LIBROS

65 años

Reflexiones sobre el “El tiempo sin edad”

 

LIBROS 1

“Envejezco, por lo tanto vivo. He envejecido, por lo tanto soy” (Marc Augé)

A mi “vieja cuadrilla” calagurritana. Siempre voy de avanzadilla. Como escribió Aristóteles, “la amistad es lo más necesario de la vida”. Pero no la virtual, la física. La que deja huella real, no aparente. La que hoy echamos en falta. El abrazo (físico) de la palabra, como diría Maffei.  

Sesenta y cinco años. Son muchos. Y han pasado rápido. Sin apenas darme cuenta he envejecido. Aunque mi espejo siga engañando mi mente, y me diga que no estoy mal. Que no parezco tener tal edad. ¿Dos o tres menos, quizás? Da igual. Los tengo. Conviene que vaya tomando “conciencia de haber envejecido”. La decrepitud llegará, si la vida aguanta. Es inevitable. Como la muerte. No hay que orillar lo que implica el paso del tiempo.

Además, estoy confinado, como todos. Cumplo años en plena pandemia. Un presente doloroso. Cuando la ancianidad se ha mostrado como el eslabón más débil. El más abandonado. Cubierto de indignidad por una sociedad que se llama del bienestar. Y con un futuro plagado de incógnitas. El COVID-19 me ha introducido en “la tercera edad” (así la siguen llamando), de un portazo, sin salir de casa. Un encierro que, si me pongo pesimista, puede querer decir que me encuentro atrapado en un cuerpo que declina, en unas facultades que, si bien manteniéndose, cada día ofrecen menos prestaciones. Ley de vida. O lo contrario. Pero es día de optimismo. Al menos en mi caso. He llegado hasta aquí, que no es poco. Antes “disimulaba” la edad. Es necio hacerlo.

Asumo la entrada en esa edad amortizada con serenidad. También con sosiego, como reconocía el filósofo Wilhelm Schmid en su recomendable libro. Iré a trabajar unas horas, y luego celebraré el sesenta y cinco aniversario de mi existencia en familia. Con Alicia y Paola. Las “niñas” de mi vida. Lejos de mi madre y hermana, ambas muy vulnerables, por distintas razones, a las garras del virus. Mi gran preocupación en estos momentos. La Rioja es dónde más se ha cebado el virus cabrón. Las echaré mucho de menos.

No me jubilaré voluntariamente, salvo que las circunstancias me obliguen. Habrá muy poco trabajo a partir de ahora. Toca sufrir, también a quienes tenemos una actividad profesional liberal o que somos empresarios-autónomos. Pero me encuentro en buen momento de forma, intelectualmente hablando. Tendré que reinventarme por enésima vez. Ya la última. Y por poco tiempo. Intentar sobrevivir los duros momentos que nos esperan. Si el trabajo declina, como es más que probable, volveré la mirada a la amplia biblioteca que tengo en el Estudio, y me encerraré a leer y escribir, emulando ser un pobre aprendiz de Montaigne, para mí el mejor ensayista. Solo releyendo una y mil veces sus Ensayos se aprende a vivir y a pensar. Me dedicaré, así, a “vivir escondido”, como predicaba Epicuro. Me vendrá bien distanciarme del ruido. Tengo muchos proyectos. Recuperaré horas con la familia, aquellas que les robé para llegar a ningún sitio. Les debo mucho tiempo. Frecuentaré más a los amigos, antes de que, unos u otros, vayamos desapareciendo de la escena o nos aparquen las circunstancias. Viajes cortos, pero intensos. También mucha quietud. Disfrutaré de los pequeños placeres de la vida y del momento. Del escurridizo presente, que es siempre el que importa.

Tengo la fortuna de vivir en una ciudad espléndida, Donostia-San Sebastián. Sólo pasear me carga de ánimo y de vida. El parque de Cristina Enea, que llevo tiempo sin visitar, es mi refugio: me insufla aire fresco, naturaleza, tranquilidad y reflexión. Dentro de unos días, si nada se tuerce (pues en estas fechas todo es posible), volveré a frecuentarlo. Pasearé, lo que hacía todos los días antes de que la normalidad vital se quebrara. Disfrutaré de la naturaleza y de los animales. Ya habrán nacido los primeros patos, siempre amenazados en sus primeros y quebradizos días de existencia por las crueles gaviotas. Ahora no hay nadie que las espante. En mis paseos diarios, lo hacía con frecuencia. Me llevaré algún libro (entre ellos, cuando lo adquiera, el último de Lamberto Maffei, Elogio de la palabra) y leeré sentado en sus bancos en plena tranquilidad de un parque incrustado en la ciudad. Felicidad en estado puro. Lo demás, estupideces.

