DIDEROT, EL ARTE DE PENSAR LIBREMENTE

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“Sólo hay una virtud, la justicia; sólo un deber, ser feliz; y un corolario, no exagerar la importancia de la propia vida ni temer a la muerte” (Diderot)

 

La reseña que abre esta serie de entradas estivales (*), tiene por objeto una monumental obra sobre el siempre difícil y plural género de las biografías. La figura de Diderot es ampliamente conocida. En parte, aunque solo sea en parte, por su denodado y fructífero impulso para que viera la luz la Encyclopédie, uno de los motores fundamentales de la Ilustración, que dio pie a la sociedad en la que hoy vivimos y que muchos de sus postulados se están poniendo en entredicho en fechas recientes (democracias iliberales, populismos, revolución tecnológica y transhumanismo, etc.). No es tan conocida, al menos para mí no lo era, su vida, sus venturas y desventuras. Y de todo ello se ocupa este magnífico libro que lleva el título y subtítulo que da enunciado a esta reseña.

Sólo pretendo dar noticia de la publicación de tal obra, así como recomendar su lectura a quienes comulguen con la libertad de pensamiento y quieran aproximarse a la sugestiva trayectoria personal e intelectual de tan fascinante personaje. En verdad, la estructura de la obra desgrana los distintos momentos de la compleja existencia de un libre pensador en un sistema político como era el Antiguo Régimen; un contexto en el que, a pesar de todo, sobrevivió y subsistió con enorme dignidad, no sin la ayuda de la fortuna o de algunas personalidades públicas.

Aunque desde un punto de vista filosófico Diderot ha sido encuadrado dentro de la corriente radical de la Ilustración, tal como expone Jonathan Israel en una de sus más reconocidas obras (Una revolución de la mente. La Ilustración radical y los orígenes intelectuales de la democracia moderna), y reitera en otra posterior (Expanding Blaze. How American Revolution Ignited the World 1775-1848, PUP, 2017), en oposición a las tendencias más moderadas representadas por Voltaire, Montesquieu o Hume (que abogaban por la monarquía mixta), la figura del filósofo –por lo que luego se dirá- fue completamente ignorada por la Revolución francesa (sobre todo durante la etapa del Terror) conforme ésta fue abrazando con fuerza las tesis de Rousseau. Su reputación pública no volvió a primera línea hasta cien años después, en plena IIIª República, y gracias a la masonería que consiguió encumbrar a quien la Historia de forma absolutamente injusta había pretendido silenciar.

Sin embargo, las tesis de Diderot, aunque enormemente rompedoras en el momento en que fueron esbozadas (sobre todo su posición frente a la Iglesia o la monarquía absoluta, la defensa de la libertad e, incluso, con las limitaciones obvias del contexto que marcaron sus conductas y comportamientos, sus avanzadas tesis sobre la sexualidad o sobre el arte), bebían también (en ese trasvase inevitable), al menos por lo que a la política respecta, de posiciones moderadas, lo que quizás le alejó de los revolucionarios franceses conforme estos fueron radicalizando sus posiciones. En todo caso, Diderot falleció cinco años antes de proclamada la revolución, pero, al igual que Hollbach, alimentó sus orígenes. De eso no cabe duda alguna.

La espléndida biografía escrita por Andrew S. Curran transcurre desde el nacimiento y primeros pasos del personaje en la villa de Langres hasta su  llegada a París donde, tras diferentes hitos y accidentes (que son dignos de seguir), se sumergiría definitivamente en su frenética actividad intelectual que se prolongaría a lo largo de su vida, cuyo eje central fue la magna obra de la Enciclopedia a la que entregó buena parte de sus energías. Con enorme capacidad intelectual, aprendió la lengua inglesa, vivió de traducciones y se embarcó junto con D’Alembert, en la gestación del majestuoso proyecto intelectual antes citado. Tras su paso temporal por presidio (que marcó notablemente su actitud futura), Diderot vivió en un equilibrio nunca sencillo con un régimen aún absoluto, aunque con matices. Muchas de sus obras no vieron la luz hasta después de su fallecimiento y algunas tiempo más tarde. Y las que aparecieron o se atribuyeron a su autoría no cabe duda que generaron un revuelo incalculable.

