UNA DEFENSA DE LAS IDEAS CONSERVADORAS (Reseña sobre el libro de Gregorio Luri, La imaginación conservadora, Ariel, 2019)

luri

 

“Nuestra inteligencia política es siempre menor que la urgencia con que los problemas nos reclaman una solución. Por eso es bienaventurado el país cuyos dirigentes saben elegir el mal menor, comprometiéndose, si hace falta, con el apoyo de lo malo frente a lo peor, y cuya ciudadanía confía en sí misma y en sus instituciones” (G. Luri, p. 153)

Debo reconocer que me costó adquirirlo. Lo tuve varias veces en las manos, lo hojeaba siempre y lo dejaba en su sitio. Recientemente, había leído un ensayo sobre el conservadurismo que me dejó frío. Y temía caer en la misma trampa. Sin embargo, en este caso leí después alguna entrevista al autor y, asimismo, alguna crítica favorable. Finalmente, compré el citado libro. Estuvo en lista de espera algunos meses, pues otras inquietudes más inmediatas tenían preferencia, algunas por motivos ciertamente prosaicos. Y estos días pasados me adentré en su lectura.

Me sorprendió el perfil de la persona, sobre todo su procedencia de la ribera de Navarra (Azagra), muy cerca de dónde me crié en fechas paralelas. Debo confesar que no había leído nada suyo. El prolífico autor se había movido por los senderos de la educación y de la filosofía, aunque más recientemente se atrevió con la vida de la madre de Ramón Mercader, el asesino de Trotski. Mis preferencias de lecturas, aunque advierto en sus citas del último libro algunas afinidades selectivas (también distancias notables, he de advertir), han caminado generalmente por otros derroteros.

Tras una primera lectura, debo reconocer que el libro de Gregorio Luri es muy estimulante intelectualmente, aunque el lector se mueva distante o, incluso, en las antípodas de su pensamiento conservador, hilo conductor que impregna sin ambages buena parte del libro, pero que destaca sobremanera en el capítulo dedicado a refutar las tesis de Hayek formuladas en su Post-scriptum titulado “¿Por qué no soy conservador?”, incorporado en su fundamental obra Los Fundamentos de la Libertad (Unión Editorial, 5ª edición, Madrid, 1991, pp. 470 y ss.). Allí Luri, sin ningún circunloquio, expone sus tesis como defensor a ultranza de lo conservador. Y se enzarza con Hayek por la idea que este expone de forma directa: “Lo típico del conservador (…) es el temor a la mutación, el miedo a lo nuevo simplemente por ser nuevo”. En este pasaje el autor austriaco pretendía destacar las diferencias entre liberalismo y conservadurismo, tesis sobre las que se revuelve inteligentemente Luri, diferenciando el paleoconservadurismo de la tradición conservadora. Así se explica el autor: “Los conservadores sabemos que quien viva sólo pendiente de lo nuevo o de lo viejo, vive en la fuga del presente. He intentado defender que el propósito conservador es darle consistencia y densidad al presente para que el sentido de lo real no acabe fagocitado por el sentido de lo posible” (pp. 280-281).

Son constantes las citas a Balmes, Vázquez de Mella y, en particular, a Donoso Cortés, cuya última etapa no fue precisamente digna de ser calificada como “conservadora”, sino fuente de inspiración de la dictadura y oráculo de algunas de las tesis de Carl Schmitt, autor también citado con tino en varias ocasiones. Sorprende igualmente la ausencia en el libro de la importante obra de Luís Díez del Corral titulada El liberalismo doctrinario (CEC 1984), pues esa obra a mi juicio es fundamental para comprender la construcción del conservadurismo en España, esencialmente durante el período isabelino y el sistema político de la Restauración (a los que tanto recurre, sobre todo a este último). El Estado en España, conviene reconocerlo, se ha edificado hasta 1978 en buena medida con materiales doctrinarios y en otros periodos mediante la vigencia de regímenes autoritarios. Y eso también marca tradición político-institucional, aunque no siempre de la buena. Conviene recordarlo. La hipertrofia actual de la separación de poderes en España y del fuerte clientelismo existente, encuentra mucha explicación (no toda, bien es cierto) en esos largos períodos de constitucionalismo chato y prácticas políticas endogámicas, atrevás de las cuales se jibarizaba el Estado y su Administración Pública. Lo expresó muy bien Manuel Zafra: “Fue inevitable que los tres poderes se fundieran en un compacto bloque oligárquico que patrimonializó el Estado, esto es la Administración Pública”. La obra de Joaquín Varela Ortega es en este punto central, sobre todo para analizar el sistema político de la Restauración. Todo ello lo traté, con un enfoque mucho más modesto, en el epílogo (“España, ¿un país sin frenos?”) al libro Los frenos del poder. Separación de poderes y control de las instituciones (Marcial Pons/IVAP, 2016). Agua pasada, que sigue -paradójicamente- estancada.

