RUIDO


“Podrá decirse como Pirro: ‘Otra victoria como esta y estamos perdidos” (J. Bentham, Tratado de los sofismas políticos, Leviatán, Buenos Aires, 2012, p. 196)

“Una desavenencia siempre anuncia algo” (Alain, El ciudadano contra los poderes, Tecnos, 2016, p. 198).

Desde hace algún tiempo, ya (casi) indefinido, la política en este país es equivalente al ruido. La mayor parte de las veces ensordecedor, siempre molesto. Nadie escucha a nadie. Las virtudes del silencio, ahora tan aireadas, no han echado raíz alguna en la política ni en nuestra sociedad del barullo. Ni siquiera en la ciudadanía que, ingenua e incultamente, espera, como decía Valentí Puig, una “democracia providencialista”: algo nos caerá del cielo del poder, siempre tan magnánimo.

Tampoco el periodismo (o lo que queda de él) se aleja del ruido, sino todo lo contrario. Los medios no transmiten información, amplifican el ruido. Las tertulias, lugares infestados de ignorantes, replican los tambores del ruido. Los informativos multiplican el ruido ambiental. Los programas televisivos o radiofónicos “de debate” (¡cómo se bastardean las palabras!) alimentan que sus tertulianos vociferen y rematen al de enfrente. Siempre alineados, unos a la derecha y otros a la izquierda. Puestos en escena para lanzar invectivas y hacer ruido, mucho ruido. O, si no, aún casi peor, la tertulia esgrime unanimidad de criterio. Viva el pluralismo, palabro en decadencia. En algunos sitios hasta perseguido.

Ruido, sí, mucho ruido. Y confusión, cada vez más confusión. Los desorientados de Maalouf eran gente muy centrada al lado de nuestra evanescente y perdida ciudadanía. Eso sí, opinan constantemente en las redes, si por opinar se entiende escupir o insultar al otro o, en el mejor de los casos, aplaudir o adular, que siempre puede tener correspondencia. También se utiliza la tribuna parlamentaria para esos menesteres. Del respeto en política como valor existencial ni rastro.

Cuando no hay argumentos ni tampoco se razona, la sensatez desaparece. Y la principal virtud, como es la serenidad, Epicuro dixit, se pierde asimismo en el túnel del tiempo. La velocidad y la instantaneidad, el afán de salir o estar virtualmente siempre y a todas horas, sea donde fuere, se impone: presencia en las redes, culto a la imagen, aunque no haya nada que decir y menos aún que hacer, algo esto último que ni se sabe lo que es. La falta de serenidad representa desasosiego. Y eso nos conduce al abismo. Ruido, mucho ruido. Lo de Calanda y sus tambores es un juego de niños comparado con la política de este rincón insignificante del mundo, aunque algunos despistados piensen que es el epicentro del universo.

Pasan los días, las semanas y los meses. Este país (que crece –según dicen- en PIB y se hunde en idiocia colectiva y en orgullo pueblerino) se está quedando atrás, en muchas cosas y algunas muy importantes: falta clamorosamente calidad democrática, ciudadanía responsable, transparencia efectiva, ausencia de corrupción y moralidad pública, meritocracia, educación, innovación, competitividad empresarial, productividad, profesionalidad o mil cosas más; a cada cual más importante. País orgulloso y soberbio que ya no puede ni mirar a Portugal por encima del hombro: pues, hoy en día, nos dan sopas con honda en no pocas cosas. País consumido por la corrupción, que todo lo anega, especialmente los círculos próximos al poder, pero mientras tanto el gobierno no se da por enterado y se pone de perfil. Ya no cuela. Conviene que empecemos a darnos cuenta de la estafa. Pero no aprendemos, somos torpes alumnos de un sistema democrático-institucional en proceso desguace, si nadie lo salva.

Mientras tanto el ruido no atempera, crece. Ya no va por barrios, ni por partidos, tampoco por sindicatos, ni por territorios, ni siquiera por familias ni reuniones de “amigos”, ni por manifestaciones callejeras, pues anega todo (o casi todo). Quien habla prudentemente y con criterio está condenado a ser completamente ignorado por pusilánime o muermo. Si llevas un libro entre las manos y no un dispositivo móvil eres un extraterrestre. Se estila el hooligan matón de barrio, tatuado mejor; de gimnasio; más rufián que razonable. Si no haces ruido, si no muerdes, si no insultas, no existes. Seas ciudadano, senador o diputado, o, en su caso, alcalde. Lo importante es hacer el patán, sobresalir en la estupidez y en la descalificación. Ser más grosero que nadie. Hay que estar omnipresente en las redes sociales y, si se puede, aspirar a (ser eterno) vicepresidente con moción de censura disruptiva incluida (son tiempos de “deconstrucción” hasta en la cocina, también en la política de pantalla). En la vida pública, en el plató o en el circo, hay que estar allí donde el ruido sirve de palanca hacia el éxito fatuo. A golpe de clic. De ciento cuarenta caracteres. Si es de veinte mejor. La gente cada día lee menos. Tantos caracteres marean, ya no se cuenta por páginas. Hay muchos mensajes y poco tiempo, a pesar de ir por la vida siempre cabizbajos y sin ver ni observar el entorno ni el paisaje (¿qué es eso?), tampoco los rostros que nos cruzamos, pero que nunca miramos. Ya “ni el culo del de delante”, como dice una amiga mía.

