LA «ESPAÑA PLURINACIONAL» EN DOS LIBROS: «EL MANUAL» Y «LA PERESTROIKA DE FELIPE VI»

“El pensamiento precede a la acción como el rayo al trueno”

(Heine, Sobre la historia de la religión y la filosofía en Alemania, Alianza, 2008, p. 209)

Preliminar

Son dos libros que distan más de diez años. El primero (El Manual), es el más reciente: publicado en 2026, ha tenido una difusión atronadora en los medios. El segundo (La perestroika…), data de 2015, y tuvo una difusión discreta. Sus autores respectivos son Iván Redondo y Jaime Miquel, este último fallecido hace más de un año. Muchas cosas les unían, otras tantas les separaban. Pero el libro de Redondo bebe mucho del de Miquel (no solo en la paternidad de la idea de España como Estado plurinacional y como pretendida solución a nuestros males), aunque se aparten demasiado en la forma de exponer (más pulcra la de este y más heterodoxa la de aquel). Los dos proceden del mundo de la consultoría y el análisis electoral, aunque de generaciones distintas y con miradas diferentes.  Si se quiere tener una visión de la crisis de la política española (y sobre todo de su sistema de partidos), ambos libros ofrecen miradas complementarias, aunque no se compartan sus polémicos y a veces oportunistas puntos de vista, cuando no sus diagnósticos equivocados y sus autoalabanzas (abusivas en el primero y discretas en el segundo).

El Manual

Leer El Manual, teniendo en cuenta los límites del préstamo bibliotecario, supuso interrumpir mis lecturas veraniegas. El libro de Redondo es sobre todo un ejercicio de autobombo autobiográfico de una persona que apenas ha cumplido los 45 años, y que airea haber triunfado en el ámbito de la comunicación política y de la estrategia electoral desde edad temprana. Curiosamente, entre las lecturas interrumpidas estaban algunos ensayos de ese magistral escritor que fue Heinrich Heine. En su fascinante libro Confesiones y memorias, dictado en sus últimos años de vida, aquejado de ELA, Heine se sinceraba, siendo consciente de que cualquier autorretrato suele dar una impresión falsa de lo que uno realmente es. Estas eran sus palabras:

“La composición de un autorretrato sería un trabajo no sólo enormemente ilusorio, sino incluso imposible. Sería un presumido vanidoso si aquí aumentara todo lo bueno que supiera decir de mí, y sería un gran necio si expusiera a la vista de todo el mundo los delitos de los que también soy consciente… Y, por otro lado, ni con la mejor voluntad de fidelidad, puede una persona decir la verdad sobre sí misma. Además, hasta ahora nadie lo ha conseguido, ni San Agustín ni el ginebrino Jean Jacques Rousseau, y mucho menos este último, que se denominaba a sí mismo hombre de la verdad y de la naturaleza, cuando, en el fondo, era más falso y menos natural que sus coetáneos”.

La lectura del libro que aquí se comenta me ha recordado esta impecable reflexión, pues Redondo -amén de otros muchos deslices- incurre aquí en esa condición de “presumido vanidoso” de la que se hacía eco Heine. El Manual, obsceno por autocomplaciente autorretrato, rezuma por los cuatro costados aires de grandeza y no poco autobombo en sus actuaciones públicas más conocidas (Badalona, Euskadi y su período en la Junta de Extremadura, con el PP; Telde; su inmersión como comentarista político en los medios; su fichaje por Pedro Sánchez cuando era candidato; “su” exitosa moción de censura y el desembarco en la ansiada Moncloa como Director de Gabinete del presidente en 2018; su salida en 2021, que él la enmarca en un problema grave de salud; y, en fin, su colaboración en dos tiempos con “el Ministro” (así lo cita) candidato, y a la segunda presidente de la Generalitat catalana, Salvador Illa. Tal es su jactancia que llega hasta el punto de insinuar veladamente que la historia de España hubiese sido otra en estos últimos diez años sin su presencia en la arena política.

