
«Los que organizan prudentemente una república consideran la institución (como) una garantía de la libertad (y) deben poner como guardianes a los que tienen menos deseo de usurparla»
(Maquiavelo, Discursos de la primera década de Tito Livio, Alianza, 1987, p. 41)
1.- Quien ama la lectura abraza la relectura; en términos similares se expresaba el doctrinario Royer-Collard. La relectura enseña mucho. Volver a releer las obras y ciertas biografías de Maquiavelo nos ponen también en la pista de algunas coincidencias que la prosaica vida política ofrece con quienes son amantes del ilustre florentino, aunque no lo confiesen de forma expresa. Algunos aprendieron de él, tal vez no sé si atropelladamente. Otros lo estudiaron a fondo.
2.- Para Maquiavelo “la política era su pasión, su razón de ser”. Su labor como consejero o de “eminencia gris”, colmó sus ambiciones; pero también le dio sonoros fracasos. Aprendió mucho y, cuando ya nadie quiso oír sus consejos, buscando su regreso al poder, se volcó en poner negro sobre blanco su doctrina sobre las relaciones de poder que tanto había escrutado. Así escribió El Príncipe o sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio, por no citar su Arte de la guerra o la Historia de Florencia, y antes de todo ello múltiples reflexiones puntuales recogidas ulteriormente en sus Escritos políticos breves. Una excelsa construcción doctrinal condicionada por un extraordinario lector de contextos, pero de los que fue capaz de extraer lecciones universales sobre el poder, el gobierno, el arte militar, la diplomacia y el Estado.
3.- Maquiavelo, dotado de cualidades sin par, fue muy ambicioso en política. Una vez su madurez y experiencia lo acreditaron como gran negociador y analista profundo, se creyó imprescindible, cuando nadie lo es, menos en esas lides interpuestas. Tenía vocación de servicio al poder, pero también gustaba de la pompa y el boato que el poder otorgaba. Le ofrecía dinero, prestigio y amores, que no es poco.
4.- Marcel Brion, en una biografía sobre Maquiavelo escrita en 1948, describía muy bien al personaje. Amante como era de “la buena política”, por tal entendía la que no se hace “con un alma bella y buenas intenciones”, sino la que se asemejaba “a una partida de ajedrez, jugada por un hombre ejercitado, avezado a los fingimientos y a las dificultades”. Alguien que “desde los primeros movimientos adivinaba el carácter de su adversario, sabía de qué manera jugaría y qué trampas era importante tenderle”. Como también escribió, “el buen jugador de ajedrez tiene la cabeza y el corazón fríos”. El éxito era, al menos en el primer Maquiavelo, lo único que justificaba el juego de la política.
5.- Maurizio Viroli, biógrafo más reciente, enmendó en 1998 algunas lecturas simplistas que de Maquiavelo se habían hecho hasta entonces. En un espléndido libro (La sonrisa de Maquiavelo) nos descubre a un consejero que, puertas adentro, era “burlón, irreverente, dotado de una sutilísima inteligencia y fascinado por las cosas y los hombres dotados de grandeza”; esto es, de poder efectivo. La política era grande, y siempre fue, como también expuso Brion, la razón de ser de su existencia. Maquiavelo fue un pragmático de la política que buscaba resultados en el puzle entonces complejo de la dividida Italia. Su sentido institucional era acusado, como analiza aquel biógrafo: “una persona que obra bien, que sirve al interés público con absoluta dedicación y honradez”. Fue, sin embargo, preterido porque no sabía “adular, lisonjear y servir a los poderosos”. Ese apartamiento le dolería sobremanera. Tardaron en cicatrizar las heridas.
6.- Maquiavelo, en ese retrato biográfico, muestra una serie de obsesiones vitales. Al margen de las más terrenales y licenciosas, que también las tuvo y mucho, le movía su fin de ver consagrada una Italia unificada, y en el ínterin, su defensa a ultranza de la república a la que pertenecía: Florencia. Su sentido institucional y de lealtad fue evidente, aunque en algunos momentos, cuando pierde el poder como consejero de la República, no duda en querer echarse en brazos de quienes incluso habían sido sus enemigos. Todo por volver a ser lo que fue. La política era su sentido existencial. Pero los tiempos en política son crueles, y también lo fueron con él.
7.- La política, como se ha dicho, fue su motor existencial. Y llegado un momento se vio, en efecto, desbancado de ella. En la soledad de su autoexilio, tras su paso por presidio, escribe El Príncipe. Luego ve la luz La primera década de Tito Livio. Aunque las reflexiones de ambas grandes obras se entreveran, los mensajes no son unívocos. Los matices son importantes. El contexto y los fines también. Pero en el fondo son un compendio de sus tempranos y ulteriores estudios sobre “la historia antigua y todo lo que ha aprendido durante los años en que fue secretario y podía ver la política desde cerca”. En El Príncipe pesa mucho el afán de Maquiavelo por volver a la primera línea de la política, donde había prestado innegables servicios; pero esta obra marcará un antes y un después en cómo concebirá la política, el poder y el Estado. En los Discursos, ya más templado, le preocupa el sentido institucional de la política y, entre otras cosas, cómo combatir la corrupción política. Como se ha dicho, “después de su muerte, los Discursos se convirtieron en la guía intelectual y política de quienes amaban los ideales de la libertad republicana”.