No existe nada alrededor: solo la pantalla. “Estamos –como decía Alain- demasiado próximos a nosotros mismos, y no es fácil tener una buena perspectiva de sí, una perspectiva que respete la verdadera proporción”. Si eso lo dijo hace un siglo, qué diría ahora de nuestro pueril ensimismamiento. En las redes hay un ruido insensible, pero efectivo; ruido narcisista vestido de espejo. Machaca más que el tambor y, por supuesto, mucho más que miles de decibelios. Si no lo aguantas, eres un blando. Pobre personaje. Así nunca tendrás seguidores ni amigos. Qué poco han leído a Plutarco los consumidores compulsivos de redes sociales, y sobre todo su recomendable obra que se enuncia Sobre el inconveniente de tener muchos amigos.

La política se ha transformado en lucha despiadada entre agrupaciones de bandas rivales, hasta en los propios partidos, ahora en descomposición. Alguno a las puertas de la batalla campal, que puede ser la última, la penúltima o la antepenúltima. Otros, a la espera de entrar en guerra y descuartizarse. Vuelven la purgas y las escisiones (en proceso). Los partido viejos (solo los que están en el poder sobreviven temporalmente en falsa armonía) se descomponen y los nuevos no se ensamblan: antes de solidificar, se quiebran. Ayer amigos para siempre, hoy enemigos hasta la tumba. Todo es efímero e impostado: amistades y odios, más en política. El poder cada día es más insignificante, pero aún así todos lo buscan: se parece cada vez más a la Universidad española, donde la gente se navajea por una insignificante beca o una plaza de asociado y se traban odios africanos que nadie podrá enterrar; se enemistan por las cosas más nimias: el vudú es una práctica inocua al lado de la política española o de las rencillas académicas.

El legado mesetario y propio de una sociedad hundida en el clientelismo decimonónico de un país enemigo del mérito que dice vivir en el siglo XXI está plenamente afincado en todos los partidos, los de ámbito estatal y los de espacios territoriales más acotados. Ninguno ha sabido romper el molde, como dijeron Acemoglou y Robinson en su difundido (no se si leído) libro ¿Por qué fracasan los países? Así, construyan lo que construyan nada mejorará sustancialmente mientras el peso de las clientelas y de la corrupción sistémica aplaste la política inteligente, que también la hay, aunque esté completamente ausente en estos momentos. Como decía Alain, “la política no aburre cuando se sabe su juego; pero hay que aprenderlo”. Aquí se juega a la política, pero nada se aprende.

Quien no toca poder fenece. Fuera “de palacio” hace mucho frío y nada que repartir, sin ello faltan “los amigos” (las clientelas, razón de ser de viejos y nuevos partidos). Algunos piensan que pueden vivir de limosnas, de hacer recados o ser botilleros de unos u otros: craso error, tampoco sobrevivirán; aunque pongan cara de ángeles y de no romper un plato (habrá que esperar cuando laven la vajilla). Y cuando el poder se acaba, llega la disgregación. En España hay que tener “conseguidores”, sin ellos no eres nadie: no “consigues” ni siquiera publicar un libro, nada te digo si pretendes obtener un empleo.

Política líquida, por volver a Bauman. Nadie ha resaltado la inteligente reflexión de Jeremy Bentham: “La pasión oscurece hasta la evidencia misma”. También lo decía Alain, “temo a las pasiones mucho más que a los intereses”. Y aquí pasión sobra a raudales. Se necesita mesura, ese difícil pero necesario equilibrio entre ambos atributos al que se refería Weber. Aquí los partidos no gobiernan, aunque ganen elecciones. Simple y llanamente porque, en su práctica generalidad (alguna excepción hay), no saben gobernar. Reparten prebendas y maquillan el entorno. Si están en la oposición solo saben (salvo también excepciones) gritar y escupir al adversario, más bien enemigo, como diría Schmitt. Lo sencillo es destruir o provocar votaciones sin fin, llámeseles como se quiera. Gobernar es lo difícil, construir política también es un proceso complejo: “gobernar o hacer” son verbos que no se conjugan. Como dijera Raoul Frary, “la arena electoral es el terreno favorito de la demagogia”. Este mismo autor añadía: “Vuestro público es infalible; decidle que tiene razón”. Lo demás basta. Es suficiente con el ruido y con la búsqueda del aplauso enfermizo, si bien volátil. Que nadie espere fidelidades en tiempos de mudanza.

Y la política hoy en día es ruido y demagogia, imagen barata y ausencia de discurso. No es espectáculo, es en gran medida basura. Ahora algunos intentan resucitar a Debord, pero si estuviera en estos momentos entre nosotros huiría al desierto. O volvería, triste epílogo, a poner de nuevo fin a sus días. Espectáculo y basura son dos cosas muy distintas.

Que nadie se queje cuando ante la gravedad de las circunstancias se pretenda echar mano de las cartas políticas para resolver los estratosféricos problemas que todos estos años de anomia de soluciones inteligentes nos han creado: hace mucho tiempo que la política se fue. Nadie sabe dónde. No la busquen. Esta de vacaciones. Vinieron de recambio flamantes funcionarios del Estado que de todo saben (o dicen saber, tras superar las consabidas y periclitadas oposiciones) menos de política. Llegaron también activistas multifunción o bisoños aspirantes a profesionales del ruedo y se quedaron los políticos de siempre, los que aún sobreviven agarrados a un clavo ardiendo, cada vez menos firme.

Así estamos, pendientes de que todo reviente. Eso sí, cabreados con la política y con los políticos, ninguno consigo mismo o con los suyos. Dos varas de medir. País singular, como recordaba en su libro Fatiga o descuido de Estado también Valentí Puig: “Fíjense que denigramos la codicia ajena, pero no la nuestra”. Todo dicho.

Y cierro este sombrío post, con las palabras de este magnífico autor de cuidados ensayos, Ramón Andrés: “Siempre vamos a por la rebanada más grande, aunque el de al lado se quede sin ella”. Hemos terminado, por tanto, “en la ideologización de uno mismo”. Mimbres también difíciles para hacer buena política. No echemos siempre balones fuera.

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