El autor es inmisericorde con Joaquín Costa. También con la generación del 98. No son casualidades sus aplausos y censuras, bien repartidos en función de la trayectoria ideológica de las diferentes fuentes. Aunque hay excepciones y no pocas. Gregorio Luri salva de la quema a algunos políticos y ensayistas de tradición progresista o republicana, entre ellos (por solo citar algunos) a Sagasta o a Azaña. No regatea citas de Orwell. Y no son los únicos. Liberales como Tocqueville salen bien del empeño (aunque obvia a Constant y sobre todo a Isaiah Berlin). Pero a quienes ensalza de verdad es, entre otros, a los autores procedentes de la Escuela de Salamanca, así como a Jerónimo Feijoo, a Menéndez Pelayo y, especialmente, a Cánovas del Castillo. Es parco con Chateuabriand. Ignora a Guizot y Royer-Collard, tal vez porque sus fuentes principales son patrias. Es una hipótesis.

Gregorio Luri muestra un amplio bagaje de lecturas, que son las que le han dado munición para escribir este libro. Un estudio valiente que sale del armario cuando el conservadurismo en España está en horas bajas políticas y con cierta desorientación. El primer párrafo del libro comienza con la perplejidad que mostró su editor cuando le presentó el proyecto de esta obra, pues le espetó lo siguiente: “¿Defender el conservadurismo … en España?”. Y eso ni más ni menos es lo que hace la obra, con notable eco y buen pulso narrativo, por cierto. Aunque hay capítulos que se leen mejor que otros. En verdad, el libro de Luri, como él mismo reconoce en la última página de la obra, es “un libro de resonancias”, más bien diría que se trata de una innumerable selección de citas ordenadamente expuestas a las que acompañan unas cuantas anécdotas extraídas de la vida real o contada, algunas de ellas desternillantes (como la de Amadeo de Saboya y otras muy ilustrativas), que arman un edificio conceptual que pretende no mostrar fisura alguna. Otra cosa es que lo consiga finalmente. Será leído, desgraciadamente, con el cristal ideológico. Aunque solo toque de refilón la situación española actual. Pero el subtítulo no engaña.

Su armazón conceptual se construye a través de la noción de politeia. El recurso a Platón es constante, hasta el punto de criticar duramente la incomprensión que mostró Karl Popper de las enseñanzas de Platón. Su enfoque, sin embargo, se aleja radicalmente de lo totalitario y de las expresiones autoritarias, abrazando radicalmente la democracia (y este es un punto que debe destacarse), incluso un conservadurismo de base social: “El reaccionario vive asomado al pasado como el revolucionario (…) al futuro)”. Apuesta por la evolución y llega a este argumento de la mano de Balmes: “Queréis evitar revoluciones? Haced evoluciones”. Como en algunos otros de sus escritos, hace una llamada a la prudencia política. Destaca la idea de que en política “con frecuencia la brocha gorda posee más poder movilizador que el pincel fino”. Y parafraseando a Maura subraya: “La memoria es evidentemente una de las prófugas de la política”.

Busca en Donoso hasta encontrar las sentencias más convenientes: “Los pueblos sin tradiciones se hacen salvajes”. Y de ahí extrae una de sus tesis fuertes: “De lo que se trata, para el conservador, es de mantener vivos los ejemplos de excelencia para construir con ellos un vínculo intergeneracional que facilite el relato más noble de los nuestro”. Una reflexión que me recuerda al interesante debate entre Hamilton y Jefferson sobre la vida y reforma de las Constituciones: esto es, la hipoteca que para las generaciones venideras representaban, a juicio de Thomas Jefferson, los textos constitucionales aprobados por sus mayores (y la necesidad de cambiarlos permanentemente, lo que dio lugar al adanismo constitucional) frente al “mito fundacional” y la pretensión de “mejorar y perpetuar, no malograr el legado”, en palabras de Hamilton. Idea que también recuerda al debate entre Burke y Thomas Paine, en el que el Edmund Burke sentenciaba lo siguiente: “Respecto del futuro debemos comportarnos como tutores. Debemos intentar no tanto incrementar su patrimonio como evitar ponerlo en riesgo” (Revolución y descontento. Selección de escritos políticos, CEPC). Y como expone más adelante Luri: “El conservador sabe que sin la música común (el consenso básico de la copertenencia), la confianza mutua de resquebraja”. En esas dos ideas-fuerza, “politeia” y “copertenencia”, arman buena parte de las tesis del libro.