Releía estos días pasados varias obras. Entre ellas, un breve opúsculo de Marc Augé, El tiempo sin edad. Confieso que no me gustan los gatos (que son centrales en su relato por las similitudes que entabla entre la vida de estos y su propia existencia), aun así la obra me resulta fascinante. Tiene un capítulo, el penúltimo, que se titula “Envejecer sin edad”. De esas páginas extraigo la cita inicial, así como las que a continuación recojo, al hilo de las siguientes reflexiones.

Es absurdo engañarnos a nosotros mismos. O estúpido. El paso del tiempo es inexorable. Y distraer su presencia es aplazar lo evidente. Hay que practicar ejercicio, pero no para evitar envejecer, algo que es imposible; solo para encontrarnos mejor, más saludables y con menos achaques, puesto que algunos siempre tendremos:

“La ‘aparentemos’ o no, tenemos nuestra edad, por supuesto; la tenemos, pero es ella la que nos tiene”

“En nombre de la buena forma física, de la salud y del bienestar, se acosa y se tratan de expulsar los signos de envejecimiento (…) Pero aun en aquellos o aquellas que se desloman toda su vida haciendo ejercicio, a fin de cuentas es el cuerpo el que dice la edad”

“Se trata, pues, si se quiere ‘permanecer joven’, de enseñarle a disimular o a mentir. ¿Mentir a quién? A los otros y a uno mismo. A uno como a otro. Como si tuviera otro cuerpo, otro fuera del cuerpo”.

Pero hay que vivir, vivir plenamente, como invitaba a hacerlo Cicerón. Y, en ello, hay mucho de fortuna, también de preservarse, pero sin obsesiones, con calma:

“Cuestión de suerte, por una parte: algunos son menos afectados que otros por los males de la edad, o más tardíamente. De golpe, adquieren espontáneamente la sensatez del gato, y no piden a su cuerpo más de lo que le puede dar”.

Debemos prepararnos pare el declive, más temprano o más tarde llegará. Asumirlo con estoicismo y valentía. No hay opciones. Es una auténtica putada que nos juega la vida, siempre que esta se mantenga:

“La decadencia física más o menos avanzada es para quien la vive -testigo de sí mismo en alguna medida- un doble sufrimiento, físico y moral, inexplicable en tanto sólo traduce la indiferencia de la naturaleza. Esta allí, eso es todo, al igual que el pasado no existe”

“Pero esa decadencia, otros la conocieron mucho antes, a veces de niños, y este pensamiento podría y debería atemperar la amargura de los que no quieren reconocerse en el cuerpo suficiente que los aprisiona y los humilla”

La soledad de la vejez es lo peor. Hay que aplazarla, engañarla y, en la medida de lo posible, evitarla. Los terribles días pasados con esta pandemia lo han mostrado con toda su crudeza. Morir en soledad es el peor de los escenarios. Al que hemos condenado a miles de personas. Mientras tanto, en nuestro ideario social, seguimos celebrando la jubilación como una fiesta. Habría que pensar mucho sobre eso.

“Se dice que la soledad es uno de los males más crueles de la edad avanzada”

“La jubilación, a la que sin embargo algunos aspiran, impone de golpe un distanciamiento de las familiaridades cotidianas que pueden perturbar, por tanto que se parece a una especie de muerte. A veces se celebra en una ceremonia que evoca unos funerales.

“No se puede envejecer mucho tiempo sin ver alejarse o desaparecer muchos amigos cercanos”

En fin, a pesar de todas las sombras que rodean nuestra existencia inmediata y futura, me siento afortunado. Al menos, hoy. Mañana no sé, ni me importa. Un día para celebrar. Siempre recuerdo que tengo (casi) treinta años menos que la reina de Inglaterra, que siempre tomaba como aperitivo un gin-tonic. Nunca he sido monárquico. Pero, es un hábito “ejemplar” (aunque desconozco si lo sigue teniendo). Como me recuerda Alicia, algo que decía un conocido: donde hay un gin-tonic y una terraza, hay vida. Por eso ahora echamos tanto en falta “esa vida”. La real, no la virtual. Volverá. Paciencia estoica.

