“Cuando unos presidentes y primeros ministros que quieren ampliar su poder debilitan la democracia, queda una apertura para la resistencia y la restauración, al menos durante algún tiempo. Está en manos de todo aquel que valore la democracia -y que tema a la autocracia- el llenar ese espacio con valentía y creatividad” (Susan C. Stokes, p. 277)
Presentación: líderes que erosionan sus propias democracias
En este tiempo electoral probablemente no haya una lectura más apropiada, al menos para el ciudadano crítico, que este libro de Susan C. Stokes. Bien es cierto que se publicó inicialmente en 2025 y ha sido editado en España en 2026, por lo que cabe presumir se cerró en 2024. Y ello se advierte en que no incorpora apenas referencia alguna al letal segundo mandato de Trump y a otros aprendices de brujo de esos mensajes polarizadores que pululan por el mundo político, también en algunas democracias europeas e incluso en este país.
El libro ha sido traducido en su título principal como Los regresores, una noción que es un tanto difusa y tal vez que no evoca muy bien la idea que quiere reflejar. Mejor es el subtítulo, que refleja muy bien su contenido: Líderes que erosionan sus propias democracias. En verdad, late ahí una suerte de retorno al pasado, lo que es cierto a veces y no tanto en otras. Sin embargo, el contenido del libro es apasionante, no tanto por los ejemplos que pone, que también, sino por el grado de conceptualización que ofrece ante un problema nuclear de los sistemas políticos democrático-liberales de este convulso siglo, que se hallan actualmente en un proceso de regresión, ya sea este empujado por los etnonacionalistas (la antigua extrema derecha reconvertida a nuevos postulados que redefinen el tradicional conservadurismo) o por los populistas de izquierdas (que abrazan como los anteriores medidas de regresión y no de progreso real, erosionando también como los anteriores las instituciones democráticas del país.
Encuadre del problema
Lo centra muy bien la autora: “En los últimos años, hemos sido testigos de un creciente número de presidentes y primeros ministros decididos a ampliar sus poderes y a sabotear sus instituciones políticas”. O, también, a capturarlas o desactivarlas, que al fin y a la postre es lo mismo. La nota común que tienen esos regresores es que, sean de derechas o de izquierdas, “han adoptado (todos ellos) una postura hostil hacia las normas, los agentes democráticos y las instituciones”. Pero no solo eso, sino que han fomentado de forma exacerbada la polarización, volviendo al viejo postulado schmittiano de amigo/enemigo. Han logrado, además, que la población también se polarice y llegue a ver “al partido opuesto como una amenaza existencial”. Ellos o nosotros, es la terrible disyuntiva “política”, que no es tal. El desprecio persistente de las instituciones democráticas trae esos lodos.
Tales actitudes han multiplicado los fenómenos de erosión democrática, que quiebra la normalidad democrática y puede terminar degradando las instituciones y la propia democracia hasta el punto de transformarla con el paso del tiempo en una autocracia o, en el mejor de los casos, una democracia iliberal, que no deja de ser contradictoria en sus propios términos. La erosión democrática, como señala la autora, se focaliza en un deterioro de la rendición de cuentas horizontal mediante la anulación o captura de las instituciones de control del poder, cuya misión principal era fiscalizar el poder gubernamental y se transforma en un remedo formal autocomplaciente con el líder regresor y sus políticas populistas y de concentración del poder, perdiendo su esencia. Y también con un vaciado o persecución de la rendición de cuentas vertical, esto es, a través del ataque sistemático (más o menos evidente) de los medios críticos y de las organizaciones de la sociedad civil que no comulgan con las ruedas de molino gubernamentales. El resultado de todo ello solo pretende ser uno: “un proceso mediante el cual se amplían extensamente los poderes del Ejecutivo” (y del líder del Gobierno). Otro resultado es que “una estructura mediática cada vez más segmentada por partidos”, contribuye decididamente a la polarización.