La parte central de la comentada biografía la ocupa el papel de Diderot como motor efectivo y sus vicisitudes en el impulso del proyecto enciclopedista (más aún cuando d’Alembert se apartó). Como dice el autor, “lo que Diderot no acababa de ser plenamente consciente, en 1765, era de que él había hecho avanzar las ideas de la Ilustración de un modo que nadie, ni Voltaire, y menos aún Rousseau, había logrado hasta entonces” Al primero no lo conoció personalmente hasta el final de sus días, mientras que al segundo lo trató estrechamente y, dada su compleja personalidad, terminaron enemistados (algo que, con la personalidad del ginebrino, no era ninguna novedad).

Diderot fue un censor impecable de la Iglesia y de la monarquía absoluta. Tachado de “ateo militante y contrabandista de ideas ajenas”, tenía una creencia innata en la bondad de la humanidad y en la posibilidad de una ética natural y universal. Israel vincula estas ideas de Diderot como herencia de Spinoza, quien también influyó fuertemente sobre el barón de Hollbach, con el que Diderot tuvo estrecha relación. En su obra El sobrino de Rameu (a la que el biógrafo dedica un protagonismo estelar en la evolución de su pensamiento) descubre esa filosofía que, no obstante, evita difundirla, salvo en circuitos muy estrechos.

La filosofía política de Diderot aparece desperdigada en algunos fragmentos de esta obra biográfica. Son los últimos capítulos del libro dónde se condensan tales ideas. Por ejemplo, cuando narra su viaje a Rusia, invitado por la emperatriz Catalina la Grande, así como sus últimos años donde se mostró solidario con el movimiento insurgente americano y con la creación (todavía en ciernes) de lo que serían los Estados Unidos. Bien es cierto que en las voces de la Enciclopedia “Autoridad política” y algunas otras que se le atribuyen a Diderot ya se incubaba su filosofía política; pero lo cierto es que la mayor parte de las entradas sobre asuntos políticos de la magna obra de la Ilustración se debieron a la pluma del incansable amanuense De Jacourt (R. Soriano y A. Porras, Artículos políticos de la Enciclopedia, Tecnos, 1992; quienes describen la tarea de la dirección de Diderot como “titánica”). En efecto, en la voz “autoridad política”, parte de que el poder tiene su fundamento en el consentimiento de quienes son gobernados, y de que, una vez configurado de esa manera, todo poder tiene límites, afirmando que “no es el estado quien pertenece al príncipe, es el príncipe quien pertenece al estado”. En la voz “Soberanos”, vuelve a incidir en esta idea, trasladando la arquitectura conceptual de Montesquieu: “La experiencia de todo los tiempos revela que cuanto mayor es el poder de los hombres, más fácilmente sus pasiones les inducen a abusar de él: consideración ésta que ha determinado a algunas naciones poner límites a la potencia de aquellos a quienes se encargaba de gobernarles” (Diderot, Escritos Políticos, CEC, 1989, p. 27). Así que radical, en efecto, en algunas cuestiones, no precisamente en las de política constitucional.

