“UN MUNDO QUE AGONIZA: ECOLOGÍA, VALORES Y REVOLUCIÓN TECNOLÓGICA”

(La vigencia de Miguel Delibes, 50 años después)

delibes

“Se aducirá que soy pesimista, que el cuadro que presento es excesivamente tétrico y desolador, y que incluso ofrece tonalidades apocalípticas poco gratas. Tal vez sea así; es decir, puede que las cosas no sean tan hoscas como yo las pinto, pero yo no digo que las cosas sean así, sino que, desgraciadamente, las veo de esa manera”

(Miguel DelibesUn mundo que agoniza, Editorial Páramo, 2021, p. 89)

Fue, tal vez, la casualidad. En una de mis esporádicas visitas a la librería Antígona de Zaragoza, siempre un excelente caladero para pescar un buen ensayo, cayó en mis manos la reedición esta vez por la editorial Páramo de esta pequeña joya literario-ensayista: el discurso de ingreso a la Real Academia del enorme literato que fue Miguel Delibes. Se trata de un librito sencillamente delicioso, con un magnífico prólogo de Fermín Herrero. Escrito hace ya casi cincuenta años, cuando el desastre ecológico solo se barruntaba muy de lejos y la revolución tecnológica 4.0 apenas asomaba al balcón. Sin embargo, es de una vigencia espectacular, lo que dice mucho de la intuición atenta del autor a movimientos de medio/largo plazo que estaban incubándose en su entorno. No era amigo Delibes del ensayo, pero su profesión periodística, junto con su excelencia como novelista, le daban razones más que suficientes para afrontar con garantías de éxito una visión -como él reconoce- pesimista de lo que era una mala combinación ya entonces entre Naturaleza, Humanidad, Tecnología y Progreso. Desde aquel momento, el problema no ha hecho más que crecer. Sin soluciones efectivas. No iba errado, ni mucho menos.

Se dio además la circunstancia de que por mi parte había terminado de cerrar un artículo que versaba sobre la Agenda 2030 y los gobiernos locales para una obra colectiva, lo que me abrió aún más los ojos sobre la trascendencia del discurso de Delibes, así como de su enorme actualidad. No en vano el prologuista invita a que este libro sea de lectura obligatoria para los alumnos de las enseñanzas medias, tanto en clase de literatura como en biología o en ética. Compartiendo la propuesta, no termino de ver que, por desgracia, esta educación edulcorada que ahora se está imponiendo vaya a prestar demasiada atención a los libros (siquiera sea tan breves como este). Una pena, pues aprenderían mucho. Y podrían comprender mejor el mundo en el que deberán sobrevivir, más que vivir. Que no les resultará fácil.

El discurso arranca con lo que el autor llama “Mi credo”: esto es, cómo armonizar Naturaleza, Técnica y Humanidad. Tarea ímproba. Ya entonces, siguiendo los postulados del (casi) olvidado Club de Roma, aboga por el “crecimiento cero”, por la necesidad de establecer unas bases de concordia entre esos tres pilares descritos, ya que “de no hacerlo así, consumaremos el suicidio colectivo en un plazo realmente breve”. Lo expresa en términos más claros: “Nuestro barco se hunde”. Así, “el hombre (…) persigue un beneficio personal, ilimitado e inmediato y se desentiende del futuro”.

