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QUIETISMO CLIMÁTICO Y PALABRERÍA (IN)SOSTENIBLE

 

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“El cambio climático es un proceso lento que solo atrae atención mediática por acumulación cada vez mayor de catástrofes espectaculares como mareas vivas, huracanes, sequías o diluvios”  (Philipp Blom, Lo que está en juego, Anagrama, 2021).  

“En principio, la tecnología puede aliviar algunos de los impactos inevitables del cambio climático, pero es probable que los mayores retos a los que nos enfrentamos sean políticos y económicos, más que tecnológicos”  (Lawrence M. Krauss, El cambio climático. La ciencia ante el calentamiento global, Editorial de Pasado Presente, 2021).  

 

Cuando escucho la expresión “no dejar a nadie atrás”, me pongo alerta. Es una de tantas ideas-fuerza que, de tanto manosearse, ha perdido ya su inicial fuerza expresiva. Sin duda la tuvo, más cuando la Agenda 2030 se puso en marcha, hace ya seis años (septiembre de 2015). Desde entonces ha transcurrido casi la mitad de su recorrido (el ecuador de la Agenda será en los años 2022 y 2023), y poco o nada se ha hecho para aterrizar los Objetivos de Desarrollo Sostenible a la realidad cotidiana.

Es cierto que, en honor a la verdad, la pandemia ha aplazado la puesta en marcha de la Agenda 2030, ralentizando o agravando, incluso, su materialización efectiva. Pero que nadie piense ingenuamente que el “nuevo régimen climático” (Bruno Latour: Cómo aterrizar, 2018), la enorme degradación del medio ambiente, el crecimiento de las desigualdades, la migraciones o un largo etcétera, están en la puerta esperando a que las condiciones pandémicas remitan por completo. El proceso de emergencia climática y sus devastadores efectos sigue imparable.

Hay un cúmulo de evidencias de que algo muy grave está efectivamente pasando; sin embargo, abundan las actitudes de lo que también Bruno Latour calificó como quietismo climático. Muchas personas, con responsabilidades públicas o sin ellas, aún piensan   (dejando de lado a quienes niegan lo evidente) que, sin hacer nada, “todo acabará por solucionarse” (Blom). Dicho de otro modo, que esto del cambio climático, más tarde o más temprano, tendrá remedio, principalmente tecnológico; cuando lo que estamos librando es –como reconoció también este último autor- “una guerra contra el futuro”, en el que el tiempo se acaba y ya pocos parecen creer. Se vive el presente, como algo sagrado, lo que pase después no es cosa nuestra; aunque se disimule con una sensibilidad climática aparente. En verdad, tanto en las personas como en las instituciones, se impone mantener la zona de confort. Craso error. Hemos enterrado el futuro, pues no trae buenas noticias. El desgarro intergeneracional puede ser brutal y sin remedio. El tiempo nos lo irá diciendo. 

El problema real (aunque también) no es que esto lo piense el común de los mortales, lo que adquiere tintes de notable preocupación es -como decía- la instalación de ese quietismo climático en la propia esfera política, que se encuentra agarrotada en sus decisiones, ya que la actitud mejor en términos de rédito político electoral inmediato es distraer sus efectos, pues si se cuenta la verdad (que al final “todos seremos más pobres” y de que disponer de una sociedad más sostenible y sobre todo viable exige enormes privaciones y cambios conductuales profundos), nadie les votaría. Mejor, ni mentar la bicha.

Este pasado verano (15 de agosto), el diario El País publicó un sugerente artículo del citado historiador Philipp Blom, con el inquietante enunciado de “2021, ¿un verano sin esperanza?”. Allí se hacía eco del avance de informe del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, que se hará público en 2022. Las noticias no son buenas: la naturaleza está castigando a la sociedad, el cambio climático ya no afecta principalmente a los países pobres, sino que golpea con crueldad y tesón también al mundo desarrollado (las terribles inundaciones y los incendios “de sexta generación” ya no respetan a los países “ricos”). La conclusión del autor era muy obvia: “Nuestro modelo de vida no tiene futuro”.