8.- En fin, Maquiavelo escribió sus insignes aportaciones a la política y al Estado en su madurez personal, con apenas 43 años, tras el fiasco de verse desbancado de sus responsabilidades públicas ejercidas con tino durante casi quince años. Tal vez de lecturas precipitadas y sentencias movidas por la inmediatez que nos invade, puedan verse algunas similitudes entre la trayectoria del maestro florentino y el aprendiz en tales lides que obedece al nombre de Iván Redondo. No cabe duda que este pretende inspirarse en aquel, a quien ha leído y no sabemos bien si también aprehendido. Pero cualquier paralelismo entre ambos no pasa de ser una mera coincidencia. Más allá de la concepción de la política como motor de sus respectivas vidas, y del amor al ajedrez como juego explicativo de esa actividad, así como algunas otras circunstancias, las diferencias son abismales. No hay término de comparación posible. ¿Ha pretendido el asesor donostiarra equipararse al ilustre pensador florentino? No lo creo, sería una temeridad.
9.- Iván Redondo, en el ecuador de su vida, con 45 años, en un momento a todas luces improcedente, ha escrito una suerte de Memorias de un cuarentón (por parafrasear la gran obra de Mesonero Romanos Memorias de un setentón, de la que tanto se aprende) cuando su experiencia vital acumulada en primera línea política apenas supera poco más de tres años. Además, la ha titulado con el prosaico enunciado de El Manual. No he leído aún tan ambiciosa obra autobiográfica, pues huyo por lo común de los innumerables ensayos que hoy pueblan las librerías (y concentran las ventas) firmados por periodistas, consultores o famosos. Pero por lo leído en varias de sus entrevistas que ha dado a diferentes medios, cabe intuir que lo que quiere el autor es ponerse en el mercado, si bien de forma infinitamente menos sutil e ilustrada que la empleada por su admirado Maquiavelo con El Príncipe, al fin y a la postre una obra cumbre en el pensamiento político universal. Cualquier comparación al respecto es odiosa. Bien es cierto que el consejero áulico de nuestros días esboza soluciones (no se sabe si conscientemente) contenidas en el epílogo de El Príncipe cuando allí se apuesta por “inventar unas instituciones nuevas” que mejoren las débiles existentes hasta entonces. Y aquí surge el conejo de la chistera.
10.- A pesar de esa pretensión de ponerse en el mercado, Redondo no esconde su afán de seguir asesorando a su César Borgia castizo, esto es, a quien fuera su presidente y por quien aún bebe los vientos. Lo hace semanalmente en su tribuna en La Vanguardia. Allí lleva tiempo defendiendo la idea de España como Estado plurinacional. Para alcanzar ese rediseño institucional y constitucional, ha anunciado que presentará al presidente un “informe” (¿?) sobre cómo transformar el Estado autonómico en ese complejo inorgánico adosado de corte confederal. Mas cualquier lector avezado sabe que detrás de esa idea hay un sustrato político-electoral inmediato y mediato. Imbuido de algunos retales de la obra de Maquiavelo, a Redondo, “teórico” que revistió el “no es no” y pergeñó el “muro” del presidente articulando una nueva mayoría parlamentaria “anticorrupción” que dio pie a la moción de censura (y, más tarde, alejado ya del poder, a la investidura parlamentaria este mandato), le interesa sobre todo (es su oficio y lo hace bien) cómo ganar elecciones. El sentido institucional, nunca lo emula, no es su fuerte. Y para alcanzar esa finalidad es obvio que la solución plurinacional como contrafuerte de un frentismo ideológico cuya argamasa no es fácil, resulta hoy la única vía. Son soluciones ya exploradas en nuestra historia que cualquier lector informado sabe cómo acabaron.
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Tal vez, pasado el temporal, alguien escribirá un ensayo sobre por qué el poder desnudo, auspiciado por este tipo de spin doctor, con alumnos aventajados y revestidos a veces en magos del relato, terminó devorando y destrozando más todavía el papel de las instituciones en España como engranaje principal para que el Estado funcionara cabalmente. Para estos consejeros áulicos gubernamentales, las instituciones son lugares exclusivamente destinados a ser ocupados por el poder desnudo (colonizados por la política clientelar, aunque sean instituciones de control). Las instituciones para ellos tienen valor adjetivo y en todo caso son instrumentos para hacer una política marcada por el dominio absoluto de quien gobierna. Poco o nada que ver con el auténtico Maquiavelo, cuya visión del poder fue fría, en ocasiones gélida y dura; pero cuyo sentido institucional -algunas veces circunstancialmente herido por la exclusión de las mieles del poder y de tono oportunista- siempre primó sobre esa falsa idea. Como expuso Maurizio Viroli, “Maquiavelo jamás ha enseñado que el fin justifica los medios”.
En sus Discursos se contiene la idea de que la ruina del Estado se plasma cuando “las instituciones de la república no se modifican con los tiempos”. Algo de eso le pasa a España. Reformar las instituciones, también las territoriales, nunca puede hacerse pensando en el corto plazo y en réditos electorales. Un problema abierto desde hace más de un siglo nunca se cerrará con meras ocurrencias. Abrir el melón de un Estado confederal es fácil, pero una vez abierto lo imposible será cerrarlo. Siempre fueron las confederaciones en la historia del constitucionalismo contemporáneo formas de gobierno territoriales de factura transitoria encaminadas hacia una desintegración del Estado (fin por el que no pocos aquí empujan) o a una unión más fuerte en clave federal (hoy en día olvidada), pero con un poder central sólido. No se busquen soluciones mágicas porque no las hay. Como he expuesto en Falsos cimientos (*), el problema es muy complejo: hacer compatible armonía e integración con asimetrías aceptables no puede hacerse quebrando la solidaridad, la lealtad y la cooperación. La contingencia política imperante va por el camino contrario. Y la negación del problema en nada ayuda. Ambos son los peores remedios. Nada resolverán. Y de momento no hay otros.
Rafael Jiménez Asensio: Falsos cimientos. La fragilidad de las instituciones en España (Tirant lo Blanch, Ágora/Humanidades, Valencia, 2026). La referencia está tomada del final del capítulo VII «Las disfunciones del estado autonómico».