DE TRANSICIONES (JUSTAS) Y PROCESOS DE TRANSFORMACIÓN

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“Lo que pido a todos los reformadores es que no solo nos proporcionen sus teorías y su sabiduría, pues estas no constituyen prueba alguna, sino que además las acompañen con una pequeña muestra de sus obras; que jamás nos recomienden algo de lo que ni siquiera muestran un poco” (H. D. Thoreau, El manantial. Escritos reformistas, Página Indómita, 2016, p. 30)

Debe ser que con la edad el escepticismo se acrecienta; pero observo, entre atónito e indignado, como lo superficial gana terreno hasta en ámbitos que siempre habían estado protegidos frente a su descaro e indolencia. No cabe duda que el absorbente mundo de las redes sociales y sus cámaras eco tiene mucho que ver en esta brutal involución.  

Por razones que no vienen al caso, he tenido que reflexionar últimamente sobre las transiciones y los procesos de reforma, ahora llamadas transformaciones, adornadas (o emparedadas) en sus últimas versiones de los adjetivos de resiliencia o el más prosaico de recuperación. Y lo que nadie nos quiere contar es lo que resulta obvio (lo estamos viendo con toda crudeza con la enloquecida subida de la electricidad y de los combustibles fósiles; pero lo podríamos llevar a muchos otros terrenos): las transiciones comportan necesariamente, y sobre todo en un primer momento, ganadores y perdedores. Los desacoplamientos son una constante en estos procesos, y tardan mucho en corregirse, si es que lo hacen.

Tras pintarnos un cuadro de futuro de color de rosa (“saldremos más fuertes”; “no vamos a dejar a nadie atrás”; “a este país no lo va a conocer ni la madre que le parió”, etc.), la cruda realidad se está encargando día a día de echarnos constantes jarros de agua fría sobre nuestros propios rostros. Y los que vendrán. El optimismo político reinante en los discursos oficiales o el catastrofismo imperante en la gritona oposición, nada arreglan; solo enturbian y generan aún más desconcierto. De tanto hablar de memeces o pleonasmos como la cogobernanza, a la política se le ha olvidado su función principal que es llegar a acuerdos transversales cuando las cosas pintan mal, con la finalidad de reflotar un país moribundo. Pero la agenda inmediata, el manido cortoplacismo, la carencia de cualquier estrategia que no sea intentar permanecer en el poder (por tanto, con olvido absoluto de las duras, si bien imprescindibles, decisiones que se han de tomar, para que las nuevas generaciones no se encuentren un país endeudado hasta lo indecible, una sociedad hecha astillas y un entorno inhabitable), tiene absorbido el pobre discurso de una política que, salvo excepciones puntuales, desde hace ya demasiado tiempo no piensa más que en sí misma y en cómo seguir manteniendo su zona de confort.

Viene esto a cuento porque nadie nos ha explicado realmente que las transformaciones, habitualmente empujadas desde fuera (Unión Europea), dado que España (casi) siempre ha sido renuente a cambios graduales que alteren ordenadamente el statu quo (siempre hemos preferido no tocar nada o volverlo todo patas arriba), deben venir acompañadas de transiciones generalmente largas y, en algunos momentos, duras o muy duras. Hace ya demasiado tiempo que la política gubernamental abandonó la pedagogía, y la sustituyó por esa comunicación superficial a la que antes me refería, que todo lo pinta magnífico, aunque la realidad sea muy otra. La política opositora, en nuestro caso, se inclina por el apocalipsis y la llegada del salvador (ellos mismos), que presuntamente arreglará todo el desaguisado hecho por los anteriores dueños del poder. Mienten unos y mienten los otros. Y el vapuleado ciudadano, salvo contados casos, termina haciéndose apóstol de una u otra causa. Cada uno en su propia trinchera. Un país que pretenda transitar ordenadamente en un campo abonado en la trágica dicotomía de Carl Schmitt entre amigos/enemigos, está condenado al fracaso más absoluto.   

Las transiciones son períodos históricos de enorme complejidad, cualquiera que sea su objeto. Depende cómo se hagan, con tino o desmesura, sus resultados serán muy distintos y sus consecuencias también. Da igual que hablemos de transición política, verde, digital, industrial o de otro tipo. Lo más difícil en un proceso de transformación o reforma es precisamente articular un sistema coherente y ordenado de transición, que permita preparar y, en su caso, proteger a las personas, entidades o empresas u otra clase de organizaciones, que inevitablemente tendrán dificultades de adaptación, en particular cuando los procesos de transformación son muy disruptivos. No cabe duda que la clave está en encontrar un punto de equilibrio en eso que se ha denominado como transición justa, cuyo objetivo es muy loable por mucho que en la inmensa mayoría de los casos será muy difícil de alcanzar, como la larguísima experiencia histórica lo atestigua. En efecto, no es fácil, sino precisamente todo lo contrario, articular unas políticas y las medidas necesarias para impedir que nadie se quede atrás.