Ese mismo autor publicó en 2017 en Alemania un impactante ensayo que ha sido traducido recientemente al castellano por la editorial Anagrama en 2021: Lo que está en juego. El libro ofrece un durísimo diagnóstico, pero también es una llamada desesperada a cambiar las cosas frente al inquietante futuro que nos espera y, sobre todo, a las actuales generaciones de jóvenes y a las venideras, a quienes estamos endosando irresponsablemente un mundo mucho menos habitable y una deuda fiscal estratosférica. Hoy por hoy, la política se está mostrando impotente –como expone este autor- para resolver tales problemas, aunque tiendan a disimularlo en esa verborrea comunicativa vacua de cámaras eco. El desarrollo sostenible está de moda, también en las empresas. Todo se llena con esa idea, cada vez más cosmética. Pero queda todo por hacer, y el tiempo pasa inexorablemente. 

Ross Douthat, en su obra La sociedad decadente (Ariel, 2021, p. 261), incide en esta cuestión: “El cambio climático y los desequilibrios poblacionales y las migraciones masivas son desafíos (…) que una civilización avanzada y no decadente debería poder lidiar y que debería poder atajar antes de que la lleven al borde del precipicio”. Dicho de otro modo, sin instituciones sólidas y efectivas (ODS 16), es impensable enfrentarse a tan importantes desafíos. Y no basta con adornar los discursos políticos con esa finalidad, que siempre se orilla, sino que hay que poner en práctica tales transformaciones institucionales y dejarnos de tanta palabrería barata, que todo lo inunda.  

Por su parte, la profesora Mariana Mazzucato (Misión Economía, Taurus, 2021, ha puesto de relieve la dificultad o el auténtico desafío que implica aterrizar la Agenda 2030 a nuestra realidad política, económica y social: “Los ODS de Naciones Unidas resumen 17 de nuestros mayores problemas, que no son solo tecnológicos, sino profundamente políticos, que requieren un cambio regulatorio y conductual. En este sentido –concluye, son aún más difíciles que un aterrizaje en la Luna”. Idea que también resalta el ensayista científico L. M. Krauss en el epílogo a su obra citada al principio. 

Me asombra ver cómo en las instancias gubernamentales y políticas se habla tanto (aunque sea a veces de forma impostada) de reformas y transiciones, como si ambos procesos fueran etapas sencillas de recorrer. En realidad, en un momento en que se mezclan de forma desordenada tres realidades superpuestas (desarrollo sostenible, recuperación y transformación), y que todas ellas se deberían triangular ordenadamente ante un mismo objetivo (salvar al planeta y dignificar la vida humana en tal entorno), conviene no dejarse llevar por discursos ingenuos que se edulcoran con palabrería hueca. Dicho de otro modo, alcanzar efectivamente (y no de forma retórica) el desarrollo sostenible, la ansiada recuperación económica y social, así como una transformación que garantice nuestra propia viabilidad como personas, sociedad o país, exige adoptar medidas valientes no siempre amables (algunas veces duras e “impopulares”), que tendrán costes de transacción elevadísimos, pues cualquier transformación, más aun las que tienen componentes disruptivos, es un fenómeno muy complejos que comporta, según colectivos, mejoras  evidentes, pero también serias pérdidas. Quien piense que las transformaciones ecológica y digital con sus respectivas transiciones será un camino de rosas, se equivoca por completo.

En estos momentos abundan los mensajes de que la recuperación y transformación en marcha harán de este país y de sus diferentes territorios un mundo nuevo. Y frente a estos eslóganes políticos, diseñados por la amplia nómina de asesores de comunicación adosados confortablemente a las estructuras gubernamentales y de los partidos (vendedores de sueños inalcanzables a precio de saldo “presupuestario” que todos pagamos), conviene recordar las sabias palabras del magnífico escritor que fuera Henry D. Thoreau: “No soporto que me digan que espere a los buenos resultados, pues anhelo igualmente los buenos comienzosNunca obtenemos resultados finales, y ya es demasiado tarde para comienzos perennes” (“La reforma y los reformadores, El manantial. Escritos reformadores, Página indómita, 2016, p. 30).