Y, por favor, no me felicitéis. Además, cuando “cuelgue” estas reflexiones, cerraré a cal y canto las redes sociales. Hasta mañana. Felicitad a la reina de Inglaterra. Que cumple 94. No pretendo eso. En absoluto. Solo quiero dejar constancia del paso del tiempo. Y reflexionar en voz alta. Para no engañarme. Desnudar mi edad no es obsceno. Aunque los pueda parecer. Si a alguien le sirve de consuelo, bienvenido sea. Vivamos el presente, aunque -como decía Séneca- resulte un tiempo tan breve, “que a algunos les parezca inexistente”. No lo es. Existe. Es el instante. El aquí y el ahora. Lo que debemos y podemos paladear. La felicidad del momento, como reconoce Compte-Sponville. Lo demás, es adjetivo. O superfluo. Un engaño. El presente, en palabras de Rüdiger Safranski, también filósofo, “es la pequeña eternidad”. A disfrutarla.

Buen día 21 de abril de 2020. Aunque sea lluvioso. Aquí, al menos, lo es. Como dijo el filósofo Alain: “La lluvia es alegría”

 

 

LIBROS 2020 (II)

 

Alessandro Baricco, Una cierta idea de mundo, Anagrama, 2020

 

BARICCO 2

“Yo más bien pienso que la razón por la que uno sigue leyendo, cuando tiene un libro entre las manos, no debería ser que quiere llegar a ningún lugar, sino que quiere permanecer dónde se está” (p. 77)

 

Si usted disfruta con la lectura y los libros, esta obra de Baricco es indispensable en su biblioteca. Escrita hace más de ocho años, se edita ahora por Anagrama en castellano. Tal vez en el origen de esta edición se encuentre en la buena acogida  que tuvo el reciente libro de Alessandro Baricco, The Game, editado también por Anagrama (y reseñado también en este Blog: https://rafaeljimenezasensio.com/2019/07/21/el-juego-del-poder-datos-personales-en-la-era-de-la-revolucion-tecnologica/) 

El libro es delicioso. Contiene las reflexiones personales que le han despertado al autor  la lectura de cincuenta libros, que selecciona en función de diferentes criterios que no tienen aparente hilo conductor. No son propiamente hablando reseñas, sino algo mucho más rico, pues Baricco se recrea en algunos de sus detalles, obviamente los que más le impactaron en la lectura o relectura de tales obras. Se trata de comentarios de tres páginas plagados de brillantez, extraordinariamente escritos y muy amenos. No es fácil dejar el libro una vez comenzado. Aunque tiene el gran atributo de que se puede leer también en muchos momentos, seleccionando alguna de esas exquisitas miniaturas llenas de sugerencias y no exentas de anécdotas.

La confesión inicial del autor lo dice todo: “Yo tengo dos o tres cosas que conozco a fondo y que amo con locura. Una de ellas son los libros”. Advierte, no obstante, que esa selección, en la que incluye casi de todo (novela, ensayo, libros entonces recientes, otros descatalogados, etc.) no se corresponde con lo que se podría calificar como “los cincuenta mejores libros de mi vida”, sino que se trata de una muestra hasta cierto punto “fruto de la casualidad”, de lo que “por azar he leído en un periodo de su vida, solo eso”.

Y hecha tal declaración de intenciones, sumergirse en el contenido es adentrarse en un trasiego estimulantes de obras dispares y distintas plagadas de interés. Transitan por esas páginas autores y obras conocidos, con otros muchos autores y libros (al menos para mí) que son auténticos descubrimientos. Por sus páginas se deslizan obras y autores clásicos, novelistas afamados, otros más recientes, filósofos reconocidos, otros menos, así como ensayistas de enorme prestigio y obras aparentemente banales, pero de una fuerza interna indiscutible, al menos tal como las describe Alessandro Baricco.

Cada libro comentado, además, viene precedido del contexto por el cual el autor llegó a él; una veces las recomendaciones de amigos o conocidos, otras la casualidad o el azar, también la curiosidad y, en ocasiones un reto de lectura.

Algunas citas que se recogen en el libro, por cierto no excesivamente abundantes (en eso el autor ha sido muy selectivo) son geniales. He estado tentado de reproducir muchas de ellas, pero mejor que el lector, en función de sus preferencias, descubra las que más le estimulen.

