuando se publicó el informe del profesor Meadows del MIT, que “reveló el proceso de degradación de la biosfera debido al crecimiento tecnoeconómico, causado a su vez por un afán inextinguible de lucro”. Seguimos anclados en esa dimensión destructiva que ni la Agenda 2030, ni el autocomplaciente y «moderno» discurso sobre la sostenibilidad, ni los Acuerdos de París consiguen detener. Nadie quiere vivir peor que sus antepasados. Y no hay otra solución. El sacrosanto progreso muestra rasgos de inevitable agotamiento. 

Las permanentes crisis que estamos viviendo en este siglo XXI (las más recientes la del Covid19 y la de Ucrania, esta última fuera del foco obviamente temporal del libro), así como el cambio climático, la plétora de las desigualdades, las migraciones, etc., muestran el vigor del pensamiento complejo de Edgar Morin, concertado en un buen número de obras, entre las que destaca El método La vía: el futuro de la humanidad. Su pensamiento complejo se asienta asimismo en un “humanismo regenerado”, que ya expuso en Cambiemos de vía.

No olvida el autor el papel constructivo del error, ni tampoco los peligros de la desinformación y de las fake news. Advierte contra el peligro de estar mal informado, cuando no se contrastan opiniones, en esta era de tribus digitales (Han) y de cámaras eco: “No hay ningún refugio de la verdad absoluta que elimine todo error, salvo en la teología y en la fe del fanático”. El dogmatismo esclerotiza la sociedad. Y las consecuencias políticas pueden ser graves.

En efecto, hace unos días pensé cerrar una ponencia sobre el futuro de las instituciones, destinada a un foro de reflexión estratégico al que fui convocado amablemente por un partido político, con una profunda reflexión de Morin (la pena es que, al cambiar de cartera, me dejé el libro en casa). Advierte este autor sobre las consecuencias de la mala política y de la política populista o demagógica que tanto nos invade, donde solo prodigan hoy en día las buenas noticias: “Las consecuencias del error de juicio o de decisión del responsable de una nación pueden ser desastrosas y mortíferas para todo el país”. Lo estamos viendo todos los días en este conflictivo globo televisado, pero también cerca de nuestros hogares en no pocos niveles de gobierno.

En fin, alejada de esa contingencia, su última lección es digna de recogerse como cierre de esta reseña: “Está en ese círculo virtuoso donde cooperan la razón abierta y la benevolencia amable”.  Definitivamente, la sabiduría sigue estando, al menos en este caso, en la edad. No hay duda. 

INFOCRACIA. CIUDADANÍA Y POLÍTICA EN LA ERA DIGITAL

infocracia

“Hoy vivimos presos en la ‘caverna digital’, aunque creamos que estamos en libertad. Nos encontramos encadenados a la pantalla digital”.

(Byung-Chul Han, Infocracia. La digitalización y la crisis de la democracia, Taurus, 2022, p. 91)

Preliminar

Hace algún tiempo, un colega universitario me trasladaba la idea de que un reconocido ensayista había escrito el mismo libro diez veces. Esta ácida reflexión me vino a la memoria cuando comencé a leer la última obra del filósofo coreano-alemán. En su capítulo primero (“El régimen de la información”) se reiteran, en efecto, muchas de sus tesis replicadas en algunos de sus numerosos libros publicados en los últimos diez años. Sin duda, Byung Chul-Han es un autor prolífico. Y que, al parecer, vende bien, y tiene su público cautivo. También sus detractores. Personalmente, me parece un autor estimulante, sin perjuicio de que no haya siempre que comulgar con sus tesis. Escribe ideas cortas (tweets filosóficos) que encadena en sus breves trabajos (casi nunca superan las cien páginas); pero que hacen reflexionar. Y esto es lo mejor que se le puede pedir a un filósofo: que sus obras estimulen el intelecto. Las ideas repetidas en el primer capítulo, se despliegan luego (aunque no todas) desde el plano argumental. Las referencias al enjambre digital, a la transparencia, al panóptico digital, a la psicopolítica, y otras tantas, ya estaban plenamente desarrolladas en otros libros anteriores, así como algunos aspectos conclusivos: la comunicación digital como comunicación que no crea comunidad; idea también ya expresada en uno de sus últimos libros sobre los ritos.

Sin embargo, la obra que ahora se reseña contiene algunas novedades relevantes en su trazado argumental, que profundizan surcos anteriores. El mayor inconveniente procede, como siempre, de que sus ideas se expresan a modo de sentencias lapidarias, necesitadas algunas veces de matices o explicaciones adicionales. Pero, la brevedad de sus libros, donde quizás radica buena parte de su éxito, no permite más florituras. Sus primeras obras eran más crípticas y profundas, las últimas no están exentas de esas cápsulas argumentales que dejan abiertas dudas y reflexiones. Estimulante. 

Ciudadanía en la era digital

No es el objeto del libro, como su propio subtítulo delata; pero esta obra tiene -siguiendo la estela de otras anteriores- importantes reflexiones sobre el papel del ciudadano en la sociedad digital, que nuestras instituciones tratan de ensalzar sin conseguirlo plenamente.

La visión del autor es muy crítica. Conecta con la ideal del capitalismo de vigilancia, extensa y magistralmente tratada por Shoshana Zuboff , a quien por cierto solo una vez cita y no en este punto. Carissa Véliz también se ha ocupado recientemente de este tema. De la mano una vez más de Foucault, reconoce que la sociedad de la vigilancia disuelve el régimen disciplinario, produciendo una “sensación de libertad”, que esconde un nuevo régimen de dominación, aparentemente mucho más blando, pero más efectivo; en el que colabora esta sociedad de la transparencia (propia de la prisión digital) y una “dominación despiadada de la información”. La vigilancia y el castigo dan paso a la motivación y a la optimización. Todos los internautas se sienten libres. Aunque no lo sean. Es la era de la comunicación sesgada. También de las emociones y de la ira. Que todo se mezcla en el espacio digital. 

Prolifera así la estulticia colectiva, manifestada en esa figura emergente que con tanta fuerza ha arraigado en el universo digital como es la de los influencers. No es dato menor que un tercio de los jóvenes españoles quieran pertenecer en el futuro a tal categoría. El consumo desbocado del cuerpo (fitness), los viajes, el culto desmedido a la imagen, las ropas, comporta que tales influencers sean “venerados como modelo a seguir”, adquiriendo una impronta «religiosa”. Sus “seguidores participan en la eucaristía digital”, las redes son las nuevas iglesias el like es el amén; compartir es la comunión”.

El autor dedica un capítulo a las letales consecuencias que el dataísmo producirá, también sobre la propia democracia. Adopta así una posición dura frente a enfoques filosóficos más contemporizadores o constructivos (por ejemplo, los que aporta Daniel Innerarity). Su tesis es que detrás del imperio de los datos hay “un totalitarismo sin ideología”. La crisis del “hombre masa”, categoría acuñada por Le Bon, se concreta en que “el régimen de la información, en cambio, aísla a las personas”. Tal como señala: “el medio es el dominio”. Y, por tanto, parafraseando a Carl Schmitt, redefine su concepción del soberano, que ya no es quien decide el estado de excepción, sino “quien manda sobre la información en la red”.

Su tesis es que la sociedad digital se aleja del patrón de Orwell y se aproxima más bien al “mundo feliz” de Huxley. Nos encontramos en una “sociedad paliativa”, en la que todas las necesidades deben ser satisfechas de inmediato: “La gente está obnubilada por la diversión, el consumo y el placer. La obligación de ser feliz domina la vida”. Y, sin embargo, los desequilibrios psicológicos, las frustraciones, la percepción de abandono y la carencia de amigos reales o de una existencia mínimamente satisfactoria (que puede conducir a situaciones límite), abundan por doquier; especialmente entre jóvenes y no tanto. Paradojas de la era digital, que toda es tan bonita, como nos la pinta incluso en cuñas radiofónicas quien antes llevó una cruzada contra sus excesos. La conclusión es muy obvia para el autor: “los followers, los nuevos súbditos de los medios sociales se dejan amaestrar por sus inteligentes influencers (que arrastran centenares de miles o millones de seguidores) para convertirse en ganado consumista. Han sido despolitizados”. La política pierde espacio, cuando parecía que lo podía ganar: se desvanece. 

Los efectos de la infodemia sobre la ciudadanía son letales: “La creciente atomización y narcisificación de la sociedad nos hace sordos a la voz del otro. También conduce a la pérdida de la empatía”. Tal como concluye: “Hoy todo el mundo se entrega al culto del yo” (solo hace falta darse un paseo por las redes sociales para confirmarlo): el narcisismo digital crece cada día y se convierte, sorprendentemente, en uno de los principales motivos por los que muchas personas acuden a las redes: “Todos los individuos se representan y reproducen a sí mismos”.

La política en la sociedad digital.