El Manual cuenta lo que le interesa y calla aquello que no quiere narrar. Aun así, la foto dibujada (por muy velada que esté) ayuda a explicar algunas cosas de lo que ha pasado en España en los diez últimos años, y sirve, asimismo, para comprender por qué las instituciones en este país se hallan tan degradadas tras ese tsunami que produjo en 2018 la moción de censura triunfante en un contexto parlamentario de suma debilidad de un entonces PSOE que se venía desangrando desde hacía años en su tradicional peso electoral. Redondo se vanagloria de que ya en 2017, en Expansión, había escrito que el líder de la oposición (a quien Podemos disputaba tal condición), Pedro Sánchez, llegaría al poder por medio de una moción de censura. Un desenlace de lo que él llama estrategia política, aunque en realidad era resultado de un maquiavélico pacto hecho entre bastidores. El Gobierno Rajoy II, tras el procés y sus consecuencias inmediatas, así como sobre todo acosado por casos de corrupción, vivía momentos de angustia. Y la tecla correcta, según Redondo, era esa: plantear una moción de censura y asumir el poder con el apoyo de las fuerzas nacionalistas e independentistas y del resto de los partidos de izquierda, Podemos incluido. Se trataba de tomar, así, la delantera y dejar a la derecha y a la luego asentada extrema derecha (que emergió en 2019), sin espacio para gobernar de forma efectiva, enviándola así al ostracismo político. Para ello, el PSOE debía mutar de lo que fue a lo que será. La travesía en el desierto del partido había terminado. La plurinacionalidad se imponía, sino de iure, sí de facto. Llegar así al poder exigía una alta capacidad de maniobra y no poca cintura para ceder ante sus socios lo que fuera menester. Pocos votos son muchos, como repite el autor. Según Redondo, el apoyo de los independentistas catalanes (curioso que apenas hable de los vascos) a la moción de censura enterró para siempre el procés. Una vez sepultado, tras la mano dura, se trataba de encajarlos en España mediante indultos, luego la amnistía (según él fue quien la propuso mucho antes de 2023), y tras ello diseñar un nuevo encaje “constitucional” asimétrico que diera satisfacción a sus demandas de creación de un Estado propio dentro de una España confederal.

Nada nos dice el autor sobre qué le ha impulsado a escribir este extenso autorretrato profesional (apenas personal). Se intuyen muchas razones, y otras tantas se han barajado en los medios. La más plausible es que busca un protagonismo perdido. No descarta volver a la política (en varios pasajes deja la puerta entreabierta). Por eso no hace apenas sangre. También se ha escrito que está promocionándose como consultor electoral para hacer caja en el futuro. En fin, el hecho real es que el libro lo ha escrito en el ecuador de su vida y sus razones tendrá para ello.

El sueño del Director (así se autodenomina, además con mayúsculas) fue, según dice, llegar a La Moncloa, como jefe de Gabinete de la Presidencia del Gobierno. Incluso llega a afirmar que, tras sus éxitos iniciales como consultor electoral, recibió innumerables demandas para prestar servicios a políticos en países del extranjero. Sin embargo -añade, renunció a su internacionalización para centrarse domésticamente en el que era su gran objetivo. Utilizando siempre esa cargante forma impersonal (hablando de sí en tercera persona), escribe: “Nada de eso jamás estuvo en su mente, solo tenía sitio para una meta: ganar la Moncloa”. En verdad, el libro es un canto a ese objetivo y una difusión de que tal meta se alcanzó, de la mano de quien será su gran valedor: Pedro Sánchez; quien, por cierto, sale entronizado y prácticamente inmaculado del relato. Los únicos reproches son hacia decisiones del presidente que no se adaptaron a las propuestas de su jefe de Gabinete, y que, según dice, se equivocó.