Pero me interesa destacar algunas otras aportaciones de notable interés, más neutras ideológicamente. Una de ellas arranca de nuevo de Platón: “Cuando el animal político se degrada en animal emotivo, la salud colectiva está en riesgo”. No olvida el autor que la política es emocional, pero detesta llegar al extremo de los “razonadores enajenados”. Ya lo decía Bécquer, algo enteramente olvidado hoy en día en las redes sociales: “Cuando siento, no escribo”. Luri tiene claro en qué consiste el arte de la política: “transformar la energía de las causas eficientes en impulso hacia las causas finales”.

Particularmente sugerente es, a mi juicio, el tratamiento de lo que –siguiendo una vez más a Platón denomina- como teatrocracia: “régimen de los espectadores del teatro (político) convertidos en espectadores de su ciudad y de sí mismos”, así como la reflexión sobre “una mujer hermosa con un velo largo”, más concretamente sobre “la transparencia”. Su crítica al lenguaje políticamente correcto lo extiende a una determinada inteligencia, sin duda equivocada, de lo que debe ser la transparencia (“la última virtud que ha enterrado a todas las demás”, como expresaba Bredin). Y como subraya el autor: “La transparencia se presenta hoy como una virtud de la que es necesario mostrarse partidario si se quiere ser alguien políticamente”. Pero, como bien señala, “es imposible vivir políticamente iluminado las 24 horas del día por exigencia de verdad. El animal político no podría resistirlo”.

También han despertado mi interés las reflexiones que el autor hace de la meritocracia, que comparto en buena medida: “La meritocracia es una causa que nunca está conquistada, pero que nunca debemos de dejar intentar conquistar”. Su pasado profesional marca huella en este caso. La crítica a la obsesión antielitista del populismo debe ser también compartida. El gobierno de los mejores tiene mucho de eslogan político, generalmente incumplido. Pero la reivindicación de la asociación entre virtudes y talento, algo que ya predicaba Adam Smith de los grandes estadistas, es hoy en día más necesaria que nunca. Su reflexión final no puede sino aplaudirse: “El ostracismo de los excelentes sólo conforta a los mediocres rencorosos”.

El último capítulo gira sobre el desdén hacia lo español, con cita de Vázquez de Mella: “España es una nación que apenas pasa un día sin que se insulte a sí misma”. En esas páginas se condensa tal vez las posturas menos amables (tal vez algo “militantes” o provocadoras) del autor frente a quienes no han defendido causas conservadoras, con alguna excepción. Quizás es un razonamiento demasiado esquemático para los daños colaterales que genera (duro ateque a la Institución Libre de Enseñanza, a los regeneracionistas del 98 o, más recientemente, a las tesis de Álvarez Junco).

En fin, al margen de lo anterior, es muy loable su intento de recuperar los consensos transversales. Luri ensalza la figura de Dato, como un conservador reformador social (que lo fue), pero también la de Canalejas “que almorzaba cada jueves con los conservadores Silvela y Dato”. También destaca el principio del que tanto se enorgullecían Sagasta y Cánovas: “La primera obligación de los partidos con conciencia de Estado es no interrumpir las relaciones fluidas entre ambos”. Canalejas y Dato murieron asesinados por el terrorismo anarquista. Cánovas (también asesinado) y Sagasta, construyeron un sistema de turno político que dio estabilidad constitucional al país durante varias décadas, pero a cambio de falsear el sistema democrático cuyas raíces eran muy pobres. Y lo condujo finalmente al abismo. Canalejas, como recuerda el autor, afirmaba: “Exagerando las dificultades se acrecientan los obstáculos y se debilitan los remedios”. Un liberal que sale bien parado. En todo caso, estaría bien que esa política conservadora eficiente tuviera algún eco en la política española presente, ayuna de soluciones y sectarizada al máximo.

El libro de Gregorio Luri es un texto necesario para todos aquellos interesados en la vida política e, incluso, institucional. No les dejará indiferentes. Es provocador, intelectualmente hablando. Y bien documentado. Aunque, como vengo diciendo, no se compartan algunas de sus tesis ni las pretendidamente solventes compañías intelectuales de las que se prevale en su largo viaje, el libro merece atención y una lectura, también sin duda crítica en algunos de sus pasajes.

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