Byung-Chul Han intenta enfocar el problema desde la concepción de la democracia. Sin embargo, en esta reseña me interesa destacar más las consecuencias que con este demos, antes citado, se debe construir la política en la era digital. No será fácil, pues todo ha cambiado y más cambiará aceleradamente en los próximos años. El espacio digital es caldo de cultivo de esta pandemia populista que ahora nos invade. Como señala el autor, el tsunami digital se ha apoderado también de la política: “La democracia está degenerando en infocracia”. Pero lo más relevante es que, por un lado, “los medios de comunicación electrónicos destruyen el discurso racional determinado por la cultura del libro”, produciendo mediocracia (aunque el libro en papel aún goza de cierta vitalidad, si bien posiblemente descendente: muy pocos jóvenes tienen hábitos lectores más allá de las pantallas). La política (un argumento que ya esbozó Han en otros términos en libros anteriores) se convierte en una teatrocracia. La política es sobre todo escenificación: “Lo que cuenta ahora no son los argumentos, sino la performance”. Más contundente aún: “La política pierde así toda su sustancia y se ahueca así en una política telecrática de imágenes”, tributaria en buena medida de una comunicación falseada, guiada por un frenesí (hay que estar todo el día y a todas horas activo digitalmente en las redes sociales, sino dejas de existir) “que ahora adopta formas adictivas y compulsivas, y atrapa a las personas en una nueva inmadurez”. Con ello, construir discurso políticos racionales es tarea efímera.

El autor se acompaña en su relato argumental de Habermas, como ya lo hiciera en innumerables ocasiones anteriores. Tal como expone, “la esfera pública se desintegra en espacios privados”, pues la atención de la ciudadanía -salvo momentos puntuales y siempre anecdóticos- “no se centra en cuestiones relevantes para la sociedad en su conjunto”. Se busca siempre “el atractivo de la sorpresa”. La información es un torbellino, incontrolable; que hace imposible materialmente detenerse en su análisis, lo que afecta al plano cognitivo con consecuencias muy graves tanto individuales como colectivas (el estado cognitivo se encuentra en constante inquietud): “La necesidad de la aceleración inherente a la información reprime las prácticas cognitivas que consumen tiempo, como el saber, la experiencia y el conocimiento”. Esto está sucediendo ya hasta en el sistema educativo oficial, que producirá individuos con aparente autoestima, pero estresados, ignorantes y frustrados. El populismo anida fácil en ese hábitat. Como expuso Rosanvallon, está por construir aún «la personalidad populista», pero esta se retroalimenta de las redes, «de las pasiones, emociones, cóleras y miedos». Todas esos impulsos, a veces primarios,sustituyen al conocimiento y a la razón. La Ilustración entre en barrena. Se anuncia su final. Su vigencia fue breve, como la de la propia verdad.

La racionalidad está en franca retirada, cotiza a la baja en la sociedad de la información. Todo lo más se recurre a la inteligencia, que solo busca soluciones prácticas o éxitos a corto plazo. Ya no hay lugar para la el discurso ni para la deliberación (si es que alguna vez realmente lo hubo, y no fue más bien una excusa elitista o de soluciones participativas que rara vez funcionaron). Todo ello afecta a la verdad, que tampoco cotiza en esta sociedad de fake news, realidad a la que el autor dedica el último capítulo de su obra.

Las redes sociales no han incrementado la cultura democrática ni la participación ciudadana. Más bien están distorsionando el papel que tiene la ciudadanía en una sociedad democrática. Tal como dice Han, sin la presencia del otro, mi opinión no es discursiva, no es representativa, sino autista, doctrinaria y dogmática”. Las redes han contribuido, en efecto, a que el populismo, de izquierdas y de derechas (aunque hoy en día esté presente en todas las fuerzas políticas) haya echado raíces fuertes. Se impone el el mensaje básico, se rechaza la complejidad. Ya lo expuso Tocqueville premonitoriamente: «Una idea falsa, pero clara y precisa, tendrá siempre más presencia efectiva en el mundo que una idea verdadera y compleja». Hay, además, una clara “expulsión del otro”, lo que implica (si es que antes lo había) “el fin del discurso”. Solo hay “infoburbujas autistas” que impiden la comunicación fuera de ellas. Solo las cámaras eco funcionan; nadie penetra en los espacios del otro, solo los fieles y seguidores. La política se atrinchera en fortines digitales inexpugnables. El sectarismo, el populismo y la polarización tienen, así, su nicho adecuado para expandirse.

El discurso, concluye el autor, “es así sustituido por la creencia y la adhesión”. Las tribus digitales dominan ese espacio. La democracia como comunidad de oyentes desaparece. No obstante, cabe preguntarse si ello fue siempre así; sí la escucha en política no ha estado habitualmente ligada a los creyentes y adheridos (o votantes). Lo que puede haber, y se trata de una opinión personal, es tal vez un incremento exponencial de esa configuración tribal que las redes han multiplicado, sobre todo en la medida en que aparentemente dan a una ciudadanía sobrecargada de información y, no pocas veces, carente de criterio o conocimiento básico, la oportunidad de opinar, polemizar, denunciar, insultar, agredir o manifestar odio, con carácter general, sin distingos. Banco apropiado para que el discurso simplista, ignorante o sectario, arraigue con fuerza.

Por tanto, se impone -como también subraya Rosanvallon- la política negativa y la moral del hartazgo o el asqueo. En la era digital, como la califica Jeffrey Sachs, tendremos mucha más información, dispondremos de innumerables datos al servicio de la sociedad (también de la vigilancia), pero la política y la calidad de nuestras instituciones parece estar perdiendo sus esencias, en favor de una política populista que ha encontrado en el medio digital su lugar natural, así como el espacio para fomentar una comunidad cerrada basada en las frustraciones y en el rechazo. La política ha iniciado un largo camino hacia su deconstrucción existencial. Y solo es el principio. Se observa con nitidez en la acción destituyente (Rosanvallon)  que la política populista tiene ante las instituciones. Pero eso, para otro día.

LA “GRAN TRANSFORMACIÓN” DE LA BUROCRACIA EN ESPAÑA

BLOC Fonction Publique

 «Es la vieja y triste canción de la ineptitud de nuestra burocracia» 

Stephan Zweig, Diarios, El Acantilado, 2021, p. 125.

Preliminar

Habrá quien tenga la impresión de que, tras quince años de zozobra y cuando aún la criatura no ha pasado de la adolescencia, la institución del empleo público creada en 2007 para regocijo de laboralistas y confusión de administrativistas, ha terminado convirtiéndose con el paso del tiempo en una institución endogámica, inútil, inservible e ineficiente (peor aún, inefectiva); que se sostiene sólo porque papá Estado, mamá Comunidad Autónoma, el primo Ayuntamiento o la tita Diputación, son quienes le amparan. Lo público le viene por su enchufe presupuestario, por poco más. Los costes que semejante estructura comporta son cada día más elevados para los paupérrimos resultados que ofrece: la burocracia pública, cada vez con mayor intensidad, se retroalimenta a sí misma y se muestra también día a día más autocomplaciente (se ensalza a sí misma). Y el gran pagano, el de verdad, es -como siempre- la ciudadanía.

También habrá quienes resalten las marcadas diferencias existentes (un dualismo ya insostenible) entre el sector público y privado, que no han hecho sino acrecentarse en estos últimos años, siempre a favor de un inmóvil sector público que mira los toros desde la barrera y ve cómo sus plantillas crecen al igual que sus retribuciones, y cómo sus costes presupuestarios abren brecha amplia a su favor en relación con el empleo privado, este último con su cada vez más marcada precariedad (por mucho que se empeñe la reforma laboral en pretender borrar lo evidente). En fin, hay quienes incluso dicen que es el sector privado el que paga en buena parte el banquete de lo público, objetando que cada vez tiene más actores sentados en su mesa con colmillos finos y voracidad insaciable, en muchos casos (por no decir todos) con vocación de convertirse en comensales eternos del comedero público que fue y sigue siendo la Administración, por emplear una expresión típica de Galdós.   

Es verdad que, como decía también genialmente Benito Pérez Galdós, la olla presupuestaria da de comer a todos. No importa ni el endeudamiento, ni qué se haga o se deje de hacer en (y con) los puestos de trabajo, ni otras zarandajas. El cocido presupuestario, elaborado ahora -objetan los más maliciosos- por estos gourmets de la política populista tan de moda entre nosotros, da para todos y para todo. Ya vendrá la Unión Europea (Banco Central Europeo) a avalar el banquete. Y la factura no será pequeña. El problema, como anuncian economistas de renombrado crédito, en un tono siempre alarmista, es que se está dejando al país en ruinas: sin futuro. Pero otros objetan: mientras haya crédito, hay vida.  El problema vendrá cuando se cierre el grifo.

Los “avances extraordinarios” de la burocracia: del Siglo XIX a nuestros días. Todos querían y (de nuevo) todos quieren ser cargos y empleados públicos.

