LECTURAS Y RELECTURAS ESTIVALES

“Los lugares y los libros que vuelvo a ver me sonríen siempre con nueva frescura” (Montaigne)

“Seamos francos. Si nosotros, los que escribimos, hiciéramos votos de no hacerlo hasta que se nos ocurriera algo nuevo, verdaderamente nuevo, que escribir, nos pasaríamos la vida en perpetua holganza” (Juan Valera)

Relectura diletante

El verano es tiempo de lectura. Siempre lo ha sido, aunque ahora -pese a lo que se dice- se lea menos. Como es habitual, en estos meses estivales me he sumergido en la lectura. Miento, sobre todo en la relectura. Leo sobre todo ensayos, también cuando toca algo de novela. Mi espacio doméstico para libros apenas tiene huecos, ya no admite novedades. He optado, por tanto, por el préstamo bibliotecario que, dados los plazos precarios, exige disciplina en la lectura y rapidez en las anotaciones. Así, salvo algún caso significativo, eludo comprar libros sin antes catarlos. Desconfío cada día más de las impactantes novedades, como ya lo he expresado en otra reciente entrada sobre dos libros prosaicos. Ni el espacio ni el bolsillo ni menos aún mi impaciencia lectora admite ya muchos errores en la compra bibliográfica, como no pocas veces tuve antaño. 

Mis estímulos actuales se dirigen a la relectura. Disfruto con ella muchísimo y descubro o redescubro ideas que no brotaron con la fuerza necesaria en la primera o incluso en una segunda aproximación a tales libros. Ciertamente, no puedo compartir el juicio de Royer-Collard, cuando afirmaba: “Yo no leo nunca, releo”. Pero, tal y como van mis decepciones sobre la nueva literatura y especialmente con buena parte del ensayo actual, cada vez me aproximo más a esa idea. Debo confesar que una de mis pasiones lectoras en estas tardes tórridas de estío, es sentarme con buena música y una columna de libros por lo común ya leídos antaño (algunos incluso leídos inicialmente hace 30 o 40 años) de distinto signo y calado, sobre los que picoteo capítulos alternos sin solución de continuidad, y que voy cerrando y abriendo durante varios días. Con este caos de relectura disfruto lo indecible. Y no tengo inconveniente en pasar de la novela al cuento o a la poesía, del ensayo histórico o filosófico a libros de ciencia política, teoría del Estado o Derecho Público, cuando no de economía, sociología u otros temas prosaicos. Y, sin duda, frecuento las biografías, que habitualmente me enganchan (ahora estoy con varias), aunque más de una golpee pronto la puerta del abandono. Hay algunos autorretratos egocéntricos e infames.

Este diletantismo lector siempre me ha agradado. No lo puedo evitar. Bien es cierto que tal desorden (relativo) en las lecturas cede en ocasiones puntuales cuando retomo la relectura de una obra que por segunda, tercera o enésima vez me atrapa. Pondré solo algunos ejemplos recientes. Este año me sucedió con Maquiavelo, del que releí (en algún caso por cuarta o quinta vez) tanto alguna de sus biografías como sus afamadas obras El Príncipe, Discursos sobre la primera década de Tito Livio y sus Escritos políticos. Siempre aparecen cosas nuevas. Lo mismo me ocurrió con El arte de la prudencia de Baltasar Gracián (no digamos nada con El Político, que mi buen amigo Jesús Colás me regaló hace años), y también me pasa con Montaigne y sus Ensayos, o con el amigo de este último Étienne de la Boétie, y su Discurso sobre la servidumbre voluntaria, un alegato contra la tiranía. Sobre este tipo de libros vuelvo siempre que puedo.