En efecto, como bien subraya el autor, al margen de la influencia que tuviera, “la filosofía política general de Diderot era un reflejo de lo que podría caracterizarse como humanismo moderado”. No tenía nada de demagogo o revolucionario, “era básicamente un reformista”, que intentaba sin éxito convencer a los monarcas de la necesidad de reformar sus instituciones. Y ello explica su prematuro entierro intelectual por la Revolución francesa. Esas propuestas reformistas las intentó aplicar con Catalina la Grande, quien así como le acogió y avaló con fuerte apoyo financiero, también desoyó una y otra vez sus planteamientos. La emperatriz, en un ejercicio de política real, lo dejó muy claro: “Vos sólo trabajáis sobre el papel, que acepta todo, es maleable y flexible y no presenta obstáculos ni a vuestra imaginación ni a vuestra pluma, mientras que yo, pobre emperatriz, trabajo sobre la piel humana, que es mucho más picajosa y sensible”. Por consiguiente, “sus esperanzas de transformar a Rusia en un faro de la Ilustración estaban condenadas al fracaso”.

Aun así, Diderot continuó en el empeño. Con algunas obras duras o muy críticas con los gobernantes del momento (por ejemplo, Principios de Política de los soberanos; con máximas cargadas de profundidad y censura; algunas llenas de actualidad: “Cuando el odio ha estallado, cualquier reconciliación es falsa”; ver, Escritos Políticos, pp. 44 y ss.), o sobre la defensa encendida del papel del Estado en la educación (que se refleja, por ejemplo, en sus Observaciones sobre la Instrucción de la Emperatriz de Rusia; también en Escritos Políticos, pp. 183 y ss.). Particular importancia adquiere, ya en plena vejez, su toma de posición favorable sobre la revuelta americana y la traducción de (partes de) la obra de Thomas Paine, El sentido común. De ahí, el autor concluye lo siguiente: “No es exagerado decir que Diderot fue el único intérprete francés de importancia del excepcional experimento político que tenía lugar en la otra orilla del Atlántico”.

Como dijo el propio Diderot en el artículo de la Enciclopedia relativo a la “Inmortalidad”, escribir para las generaciones futuras había sido el impulso principal de su carrera. En el fondo suplir el paraíso con el reconocimiento por la posteridad, que aún así le fue negado un tiempo, pues cinco años después de su muerte, en 1789, “este defensor de los derechos humanos y la libertad, era atacado cada vez más como enemigo del pueblo”. Diderot fue, así excluido del panteón de héroes intelectuales de la revolución. Y tardó muchas décadas en ser restablecido. Caprichos de la memoria histórica, siempre gestionada por quien está en el poder. Pero como expuso décadas después un periodista liberal, frente a las posiciones de Rousseau y de Voltaire, “sólo Diderot, tras ciertas vacilaciones sin mayores consecuencias, demostró ser tan demócrata como era ateo”. Lo  cierto es que en su época fue un philosophe “incómodo”, que tendió a cuestionar “todas las autoridades y costumbres habituales recibidas, fueran religiosas, políticas y sociales”. En fin, como concluye el libro, “no es ni un Sócrates ni un Descartes, ni tampoco se reclamó nunca como tales; pero su fascinante y obstinada búsqueda de la verdad lo convierte en el más fascinante defensor en el siglo XVIII del arte de pensar libremente”.

Este libro es, sin duda, una excelente compañía para un verano diferente.  

 

 

(*) El período estival es, siempre, tiempo de lecturas. Este extraño año 2020, por las circunstancias de todos conocidas, quizás llame a cultivar más esa actividad, en particular cuando la actividad profesional tenga su merecido paréntesis. Tras el primer impacto del shock de la pandemia, y lo que vendrá después de septiembre, es momento, tal vez, de calmar los ánimos y recuperar el sosiego. Por tanto, este Blog, salvo momentos puntuales, se dedicará preferentemente durante estos meses veraniegos a tener como hilo conductor el comentario  de diferentes libros que, con mayor o menos vínculo con el papel central de las instituciones (en su más amplio sentido), aporten algún valor añadido, y puedan asimismo estimular la inquietud, en su caso, al lector interesado. Esta línea completa lo que ya se comenzó a hacer a principios de este año y que se interrumpió por el confinamiento. No obstante, como es harto sabido, y siempre reitero, sobre gustos no hay nada escrito. Y sobre libros, menos.

 

 

 

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