El autor nos habla, por tanto, como si hubiese sido el director in péctore desde su más tierna infancia; pues para él tocar el cielo profesional consistió, antes de llegar a los cuarenta, en ser nombrado responsable del Gabinete de la Presidencia del Gobierno. Un sueño cumplido. Y en el que (si nos creemos lo que cuenta) triunfó por completo. En su hiperbólica visión, ese cargo era el más importante del Ejecutivo tras el presidente del Gobierno. Así lo cree, y lo deja claro muy a lo largo del texto. Los ministros eran piezas de ajedrez de menor importancia. Se produjo así un matrimonio político de dos grandes narcisistas y megalómanos del poder. Conjunción perfecta. Su idilio no fue fácil. Tras la exitosa moción de censura, y una vez nombrado, el director construyó un “Gabinete total”, esto es, una estructura de asesoramiento elefantiásica que no dejó de crecer desde entonces, más de lo que aún era. Vinieron tiempos difíciles, pero la argamasa del poder da votos.  Y en las elecciones de 2019, eso dice, sacó al PSOE de su subsuelo electoral (85 escaños) y lo situó en 123, un falso techo hasta ahora nunca superado. Abrazarse a la bandera de España dio réditos. Aun así, quedaban muy lejos las mayorías anteriores a 2011, y se repitieron las elecciones -algo que el director desaconsejaba- y el resultado fue algo peor. Se salvaron los muebles. Atravesó el Covid19 (aunque había anunciado su prevista marcha en junio de 2020, que retrasó por sentido de responsabilidad), y en esa etapa se llega a calificar incluso como gran gestor; pero fue más bien un gran propagandista: diseñó una gestión de fondos europeos centralizada para reforzar la imagen de su presidente con el maná procedente de Bruselas, afirmando incluso que con esos fondos a este país no lo iba a reconocer ni la madre que le parió. Nada de eso sucedió, como es obvio. La convulsa vida política española y las elecciones autonómicas del 19 (el batacazo de Madrid, el fracaso de la moción de Murcia, etc.), tensaron su paz política en Moncloa. Había quienes le movían su silla. Y llegó la enfermedad coronaria. Que dice estar en el fondo de su decisión de marcharse en 2021, con la crisis de Gobierno. Recibió, también según él, muchas presiones para continuar, incluso de su propio equipo (pues algunos, no se sabe nunca quiénes, veían con su marcha frustradas sus expectativas de progresión profesional). La Jefatura del Gabinete pasó al partido (nunca le perdonaron al autor no ser afiliado y menos aún haber sido asesor del PP). Y luego, tras una fallida y gris experiencia de jefatura de Gabinete del partido, volvió el cargo a una persona del anterior equipo del director, con perfil más discreto, de sólida formación, pero con parecidas obsesiones: la política como relato, las instituciones como pieza de caza política mayor y el exterminio de la oposición. Según Redondo, hubo un momento en que el presidente renunció a la apuesta plurinacional. Y ahí también se equivocó. Pero, propio del oportunismo versátil característico del presidente, hizo de la necesidad virtud, pues apoyos son amores. Esto último no lo cuenta.  

En este pretendido autorretrato profesional y político, prescinde el autor también de citar por sus nombres y apellidos a todas las personas y políticos con los que se cruza (e incluso con los que ajusta cuentas) en esos importantes años de su vida. Ni siquiera a su mujer, a quien despacha con la expresión “la Capitana”. Lenguaje opaco, en clave. Para entendidos…, por decir algo.  

