ESPAÑA 2016: PAISAJE DESPUÉS DE “CUATRO BATALLAS”

“Fuertes vientos, fuerte lluvia. Es el momento propicio para llevar a cabo un ataque nocturno” (Bansenshukai. El espíritu de los ninja, Kairós, Barcelona, 2013)

No creo que haya otro país en la Unión Europea, así como pienso que tampoco en el mundo, donde cada trimestre de un mismo año haya una convocatoria electoral distinta. En España, si. Siempre esa “marca” sella la diferencia. En 2015, ya está confirmado, tendremos cuatro procesos electorales a cuál de ellos más importante. En todos se dirimen cosas muy relevantes, unas confesables y otras menos. Todas las instituciones representativas del país, salvo los Parlamentos vasco y gallego (de momento) estarán sumidos en procesos electorales. Parálisis gubernamental.

Dos estaban programados, las elecciones municipales/autonómicas y las legislativas, siempre que estas no se adelanten. Dos son “imprevistos” donde se juegan intereses tácticos espurios a la vieja usanza de la partidocracia más clásica. La táctica es un elemento clave en la batalla, como bien apuntara el primer poema ninja citado más arriba. Aunque algunos lo olviden.

Lo que suceda a partir de todos esos procesos nadie lo sabe. Si deberíamos saber otras cosas, que son muy obvias. 2015 será un año más perdido aún que el maldito 2011, del que nadie por cierto quiere acordarse. La memoria en Política se aproxima a la del pez (aunque ahora dicen que no es de segundos y que se aproxima a los doce días; tanto da). Ya no se hace nada ni se hará nada. Ni una sola reforma (si es que ha habido alguna de verdad) asomará en el horizonte. Las instituciones, jugando al escondite, seguirán su proceso de descomposición paulatina e irreversible. No es tiempo de apuntalar nada. La casa está en orden, al menos hay que aparentarlo.

Miento, algunas cosas sí que se harán: los políticos vestidos de “reyes magos” se dedicarán (ya lo están haciendo), unos y otros, a dar satisfacciones puntuales (oxígeno o un poco de aire) a unos maltratados ciudadanos, a los pobres funcionarios y a cualquiera que se cruce en su camino. Todo a cien. Mejor dicho “todo a un euro”, mientras dure. Año de rebajas.

Nadie tomará decisiones impopulares ni críticas. No es un año para sufrir, sino para aparentar que vivimos en el cuerno de la abundancia. El reino de la positividad se impone: 2015, happy year. Se acabó la crisis, al menos eso nos cuentan. El coraje se deja en casa y la prudencia también. La integridad hace mucho que se perdió por no se sabe dónde. La justicia dormita. Las virtudes cardinales se manosean u olvidan. Así iremos trampeando el curso de este magnífico 2015, en el que hay crecimiento económico, bajan los impuestos y también baja (¿?) el desempleo. Hasta el petróleo se desploma. El paraíso terrenal a punto de ser tocado. De la depresión a la euforia. Lástima que vengan los griegos a sembrar incertidumbre.

Cuatro batallas electorales son demasiadas, son testimonio de una absoluta irresponsabilidad colectiva. En Andalucía y Cataluña los ciudadanos votarán tres veces a lo largo del año. En ese contexto quien piense que algo se moverá es un iluso. El poder se atrinchera y saca la billetera. La oposición se crece en un carnaval de sueños inalcanzables.

El resultado político de este paisaje se puede intuir. Unos partidos tradicionales que, con mayor o menor impacto, se hunden sin asomo de duda (salvo el PNV que mantiene la centralidad y razonables expectativas electorales). Unos partidos emergentes, producto alguno de los medios y de una “política escenificada” (Von Beyme), que son los nuevos mensajeros de promesas y de esperanza (ya lo dijo Spinoza, “la esperanza es una alegría inconstante”, se aproxima más a la tristeza, pues es la antesala de la frustración). La consecuencia: una fragmentación que hará muy difícil, cuando no imposible, la gobernabilidad en muchas instituciones. Como somos tan dados al pacto y al consenso (“cinturas de hormigón”) no habrá ningún problema. En fin, mejor no seguir por este camino. Es lo que hay.

Pero a las secuelas políticas le precederán los fríos datos económicos y las turbias expectativas que se atisban en el horizonte. No hace falta ser adivino para saber que el déficit público se disparará. Tampoco para prever un incremento de la deuda pública, que comienza a ser insoportable. Más dotes hay que tener para predecir una próxima recesión a finales de 2015 o principios de 2016, como ha escrito Juan Ignacio Crespo, solvente y serio analista financiero que no suele equivocarse en sus pronósticos.

Pero tampoco es necesario ser un genio de la prospectiva para darse cuenta que 2016 será el año del jarro de agua fría, tras el calentón electoral de 2015. La parálisis de nuestro sector público no se podrá mantener mucho tiempo más. La política “hibernada” solo sirve para distraer a periodistas de nómina (los menos), tertulianos, “analistas” y políticos mediáticos, así como a esa ciudadanía que se engloba en una “democracia de espectadores” (Byung Chul-Han). Pero no para resolver ningún problema de los mil y tantos que tenemos pendientes, más bien para acumularlos. ¡Qué bien conjuga la política (con minúsculas) el verbo procrastinar!

Y los “nuevos” o “viejos” políticos que sucedan a los anteriores o continúen su senda, tendrán que ponerse manos a la obra. Todas las palabras bonitas y los regalos entregados por doquier tocarán a su fin. Se impondrá la cordura o, tal vez, no. En este último caso lo pasaremos mal, también en el anterior. Es lo que tiene jugar a la irresponsabilidad y ser tan magnánimos con lo que se carece. ¿Quién pagará el banquete?, como se preguntaba Friedman. Alguien lo tendrá que hacer, según recuerdan los autores del magnífico ensayo (ya olvidado también) titulado “Nada es gratis”. Siempre queda el sueño o la esperanza de que Europa cambie y se ablande su duro corazón. Así las cosas, más vale no recordar una vez más lo que dijo en torno a la esperanza ese pulidor de lentes holandés y extraordinario filósofo que respondía al nombre de Spinoza.

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