En este deambular caótico me he sumergido en Carré de Malberg y otros teóricos del Estado europeos (tengo pendientes aún dos recientes libros publicados sobre Carl Schmitt, que solo he hojeado), en obras históricas sobre la Administración y función pública, pero sobre todo en una relectura de parte mínima de la abundantísima bibliografía sobre el fanatismo y la intolerancia, enfermedad común (y, al parecer, irresoluble) del pueblo español. La guerra civil española y nuestro particular cainismo también atrae mi atención. Analizadas en su día las guerras carlistas y sus devastadores efectos a través de los Episodios nacionales de don Benito (El legado de Galdós, libro reimpreso hace un par de meses por Catarata), he vuelto a los prolegómenos y desarrollo de la guerra incivil, como la llamó Unamuno. Herida aún no cerrada y que en este país corre riesgo siempre de abrirse de nuevo. Analicé las interesantes Memorias de Martínez Barrio y leí y reseñé la reciente obra de Chaves Nogales, Guerra total, tras releer parte de sus obras completas, que no son tales, y me sumergí también en el periodismo de Gaziel y Josep Pla, así como en diferentes ensayos sobre ese período (ahora estoy, un tanto tarde, con Fuego cruzado y la biografía sobre Hitler de Weber). Mi obsesión por la creciente intolerancia y fanatismo que nos invade me ha llevado también a releer a Locke (Escritos sobre la tolerancia), Voltaire (Tratado de la tolerancia), el magnífico opúsculo de Julián Marías (La guerra civil. Cómo pudo ocurrir) o, entre otros muchos libros, el de Clara Campoamor, La revolución española vista por una republicana o La velada en Benicarló, de Manuel Azaña, por no hablar de los fascinantes ensayos de Juan Valera Del influjo de la Inquisición y del fanatismo religioso en la decadencia de la literatura española o Historia de los heterodoxos españoles. También he revisitado algunas contribuciones de Amos Oz (Contra el fanatismo o Queridos fanáticos). Sin duda he vuelto a las obras de Hanna Arendt y Popper, entre otros.Pero eso, de lo que ya algo dije, sobre una España fanatizada, mejor tratarlo monográficamente en otra ocasión. El desorden lector de este verano se ha detenido asimismo en algunos opúsculos del gran Jonathan Swift, recordado recientemente por la interesante reseña de Daniel Gascón sobre Los viajes de Gulliver. He disfrutado esta vez con sus Pensamientos y otras obras cortas, así como con sus Instrucciones a los sirvientes, ambas editadas en México. Y ese disfrute lo he compartido también con la relectura de Carta sobre el entusiasmo y Sensus communis (ensayo sobre la libertad de ingenio y el humor), del conde de Shaftesbury.

La estatura intelectual de Heinrich Heine y otras lecturas y relecturas

Y, en fin, por no aburrir en demasía, no expondré ahora nada más sobre las desordenadas y múltiples lecturas que he realizado y aún estoy haciendo, en ese trasiego caótico que tanto me seduce. Pero lo cierto es que también con la relectura se abren puertas nuevas, al menos algunas que en mi caso nunca había franqueado, lo que es una viva muestra de mi gran ignorancia. Con la tercera relectura de la magnífica obra de Stefan Zweig, Erasmo de Rotterdam. Triunfo y tragedia de un humanista (aunque no supera su magistral Castiello contra Calvino),se me abrieron las puertas a su estimulante obra Adagios del poder, en la que me he sumergido con mi particular desorden lector. Erasmo construyó una ética del poder que quedó oscurecida por la coincidencia temporal con El Principe. Una pena, pues sus Adagios (una obra abierta) son muy instructivos, aunque no les prestaran demasiada atención los gobernantes en su día. De los estudios introductorios a los Adagios me interesó sobremanera el seguimiento que Erasmo hacía de la construcción tipográfica de sus obras, que me recuerda al Clarín soberanamente tratado por Botrel en su reciente libro Escribir y crear: Clarín adentro. Una figura literaria, la de Alas, hoy en día bastante olvidada que algunos batallan porque siga aún viva. Como lo he pretendido, con más voluntad que resultado, con mi Clarín, republicano de las letras.