La perestroika de Felipe VI

El primer libro me condujo al segundo. Redondo no hubiese llegado a “sus” conclusiones sobre la naturaleza plurinacional del Estado español sin la atenta lectura del libro de Jaime Miquel, La perestroika de Felipe VI (RBA, 2015), como algunos comentaristas ya expusieron en su día. La pretendida solución “institucional” del director de involucrar a la Corona en un juego de alternancia política entre izquierda y derecha con base exclusiva en las fuerzas políticas territoriales (catalanas y vascas, principalmente), parten de las tesis del análisis político-electoral de Miquel. El director intenta justificar su autoría al afirmar que fue el libro de Anselmo Carretero, Las nacionalidades españolas, el que le abrió los ojos a esa idea. En verdad, fue Jaime Miquel, quien, en una entrevista a un diario, reconoció la paternidad de la idea y su “compra” por el director. De hecho, una vez nombrado jefe de Gabinete, Redondo incorporó a Miquel como asesor en su elefantiásico equipo monclovita.; justa recompensa para quien le había provisto de tan importante munición y era un fino y consagrado analista electoral.

El libro de Miquel ha influido y mucho en El Manual. Creo que sin él no lo habría escrito, al menos así. De hecho, las tesis de Redondo fueron adelantadas en numerosas y reiterativas columnas de opinión de los lunes en La Vanguardia tras su salida del Gobierno. Antes le valieron incluso para construir la idea del “muro”, propia de una política excluyente (muy alejada de los píos deseos que incluye en su libro), que le permitiría blindar el poder desnudo de Pedro Sánchez tras alcanzar el poder: los aliados del Gobierno (ya de coalición con Podemos a partir de 2020, y luego reducida a escombros esa fuerza política, sustituida por la complaciente y anodina Sumar) eran claramente las fuerzas políticas independentistas de la España periférica. Esa pinza, formulada como lección de “estrategia política”, no la destruiría nadie. Electoralmente (esa fue la gran intuición de Miquel) la izquierda así (aunque este no pensaba en el PSOE) podía ser imbatible, aunque con dos condiciones: que la izquierda del socialismo creciera hasta ser hegemónica y que las cesiones a los poderes territoriales catalán y vasco no cesaran. El primer objetivo no se cumplió, por la mutación acelerada del PSOE hacia el populismo tras la segundo y definitivo liderazgo de Sánchez. La ayuda de una derecha desnortada y fracturada de liderazgos débiles (y la emergencia cada vez con más fuerza de Vox, un balón de oxígeno para esa estrategia electoral que había que engordar desde el poder), hacía el resto. Aunque la idea fuerza de Miquel era otra: según su tesis, la única opción de supervivencia de la España constitucional del 78 era transitar hacia la fórmula confederal, conducción en la que el monarca tenía su papel; pero eso fue antes del procés. Tal apuesta confederal, mal explicada con los modelos belga y suizo, era la excusa. La ventana de oportunidad del director, alimentada en un cálculo electoral,era más precisa: encerrando a la derecha en el extremo, las dificultades de alternancia eran evidentes.