A pesar de tales juicios lapidarios, algunos de los cuales incluso he suscrito a veces, en esta entrada he decidido (habrá quien se sorprenda) ponerme positivo, y comparar los enormes y extraordinarios avances que se han producido en la función pública española actual (mejor dicho, en ese engendro mestizo que se llama empleo público) frente a la existente en el siglo XIX. Si se mira el panorama con ojos de modernidad, parece en efecto que en muchas cosas hemos mejorado como país frente al magistral y decadente cuadro que dibujó el autor canario de la burocracia decimonónica. Pero si se mira con calma, poco ha cambiado. Más bien nada. El decorado, y poco más. 

Durante el sistema político isabelino, el sexenio (no tan) democrático o en los tiempos bobos del turno político de la Restauración, quienes dirigían la burocracia, los representantes políticos, no cobraban. Lo cual trae a la memoria el agudo comentario de Talleyrand a Luis XVIII: “¿No cobrarán nada? Entonces nos saldrán más caros” (citado por C. Romero Salvador, Caciques, y caciquismo en España (1834-2020), Catarata, 2021, p. 95); no advirtió, sin embargo, el político francés que quien utilizaba el poder -como buen cacique- para colocar a sus amigos políticos, lo seguiría haciendo cobrara o no de las arcas públicas, esta vez con sus clientes políticos. La transmutación del caciquismo en clientelismo político ha sido otra de las grandes noticias “transformadoras” de la Administración española. Un gran paso hacia la modernidad. Ahora ya cobran todos, representantes políticos, cargos ejecutivos, asesores y el resto de adláteres que viven con el hocico metido en la olla presupuestaria, muchos (los que se adosan a la nómina del empleo público o van cambiando de destinos públicos, pues para todo sirven) ya para siempre. Un gran paso adelante. Además, desde entonces, se han multiplicado por decenas de miles las vocaciones políticas y no digamos nada las funcionariales, pues no hay mejor inversión que tener la nómina garantizada a fin de mes; privilegio que, salvando políticos, sindicalistas, empleados públicos y jubilados, nadie más tiene en este país. No es poca garantía en época de incertidumbre y de tanta volatilidad como la que nos ha tocado vivir.

Quien no sepa el frío que hace fuera de los muros del sector público, no tiene ni puñetera idea de lo que es este país y sus gentes. Vive, sea como interino o estable acomodado, en otra España, la pública, no la real. Tampoco cabe extrañarse de que pierda, así, el sentido de la realidad o el pulso de la calle. A los despachos administrativos y escaños parlamentarios solo llega el eco de sus cuatro paredes. El fenómeno de la atracción por lo público, típicamente mesetario, ha conocido tal eclosión, que hasta en territorios donde la salida funcionarial nunca fue bien acogida, como eran los casos de Cataluña y Euskadi, las vocaciones funcionariales o por desempeñar actividades públicas, sin embargo, se han multiplicado por decenas de miles en estos últimos años (tampoco es menor que, fruto de lo anterior, el pulso emprendedor vaya perdiendo fuerza en estos territorios frente a una concepción cada vez más burocrático-mesocrática de vivir de las instituciones; en el peor de los casos subvencionados). Ahora, son legión los graduados que también quieren enchufarse al presupuesto público ((este reciente Informe de Zedarriak sobre la situación económica de Euskadi así lo confirma: 2022-04-06-Zedarriak-Informe-Diagnostico-Economico-y-Social-1). Cuando hay que renovar más de un millón de empleados del sector público en esta década, los empujones para entrar serán sonoros. Más cuando acceder al empleo público (siquiera sea como interino o funcionario) se ha puesto a veces tan barato. Y si se tienen los consabidos y omnipresentes “enchufes” más todavía.  Aun así, el talento más relevante (el de verdad) se resiste a esa llamada a la vida cómoda y estable que la Administración ofrece, pues el trabajo público (sea en la condición que fuere) no es en ningún caso estimulante (de hecho, cada vez lo es menos), los accesos por la puerta de atrás o laterales, la organización obsoleta (ya insostenible) y la promoción profesional depende siempre de afinidades, padrinos o contactos políticos. Los demás, a picar piedra. O a dotarse de un manual de supervivencia, cuando no a seguir la máxima de Epicuro: vivir escondidos.

El salto cualitativo: ir y estar en el trabajo como exigencia para ser retribuido. La revolución del teletrabajo y el acceso “de puertas abiertas” al empleo público.  

Otro gran paso adelante frente a la burocracia decimonónica ha sido que a los funcionarios ya no se les paga por la credencial o nombramiento, sin obligarles siempre como antaño a frecuentar las covachuelas u oficinas públicas, sino que, desde la gran conquista de la inamovilidad, se les exige que asistan a su puesto de trabajo, al menos a que estén de cuerpo presente, aunque sea de mente ausente. Por lo que hagan allí, siempre que no rompan los estándares de convivencia básicos de las oficinas públicas, no se les incentiva ni se les castiga. Lo importante es ir estar, lo adjetivo hacer. Nadie conjuga el verbo evaluar. Y no me extraña, es una manía de los países nórdicos, los que vienen del frío. Aquí, mientras tanto, calentitos. Complicaciones las mínimas. 

Pero los cambios son acelerados. Y, en muchos casos, ya no hace falta ni siquiera ir al trabajo, aunque se presume que sí estar; lo de hacer sigue como siempre, esperando mejores momentos. En efecto, un nuevo avance en la función pública ha sido la eclosión a partir de 2020 del teletrabajo, fruto de la pandemia. Este hecho supone una alteración sustantiva de los cimientos conceptuales de la función pública. El funcionario se despersonifica, se hace virtual, un ser anónimo (una dirección electrónica y poco más), desconocido, que cobra la nómina de una Administración que le protege y ya no tiene que atender pacientemente a pesados ciudadanos con sus largas listas de quejas y lamentos. ¡Qué paz espiritual! ¡Qué dibujaría Forges ante este escenario! Tendría que reinventarse. Ya nada es como era, ni el vuelva usted mañana, ni la ventanilla con el funcionario déspota o mareante, ahora la Administración es un fortín físico-electrónico que solo accede quien tiene competencias digitales o consigue hora y día a través de la denostada y extendida cita previa, el resto que se busque la vida, como debe ser en una democracia digital. El despotismo digital es una nueva forma de abuso del poder.

Además, con el teletrabajo ya no hay que ir (o ir lo menos posible) a la oficina y aguantar al tirano jefe ni al impertinente funcionario a quien no se puede ver ni en pintura. ¡Y hay tanto que hablar cuando se está! Han pasado tantas cosas en estos días o semanas de ausencia, que las horas de oficina se quedan cortas. Se puede cuidar de los mayores, llevar a los niños al colegio, hacer con ellos los deberes, y tantas tareas sociales para las que se ha diseñado, entre otras cosas tan fantásticas (como reducir el cambio climático), el teletrabajo en el empleo público. ¡Doble descanso! En casa se puede hacer de todo, incluso cinta o bicicleta estática en horas de trabajo, como me reconocía un alto funcionario no hace mucho. Todo ello, eso sí, responsablemente, con el teléfono al lado e, incluso, leyendo u ojeando un informe. Mal entendido y peor aplicado, el teletrabajo puede llegar a convertir los días de asuntos propios en una categoría inservible. Habrá que crear otra de días de asuntos de trabajo, cada vez más anecdóticos. Los viernes ya están casi amortizados en el calendario funcionarial, y si son de teletrabajo mucho más. La jornada de cuatro días se impone de facto. Otro avance.

¡Cómo ha mejorado la función pública!, eso sí sin llegar a aquellos tiempos bobos decimonónicos en que ni siquiera era necesario en algunos casos acudir al despacho; aunque ahora con el teletrabajo puede incluso retornarse a aquellos tiempos idílicos,  bien es verdad que en este trabajo telemático te pueden llegar a fiscalizar dónde estás y, en el mejor de los casos, qué estás haciendo con tu tiempo (pero para eso se necesitan, además de herramientas tecnológicas, objetivos, seguimiento y evaluación, amén de directivos; tres tareas insólitas y una exigencia institucional estrambótica en las administraciones públicas de este país, que siempre se han alineado mejor con el ejército de Pancho Villa). La cuestión clave, y lo sabe bien el empleado público más tarugo, es tener el ordenador encendido. La presunción de que en ese contexto se labora, se da por sentada; es la presencialidad telemática, auténtica modalidad de teletrabajo en el sector público. En fin, en este marco de la gran revolución organizativa telemática (“el puesto de trabajo de nueva generación”, en rimbombantes palabras de la Agenda Digital España 2025 y del eufórico e inaplicado Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia) siguen trabajando las mismas personas que lo hacían presencialmente ahora de forma telemática, aunque en algunos casos todavía más; pues quienes presencialmente lo hacían poco, mal o nada, tienen ahora el escenario ideal para disfrutar de su oronda condición de empleados-pensionistas a distancia a cuenta de los siempre inagotables presupuestos públicos y de los tontos de capirote que siguen pencando.