La receta de ese liderazgo polarizador es muy obvia: 1) el líder se considera imprescindible para el país; 2) fomenta hasta el delirio “el odio a la oposición”, como principal mensaje; 3) evita ser procesado y que los suyos lo sean; y 4) muestra (velada o descaradamente) un gusto por el autoritarismo. De todas esas líneas una de las más frecuentadas es “la demonización de los adversarios”. Nunca falla en el manual del regresor. Pero también están sus hábitos, manifestados expresa u ocultamente, de desprecio al poder judicial (si actúa como contrapoder) o a la burocracia más elevada de la Administración, a quienes ataca como expresión del “Estado profundo” (en nuestro caso con el espantajo de “franquista”) o de “burocracia de oro”.
La larga historia democrática de un país no le protege frente a esa erosión, aunque evite probablemente las soluciones dictatoriales, mas no tales recetas. No así es el caso de democracias endebles o no consolidadas, cuyos riesgos de quiebra son más evidentes. La polarización política, en mayor o menor medida, afecta a todos los sistemas democráticos, sean estos consolidados o no. Y el auge de las redes sociales tienen mucho que ver en todo ello.
Derecha etnonacionalista y populismo de izquierdas
En sendos capítulos se analizan estas expresiones de liderazgos regresores. La autora huye, y creo con acierto, de denominar a ese fenómeno de regresión “conservadora” como extrema derecha o ultraderecha. Es una realidad, y lo analiza muy bien desde el punto de vista económico y social, propia de nuestra era (desde finales de los años del siglo XX a nuestros días). Menos incisivo es su análisis del fenómeno identitario cultural desde todas las vertientes (no solo nacional). Esa realidad política que califica como etnonacionalismo tiene, a su juicio, tres dimensiones: a) La posición sobre el gasto social y las prestaciones sociales (que no las rehúye incluso fomenta, pero solo para los nacionales); b) La tensión entre apertura económica o protección de la economía nacional (véase sus posiciones en el ámbito de la UE: claramente proteccionistas); y c) El realce de la identidad nacional, que se manifiesta en un perímetro estricto de quienes deben ser nacionales del Estado y un evidente rechazo a las migraciones irregulares. Cuando se producen situaciones de crisis económica, y recorte de prestaciones, la población nacional, según la autora, puede tener tendencias marcadas a comprar ese argumentario. El problema estriba en que ese populismo etnocentrista, sobre todo en el ámbito del gasto social y de las prestaciones se acerca más al de la izquierda populista que al del ideario conservador-liberal (otra cosa es que este quede manchado por aquel cuando se produce el “abrazo del oso”; es decir, un gobierno de coalición entre ambas expresiones ideológicas, cuya armonía en estos y otros puntos, como por ejemplo el proteccionismo, no está nada clara).
El hecho evidente es que ese etnocentrismo ha terminado entrando también con fuerza inusitada en el caladero de la izquierda, a través del voto obrero. La autora describe el peso del electorado blanco y obrero en la candidatura de Trump: 62 %, en 2016; 59 %, en 2020; y 65 %, en 2024. Eso da una medida de la entrada del discurso social antimigración (al margen de su marcada retórica populista) en determinado ámbito de electores. Podía también haber cogido muchos ejemplos europeos, pero no lo hace.
El análisis del liderazgo populista de izquierda lo centra igualmente en determinados países latinoamericanos, y algún otro. Tampoco trabaja el ámbito europeo. La movilización de este electorado, más homogéneo que el anterior, se da -siguiendo a Dani Rodrik- en torno principalmente a dos palancas: la salarial y la identitaria. Hay más, pero tampoco focaliza su atención en ellas.
¡Ay de la polarización política y su lenguaje basura!
