UN ALCALDE NADA EJEMPLAR

UN ALCALDE NADA “EJEMPLAR”

“Un mero particular puede disfrutar de la oscuridad en la que vive (…) pero un ministro que peca contra la probidad tantos testigos y tantos jueces tiene cuantas son las gentes que gobierna. (…) No es el mayor mal que puede hacer un ministro sin probidad el no servir a su príncipe y arruinar al pueblo, otro perjuicio ocasiona mil veces en mi entender más grave, que es el mal ejemplo que da”

(Montesquieu, Cartas Persas, Tecnos, Madrid, 1986)

“El político se esforzará por crearse una imagen atractiva, pero a la postre lo que cuenta en él es que ‘predique con el ejemplo’, puesto que, en el ámbito moral, sólo el ejemplo ‘predica’ de modo convincente, no las promesas ni los discursos (…)”

(Javier Gomá, Ejemplaridad pública, Taurus, 2009)

Acabo de regresar de una estancia en Colombia invitado por FIIAP y el Gobierno de ese país. Mi estancia allí tenía por objeto revisar los Códigos de Ética Pública de las entidades de la Administración Pública. Digo esto para evitar toda confusión. Nada más aterrizar he visto, entre perplejo e irritado, una serie de vídeos que circulan en la redes sociales sobre la peculiar forma de “conducir” los plenos del ayuntamiento de Cartagena que lleva a cabo su alcalde, cuyo nombre ni siquiera he memorizado (http://www.lasexta.com/noticias/nacional/video-muestra-violencia-verbal-alcalde-cartagena-oposicion_2015120100180.html). No me interesa la persona. Lo importante es el caso. Obviamente, hablo de la ciudad de Cartagena de la Región de Murcia y no de la ciudad colombiana. Quede claro.

En la actitud nada edificante de ese alcalde hay, al menos, dos problemas. Uno institucional y otro ético o de conducta. Sobre el institucional no me detendré, pero no deja de ser pintoresco que quien debe ser sujeto de control político por el Pleno sea a su vez presidente del mismo y, por tanto, de la conducción de los debates en la asamblea. Eso lo pretendió corregir la reforma local de 2003 para los municipios de gran población, permitiendo que el alcalde delegara en otro concejal la dirección de los plenos. Pero fue una reforma blanda.

Cartagena, aún siendo municipio de gran población, no ha hecho uso de esa opción. Su alcalde prefiere dirigir con “mano de hierro” unos debates que manipula como le viene a su antojo. Desgraciadamente no es el único alcalde que hace eso, es una tendencia muy extendida cuando se entrega la “vara de mando” a quien no sabe usarla. Su desgracia es que su pésima forma de actuar ha sido ampliamente difundida por las redes sociales e Internet. Algunos no se han enterado ni en que época viven.

Más importante es en este caso la quiebra ética e institucional que este alcalde comete un día sí y otro también cuando “dirige” los plenos de la institución. Su analfabetismo institucional es clamoroso, al que se une una mala educación insólita en un gobernante. Vayamos por partes.

Ese alcalde (y presumo que muchos otros) no sabe desarrollar la competencia institucional básica de cualquier gobernante: representar dignamente a la institución. No solo mancha su reputación (en este caso un tema relativamente indiferente, pues es problema suyo), sino la de la institución (y la del conjunto de la ciudadanía) a la que debe representar. Aspecto mucho más grave. Su comportamiento sectario evoca una pésima comprensión de su rol institucional de alcalde: sólo representa “a los suyos”, e intuyo que muchos de los “suyos” (al menos, los electores) estarán avergonzados y arrepentidos de haberle votado. Yo al menos lo estaría de haberlo hecho. No sé si lo estarán quienes le apoyan. Problema suyo, una vez más.