Lo que el teletrabajo mal entendido y peor aplicado puede generar son tensiones más fuertes aún de desatención ciudadana, cada vez más presentes en una Administración ausente que está olvidando su adjetivo y cada vez se vuelve más endogámica o se cuece en su propia salsa. La atención ciudadana (y sin pasarse) se deja para sectores como la sanidad, la policía, los servicios sociales, la educación, etc. La burocracia está para más altos fines, tales como regular, planificar, coordinar, ejecutar, evaluar; salvo que inmersa en sus propias patologías mire (como hay casos) contantemente a su propio ombligo. Y, en tales circunstancias, devaste el sentido de los verbos dedicándose a planificar y ejecutar… sus puentes, permisos y vacaciones. No cabe duda que el teletrabajo, tal como se está entendiendo y aplicando, puede convertirse en otra gran transformación que nos devuelva, paradójicamente, a tiempos pretéritos. 

Pero el cénit del desarrollo del empleo público del siglo XXI frente al siglo XIX lo hemos conocido recientemente. En el siglo XIX obtenían credencial de funcionarios los amigos políticos, daba igual incluso la formación que tuvieran, que luego serían removidos (cesantes) de sus puestos por los cambios de ministros o de gobiernos. Mesonero Romanos o Gil de Zárate, lo describieron con acerada pluma. Tras no pocas penurias y décadas de ineficiencia (cuando no de corrupción) de tales menesterosos de levita se obtuvo la garantía de inamovilidad del funcionario, previa superación de los correspondientes procesos selectivos (aquí llamado con la horrible expresión de oposiciones), que siguen siendo casi igual que entonces. Cierto que, cuando el paso a la inamovilidad se dio, algunos candidatos a cesantes se incrustaron en las nóminas funcionariales.

Sin embargo, el gran paso dado por esta España transformadora es que, para ingresar en la función pública, siempre que hayas sido interino o personal laboral temporal, ya no es necesario acreditar nada. Se quejaba antaño, un reconocido catedrático, que en las nuevas oposiciones a cátedras universitarias solo se exigía rebuznar ante el tribunal para sacar la plaza, pues -siguiendo ese paralelismo- el gran avance es que ese rebuzne -que supera esa estúpida exigencia weberiana del saber especializado de la burocracia o esa pretensión vana de evaluar el desempeño- aplicado ahora a centenares de miles de plazas puede derivar en unas onomatopeyas cacofónicas ensordecedoras. Además, serán tales personas las que nutrirán ad aeternum las nóminas de los bajos, medios y altos funcionarios de no pocas Administraciones Públicas para las próximas décadas, y las llamadas a dirigirlas en el siglo XXI. Un avance desconocido en este mundo globalizado.  Habrá quien venga a tomar nota desde los países más remotos y primitivos del mundo actual: no encontrarán parangón. Es la nueva concepción hispánica de retención del (inexistente) talento en el sector público. Innovando, que es gerundio.   

Frente al denostado siglo XIX, el gran salto adelante (insólito en el panorama comparado europeo y universal) del actual sistema burocrático «transformador» ha sido, sin duda, garantizar que esas personas a las que se abrirán de par en par las puertas de la Administración (para que entren todas) ya no podrán ser nunca cesadas y tendrán un oficio retribuido (hagan lo que hagan, no hagan nada o no tengan nada que hacer) durante el resto de sus días. La inamovilidad ya no se conseguirá solo por el acceso mediante pruebas competitivas, se llega a ella igualmente entrando por la puerta de atrás o por la puerta de servicio. ¡Cuánto nos ha costado descubrir la piedra filosofal de la nueva función pública! No cabe duda que este hubiese sido el gran sueño de la legión de cesantes que vivieron míseramente durante largos periodos del siglo XIX en España. Otro avance incalculable. Una auténtica transformación revolucionaria, por la que sus promotores (tienen nombres y apellidos, así como siglas políticas, por cierto, muchas) pasarán a los anales de la Historia de la Administración como mentes preclaras donde las haya, que llevaron el barco administrativo hacia su total desguace. Todo un honor.

¡Cuánto avance!, ¡qué progreso! Y no me refiero a la feminización de la función pública, que es un hecho, aún pendiente en la alta Administración, pero no hay término de comparación con el siglo XIX, por eso aquí se ha orillado. En lo demás, según se ha visto, cómo se nota la singularidad en este caso hispánica y no ibérica (pues Portugal es un país mucho más serio que el nuestro, también en estas lides), ¡qué pasos tan firmes ha dado España en estos últimos tiempos! Con esos mimbres estamos ya en condiciones de transformar el país para que -como dijo un reconocido asesor presidencial, que en paz política descanse- ya no lo conozca ni la madre que le parió. Pobre ingenuo. No sabía de lo que hablaba. Siempre hemos sido diferentes. Y para desgracia de nuestros hijos y nietos, todo apunta a que lo seguiremos siendo.  

LA MIRADA (CRÍTICA) DE VARGAS LLOSA SOBRE LA OBRA DE GALDÓS

galdós

Preliminar

Hay libros que se venden solos. Son aquellos que, firmados por autores de prestigio, más aún si fueron galardonados con el premio Nobel, tienen detrás una pujante maquinaria editorial y una penetración intensiva en los medios de comunicación (dado el perfil mediático del autor), así como loas tempranas de una crítica a la que, cabe presumir, previamente se le ha hecho llegar la obra, antes incluso de su lanzamiento. Así se trilla también el camino del éxito para que una obra triunfe ante el público y dé el consabido rendimiento económico a todos los actores que intervienen en ese proceso. Esto se produce en el siglo XXI, en una España aparentemente teñida de modernidad y de millones (mentira absoluta) lectores potenciales. En efecto, hay autores que hoy en día pueden vivir, y muy bien (aunque solo sean algunos pocos), de sus obras.

Nada que ver con lo que sucedía en este país, plagado entonces de analfabetos y de una pobreza lacerante, durante las últimas décadas del siglo XIX y las dos primeras décadas del siguiente, años en los que desplegó su actividad de escritor Benito Pérez Galdós. En aquellos años, vivir de la literatura era una auténtica heroicidad. Había que multiplicarse en la función de auténtico escribidor. Y ello tenía sus riesgos. Entre ellos sin duda estaba el que se produjera una obra desigual. Nada extraño, por cierto, ya que la España de entonces no era la Inglaterra de Dickens ni la Francia de Flaubert, Balzac o Zola. En pocas palabras: el contexto manda. Y no se puede analizar una obra ni una trayectoria tan prolífica y generosa como la de Galdós, sin enmarcar correctamente esas circunstancias. Benito Pérez Galdós, como señala Vargas Llosa, fue “el primer escritor profesional que tuvo nuestra lengua”. Por ello sorprende al lector –al menos a mí me ha sorprendido- que el autor peruano descontextualice tan a menudo en su libro su mirada crítica hacia el autor canario. La diferencia es clara: Galdós murió en la estrechez, por no decir en la pobreza; mientras Vargas Llosa lo hará con la cuenta corriente saneada y su patrimonio bien nutrido. Tiempos distintos. Que marcan también la obra de los autores.

Tarea tardía y con doble objetivo no confesable

Debo reconocer que asimismo me ha sorprendido la sinceridad y honestidad del autor cuando reconoce que “tenía muchas ganas de leer a Pérez Galdós de principio a fin”, pues cuando era estudiante lo había hecho con Fortunata y Jacinta (una de las obras que ensalza como obra maestra, aunque con algunas objeciones puntuales). Un premio Nobel de Literatura, además de lengua castellana y residente en España desde hace décadas, que reconozca que ha leído “de principio a fin” la obra de Galdós a partir de los 83 años, aprovechando la pandemia, le honra por su esfuerzo y transparencia, si bien no deja de ser llamativo. Más sorprendente lo es que esa inmersión en la obra del autor canario coincida con el centenario de su muerte, justo cuando en España, a pesar del confinamiento, se ensalzó por doquier la figura de Galdós y su propia producción literaria (con alguna excepción, como el escritor Javier Cercas, aunque luego este matizó algo su primer juicio). Tal vez sea mera coincidencia, si bien la impresión que recibe el lector no rendido siempre los encantos literarios de Vargas Llosa, que los tiene sin duda, es que este libro al repasar la obra de Galdós denota un intento de dejar las cosas (esto es, a Benito Pérez Galdós) en su sitio, según el escrutinio (a veces muy duro, pero endulzado también con innegables halagos) que tiene quien parece erigirse (da esa impresión, que puede ser equivocada) como juez supremo del buen escritor y no como aparenta; esto es, como mero lector o como crítico objetivo. El lenguaje y las formas de expresarlo, no son temas menores en estos casos. Como sabe sobradamente el autor. 