Pero no quiero cerrar esta breve reseña sin recoger dos ideas que desliza el autor al hilo de los comentarios a sendos libros. La primera es la alabanza que hace del libro de Hilary Mantel, En la corte del lobo. Tras mostrar el patrimonio de erudición desaforada con el que ha trabajado la autora, destaca que no se pase todo el tiempo recordándotelo. Y concluye: “Hay pocas cosas más penosas que dejar que en un libro aparezcan los rastros de todo lo que se ha estudiado”.

Y el cierre del libro, al hilo de la obra de Charles Darwin, Autobiografía. Allí, una vez ha alabado el tono sereno y dulce utilizado por el autor para hablar de sí mismo, concluye Alessandro Baricco de una forma muy original. Hay algo que nunca se consigue tener bajo control: “lo que queda al final, lo que emerge cuando lo hecho hecho está y lo que permanece es el merecido alivio de algún fin”.

LIBROS 2020 (I)

LIBROS 1

Inauguro hoy, 19 de enero de 2020, víspera del día de San Sebastián, esta sección del Blog que persigue ser periódica (siempre que mis obligaciones me lo permitan). Y que pretende únicamente compartir algunas recientes lecturas que, por diferentes motivos, me han despertado especial interés o, lisa y llanamente, me han hecho pasar buenos momentos y horas de disfrute. Debo añadir que se trata, por lo común, de obras de ensayo.

Si este modesto “Rincón de lectura” sirve al menos para orientar y, en su caso, estimular la adquisición y lectura de algunas de estas obras que iré reseñando puntualmente, ya habrá cumplido su finalidad. No tiene otra.

 

Gregorio Luri, Sobre el arte de leer (10 tesis sobre la educación y la lectura), Plataforma Editorial 2020, 104 páginas.

el arte de leer

“(La lectura) es un arte en el que no se puede progresar si se tiene la curiosidad abotargada”

“Lectura, escritura y habla van unidas”

“Al aumentar la competencia lectora, se facilita también la escritora, que nos permite que nuestros pensamientos sean más lúcidos y claros”

Nada mejor para iniciar esta sección que con la breve y espléndida obra de Gregorio Luri. Un libro editado a finales de 2019, pero que se agotó de inmediato en su primera puesta en escena. Lo cual da ya una idea de su sugerente contenido.

Tiene como base una conferencia (“Sin educación no hay lectura”) que el autor pronunció en el Forum Edita, organizado por el Gremio de Editores de Cataluña y la Universidad Pompeu Fabra. En poco más de cien páginas, con letra amplia e interlineado también (lo que facilita la lectura a quienes nos olvidamos a veces las gafas en los viajes), el autor desgrana, como bien refleja el subtítulo, diez tesis sobre educación y lectura. No piensen equivocadamente que va dirigido a profesionales del mundo educativo, aunque también ellos lo disfrutarán. Es lectura recomendada para cualquier edad y condición, pero especialmente para adolescentes y universitarios, particularmente todos aquellos que han sustituido fulminantemente la lectura de libros por las prótesis digitales. Prepárense, en todo caso, para disfrutar de tales páginas, de lo bien escritas que están y de la vasta cultura que desgrana el autor, no exentas de algunas anécdotas hilarantes y asimismo de referencias a numerosos autores que no cansan en absoluto al lector ni distraen el objetivo último del autor.

Llegué casualmente a Gregorio Luri cuando leí su obra La imaginación conservadora. Luego, por razones que no vienen al caso, he adquirido y leído algunos de sus libros, especialmente en materia educativa, en la que es un consagrado maestro. Cuando se difundió la edición de este último libro sobre el arte de leer me precipité a buscarlo y mi librero de confianza (Lagun) me dijo que estaba agotado. Se lo encargué y no me llegaba. Es lo que tiene vivir en la periferia y no recurrir nunca a Amazon. En un viaje a Zaragoza acudí a la librería a la que siempre hago visita obligada (Antígona). Habían vendido todos y esperaban remesa nueva. Mi gozo en un pozo. Al final, tuve suerte, y lo encontré en una librería pequeña, pero siempre selectivamente nutrida (Donosti).

El libro se lee en muy poco tiempo. Aunque releerlo será siempre un placer. Pocas páginas para muchas ideas. Sinceramente, no duden en adquirirlo y comprarlo, no se arrepentirán. Seguro que lo regalan a propios y extraños. No recogeré más citas del libro, pues me he puesto el objetivo de no superar tres en ninguna obra reseñada, aunque podría llenar páginas enteras, lo cual ya nos da una pista de que no tiene desperdicio alguno. Magnífica obra y extraordinario cierre o postdata. No les digo más, descúbranlo ustedes mismos.