Su tesis, sin embargo, es diáfana y obvia: “La polarización política alienta la regresión democrática”. Mas cabe preguntarse qué es tal fenómeno. Y lo resuelve con claridad: el término polarización (por cierto, ya utilizado con relativa profusión por Clarín a finales del siglo XIX en su periodismo político, donde ya presagiaba males futuros en este país) representa la idea de “unos agentes políticos que van alejándose cada vez más unos de otros”. Y añade: “No sólo los partidos, también la ciudadanía puede polarizarse”. El ejemplo de la España política hoy es de manual. Los polarizadores se benefician, en principio, de tal estrategia; pero ahondar en esa vía puede ofrecer también algunas desventajas para ellos. En todos los líderes polarizadores hay un patrón común: describen sus instituciones como defectuosas, incluso atacan con prioridad a algunas de ellas, las que controlan con más dificultad. Para ellos, “la judicatura es corrupta, las administraciones electorales son parciales, la prensa se la tiene jurada al líder”. En estas tres patas convergen el populismo de izquierdas y el etnocentrismo, aunque con desigual medida según los casos: la crítica feroz a la justicia y a los medios no afines, presenta rasgos comunes en todos ellos. El ataque a la administración electoral es total cuando se pierden las elecciones.
Lo más paradójico de ese populismo polarizante reside en el uso de su lenguaje basura destinado al electorado: “A lo mejor no te gustan mis ataques a las instituciones, pero un Gobierno controlado por el otro (u otros) partido(s) sería catastrófico”. Según ese punto de vista, es necesario “que se me permita derribar nuestras instituciones y reconstruirlas del modo que me otorguen mayor control”. O menor fiscalización: la antesala de la autocracia. De ahí no cabe extrañar que “un rasgo claro del lenguaje basura es destacar los defectos de las instituciones que el líder quiere sabotear”. Los cimientos de la democracia-liberal en este caso se remueven. Se trata, incluso, como se hizo en México, de promover reformas constitucionales de órganos de control (poder judicial) para formatearlos a su medida.
Pero hay un dato común que la autora reitera y se ve con frecuencia (también aquí y ahora en España): “Cuando los líderes desean polarizar a sus electorados, hablan de lo terribles que son los partidos de la oposición”. Otra vez, el odio como mensaje. A las instituciones no afines (poder judicial, por ejemplo), les pasa lo mismo. Según Susan Stokes, “el lenguaje basura mancha la imagen de esas instituciones entre el núcleo de los simpatizantes del regresor”. Y los convierte en más cínicos, así como ajenos al checks and balances propio de las democracias.
“Los regresores son especialmente propensos a la deshonestidad: durante las campañas y en los primeros momentos de sus mandatos, disimulan sus intenciones sigilosamente”. Pues en última instancia lo que buscan es romper las leyes y sus controles. En lenguaje basura se convierte aquí en lenguaje manipulador. A veces se hipertrofian los hechos o se quiebran. Mas aun en estos casos el elector “cuando la fuente de información disparatada es un líder con el que sienten un vínculo emocional, al que tal vez incluso adoren, es más probable que crean esa información por más disparatada que sea”. Los sesgos de confirmación, el sesgo de selección o, más concretamente, el sesgo partidista, hacen profunda mella en un electorado que se mueve más por emociones que por razones.
Final: Estrategias para detener (y revertir) la erosión democrática.
No es una opción fácil precisamente revertir esa erosión democrática, y de ello da testimonio la autora. Aun así, lo intenta. Lo cierto es que ese electorado tan poroso a la polarización “está cediendo cada vez más libertades (rendición de cuentas) y control del poder ejecutivo, a cambio de mantener al otro grupo, al que odia, fuera del poder”. Lo hemos visto, lo vemos y veremos en esta España tribal (Antonio Jiménez-Blanco). En cualquier caso, “el llamamiento a una reparación democrática no puede limitarse a ser un llamamiento para restaurar lo que había antes”. Si es que algo había, que no es el caso de España, donde las instituciones siempre han estado asediadas por prácticas clientelares. Aquellas buenas intenciones tropiezan, sin embargo, con la cruda realidad: “La polarización y el lenguaje basura contra las instituciones refuerzan en las urnas a los regresores”. Y lo más grave no es eso: “La polarización y el cinismo se vuelven endémicos y persisten más allá de la salida del líder regresor”. Se ha bastardeado tanto el debate público y las instituciones democráticas, que restaurarlas es tarea ímproba. Una sociedad rota es testimonio de un país sin futuro. Y esa polarización se vehicula también desde el poder gubernamental por medio de lo que se conoce como juego sucio constitucional, en el que proliferan prácticas acordes formalmente con las reglas constitucionales, pero que “potencialmente las transforman” (algunos ejemplos hemos tenido por estos pagos). Junto a estas prácticas, en algunos países, imperan otras tampoco nada amables y sin duda radicales, que buscan “derrocar al ejecutivo regresor antes de que su mandato termine”. Frente a estos malos usos, la autora aboga por la moderación, como estrategia dirigida a detener la regresión democrático-constitucional, a través principalmente a detener todas esas prácticas populistas y regresivas. Entre ellas pone como mal ejemplo los tribunales sesgados hacia una u otra política, “cuya legitimación se deteriora rápidamente”. Y nos viene a la memoria el uso siempre partidista del Tribunal Constitucional español, agravado últimamente por un sesgo polarizador enfermizo en su funcionamiento, hasta el punto de quebrar por completo su legitimidad institucional.