Es necesario advertir, con la finalidad de no ser injusto, que el libro de La mirada quieta (de Pérez Galdós), es, en verdad, de crítica literaria. Y, por tanto, tiene ese objetivo. A quien le guste la crítica literaria es muy posible que lo disfrute (ya se anuncian presentaciones y debates entre autores y críticos), mientras que a aquellos que no le seduzca ese enfoque tal vez les resulte un tanto alejado o incluso poco atractivo. Ha de quedar claro que no es una biografía (aunque tenga rasgos anecdóticos en algún pasaje) ni nada que se le parezca. Es un ensayo literario sobre la obra de un autor. Aunque más bien me inclino a pensar que se trata de una inversión de lectura; en sentido estricto. Dicho de otro modo: ya que Vargas Llosa ha estado –tal como confiesa- año y medio leyendo a Galdós “de principio a fin”, con lápiz acerado y mirada aguda de crítico literario,  así como haciendo fichas de cada novela, obra de teatro o de los episodios nacionales (lo que acredita sobradamente), ahora toca juntar los comentarios cronológicamente de cada una de esas obras leídas y escrutadas, contándole con buena prosa a los innumerables potenciales lectores el resumen de qué va cada obra de Galdós y, sobre todo, calificando (no con estos términos) si la obra analizada es excelente, mediocre o mala, en clave de crítica literaria. Aunque al autor, todo hay que decirlo, se le escapa en algunos pasajes puntuales su concepción conservadora-liberal, incluso con una crítica pasajera y dura del autor canario, llegando a negar en verdad, aunque sí lo reconoce en otros pasajes del libro de forma contradictoria, que fuera incluso “un liberal”, que lo fue; como también, al final, republicano y próximo, incluso, al socialismo (ver, por ejemplo, el pegote recogido en las páginas 292-293; luego replicado en parte en la página 344, donde se contiene un juicio lapidario sobre el autor y el liberalismo español decimonónico como alejado totalmente de la realidad económica, lo cual así formulado tampoco es completamente cierto en ambos casos). No se le puede pedir a Galdós que fuera un liberal económico avant la lettre. El liberalismo del siglo XIX, incluso en Europa, aún estaba muy alejado, por fortuna, de ese brutal neoliberalismo que terminaría dejándolo desarmado ideológicamente en sus esencias, como puso magistralmente de relieve Elena Rosenvalt en su importante libro La Historia olvidada del liberalismo (Crítica, 2020).  

El libro que reseño, aplaudido por la primera crítica hasta ahora publicada, me produce la impresión de que es –con todos mis respetos hacia un autor de la talla de quien lo escribe- una sucesión de fichas de pocas páginas de todas y cada una de las obras de Galdós, con la particularidad de que dedica (injustamente) más o menos el mismo espacio a las grandes novelas u obras de teatro que a las secundarias, ensalzando las primeras y censurando (algunas veces agriamente) las segundas. Ciertamente, puede (y seguro que debe) ser así en un estudio de tales características (crítica literaria), pero no deja de llamar la atención del lector profano.

Sin embargo, hay otra duda que me asalta: ¿era necesario escribir este libro para decir, algo que ya todos sabemos, esto es, que Benito Pérez Galdós era un gran escritor? Pues eso se dice, al menos en la contraportada del libro y algo de ello se desliza –sin excesivas alharacas- en su contenido, y con ello se concluye en términos más contundentes. El libro transita, así, por una de cal y otra de arena (muy intensa esa dualidad, por lo demás constante, en su análisis, a mi juicio lo más flojo del libro, en su tratamiento de los Episodios Nacionales). Parece que en este libro hay más trasfondo, y no es otro que –desde un plano de lectura objetiva y si se quiere empírica- en el presunto equilibrio entre alabanzas y censuras al modo de escribir del autor canario la balanza se inclina numéricamente hacia las segundas, y algunas de una dureza evidente: “novelita sin aliento ni forma”, “panfleto superficial y alambicado”, “jerga agresiva que utiliza el autor”; “abuso de grandes palabras”, “la hinchazón exagerada del lenguaje”; novela “bastante descoyuntada”; “más que una novela es una guía de Madrid y sus barrios”; “todas estas historias están mal organizadas y peor contadas”; “obra con más fallas que aciertos”; “superioridad artificial y petulante del narrador”; y un larguísimo etcétera. Sin duda, hay numerosas alabanzas a la obra del autor y también a su persona, pero llama la atención el número y la constancia, así como la reiteración, de las censuras. He tenido la paciencia de detectar los halagos y las censuras que se contienen en el libro, y les puedo confirmar que son más las segunda que las primeras. No descansa el autor en destacar una y otra vez, junto al halago, sus fallos, descuidos y desaciertos de quien, también afirma de inmediato, fue un gran escritor, aunque –a juicio de su crítico- bastante menos de lo que se piensa. Me objetarán de inmediato que es –como ya he dicho- un libro de crítica literaria. Pero, esta es la imagen que queda al lector desarmado (no especialista) tras leer este último trabajo de Vargas Llosa.

Episodios Nacionales

Ni siquiera con los Episodios Nacionales es demasiado indulgente el autor. Debo reconocer que, como ya he anticipado, es la parte del libro que menos me ha gustado, por su relativo desorden expositivo, sus carencias y también sus disquisiciones absurdas fuera de contexto sobre la obra de Galdós, como son sus referencias al feminismo radical frente a la obra del autor canario y los perfiles de mujer que en ella aparecen, que también reitera en otros pasajes (totalmente fuera de contexto). Impera el esquema habitual de un tono descriptivo (relatando algunos contenidos y personajes), con valoraciones críticas entremezcladas con parabienes. Quizás, lo mejor es la descripción de algunos personajes de los Episodios. Es verdad que a los Episodios les dedica algo más de espacio (poco más de cuarenta páginas), aunque trufa el libro de referencias puntuales a esa obra escrita en dos momentos muy diferentes, y en los que Pérez Galdós tenía –algo que reconoce- una visión de España muy distinta, fruto de que los problemas se habían enquistado y las soluciones eran meramente formales, e insatisfactorias a todas luces. Es cierto que ensalza los Episodios, pero también algunos de ellos los critica a veces con dureza, echando en cara incluso que se trata en ocasiones más de ensayos (¡claro que sí!), que propiamente hablando de novelas; censurando que Galdós no entendió nunca lo que Flaubert enseñó al mundo: “La invención del narrador es el primer y más importante paso que debe dar quien es el primer y más importante paso que debe dar quien se dispone a escribir una novela”. Vargas Llosa repite hasta el aburrimiento esta idea. Lo que cansa sobremanera. Son no pocas las reiteraciones en las que incurre el autor, lo que denota –algo que echa en cara constantemente a Galdós- que tampoco él ha revisado detenidamente este texto. En todo caso, recriminar que el autor canario corrigiera sus textos a vuelapluma y no hiciera dos o tres versiones de cada una de sus obras, es una vez más descontextualizar el momento y la circunstancias en las que escribió Galdós. Muy distintas y distantes, por razones obvias, al momento actual.  

También me han sorprendido algunos juicios del autor cuando afirma lacónicamente, y sin justificarlo en absoluto, que “Pérez Galdós no era un gran pensador”. Ciertamente, ese juicio lo emite al inicio de libro, comparándolo con Ortega y Gasset (quien tampoco le regaló nada en vida de Galdós) y con Unamuno. Pero queda la duda de si ha leído con la atención debida y el sosiego necesario, más allá de sus penetrantes ojos de crítico literario, los Episodios Nacionales. En efecto, tal obra es novela, no cabe duda; pero también tiene mucho de ensayo y, además, muy penetrante. Y llama la atención cómo a un lector tan atento de Isaiah Berlin (pues llegó a prologar en una de sus ediciones su magnífica obra El erizo y el zorro, Península, 2016), se le escape la modernidad del pensamiento de Benito Pérez Galdós contenido, principalmente, en algunos de sus Episodios, que representan tal vez el mejor análisis que se ha hecho en el siglo XIX y parte del siglo XX, de la política y de la administración en España, cuyo pesado legado sigue hipotecando el curso actual de nuestros días. Sus dos modestas páginas dedicadas a la política en los Episodios, son malas y pobres. Da la impresión de que esa lectura voraz ha tenido en ese caso una exclusiva orientación literaria, sin analizar debidamente el contexto histórico.