Todo suena muy bien, pero cuando se aterriza el problema nos damos de bruces con la cabeza en la pared o con el cuerpo en el suelo. Un proceso de transformación que apenas presta atención a la transición, es una vía fallida; cuyos resultados serán pésimos. Echo en falta en todas esas transformaciones, modernizaciones, reformas, o llámesele como se quiera, un articulado y ordenado proceso de transición. No lo veo por ningún lado. Leo el BOE (ayudas a la digitalización de las entidades locales) y veo trampas por doquier; olvidos tremendos (retórica de «brecha digital» sin que esta realmente se aborde), y -como me dijo sagazmente un interventor- un nuevo denostado “plan E”, travestido de tecnología “barata” (porque paga la UE). Trampas en el solitario. Solo veo medidas deslavazadas y demasiada atención en el principio (palancas) y en el final (objetivos), aunque ahora también se hable de hitos; pero no de efectos colaterales. Y hay muchos, demasiados. En verdad, en una transición es muy importante su arranque, pero también lo es el discurrir de sus puntos intermedios. Allí está la clave de llegar mejor al objetivo final. Nos hartamos de declarar que todo será distinto y, en verdad, muy pocas cosas cambian. Y algunas que lo hacen, paradójicamente, van en la dirección contraria o empeoran la situación presente, cuando no hipotecan el futuro. Se quiere contentar a todo el mundo y eso es materialmente imposible.

Las transiciones son duras, requieren tiempos y ajustes, que las piezas se reordenen, hasta que el final (el ansiado paraíso) se toque con los dedos. Para ello ha de pasar mucho tiempo, y surgen tensiones inevitables y movimientos sociales sísmicos, pues habrá muchas personas y organizaciones echadas al margen o abandonadas en el arcén de la autopista transformadora, así como emergerán (¿más aún?)  quienes serán los dueños de ese futuro y se constatará el abandono (más o menos protegido, según los casos) de la legión de damnificados por el proceso de transformación, que en buena medida ya lo serán (casi) para siempre.

Todo ello es muy importante en los procesos de transición ecológica (piénsese, en la renovación energética y sus múltiples efectos sobre los combustibles fósiles, el empleo y la transición hacia las energías renovables), pero más aún lo será en la transición para intentar revertir el drama de la emergencia climática (desertización, pobreza, migraciones masivas hacia un mundo habitable, catástrofes naturales anunciadas), y también se manifestará de forma más silente (pero igualmente dramática) en la transición digital (con las letales consecuencias de la brecha digital sobre aquellos colectivos más vulnerables, el brutal reajuste del mercado de trabajo, el cierre digital de una Administración Pública que ya no atiende físicamente a la ciudadanía en plena era del Gobierno Abierto; ¡qué paradoja!). Abundan los ensayos que nos muestran clarividentemente estos problemas, que, al parecer, ni buena parte de la política ni un buen número de la ciudadanía quieren ver.

Todas las transiciones, en la retórica europea que aquí compramos ante la sequedad de ideas propias, han de ser justas. Y eso está muy bien, tal como decía más arriba. Pero el diablo, como siempre, está en los detalles. Y cuando la política gubernamental u opositora se niegan una y otra vez a reconocer lo obvio (por cálculos electorales de una ruindad existencial pasmosa, que raya en lo inmoral), no queda otra solución que sobrevivir con lo que tengamos a mano. Manual de supervivencia. La superficialidad, unida al populismo más barato, nos harán siempre más pobres y menos libres. Nadie nos quiere contar la verdad de lo que ocurre, aunque ya la sepamos (también nos encanta el auto engaño y el famoso Carpe diem). Miento, sí lo hacen bastantes científicos y algunos ensayistas. Pero, en este mundo superficial, cada vez se lee menos y también menos se escucha. Todo lo más se oye mucho ruido y se ven a velocidad de vértigo imágenes aceleradas que, con la misma rapidez, pronto se olvidan (o eso parece). No es sólo culpa de la política, también el demos es el que es. Y con todo esto junto, no queda otra que esperar los próximos zarpazos de la siguiente transición o de la que está en marcha hacia una transformación que, al fin y a la postre, no nos engañemos no depende tanto de la política como del entorno exterior (cambio climático, revolución tecnológica), al que esa misma política ya desde hace mucho tiempo no sabe cómo enfrentarse.

La política gubernamental, sea la que fuere, ya solo pretende -como diría el maestro Ortega y Gasset- conllevar el problema, se siente desbordada e impotente y su única misión es ganar tiempo, para seguir así “gobernando el vacío”, como enunció en su último y recomendable libro Peter Mair. El problema es que a la vuelta de la esquina no está el vacío, sino un conjunto de enormes desafíos que nadie sabe cómo afrontar, y entre ellos probablemente el más importante sea la emergencia climática que miramos de reojo como cruzando los dedos para que no sea a nosotros a quienes nos afecte en toda su gravedad, aunque alcanzará con furor destructivo a nuestros hijos y nietos. Si nadie lo remedia, todo apunta que llegará la catástrofe; y entonces ya será tarde. Y no se engañen: como nos ha recordado Phillip Blom, no hay otro planeta para vivir, por muchas ensoñaciones que se hagan. ¿Se pueden hacer las cosas mejor? Sin duda, pero para ello hay que hacer otra política y ejercer de otro modo también nuestras responsabilidades ciudadanas. Ambas cosas no son, en estos momentos, fáciles precisamente de cambiar. Tampoco se percibe voluntad real (solo impostada) de hacerlo.  

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