El ensayo de Jaime Miquel tiene también una factura autobiográfica y de autobombo (aunque mucho más templada en este último aspecto, si bien también “se vende”, pues estaba en el mercado); pero sobre todo es un sugerente e interesante análisis político-electoral de la democracia española de 1978 hasta 2015, con especial dedicación a los últimos años entre 2011 y 2015 cuando el sistema de partidos centrales en la democracia española del 78 entra en barrena, y de cuyo fenómeno y contingencia electoral extrae el autor consecuencias demasiado osadas que los hechos históricos ulteriores han desmentido casi por completo. Es una consecuencia de poner el foco en el momento presente y no cavar más hondo. Los problemas de la mala articulación político-institucional de España no venían solo del franquismo ni de la transición, ni de ese denostado por el autor sistema burocrático-político enfermo, sino de mucho tiempo atrás. La España actual no se puede entender sin el siglo XIX y primeras décadas del XX. Tampoco sin una referencia expresa al Desastre del 98. Algo que Miquel no huele y Redondo menos aún. El libro de Miquel está mejor escrito y no se esconde en referencias impersonales. Pone siempre nombres y apellidos. Es fruto de un buen analista electoral, con años de oficio y ciertos errores, pero con certezas y propuestas bienintencionadas en otros muchos casos. Trabaja el dato y eso le avala. Le puede su dogmatismo y su cerrazón conceptual, si bien a veces se muestra paradójicamente flexible y moderado. En suma, de La perestroika de Felipe VI (título muy impreciso pues la apuesta de Gorbachov por reconducir el modelo territorial de la antigua URSS hacia una confederación acabó como el rosario de la autora), es de donde Redondo ha tomado su pretendida idea de la plurinacionalidad de España y del papel del monarca para refundar así la Constitución de 1978 cuando el sistema político derivado de esta Carta Magna ofrecía signos de evidente agotamiento. Felipe VI, como es obvio, ni está ni puede estar en esa clave, pues su evidente apoyo social en las encuestas (que Miquel cita una y otra vez) se desmoronaría de transitar por esa estrecha e incierta senda que solo conduce al suicidio institucional. Mas eso no impide que, en estos difíciles años de equilibrio político-territorial haya incrementado su sensibilidad hacia esos problemas heredados por la España en los últimos 130 años. El PSOE tampoco está -de momento- en la senda confederal, pues -como también advirtió Miquel y confirma Redondo- en los años 2014 a 2016 defendió el modelo federal, y a partir de entonces, sobre todo tras su llegada al poder en 2018, ha ido configurando un rosario de cesiones políticas a las fuerzas políticas independentistas nacionalistas, acosado por las circunstancias y más aún por la debilidad parlamentaria sobre todo desde julio de 2023. Su balón de oxígeno para mantenerse en el poder haciendo equilibrios se asienta, como escribió Schumpeter, sobre una pirámide de bolas de billar (Congreso de los Diputados), en una “legislatura” fantasma (2023-2027). Pero el poder crea adición y permite soñar a quien lo ejerce temporalmente con su reproducción perpetua. Quien lo disfruta, nunca se ve fuera.

Jaime Miquel fue visionario antes que Redondo. Aunque erró (al menos hasta hoy) en el anunciado cambio del sistema de partidos y en el derrumbe de las fuerzas centrales del modelo, pues ignoró las pulsiones históricas clientelares y oligárquicas de los partidos en España, que terminarían devorando también a unas nuevas y bisoñas fuerzas políticas que irrumpieron como elefantes en cacharrería en el panorama político-electoral: Ciudadanos y Podemos. En todo caso, ¡qué bien cuenta Miquel esa irrupción! En 2015, escribió: “Todo parece indicar que en la legislatura que empieza este año se producirá una transformación profunda del actual Estado español”. No podía intuir el autor de ese vaticinio que tal transformación la llevaría a cabo un Pedro Sánchez (cuya imagen sale dañada en ese libro por su incapacidad de comprender entonces el problema del Estado plurinacional; a quien incluso, en sus primeros momentos, que nada le gustaría, el autor llega a comparar, un tanto exageradamente, con ¡Toni Cantó!), de la mano de su consejero áulico, Iván Redondo, bien pertrechado del argumentario de Miquel y con sus innegables dotes de oportunismo político-electoral y su concepción del poder desnudo. Realmente, ni cayó el sistema anterior, como había anunciado, ni se proclamó ese Estado plurinacional, que solo los restos de la izquierda radical en torno a Sumar y Podemos, y algunas fuerzas políticas nacionalistas-confederales, siempre como estadio de transición hacia la independencia, han defendido en estos últimos años. El PSOE sobre esto, hoy por hoy, calla.

Final: la Constitución del 78 y la pretendida solución confederal.