A modo de cierre   

En fin, a un modesto lector –como es mi caso- totalmente alejado de los devaneos de la crítica literaria y atento por intereses que ahora no importan hacia parte de la obra de Galdós, especialmente de los Episodios (aunque no solo), el libro de Vargas Llosa le dice muy poco. No obstante, de algo me ha valido su lectura, a fuer de ser sincero. Y alguna cosa puntual siempre se aprende, aunque –como se aprecia en esta reseña- el libro no me haya gustado, incluso en algunos pasajes (no pocos, por cierto) me haya disgustado. Pero habrá una legión de críticos y lectores que lo aplaudan, como ya lo han hecho algunos. Se venderá muchísimo, por las razones expuestas.  Y será elogiado, sin duda. No en vano, lo que diga un autor del prestigio intelectual de Vargas Llosa, no es menor en su impacto y consecuencias. Tampoco para la figura pasada, presente y futura de Galdós. Y de ahí su enorme responsabilidad. A mi modo de ver no adecuadamente asumida. A muchos lectores, no obstante, les encantará. Como dice el autor al principio del libro, recordando una reflexión de su abuelo, “sobre gustos y colores no han escrito los autores”. Lo aquí reflejado es personal e intransferible. Por tanto, lean el libro y juzguen, quienes tengan interés. Seguro que serán muchísimos quienes discrepen de lo que aquí se dice, e incluso no habrá pocos que me tachen de ignorante en asuntos de crítica literaria, lo que ya anuncio que lo soy. Pero también llevo leyendo y releyendo a Galdós un largo período, bien es cierto que con otra mirada muy distinta y distante de la del autor del libro reseñado, y alguna opinión, por irrelevante que sea o pueda parecer, tengo al respecto.  

El libro, por otra parte, está ayuno de otros acompañamientos intelectuales que unas escasas citas, las más de las veces a la biografía de Yolanda Arencibia sobre el personaje de Galdós (sin duda, como reconoció tempranamente el también escritor Fernando Aramburu, la mejor obra biográfica sobre el autor canario), y alguna otra al también biógrafo reciente Francisco Cánovas o a María Zambrano.  Poco más. Los innumerables historiadores españoles que han trabajado y citado los Episodios Nacionales (por ejemplo, Jover Zamora que, con toda razón, censura algunos de los enfoques de esos últimos episodios), ni siquiera se asoman a estas páginas. Tampoco Salvador de Madariaga. Se sobresalta el autor en algún pasaje de la violencia que relata Galdós en ciertos Episodios; sin embargo, si alguien lee la obra del profesor Eduardo González Calleja, Política y violencia en la España contemporánea I (Akal, 2020), advertirá de inmediato que el juicio de Galdós era incluso muy complaciente. Por lo demás, no hay ni una sola referencia a los Anales Galdosianos (hoy en día en abierto, en la página del Instituto Cervantes)Por lo que cabe presumir que ni siquiera se han consultado. O, al menos, nada se dice.  

Se trata, además, de un ensayo de estructura lineal y fácil en su desarrollo (salvo en el análisis de los Episodios Nacionales; que peca de otros vicios ya expuestos), sin ninguna conclusión relevante que vaya más allá de lo ya sabido en términos de reconocimiento de la obra grande de Galdós. Ahora bien con el valor añadido de analizar desde la óptica de la crítica literaria la obra menor del autor canario, poniendo negro sobre blanco sus debilidades más que sus fortalezas, sin ser consciente (o no queriendo serlo) que quien escribió en ese contexto ya citado nada tenía que ver con la pretendida erudición soberbia que acredita quien mira con la distancia de más de un siglo a un grandísimo escritor que, especialmente por su carácter magnánimo y sus necesidades reales o creadas, tuvo que trabajar a destajo en un país y en una sociedad muy distintas a las que vive su escrutador. Sobre cuál sea la intención final del autor al escribir este libro, al margen de lo ya expuesto, solo puedo intuir algunas cosas. Y, como son solo intuiciones, mejor me las callo.

ALGUNAS ENTRADAS SOBRE GALDOS EN ESTE BLOG:

“UN MUNDO QUE AGONIZA: ECOLOGÍA, VALORES Y REVOLUCIÓN TECNOLÓGICA”

(La vigencia de Miguel Delibes, 50 años después)

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“Se aducirá que soy pesimista, que el cuadro que presento es excesivamente tétrico y desolador, y que incluso ofrece tonalidades apocalípticas poco gratas. Tal vez sea así; es decir, puede que las cosas no sean tan hoscas como yo las pinto, pero yo no digo que las cosas sean así, sino que, desgraciadamente, las veo de esa manera”

(Miguel DelibesUn mundo que agoniza, Editorial Páramo, 2021, p. 89)

Fue, tal vez, la casualidad. En una de mis esporádicas visitas a la librería Antígona de Zaragoza, siempre un excelente caladero para pescar un buen ensayo, cayó en mis manos la reedición esta vez por la editorial Páramo de esta pequeña joya literario-ensayista: el discurso de ingreso a la Real Academia del enorme literato que fue Miguel Delibes. Se trata de un librito sencillamente delicioso, con un magnífico prólogo de Fermín Herrero. Escrito hace ya casi cincuenta años, cuando el desastre ecológico solo se barruntaba muy de lejos y la revolución tecnológica 4.0 apenas asomaba al balcón. Sin embargo, es de una vigencia espectacular, lo que dice mucho de la intuición atenta del autor a movimientos de medio/largo plazo que estaban incubándose en su entorno. No era amigo Delibes del ensayo, pero su profesión periodística, junto con su excelencia como novelista, le daban razones más que suficientes para afrontar con garantías de éxito una visión -como él reconoce- pesimista de lo que era una mala combinación ya entonces entre Naturaleza, Humanidad, Tecnología y Progreso. Desde aquel momento, el problema no ha hecho más que crecer. Sin soluciones efectivas. No iba errado, ni mucho menos.

Se dio además la circunstancia de que por mi parte había terminado de cerrar un artículo que versaba sobre la Agenda 2030 y los gobiernos locales para una obra colectiva, lo que me abrió aún más los ojos sobre la trascendencia del discurso de Delibes, así como de su enorme actualidad. No en vano el prologuista invita a que este libro sea de lectura obligatoria para los alumnos de las enseñanzas medias, tanto en clase de literatura como en biología o en ética. Compartiendo la propuesta, no termino de ver que, por desgracia, esta educación edulcorada que ahora se está imponiendo vaya a prestar demasiada atención a los libros (siquiera sea tan breves como este). Una pena, pues aprenderían mucho. Y podrían comprender mejor el mundo en el que deberán sobrevivir, más que vivir. Que no les resultará fácil.

El discurso arranca con lo que el autor llama “Mi credo”: esto es, cómo armonizar Naturaleza, Técnica y Humanidad. Tarea ímproba. Ya entonces, siguiendo los postulados del (casi) olvidado Club de Roma, aboga por el “crecimiento cero”, por la necesidad de establecer unas bases de concordia entre esos tres pilares descritos, ya que “de no hacerlo así, consumaremos el suicidio colectivo en un plazo realmente breve”. Lo expresa en términos más claros: “Nuestro barco se hunde”. Así, “el hombre (…) persigue un beneficio personal, ilimitado e inmediato y se desentiende del futuro”.

De ahí plantea el autor las dudas sobre el progreso que, haciendo uso de un término cinegético (lean sus reflexiones, en ese mismo libro, sobre la desaparición de la perdiz roja), dice que puede terminar produciendo el efecto rebote de lo “que llamaríamos el culatazo”. Tampoco se olvida de plantear un tema hoy en el frontispicio del debate sobre la (entonces lejanísima y hoy tan cercana) Inteligencia Artificial: “La tecnocracia (léase la tecnología) no casa con eso de los principios éticos, los bienes de la cultura humanista y la vida de los sentimientos”. Los valores éticos tienen en el discurso de Delibes un papel protagonista y transversal para mostrar la decadencia de ese mundo que se apaga. Pero también nos advierte de que ese progreso mal entendido y peor ejercitado (perturbador o cegador de los valores) puede ser un activo promotor de la corrupción: “Ante la oportunidad de multiplicar el dinero, los valores que aún algunos seres respetamos son sacrificados sin vacilación (…) Encarados a esta realidad, nada puede sorprendernos que la corrupción se enseñoree en las sociedades modernas. El viejo y deplorable aforismo de que cada hombre tiene su precio alcanza así un sentido literal, y de plena vigencia”. No digamos nada en la sociedad de nuestros días. 

No se detiene en este punto, pues Delibes afronta con otras palabras la obsolescencia programada de un consumo desaforado de objetos perecederos, sin advertir la llegada aún del mundo de las no cosas (como rotula Byung Chul-Han uno de sus últimos libros), propio de la era de la virtualidad, aunque el smartphone siga implacablemente la lógica descrita por quien fuera ilustre académico de la lengua española.

Tampoco puede ignorar Delibes el creciente deseo de sobresalir (hoy en día casi enfermizo en lo que a narcisismo respecta) y la ambición de poder que tienen los humanos, que puede derivar patológicamente -como lo estamos viendo estos días en Ucrania- en que “la cuestión de la supremacía no se establece ya en términos de prevalencia sino de aniquilamiento”. El autor escribió ese discurso en plena era de “paz fría”, que sucedió a la “guerra fría”; pero hoy resuenan con innegable actualidad sus advertencias al poder destructor de las bombas atómicas o al terrible uso de las armas químicas y biológicas, “cuyo almacenaje no ocupa lugar y su producción es infinitamente más barata que aquella(s)”. El poder destructivo de estas últimas es conocido. Además escribió tal discurso poco después de aprobarse la Convención de prohibición de armas biológicas, en 1972. Luego vendrían la prohibición de las químicas en 1996. Todavía se cierne en 2022 su uso, en este continente fustigado que es Europa.

