EL LEVIATÁN “ENCADENADO”

EL PASILLO ESTRECHO

 

“La capacidad del Estado depende en parte de cómo se organizan sus instituciones, pero de manera más decisiva depende de su burocracia” (p. 32).

“La libertad y, en última instancia, la capacidad del Estado dependen del equilibrio de poder entre Estado y sociedad” (p. 66).

 

Un Blog que tiene por objeto central las instituciones no podía pasar alto el libro de Daron Acemoglu y James A. Robinson, titulado El pasillo estrecho. Estados, sociedades y cómo alcanzar la libertad: ¿Por qué en unos países florece la libertad y en otros el autoritarismo? (Deusto, 2019). Tras la buena acogida que tuvo su conocido libro Por qué fracasan los países (Deusto, 2012), los autores retornan al mercado editorial español con otro extenso volumen (670 pp.) del que solo resaltaré algunas ideas-fuerza, que me permitirán extraer, siquiera sea de forma esquemática, unas breves lecciones sobre el momento actual del Leviatán español.

La tesis central de la obra se sitúa en que la libertad solo florece realmente donde hay un Leviatán encadenado; esto es, allí donde se producen una serie de rasgos: elecciones libres y rendición periódica de cuentas de los gobernantes (que sean expulsados del poder cuando ejercen un mal gobierno), una burocracia sujeta a examen y supervisión, así como una sociedad atenta que se implica en política y cuestiona el poder. En verdad, lo que los autores proponen con un formato original, ya estaba en parte inventado. Y, dentro de ese arsenal de exigencias que requiere el Leviatán encadenado destaca, a juicio de los autores, la persistencia en que el control ciudadano del poder es consustancial a la libertad, una cuestión que magistralmente desarrolló el filósofo Alain hace más de un siglo, y que siempre recuerdo (El ciudadano contra los poderes, Tecnos, 2017).

La tesis del libro se completa con la idea de que el Leviatán encadenado se mueve en “un pasillo estrecho” entre dos polos: el Leviatán despótico y el Leviatán ausente. Entrar en el pasillo requiere muchas exigencias, pero una en especial: parafraseando la obra de Lewis Carrol, Alicia a través del espejo, los autores acuñan lo que denominan como “el efecto de la Reina Roja”. La sociedad no puede detenerse ni relajarse en el control del poder, pues si lo hace “el Leviatán encadenado puede convertirse con rapidez en uno despótico”. Y eso es lo que siempre se debe evitar. Cabe recordar las palabras de Pasolini frente al ejercicio del poder, sea este el que fuere: “El derecho de los intelectuales es estar siempre en la oposición”.

Ciertamente, conforme avanza el libro el esquema se diversifica, y particular importancia adquiere en nuestro caso la noción de Leviatán “de papel”, una expresión del poder en la que las élites políticas anulan o adormecen a la ciudadanía e hipotecan completamente su papel de vigilarlo o controlarlo. La movilización social, cuando existe, es orquestada por quienes detentan el poder. Y las reglas impersonales en la judicatura y en la burocracia son total o parcialmente cortocircuitadas para evitar que el poder se sujete a tales controles o “cadenas”. Como buenos conocedores de países en vías de desarrollo, y particularmente de Latinoamérica, los autores ponen algunos ejemplos muy evidentes de “Estados de papel”. De hecho, como se recoge en la cita inicial de esta entrada, sin unas instituciones fuertes y sin una burocracia profesional e impersonal los riesgos de “no entrar” o de “salir del pasillo estrecho” son mayúsculos.

Y esto me permite explorar algunas hipótesis sobre el (mal) estado (o al menos, sobre el estado deficiente) de “nuestro Leviatán”. La sociedad civil española es débil, y ello cuestiona frontalmente que se den las condiciones objetivas para que el monstruo marino sea efectivamente controlado con cadenas que impidan sus desmanes (comportamiento despótico), su “ausencia” en ocasiones o, en fin, que sea visto en momentos puntuales como un Leviatán de papel. Bien es cierto que se tienen medios de comunicación libres, un amplio reconocimiento formal de derechos y libertades, elecciones periódicas, posibilidad de no reelegir a los malos gobernantes, una Administración de apariencia profesional y un sofisticado y prolijo sistema formal de controles del poder.

Sin embargo, en esta época de política espectáculo, la ciudadanía realmente no participa en el control del poder, simplemente se entretiene y desata, de vez en cuando, sus iras grupales (más aún en las redes “asociales”) hacia el lado contrario. La Administración Pública lleva décadas esperando una transformación que nunca llega y se adapte, así, a los innumerables desafíos que ya no admiten aplazamiento alguno. Su cúpula y las entidades públicas que la rodean están absolutamente ocupadas por criterios clientelares. No hay tampoco control efectivo de las instituciones, pues estas se encuentran asimismo hipotecadas por una colonización política descarada y bochornosa, que no parece tener fin ni con gobiernos conservadores ni con gobiernos progresistas, pues ambos, más aún en estos ámbitos, adoptan comportamientos políticos regresivos o de retorno al punto de partida del que nunca se mueven: al clientelismo más feroz y a la captura descarada de esas instituciones que son las llamadas, paradójicamente, a “encadenar” (controlar) el ejercicio del poder y su (potencial) deriva despótica. Y ello sucede en el nivel central de gobierno, pero también en todos los niveles territoriales, sin excepción alguna. Es verdad, no obstante, que, con algunas heridas que les dejan maltrechas, la administración pública y la judicatura ofrecen desvaídos rasgos de una impronta profesional, aunque cada vez con unos trazos más obsoletos. Y comienza a imponerse, tanto en las estructuras centrales como territoriales, “una poderosa lógica política que favorece abandonar la meritocracia y la construcción de la capacidad del Estado”. Señales y actitudes enormemente inquietantes.

No pretendo ser catastrofista en el diagnóstico, pues todo lo descrito debiera ser en pleno siglo XXI una tendencia patológica que, pese al dilatado arraigo, habría de corregirse de inmediato si queremos tener un Leviatán eficiente, poniendo en el centro de la política instituciones fuertes (en clave de Agenda 2030, ODS 16) que sean objeto de control ciudadano y convenientemente encadenadas para evitar que ese Leviatán salga “del estrecho pasillo” y acabe derivando en otro Leviatán distinto, nada recomendable para la salud democrática. La verdad es que, como anoté marginalmente en un pasaje del libro conforme lo iba leyendo, en España siempre nos ha gustado tener un pie “en el (estrecho) pasillo” y otro fuera. Esperemos que pronto tengamos los dos dentro y nuestro particular Leviatán, que tantos disgustos produjo, esté definitivamente bien encadenado. El monstruo marino siempre ha sido un peligro. La historia de la humanidad lo avala una y mil veces. Y la nuestra también. Bien es cierto que, como recordó Roosevelt, según cita de los autores, “los hombres necesitados no son hombres libres”. Los derechos de la ciudadanía son imprescindibles, sin duda (aunque no solo) también los sociales, pues marcan límites al poder o demandan prestaciones efectivas que persigan la igualdad. Pero sin invertir en instituciones fuertes y sin un control real (no disimulado) del poder, la Reina Roja no podrá cumplir sus deseos “de ir dos veces más rápido si quieres ir a otro sitio”.  Y posiblemente, a pesar de su pretendida velocidad, descarrile, saliéndose del pasillo.

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