Poco se ocupa la autora, como decíamos arriba, de la deriva reciente de esos liderazgos polarizadores. Pone tan solo el (mal) ejemplo de los comienzos del segundo mandato Trump, pero solo fija la atención en la composición de su gabinete, mucho más orientada a primar la lealtad (habla de “marionetas” del presidente) que la competencia. Es un fenómeno bastante generalizado en este tipo de liderazgos, pero con muchos matices. Mas en nada se ocupa de los terribles pasos de su segundo mandato en su ataque despiadado al poder judicial y al sistema de controles, a la Administración, inmigración, derechos civiles y un largo etcétera. Tampoco abundan los (malos) ejemplos recientes del tenso panorama político europeo.
La autora aboga, en fin, por “actores prodemocráticos valientes”, que ya sea desde el funcionariado, los tribunales o el propio partido del regresor (por no hablar de la sociedad civil o desde los medios independientes) actúen como freno eficaz frente a esos procesos de degradación institucional y democrática. Pero ese desafío, advierte, debe ser sostenido en el tiempo. Y debe fijarse metas: por ejemplo, una Administración competente (imparcial y profesional). Porque si no tales objetivos pueden quedarse en hueros deseos. La tendencia, por ejemplo, a que tales actores surjan desde las propias filas del partido del regresor es muy poco operativa en el marco europeo, pues como describió Archie Brown (El mito del líder fuerte, 2014) los líderes (y algunos ejemplos tenemos por estos pagos) que tienden a concentrar mucho poder en sus manos utilizan a los partidos como mero instrumento de su política personal y terminan apagando su rol como organizaciones de deliberación y debate político, pues solo buscan que el partido cierre permanentemente filas detrás de su líder.
Susan C. Stokes, en fin, preña su razonamiento de buenas intenciones: “Las fuerzas prodemocráticas deberían actuar para contrarrestar ambas tendencias: suavizar la polarización y restaurar la confianza en las instituciones democráticas”. Suena muy bien, pero -me temo- el proceso de polarización política ha llegado tan lejos que, pararlo así, se torna una tarea hercúlea. Se necesita mucha sociedad civil, partidos y líderes institucionalistas, e infinita pedagogía democrático-liberal (nunca fácil en un electorado entregado al sectarismo y al odio, alimentado por los líderes y partidos polarizadores que venden soluciones maniqueas), y que en determinados contextos y países no se la ve ni se la espera. Tiene razón, sin duda, cuando concluye: “Aparte de lanzar mensajes, obviamente, el mayor antídoto contra el cinismo democrático es lograr que la democracia funcione mejor”. Loable propósito. El gran problema es cómo hacerlo operativo. Y ahí nos jugamos mucho: las democracias liberales (la nuestra también, y por distintos lados, dada su fragilidad institucional) están asediadas y ofrecen signos de agotamiento. El populismo polarizador se ha impuesto por doquier. Y los controles al poder se han roto. Mal cuadro para restaurarlo. Aun así, hay que seguir intentándolo, porque lo que se vende como alternativa es muchísimo peor.