Acierta Miguel Delibes cuando intuye las cada vez mayores afectaciones a la intimidad que ese mundo tecnológico comenzaba a advertir. Y se hace eco asimismo de “la miniaturización de los ingenios” (preludio no muy lejano de la nanotecnología).     

Pero es, sin duda, en los últimos capítulos de esta breve obra donde el autor retoma su concepción ecológica avant la lettre. En este punto sus palabras no pueden ser más precisas: “El hombre de hoy usa y abusa de la Naturaleza como si hubiera de ser el último inquilino de este desgraciado planeta, como si detrás de él no se anunciara un futuro”. Así, como también señala, se convierte a la Naturaleza en un chivo expiatorio del progreso, pésimamente entendido. Las advertencias y las premoniciones de Delibes se suceden, y cobran una trágica actualidad: “Toda idea basada en el crecimiento ilimitado conduce, pues, al desastre”. No otra cosa decía el pasado verano Philippe Blom, en un recomendable e artículo de Opinión en El PaísO esta otra: “A mi juicio, no importa tanto la inminencia del drama como la certidumbre, que casi nadie cuestiona, de que caminamos hacia él”. Palabras proféticas en esta era ya dominada por el cambio climático y sus letales efectos. Y fueron escritas hace medio siglo.

Su idea de progreso está muy encadenada lógicamente a su visión conservacionista de la Naturaleza: “Todo cuanto sea conservar el medio es progresar; todo lo que signifique alterarlo esencialmente, es retroceder”. La visión ecológica de una política transversal que no conoce ideologías en lo que al respeto al Planeta respecta, tuvo luego una expresión más actualizada en la obra de Bruno Latour (Dónde aterrizar, 2017). Volveré sobre esta idea.

Su objeción a la incapacidad del hombre a afrontar razonablemente los enormes desafíos que ya entonces intuía, conducen a que asistamos “frecuentemente, a auténticos disparates ecológicos”. La rapacidad humana saquea sin piedad la Naturaleza. La vegetación arbórea ya entonces era un estorbo, y la masa forestal sigue decreciendo. El mundo es cada vez más sucio, dado “que por un poco más de comodidad, hemos degradado el medio ambiente”. La contaminación es omnipresente, así lo denuncia. Y todo ello “provoca serios trastornos en la salud humana”. La Tierra y el mar, esa armónica y poética combinación, se mueren. Ataca los plaguicidas, con efectos devastadores sobre el campo, que se pretenden amortiguar con ese siempre complejo equilibrio entre alta protección de la salud y salvaguarda del mercado interior, mediante una regulación cada vez más incisiva de la Unión Europea (lejos estaba España aún de ingresar en la CEE); y constata “la posible muerte del mar”, que añade no ser muy remota. Denuncia que todo ese perturbado entorno es causa, asimismo, «de afectaciones psíquicas y enfermedades degenerativas”. Y cita a Erich Fromm: “Para producir una economía sana hemos producido millones de hombres enfermos”. El dilema era claro, y en buena medida lo sigue siendo: ”Nuestro planeta se salvará entero o se hundirá entero”. Corre riesgos serios, tal como advierte, de morir por apoplejía.

En fin, esa visión de un mundo que agoniza no ha hecho sino confirmarse. Es verdad que se ha reaccionado, pero todavía sin la consistencia que la delicada situación exige: la persistente búsqueda del desarrollo sostenible (concepto que de tanto uso y abuso puede quedarse pronto vacío) e incluso del decrecimiento, son recetas que circulan en el ámbito político, económico y científico, también filosófico; pero, a pesar del Pacto Verde Europeo, de la transición ecológica, de la Agenda 2030 y sus 17 ODS, algo seguimos haciendo muy mal. Y lo que era un enorme problema que Miguel Delibes ya intuía inteligentemente, no ha hecho sino agrandarse, agravado por un individualismo extremo, por una sociedad “de confort”, por la globalización y la carrera inevitable a mejorar los estándares de vida de la humanidad bajo los parámetros de nuestra envejecida y anémica sociedad de consumo occidental.

Las soluciones que proporciona el autor tienen una carga utópica, pero probablemente sean las únicas; pues pone en valor la necesidad de un hombre nuevo que afronte un programa restaurador. El problema son siempre los complejos equilibrios entre “progreso” y “naturaleza”; en este dilema siempre pierde esta última. El autor, como es harto conocido, fue un excelente conocedor del medio rural que tanto protagonismo ficticio ha adquirido estos años ante un abandono que ya viene de entonces y nadie remedió en estos cincuenta años transcurridos de declive aparentemente inapreciable. Así, Delibes se pregunta qué sentido tiene un paisaje vacío, y sentencia en términos muy precisos: “Hemos matado la cultura campesina pero no la hemos sustituido por nada, al menos, por nada noble”. Reconoce, en cualquier caso, que “el éxodo rural es un fenómeno universal e irremediable”, pues ya nadie quiere parar en los pueblos, pues son símbolos de la estrechez, el abandono y la miseria”; sin embargo, el pretendido paraíso urbano no es tal, y al final hemos hecho “tan inviable la aldea como la megápolis”. El verdadero progreso ante la Naturaleza –como expuso Aquilino Duque- es el conservadurismo”. Ha costado mucho tiempo entender esta idea tan básica, si es que se ha llegado a comprender su alcance. Sobre lo cual tengo serias dudas. En fin, a pesar de ser un discurso escrito hace casi cincuenta años (los hará a primeros de 2023), su lectura resitúa la sagaz e inteligente mirada de Delibes en los enormes problemas que tiene el planeta en esta extraña y accidentada tercera década del siglo XXI. No se lo pierdan, quienes aún no lo hayan leído. Merece.

GESTIÓN PÚBLICA, LA GRAN ASIGNATURA PENDIENTE DE LA POLÍTICA

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“Los estadistas exitosos se comportan como artesanos que comprenden su medio”

(Isaiah Berlin, El poder de las ideas. Ensayos escogidos, Página indómita, 2017, p. 253)

El desinterés por la gestión de una política cada vez más cosmética

Lo que aquí pretendo exponer es una epidérmica reflexión sobre dos cuestiones que me preocupan desde hace tiempo. La primera tiene que ver con la importancia de la gestión a la hora de hacer política, pero particularmente sobre la necesidad de que, para que una gestión política sea mínimamente exitosa, requiere basarse sobre una buena gestión pública. Y ello, aparte de asentarse en unas condiciones específicas de liderazgo político, solo puede descansar sobre una Administración profesional, efectiva e íntegra. Lejos estamos de ese ideal.

Es cierto que puede haber construcciones de liderazgos políticos más o menos sólidos alejados de los problemas terrenales; pero más temprano que tarde se derrumban como una pirámide de bolas de billar. Una buena política no puede entenderse si no viene acompañada de una gestión pública correctamente alineada y con fuertes capacidades ejecutivas que la hagan operativa. Aun así, erre que erre, la política actual vive inmersa en el ensimismamiento absoluto de la comunicación como eje que (ingenuamente se piensa) todo lo cubre, abandonando casi totalmente la gestión como sustrato nuclear de esa buena política. La burbuja de la comunicación política está bastardeando esa digna actividad hasta límites insospechados y convirtiendo a los partidos y, sobre todo, a sus actores (políticos) en títeres absurdos, papagayos y hasta personajes patéticos, a quienes la ciudadanía inteligente abandona (incluso ya desprecia) a la primera de cambio, sobre todo cuando repiten una y otra vez sin salirse del guion los eslóganes o el “argumentario” político del día cocinado apresuradamente por comunicadores embozados en gabinetes en la sombra que analizan cotidianamente el contexto político-institucional como si fuera un mapa de guerra, cuyo objetivo es exterminar al enemigo y ganar la pírrica batalla cotidiana de la opinión para invertir (o pretender hacerlo) las volátiles encuestas de opinión. Todo lo más, empujados por sus asesores, ven únicamente la gestión como medio de ponerse medallas. Los políticos si adoptan el lenguaje de la gestión es para emitir anuncios a la galería. Error infantil y cansino.

Siempre echo mano de Isaiah Berlin cuando trato de explicar qué es un buen político. A mi modo de ver, su enfoque del problema es insuperable. En uno de sus múltiples estudios (“El juicio político”), el autor letón destaca que una de las capacidades más importantes que ha de tener el político de éxito es el saber práctico. A quienes carecen de esa cualidad, los tacha de ineptos. No vale con ser culto, listo, atractivo, amable o genial, pues es insuficiente, hay que saber traducir la política en acción, pues como recordara Hanna Arendt la acción está en el corazón de la actividad política. Aun así, esa acción debe encuadrarse en los principios y en la ejecución de una buena gestión pública, que con tanta frecuencia se olvida.