Buceando en el pensamiento europeo del XIX, me surgió la estimulante lectura del egregio Heine, sobre quien el profesor Jiménez-Blanco reseñó hace unos meses una importante obra, La herida Heine, de Mariano Zubía. Comencé por el final y por lo aparentemente más fácil, sus Confesiones y Memorias, un libro magnífico, de un personaje poliédrico, difícil de encasillar, un intelectual sobresaliente, ensayista comprometido, pero a la vez independiente, un excelente poeta (sobre el cual se explaya en algunos momentos la Correspondencia de Juan Valera; y que fue profusamente citado, por cierto, en los ensayos de crítica literaria y artículos periodísticos por Alas, Clarín). A Heine, incluso, se le han encontrado ciertos paralelismos en su labor crítica de periodista con Larra (Max Aub), pero menos con un posterior Clarín (del que habría que rastrear su influencia), un autor que, salvando las distancias, en su periodismo literario y político bebió sin duda del malogrado escritor madrileño y también del propio Heine. He leído sobre este autor un buen perfil dibujado por la interesante obra de Max Aub (realmente, una conferencia impartida en México en el centenario de su muerte) sobre el amigo circunstancial de Karl Marx (donde ofrece algunas claves para entender la persona y su obra), que viene precedida de un interesante y clarificador estudio de Mercedes Figueras sobre la trayectoria vital de Heine. Engels, en un libro que he disfrutado mucho (El gentelman comunista), dijo de aquel, que “el más eminente poeta alemán se ha unido a nuestras filas”. No fue para tanto. Adorno lo clavó: “En términos políticos, Heine fue un compañero poco fiable, también para el socialismo”. Heine no se casaba con nadie. Las Confesiones y memorias de este ensayista me han seducido (máxime al estar escritas, o mejor dictadas, en 1854, en sus años de postración como enfermo de ELA que fue, tiempo en el que mantuvo su potencia intelectual ante un cuerpo inerte). Allí zanja cuentas con su pasado hegeliano. Y rectifica algunas de sus radicales posiciones de antaño como las mantenidas en su magnífico y estimulante ensayo Sobre la historia de la religión y la filosofía en Alemania, donde lleva a cabo un esclarecedor y didáctico análisis de la historia de la filosofía alemana y sus precedentes religiosos, escrito por un judío formado de adolescente en el catolicismo que luego abrazó un protestantismo abierto. La historia de la religión y de la filosofía en Alemania contada para franceses, es un gran libro. Sus amores por Napoleón (y su despecho hacia Madame de Stäel y su idealista visión de Alemania) vienen de ahí, pues el emperador le permitió descubrir el respeto a la libertad de conciencia en una Alemania muy poco dada entonces a tales ensayos. El estudio introductorio de Velasco es sencillamente clarificador sobre tan insigne poeta y ensayista. Como dice este autor: trató “de aunar la filosofía revolucionaria alemana y la política revolucionaria francesa, esto es, acercar el mundo cultural alemán a Francia y exportar el entramado político y social de ésta a Alemania”. Tengo aún pendiente la biografía de Max Brod sobre ese escritor, de la que leído varias y encomiásticas reseñas.

El boom del ensayo periodístico: demasiados libros, pocos buenos.

Tengo, asimismo, abiertos varios libros de historia, ensayo, novela, filosofía e instituciones (uno de mis terrenos predilectos). Tampoco me extenderé sobre los libros “nuevos” (esto es, los que han sido editados en los últimos años) que he leído recientemente. Algunos ejemplos. Leí dos de Martínez Pisón sobre Dos tardes con Benito Pérez Galdós (un opúsculo sin pretensiones y alguna cosa matizable) y su obra autobiográfica Ropa de casa, espléndidamente escrita como magnifico escritor que es, aunque sin demasiadas cosas que contar. Resalto también el libro de Enrique Murillo, que sinceramente me atrajo (Personaje secundario. La oscura trastienda de la edición), y al que ya me referí en esta Web. De Orwell disfruté un reciente librito que aúna escritos suyos sobre la guerra civil española (La historia se detuvo en 1936), y que me llevó a releer su Rebelión en la granja, picotear 1984, y retornar a Por qué es importante Orwell, de Hitchens, y al brillante ensayo Churchill y Orwell, de Ricks. Su singular mirada socialista y liberal-democrática, así como antiautoritaria, siempre me ha atraído.