 

Raffaele La Capria, La mosca en la botella. Elogio del sentido común, Ediciones El Salmón, 2019, 145 páginas.

la mosca en la botella

“Para mí, el sentido común quiere decir sentirte parte de un mundo natural y espiritual en tanto que es posible ser compartido por muchos, pero que no se toma prestado, ni es imitado, ni mucho menos impuesto. Quiere decir reaccionar al excesivo intelectualismo que domina el debate (…). Quiere decir dirigirse a la mayoría, no sólo a los equipados con conceptos”.

“La mentira es autista: habla sólo de sí misma. Se alimenta de sí misma, vive para sí misma, se ama a sí misma”.

“Cuando la ideología es irreconciliable con los hechos, se deben tener en cuanta los hechos y dejar a un lado la ideología”.

 

Se trata de un libro editado hace años en italiano. Su edición en España, salvo error u omisión por mi parte, data de 2019. Aquellas personas que disfruten con el ensayo no les defraudará. Es original en el planteamiento (una suerte de reflexiones escritas en diferentes momentos, pero cuyo hilo conductor es la reivindicación del sentido común frente a la exageraciones del mundo conceptual o, mejor dicho, del conceptualismo degradado de masas.

El tránsito de la cultura del sentido común a la cultura de la modernidad es analizado con estilo claro y pulso narrativo excelente. Con base en el mundo artístico, en sus diferentes manifestaciones, el autor reniega del arte mediado por los especialistas o por los críticos, con una defensa encendida del sentido común, al margen de que a veces no confunda o se equivoque. Pero no se queda ahí. También aplica sus tesis a la política y a las relaciones de poder. Cuando un tertuliano aplica el sentido común nadie le escucha. Es mejor conceptualizar, aunque sea en el vacío. Se aleja por tanto el autor de la conceptualización pedante, tan en boga en algunos ámbitos.

Particularmente atractivas, a mi juicio, son las páginas dedicadas a la verdad (o mejor dicho, a la mentira) en la política. Con cita obligada de Hanna Arendt. Buena parte de sus reflexiones son trasladables a la realidad actual. Reniega La Capria de las actitudes militantes, del sectarismo político y también de aquellos que manosean conceptos de forma interesada y oculta. También reniega el autor de los divulgadores afables, los reduccionistas ingeniosos y de los oradores que se ganan la simpatía del público con mensajes vacuos.

El cénit de su reflexión se sitúa cuando califica a Italia (obra escrita inicialmente en la década de los noventa del siglo XX), como más inmoralmente politizado del mundo. Un podio por el que España disputaría en estos momentos. Y, en fin, se plantea el dilema de cómo puede salir la mosca de la botella. Su medicina está clara: huir de los creyentes de derechas y de izquierdas, y reivindicar –como hacía Pasolini- “el derecho del intelectual a estar siempre en la oposición”. Pero no se equidistantes, sino equicontrapuestos con la misma fuerza frente a la derecha y a la izquierda “según la respuesta que requiera la situación”. La cita de Orwell, fechada en 1946, es clarificadora de algo que hoy en día lamentablemente sigue empañando la visión de determinadas concepciones ideológicas: “El pecado de todas las personas de izquierda desde 1933 en adelante fue el de haber querido ser antifascistas sin ser antitotalitarios”. Ejercer, cuando ello sea imprescindible, la oposición a ambos lados del espectro ideológico no es, como reconoce el autor, una posición cómoda, pues representa que quien lo haga no será amado por nadie. Pero de ahí su grandeza moral. La conclusión final es muy precisa: “Hay siempre espacio para la Libertad, incluso cuando todo conspira contra ella”.

Libro también de recomendable lectura. No les oculto que he disfrutado muchísimo con su lectura. Además, aunque no sea lo importante (o tal vez sí), con una mirada que penetra profundamente también nuestra particular realidad política, social y cultural. No ha cambiado tanto desde que fue escrito.

Su ambición o su intención, como bien precisa en un apólogo, cuando escribió el libro no era otra que, haciendo suyas las palabras de Heinrich Heine, que la siguiente: “(…) yo devuelvo el pensamiento a la vida mediante el poder mágico de las palabras que todo el mundo puede comprender, gracias a la magia negra de un estilo sano, claro, popular”.