En efecto, donde mejor se manifiesta ese saber práctico del político es en el ámbito de la traducción de sus políticas en hechos tangibles y efectivos, que comporten transformaciones y, sobre todo, mejoren la vida de la gente a quienes pretendidamente gobiernan. Lo demás es coreografía y fuegos artificiales, que una vez terminados no queda de ellos más que una capa de humo y cohetes quemados por los suelos. 

Además de ese saber práctico, un estadista (o un político con responsabilidades elevadas) requiere disponer, como también exponía Berlin, de un especial sentido de la realidad, no disfrazarla constantemente ni embozarse en un discurso altisonante lleno, según se esté en el gobierno o en la oposición, de mentiras piadosas o de vaticinios apocalípticos. Y aquí juega un papel esencial la intuición, pues como exponía este autor el oficio de estadista consiste en “el arte de gobernar y de transformar las sociedades”, y el político genial –concluía, a diferencia de quienes son expertos académicos en tales materias- “no pueden enseñar un conjunto específico de reglas”, ya que la “experiencia política es más comprensión que conocimiento”, pues en esa actividad tan volátil y de contornos tan difusos “existe un elemento de improvisación, de tocar de oído, de ser capaz de valorar la situación, de saber cuándo saltar y cuándo quedarse quieto” (El sentido de la realidad, Taurus, 2017). Nada de esto se enseña en ningún sitio, salvo en la arena política y en la práctica política inteligente.

La política se ensalza (y los grandes líderes de la historia así lo acreditan) por los hechos o evidencias concretas que hacen progresar a un país y, en especial, a sus gentes, buscando siempre hacerlas –como decía Pepe Mujica- más felices. Y para lograr tales metas quien piense que se pueden alcanzar sin una auténtica capacidad ejecutiva o de gestión de las estructuras y personas que deben poner en marcha semejantes retos, no ha entendido nada y probablemente nunca lo entenderá. Hará, en este caso política circular para ganar la silla y, una vez perdida, volver de nuevo al mismo juego: cómo recuperarla. Los liderazgos y los gobiernos no solo fracasan por malas políticas, sino también por mala gestión o pésima comprensión de lo que la gestión implica para la propia política.

No basta con vender paraísos terrenales que ninguno de nosotros alcanzará a tocar con los dedos (como decía A. Herzen, “un objetivo que es infinitamente remoto no es un objetivo, es sencillamente un engaño”), tampoco es suficiente –según reconocía Berlin- con pretender como talismán mágico buscar siempre la suerte, también es arriesgadísimo jugar la partida a los fallos del adversario político (aunque en ocasiones puedan tener un papel importante de desenlaces electorales. Los comunicadores políticos y expertos en “asuntos públicos” que abundan por doquier siempre tendrán a mano su catálogo de soluciones contextuales para disfrazar la tozuda realidad de quienes realmente nos gobiernan. Tal vez ganen elecciones, aunque a veces ni siquiera eso, pero lo que realmente nunca consiguen es mejorar la vida de los pueblos y sus gentes. Son especialistas consagrados en vender humo (político) para ensalzar liderazgos no pocas veces artificiales e inconsistentes. Y ejemplos de ellos tenemos por doquier; no es menester recordarlos. La política actual está preñada de mediocridad, a veces alarmante.

Una política burocratizada y endogámica

Y de aquí viene la segunda reflexión: en nuestro contexto político la política se ha burocratizado hasta límites insospechados. La política se ha convertido en un trasiego circular cerrado de cargos públicos sin apenas entrada alguna de talento externo. Todos creen servir para todo, lo cual es falso. Además, la política actual es aburridamente previsible. Inclusive, a quienes nos apasiona esa actividad, nos resulta hoy en día insufrible. Falta frescura, hay carencia absoluta de discurso inteligente y propio, todo se reduce a cacarear consignas y a una batalla por el poder estar (las poltronas) o cómo seguir enchufado al Presupuesto. Se trata de una política cada vez más alejada de los problemas reales, con una concepción endogámica, autista y desgajada de su aparato ejecutivo (Administración Pública), con el que no sabe qué hacer realmente, aparte de invadir groseramente un espacio que no le compete, y anular su (cada vez más escasa) efectividad y capacidad de ejecución. Necesita una urgente refundación, y nadie sabe (e intuyo que tampoco se quiere) cómo hacerla.

Quien piense que un estado, un país, un territorio, una ciudad, saldrán adelante solo con políticos que venden imagen, emociones vanas, palabras huecas o que toda su ambición es colonizar espacios institucionales, tiene mucho de ignorante o, lo que es peor, de temerario o de caimán de una política, de quien todo lo ve desde la atalaya sectaria de la victoria absoluta de su líder (o partido) y el arrumbamiento del contrario. Una política que promueve la impotencia de las estructuras gubernamentales y burocráticas profesionales, termina echándose abiertamente en brazos del mercado para que pretendidamente le resuelva lo que ella no sabe cómo ejecutar (porque no sabe cómo dirigir ni reformar sus propias estructuras de gestión), y probablemente el mercado tampoco (lo cual ya es entrar en un bucle de ineficiencia y hasta incluso a veces de corrupción). El gobierno estatal o los territoriales simulan que gobiernan, pero no lo hacen realmente. Han llegado a un punto que ya no saben cómo gestionar, que es tanto como no saber nada de lo que es la política. Y esto es lo que está pasando, y pasará mucho más en los próximos años si nadie lo remedia: la política, con fuertes dosis cruzadas de cosmética y de endogamia autista aderezada de populismo, lleva tiempo burocratizándose y vaciándose de sentido de la realidad; y, por si fuera poco, está conduciendo, además, irresponsablemente a una descapitalización y desprofesionalización de la Administración Pública que se manifiesta también impetuosamente en una ocupación cada vez más grosera de las instituciones y de los niveles directivos o de la alta burocracia por personas inanes sin formación ni competencias efectivas para el liderazgo ejecutivo o (en el mejor de los casos, si es que algo tienen de esto último) sin margen de maniobra para hacer nada, ya que han sido incorporadas (y serán cesadas) por criterios de confianza (política) o de lealtad mal entendida, proceso que viene acompañado por una concepción cada vez más vicarial y adjetiva de una descapitalizada función pública profesional y un arrumbamiento extendidísimo y letal del principio de igualdad, mérito y capacidad en el acceso a la función pública, que también pretende indirectamente de paso beneficiar a los amigos políticos y sindicales incorporados en su momento por el poder de turno. Los efectos inmediatos, pero sobre todo mediatos, si no se atenúa rápidamente esta grave deriva de vaciamiento de las capacidades ejecutivas del Estado en su conjunto, serán irreparables. Y no habrá que esperar mucho para notarlos.

La (eterna) receta: resituar la política supone reforzarla y exige profesionalizar la gestión.   

En consecuencia, no hay otra solución cabal que reforzar la gestión y la profesionalización de la Administración Pública para hacer buena política, lo que comporta (tarea hercúlea) resituar a la política en su esfera natural propia y en el ejercicio de sus verdaderas y transcendentales funciones en el marco de un Estado social y democrático de Derecho que, a diferencia de las democracias  más avanzadas, en España nunca hemos sabido construir de modo efectivo a lo largo de la historia de este país. Todo se ha quedado en formas vacuas. El desnivel que ofrece España en este punto, frente a las democracias avanzadas, es desgarrador. Muy superior ya al que Julián Marías situaba en una generación. Estamos anclados en patologías decimonónicas.

De no hacerse así, las consecuencias –como decía- serán visibles a corto plazo: el proceso de recuperación y transformación del país, puede sufrir un fiasco gravísimo, pues se habrá perdido un tren que nunca más volverá. Habrá algunos recursos para hoy, y hambre para mañana. La política se mostrará (ya lo está haciendo) cada vez más impotente y la Administración Pública menos efectiva, hasta resultar decorativa formalmente la primera y (casi) prescindible la segunda, salvo para pagar nóminas, contratar intensiva y externamente sus servicios y evitar que la tasa de desempleados se dispare más. Y la pretendida resiliencia se convertirá en un queso gruyere. Más aún con el letal escenario geoestratégico, económico, social y sobre todo humanitario que la invasión/guerra de Ucrania por parte de la Rusia del despiadado Putin está provocando, cuyos reales efectos están aún por manifestarse, pero que serán muy graves.

Si nada de esto les hace reaccionar,  se constataría finalmente que nuestros políticos ni tienen saber práctico, ni sentido de realidad, pero tampoco intuición, amén de que se han convertido, apenas sin advertirlo o darse cuenta, en meros burócratas de la política a quienes solo les interesa subjetivamente mantener su zona de confort y objetivamente el poder sectario de su partido o tribu y cómo distribuir prebendas a su clientela, con indiferencia casi absoluta a lo que pase con este país y con sus gentes. Con estos mimbres, fiar la recuperación en los años de crisis que ya se avecinan a la suerte es una auténtica frivolidad, por ser suave en el juicio.