Con el desarrollo sostenible, la recuperación y la transformación (reformas) está pasando algo de eso: no terminamos nunca por salir de los comienzos perennes y tampoco acabamos apenas de alcanzar resultados tangibles que cambien profundamente la realidad que nos circunda, antes de que sea demasiado tarde. Lo ha escrito Blom con enorme claridad: “Nos encontramos en medio de una transformación vertiginosa; (y) ante trastornos de tal magnitud, una sociedad solo puede reaccionar constructivamente o limitarse a padecerlos”. Elijan el camino. 

14 comentarios

  1. Llevo tiempo reflexionando sobre las obligaciones relativas al sector institucional. Me he ocupado de la extensión del control permanente que comentas en el punto dos, en un artículo publicado en CUNAL, en el 191 del Monográfico dedicado a las Leyes 39 y 40. Hay varias cuestiones abiertas, como comentas, pero es muy importante partir de que el control es obligatorio y hay que establecerlo. Ante la inminente aprobación de un Reglamento que regule el desarrollo del control interno en las entidades locales, no se puede perder de vista esta obligación legal, que debería ajustarse a este marco. Aunque las normas de OOAA y EPES no son básicas, no podemos olvidar el actual mecanismo de reenvío de la LBRL, y para cerrar el sistema, si el control ha de ser homogéneo, y sobre todo si no queremos primar la constitucion de determinadas entidades por carencias en su control, todos los entes deberían estar sometidos a las mismas obligaciones. Una materia hasta ahora bastante olvidada esta del control, origen, como ha destacado nuestro TCtas de muchos abusos, que podrían evitarse, y de una inadecuada financiación de los servicios, que podríamos estar a tiempo de clarificar. Un saludo Rafael!

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  2. Absolutamente de acuerdo. Y todo el mundo sigue a pié juntillas, casi, ese criterio conjunto de la AEPD y CTBG, digo casi porque ese criterio tiene algunos memorables agujeros por donde se escurren algunos para evadir sus obligaciones.

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  3. Muy acertado. Los decisores siguen en babia. No son conscientes porque no leen ni escuchan. Y seguimos seleccionando, como hace 100 años, como si no hubiera ocurrido nada, dejando al margen las tecnologías de la información y otras competencias clave en el nuevo escenario. Seguimos captando a opositores, que invertirán muchos años a aprender dentro – ya pagados por un sueldo publico – lo que no incluían sus antiguos temarios, en vez de a profesionales – como si hace la Unión Europea -, y todos tan tranquilos.

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    1. Que bueno es leer estos artículos en los que se plantean los graves problemas que sufrimos los funcionarios públicos y sus consecuencias en los servicios públicos, y se explican los grandes cambios que se van a producir en las AAPP (si es que finalmente se hace) gracias a la tecnología inteligente.
      En cuanto al concepto de “trabajo abierto”, particularmente no creo que deba hacerse a determinadas funciones públicas, que deberán protegerse por su función institucional o social aunque cambiando su concepción, incorporando principios de flexibilidad, movilidad y evolución de la tecnología.
      La obsolescencia del conocimiento y la dificultad en los procesos de adaptación de los funcionarios mayores, entre los que me encuentro, son una realidad pero porque el propio sistema burocrático antiguo y desfasado lo promueve. Es imposible salir de esa dinámica, el sistema y la organización no te lo permite.
      Totalmente de acuerdo en la descripción de nuestra situación y en la escasa esperanza de que realmente se produzca algún cambio. El empuje de la tecnología llevará a las AAPP a adaptarla cuando ya no quede remedio pero mientras tanto la pérdida de conocimiento por las jubilaciones masivas va a ser muy negativo para la actual organización y en definitiva para los ciudadanos.
      Es absolutamente necesario un plan estratégico pero efectivo y útil, no de los que se hacen para cubrir el expediente y contarlo en los discursos, en las webs y en las intervenciones parlamentarias. Y en ese plan deben intervenir todas las partes interesadas y estar consensuado por los partidos políticos y los gobiernos de las Comunidades Autónomas.