De ahí plantea el autor las dudas sobre el progreso que, haciendo uso de un término cinegético (lean sus reflexiones, en ese mismo libro, sobre la desaparición de la perdiz roja), dice que puede terminar produciendo el efecto rebote de lo “que llamaríamos el culatazo”. Tampoco se olvida de plantear un tema hoy en el frontispicio del debate sobre la (entonces lejanísima y hoy tan cercana) Inteligencia Artificial: “La tecnocracia (léase la tecnología) no casa con eso de los principios éticos, los bienes de la cultura humanista y la vida de los sentimientos”. Los valores éticos tienen en el discurso de Delibes un papel protagonista y transversal para mostrar la decadencia de ese mundo que se apaga. Pero también nos advierte de que ese progreso mal entendido y peor ejercitado (perturbador o cegador de los valores) puede ser un activo promotor de la corrupción: “Ante la oportunidad de multiplicar el dinero, los valores que aún algunos seres respetamos son sacrificados sin vacilación (…) Encarados a esta realidad, nada puede sorprendernos que la corrupción se enseñoree en las sociedades modernas. El viejo y deplorable aforismo de que cada hombre tiene su precio alcanza así un sentido literal, y de plena vigencia”. No digamos nada en la sociedad de nuestros días. 

No se detiene en este punto, pues Delibes afronta con otras palabras la obsolescencia programada de un consumo desaforado de objetos perecederos, sin advertir la llegada aún del mundo de las no cosas (como rotula Byung Chul-Han uno de sus últimos libros), propio de la era de la virtualidad, aunque el smartphone siga implacablemente la lógica descrita por quien fuera ilustre académico de la lengua española.

Tampoco puede ignorar Delibes el creciente deseo de sobresalir (hoy en día casi enfermizo en lo que a narcisismo respecta) y la ambición de poder que tienen los humanos, que puede derivar patológicamente -como lo estamos viendo estos días en Ucrania- en que “la cuestión de la supremacía no se establece ya en términos de prevalencia sino de aniquilamiento”. El autor escribió ese discurso en plena era de “paz fría”, que sucedió a la “guerra fría”; pero hoy resuenan con innegable actualidad sus advertencias al poder destructor de las bombas atómicas o al terrible uso de las armas químicas y biológicas, “cuyo almacenaje no ocupa lugar y su producción es infinitamente más barata que aquella(s)”. El poder destructivo de estas últimas es conocido. Además escribió tal discurso poco después de aprobarse la Convención de prohibición de armas biológicas, en 1972. Luego vendrían la prohibición de las químicas en 1996. Todavía se cierne en 2022 su uso, en este continente fustigado que es Europa.

Acierta Miguel Delibes cuando intuye las cada vez mayores afectaciones a la intimidad que ese mundo tecnológico comenzaba a advertir. Y se hace eco asimismo de “la miniaturización de los ingenios” (preludio no muy lejano de la nanotecnología).     

Pero es, sin duda, en los últimos capítulos de esta breve obra donde el autor retoma su concepción ecológica avant la lettre. En este punto sus palabras no pueden ser más precisas: “El hombre de hoy usa y abusa de la Naturaleza como si hubiera de ser el último inquilino de este desgraciado planeta, como si detrás de él no se anunciara un futuro”. Así, como también señala, se convierte a la Naturaleza en un chivo expiatorio del progreso, pésimamente entendido. Las advertencias y las premoniciones de Delibes se suceden, y cobran una trágica actualidad: “Toda idea basada en el crecimiento ilimitado conduce, pues, al desastre”. No otra cosa decía el pasado verano Philippe Blom, en un recomendable e artículo de Opinión en El PaísO esta otra: “A mi juicio, no importa tanto la inminencia del drama como la certidumbre, que casi nadie cuestiona, de que caminamos hacia él”. Palabras proféticas en esta era ya dominada por el cambio climático y sus letales efectos. Y fueron escritas hace medio siglo.

Su idea de progreso está muy encadenada lógicamente a su visión conservacionista de la Naturaleza: “Todo cuanto sea conservar el medio es progresar; todo lo que signifique alterarlo esencialmente, es retroceder”. La visión ecológica de una política transversal que no conoce ideologías en lo que al respeto al Planeta respecta, tuvo luego una expresión más actualizada en la obra de Bruno Latour (Dónde aterrizar, 2017). Volveré sobre esta idea.