Pero, además, uno de los fallos centrales en los que incurre ese sujeto es, sin duda, la incomprensión absoluta de que como Alcalde debe actuar con “ejemplaridad”, pues le guste más o le agrade menos su figura y su forma de actuar es el espejo en el que los ciudadanos ven a su propio ayuntamiento. Y lo que observan en ese espejo roto es una imagen deplorable de la institución, un deterioro de la reputación del ayuntamiento y una afectación grave a “la marca ciudad”, tan importante en estos momentos. Asimismo, su “despótica conducción” de los plenos afecta radicalmente al partido que le incluyó en sus listas, a su marca y a su propia credibilidad.

Alguna persona que ha visto esos vídeos, votante de ese partido, me ha confesado que ya no volverá a votarle. Que sentía vergüenza de haberlo hecho. He procurado atenuar su ira diciendo que no es culpable el partido, sino la persona. Y, además, ni a ella le votó (pues no era de ese municipio) ni tendrá que plantearse el dilema moral de votarla de nuevo. Pero siendo esto cierto también lo es que el partido no puede mirar hacia otro lado, pues el tema es grave, más aún cuando esa difusión se ha hecho (en política todo vale) en período electoral. Que es una difusión interesada (del PP, al parecer), no cabe la menor duda. Pero que es real, tampoco.

Es obvio que ese alcalde no acredita las virtudes públicas  que debe poseer cualquier buen gobernante. Tema estudiado atentamente en su día por Victoria Camps. La templanza no es su fuerte y la prudencia menos. Su sentido de la justicia equivocado y su valentía disfrazada de aires superfluos de una superioridad inexistente. Más bien sus (malas) conductas delatan, de forma querida o no, cierta o no cierta, a un pigmeo moral.

Igualmente grave es la afectación a los valores básicos en los que el ejercicio de la política local se debe desarrollar. Sin duda, ese alcalde “olvidó” lo que es el valor de la “representación digna de la institución”, mancilló la “ejemplaridad” y desconoció por completo lo que es el “respeto institucional (y personal) básico” en el ejercicio de su importante función. Su actuar chabacano, en no pocos pasajes cargado de chulería y de una educación igualmente deplorable, trasladan una imagen institucional que afecta a Cartagena y a la respetable ciudadanía de ese municipio. Lo que haga él con su vida, importa un comino. Lo realmente relevante es que esa falta reiterada y constante de probidad en el ejercicio se su cargo, es un mal ejemplo para la ciudadanía y erosiona gravemente la confianza en las instituciones. Intangible básico para que los ciudadanos sigamos creyendo en ellas. Tema serio donde los haya. El desprestigio institucional y de la política solo hace que ahondarse con semejantes “malos ejemplos”.

Llegados a ese punto solo cabe concluir. Ese Alcalde (y cualquier otro que haga lo mismo) debe ser reprendido por su pésima conducta en el ejercicio de sus funciones. No se si Cartagena ha aprobado el Código de Buen Gobierno de la FEMP o si dispone de otro Código de Ética o de conducta. Pero si no tiene construido un marco de integridad (Comisión de Ética o Comisionado) como el que existe ya en algunos ayuntamientos (Bilbao, recientemente), ese código es un brindis al sol. De existir, la conducta debería ser inmediatamente corregida. La era de los caciques locales hace mucho que terminó, aunque algunos tampoco se hayan enterado de esto.

En cualquier caso, su partido no puede seguir mirando para otro lado. Es importante que actúe. Que reprendan públicamente esa actitud y obliguen a ese alcalde a una rectificación radical de su conducta. Tienen poco tiempo. El día 20 hay una importante cita con las urnas. Y la ética, como recordaba Adela Cortina, no es cosmética. Ambos, partido y cargo representativo, deben una rectificación creíble  a la ciudadanía y al resto de los representantes municipales. El reloj corre en contra. El daño está hecho, pero de los errores también se aprende sobre todo si el perdón y la corrección son sinceros. La rendición de cuentas también es eso. No sé si algunos son capaces de percibir tales matices en época de brocha gorda.

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