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  4. Evidentemente que la balanza de las pérdidas es infinitamente mayor. La política de la tasa de reposición de efectivos únicamente ha llevado al aumento de la precariedad, pues esas plazas ya existían en la administración.
    Asímismo, el legislador siempre lo hace en términos de administración del estado, olvidando a la administración local, donde la problemática es bien distinta.
    En nuestro ayuntamiento, por ejemplo, esta tasa adicional solo ha supuesto poder incluir una plaza en la oferta.

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  5. Su análisis es impecable pero con todos mis respetos no lo comparto. La modificación del articulo 92.3 se produjo el 31 de diciembre de 2013, hace casi 6 años. Lo que tenemos la fea costumbre de leer los boletines oficiales y de manera especial el BOEs de diciembre y agosto, meses que son un coladero para cambiar leyes, no dimos cuenta y avisamos del cambio, de sus consecuencias y posibles problemas, pero nos trataron de chiflados.

    No debemos olvidar la tanta cacareada división de poderes y su función, en caso del judicial de controlador del ejecutivo y legislativo para que no machaquen a la sociedad. El judicial, en este caso, han actuado correctamente a cumplido su función, quien no lo ha actuado acorde al artículo 103.1 de la CE ha sido todas las administraciones locales que se han saltado a la tolera el artículo 92.3, y vuelvo a repetir, durante casi 6 años.

    Ahora nos da pena la Administración, la misma que a los ciudadanos contesta a sus recurso con la archiconocida frase “El desconocimiento de la norma, no exime de su cumplemto” o “Se publicó en el BOE y es de obligado cumplimiento”, pues ahora quien no ha hecho bien sus deberes ha sido la Administración y por ello debe purgar.

    Ya fuera del ámbito jurídico, le parece normal a usted que una persona durante los primeros 15 días de un mes este repartiendo patatas, los otros 15 días sea un agente de policía y luego vuelva a repatir patatas , puesto ocurre más de lo que nos creemos, que seguridad jurídica se le puede dar a los ciudadanos con ese tipo de actitudes, ninguna.Se les arma, tienen acceso a información sensible, se produce un gasto innecesario de vestuario y los más grave no ponen ningún objeción a cualquier tarea que se le ordene, porque si pregunta si el legal, cuando vuelva a necesitar a alguien no le llamaran, no podemos olvidar que cuando estén en la calle no actuaran como deberían porque ellos saben que los jefes no quieren problemas y luego ellos tienen que volver a pedir trabajo una vez que la administración no les necesita y así una mil veces, la administración encantada de la vida.

    Además, la figura del funcionario interino es coladero de familiares, amigos y conocidos en alguna administraciones locales, sobre todo en las más pequeñas, no es normal que haya personas que se hayan jubilado como funcionario interino. Recuerdo que tenemos un EBEP que prohibe que una plaza este sin un funcionario de carrera sine die.

    Creo que por una vez la sociedad ha visto que los jueces leen lo mismo que ella, que las palabras tienen en mismo significado, de lo cual me congratulo a pesar de que todos los comentarios no van en el mismo sentido.

    Todo lo indicado no afecta a la consideración que le tengo a su labor altruista que realiza en su blog, del cual soy un ferviente seguidor.

    Un saludo.

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  6. Una excelente aportación, como casi todas las suyas. Recomendable su lectura especialmente para politicos con mando y responsabilidades de gobierno. Tomen nota de estas aportaciones para transformar en positivo la Administracion pública

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