Su objeción a la incapacidad del hombre a afrontar razonablemente los enormes desafíos que ya entonces intuía, conducen a que asistamos “frecuentemente, a auténticos disparates ecológicos”. La rapacidad humana saquea sin piedad la Naturaleza. La vegetación arbórea ya entonces era un estorbo, y la masa forestal sigue decreciendo. El mundo es cada vez más sucio, dado “que por un poco más de comodidad, hemos degradado el medio ambiente”. La contaminación es omnipresente, así lo denuncia. Y todo ello “provoca serios trastornos en la salud humana”. La Tierra y el mar, esa armónica y poética combinación, se mueren. Ataca los plaguicidas, con efectos devastadores sobre el campo, que se pretenden amortiguar con ese siempre complejo equilibrio entre alta protección de la salud y salvaguarda del mercado interior, mediante una regulación cada vez más incisiva de la Unión Europea (lejos estaba España aún de ingresar en la CEE); y constata “la posible muerte del mar”, que añade no ser muy remota. Denuncia que todo ese perturbado entorno es causa, asimismo, «de afectaciones psíquicas y enfermedades degenerativas”. Y cita a Erich Fromm: “Para producir una economía sana hemos producido millones de hombres enfermos”. El dilema era claro, y en buena medida lo sigue siendo: ”Nuestro planeta se salvará entero o se hundirá entero”. Corre riesgos serios, tal como advierte, de morir por apoplejía.

En fin, esa visión de un mundo que agoniza no ha hecho sino confirmarse. Es verdad que se ha reaccionado, pero todavía sin la consistencia que la delicada situación exige: la persistente búsqueda del desarrollo sostenible (concepto que de tanto uso y abuso puede quedarse pronto vacío) e incluso del decrecimiento, son recetas que circulan en el ámbito político, económico y científico, también filosófico; pero, a pesar del Pacto Verde Europeo, de la transición ecológica, de la Agenda 2030 y sus 17 ODS, algo seguimos haciendo muy mal. Y lo que era un enorme problema que Miguel Delibes ya intuía inteligentemente, no ha hecho sino agrandarse, agravado por un individualismo extremo, por una sociedad “de confort”, por la globalización y la carrera inevitable a mejorar los estándares de vida de la humanidad bajo los parámetros de nuestra envejecida y anémica sociedad de consumo occidental.

Las soluciones que proporciona el autor tienen una carga utópica, pero probablemente sean las únicas; pues pone en valor la necesidad de un hombre nuevo que afronte un programa restaurador. El problema son siempre los complejos equilibrios entre “progreso” y “naturaleza”; en este dilema siempre pierde esta última. El autor, como es harto conocido, fue un excelente conocedor del medio rural que tanto protagonismo ficticio ha adquirido estos años ante un abandono que ya viene de entonces y nadie remedió en estos cincuenta años transcurridos de declive aparentemente inapreciable. Así, Delibes se pregunta qué sentido tiene un paisaje vacío, y sentencia en términos muy precisos: “Hemos matado la cultura campesina pero no la hemos sustituido por nada, al menos, por nada noble”. Reconoce, en cualquier caso, que “el éxodo rural es un fenómeno universal e irremediable”, pues ya nadie quiere parar en los pueblos, pues son símbolos de la estrechez, el abandono y la miseria”; sin embargo, el pretendido paraíso urbano no es tal, y al final hemos hecho “tan inviable la aldea como la megápolis”. El verdadero progreso ante la Naturaleza –como expuso Aquilino Duque- es el conservadurismo”. Ha costado mucho tiempo entender esta idea tan básica, si es que se ha llegado a comprender su alcance. Sobre lo cual tengo serias dudas. En fin, a pesar de ser un discurso escrito hace casi cincuenta años (los hará a primeros de 2023), su lectura resitúa la sagaz e inteligente mirada de Delibes en los enormes problemas que tiene el planeta en esta extraña y accidentada tercera década del siglo XXI. No se lo pierdan, quienes aún no lo hayan leído. Merece.

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