Por empuje del contexto y su amplia difusión, me adentré en la lectura de algunos ensayos periodísticos, género que hoy invade el mercado editorial, y que, dado sus reconocidos autores, se venden bien. He leído algunos, pendientes otros y aparcados sine die los demás. Preñados de contingencia política o incluso (en el peor de los casos) de cierto sesgo ideológico coyuntural, su lectura, en buena parte de los casos, me ha dejado frío. Esperaba más. Un buen columnista puede tener madera de ensayista. O no. Periodistas novelistas y ensayistas ha habido muchos, algunos de gran nombradía. Pero no siempre es así. Actualmente, pocos parecen “cavar hondo”, una expresión de Azaña aplicada a las excelsas cualidades ensayísticas de Juan Valera. Y eso desluce un ensayo, que siempre es otra cosa. Lo expresó bien Carmen Martín Gaite, al afirmar: “El ensayo no perdona. En la novela puedes esconder las imprecisiones detrás de los personajes, puedes disimular la vaguedad con la atmósfera. Pero en el ensayo estás tú solo, desnudo, con tus ideas. O sabes lo que dices. O quedas en evidencia.” La cita es de Máximo Pradera en sus autodenominadas Memorias, más bien “recuerdos” familiares; obra a la que me aproximé, estimulado por la lectura de la excelente biografía Sánchez Mazas. El falangista que nació tres veces, de Fuentes Codera. El libro de Pradera (hijo) describe algunas anécdotas apreciables (otras menos) de destacados miembros de su reconocida familia (me quedo con la genial estampa de Rafael Sánchez Ferlosio); pero su autorretrato -preñado por distanciarse ideológicamente de sus ancestros, se desdibuja, pues es un ejercicio siempre mucho más complejo, como escribió Heine.  

Del resto de ensayos periodísticos, nada diré. De uno de ellos he elaborado una recensión académica puesto que aporta una mirada nueva (aunque limitada y parcial) sobre los conflictos de interés en una parte de alta función pública. En ese boom de ensayos periodísticos hay aportaciones puntuales interesantes y otras bastante menos. El buen ensayo no es un género fácil. Ni es una columna de opinión ni tampoco un reportaje ampliado. Es, como decía, otra cosa.

Queda, no obstante, demasiado por leer. No pasamos de ser, yo el primero, meros aprendices. Son muchísimas las obras que, de entrada, alimentan la curiosidad intelectual. Deberíamos ser capaces de saber desbrozar lo que se puede eludir (que es mucho, aunque a veces sea, paradójicamente, lo que más se difunde y vende) de lo que resulta, cuando menos, interesante, novedoso y estimulante. En fin, para gustos los colores. Pero, al margen de lo anterior, un poco más de criterio en la edición de algunas obras sería aconsejable. Y podría poner numerosos ejemplos de libros que pertenecen a esa categoría de prescindibles y que, gracias al préstamo bibliotecario he podido acercarme a ellos y leerlos (y algunos abandonarlos, que también se ha dado el caso) para tener un juicio más acertado de lo que esas páginas contienen. Como me dijo uno de mis libreros de confianza: “Rafael, más del ochenta por ciento de los ensayos que se publican y nos llegan a escaparates y estanterías de las librerías, carecen de interés”.  No andaba desencaminado. Tal juicio, se podría extender también a otro tipo de géneros. Hay un buen número de novelas y ensayos, con ventas espectaculares, de baja calidad. No pocos libros buenos, que los hay, quedan a veces enterrados entre centenares de textos publicados. Sellos editoriales antaño consagrados publican, cada vez más, mediocres novedades. Eso también desincentiva la lectura. Y eso hoy, no es buena noticia.  

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