Todavía el PSOE no ha decidido formalmente qué hacer con el Estado de las autonomías. Las únicas huellas de tal confederación in nuce, lengua aparte, es hoy el silente avance competencial en Euskadi/Navarra y la pretensión de implantar una suerte de sistema de concierto económico en Cataluña, debido principalmente a contingencias políticas, pero con muy serios impactos potenciales sobre la estructura territorial del Estado. Esas pulsiones confederales, como bien apuntaba Miquel, no se pueden verbalizar ni menos aún programar electoralmente, pues una parte de su electorado les abandonaría. Por ello, el mensaje presidencial y gubernamental en esta era de incertidumbre, se apoya en otras ideas: el crecimiento económico, el miedo a la extrema derecha, y la defensa de las libertades democráticas, aderezado todo ello con los ataques al poder judicial. Redondo, además, mete en juego el creciente poder de Madrid DF, más allá de su “almendra”, como enemigo a batir. Por el contrario, alaba Cataluña, curiosamente por su “sentido institucional”. Miquel también muestra sus complejos territoriales: unos son los buenos (periféricos nacionalistas) y otros los malos (políticos y burócratas centrales). En esto muestran paralelismos: la “España muerta” versus “las demás Españas”, de Gaziel. El fanatismo y la intolerancia vistas solo desde un lado. Sin mirar, y menos analizar, lo que pasa en el otro.

Tiempo de centenarios: el 31 se aproxima y para el 36 quedan diez años. Se van calentando motores para ensayar una forma de gobierno republicana como otra alternativa a nuestros males. Los síntomas de agotamiento del sistema constitucional de 1978 no son tanto hoy de la ciudadanía como de los partidos: la Constitución del 78 cada vez tiene menos apoyos partidistas, y quienes dicen apoyarla no comulgan con el ideario liberal-democrático, hoy abandonado por la práctica totalidad de las fuerzas políticas. Pero Felipe VI no es Alfonso XIII. Es un borbón atípico, hasta ahora. Los años venideros pondrán a prueba la monarquía parlamentaria. Nada es eterno.  

En fin, no prolongaré más este largo comentario. Sobre la pretendida solución confederal en España ya me he ocupado en el reciente ensayo Falsos cimientos: la fragilidad de las instituciones en España (Tirant, 2026), y algunas alusiones hice al calor de la divulgación del libro de Redondo por los medios en este blog: https://rafaeljimenezasensio.com/2026/05/12/tras-la-senda-de-maquiavelo-el-asesor-aulico-y-el-estado-plurinacional/. Cuando escribí ambos textos, no había leído ni el libro de Miquel ni el de Redondo. Pero no tengo mucho más que añadir a lo que allí dije sobre la complejidad del problema expuesto: “Hacer compatible armonía e integración con asimetrías aceptables no puede hacerse quebrando la solidaridad, la lealtad y la cooperación (cimientos del Estado autonómico). La contingencia política imperante va por el camino contrario. Y la negación del problema en nada ayuda. Ambos son los peores remedios. Nada resolverán”. Y este es el páramo político en el que se mueve España. No hay otro. Mal pronóstico.

La crisis territorial que se abrió en España en 1898, tras el Desastre, que no se supo atajar después, tampoco en la original y discutida fórmula de la Constitución republicana de 1931, que impregnó en parte el modelo territorialmente abierto de 1978, nadie sabe cómo cerrarla. Y si no se pacta un modelo asimétrico y sostenible, el problema se pudrirá más aún. Con riesgos cada vez mayores. Lo sucedido en Ceuta (atentos a lo que Miquel decía en 2015 sobre esta ciudad autónoma), y lo que pueda pasar en Melilla, pueden abrir como efecto dominó una crisis constitucional territorial de dimensiones incalculables en España. Las soluciones que se apliquen en un futuro en esas “ciudades autónomas”, se pueden pretender trasladar simplista y absurdamente a otros lares, más aún en el ámbito territorial peninsular y de sus islas. Abrir irresponsablemente melones territoriales es muy fácil en letra impresa, incluso intentando darles la pátina de “soluciones institucionales” irreversibles (que nunca lo son). Tales experimentos con gaseosa confederal pueden arrastrar letales consecuencias en la prosaica vida cotidiana de un país y de sus ciudadanos, quebrando, así, la convivencia y haciendo pedazos la integridad territorial. De las historias pasadas se aprenden muchas cosas, si uno quiere.

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