EL PARTIDO DE LA LIBERTAD, LOS INTELECTUALES Y LA RECUPERACIÓN DE EUROPA

TRIFOLIUM

“Al final la inteligencia sin carácter es mucho peor que la más completa imbecilidad”

(Albert Camus. El partido de la Libertad. Discurso Homenaje a Salvador de Madariaga, 2020)

Albert Camus escribió un delicioso discurso en el acto homenaje a Salvador Madariaga con motivo de su setenta cumpleaños. El acto estuvo avalado por personalidades tales como Robert Schuman, Pau Casals, Marcel Bataillon, Gregorio Marañón y Bertrand Russell, entre otras muchas. El discurso lo tituló Le parti de la Liberté, y ha sido publicado en edición bilingüe por la editorial Trifolium (Granada).

El discurso, breve e impactante, no tiene desperdicio. Se inicia con una frase de Nietzsche: “Optarás por el exilio para decir la verdad”. Y, aunque no siempre se opta por ello, vivir aquí y ahora requiere “militar en tan duro partido”, lo que implica “amar incondicionalmente la verdad y la libertad”. Y ello fue lo que caracterizó a Salvador de Madariaga, quien con finura y honor fue “signo de decencia”. Hombre cortés, pero también fiero combatiente, como así lo define el premio Nobel. No nos interesa ahora entrar en el personaje objeto de tal discurso sino en el discurso en sí mismo, pues Madariaga despertó pasiones encontradas al buscar un punto de equidistancia en una era de total confrontación (polarización, diríamos ahora). Y, en esas circunstancias, estar en medio ya se sabe qué riesgos tenía. Le pasaron factura larga.

El discurso lo pronuncia Camus el 30 de octubre de 1956, en plena guerra fría y tras la invasión de Hungría por el ejército de la URSS para “devolver el orden” tras la revolución allí acaecida. Ello es importante para contextualizarlo debidamente. La intelectualidad estaba entonces dividida, aunque una buena parte de ella callaba ante tales desmanes o atropellos. Y Camus reivindica al intelectual sobrio, comprometido y sobre todo libre. Salvador de Madariaga, a su juicio, entraba en ese tipo. El discurso pone el acento en “la clase de soledad en la que viven los que entre nosotros demandan grandes lecciones”. E incide en que “no nos sobran grandes ejemplos”; añadiendo “por no hablar del debilitamiento general del carácter e inteligencia entre aquellos que tienen el cometido de gobernarnos o representarnos”.

Albert Camus, en el contexto antes citado, rechaza los “elegantes razonamientos” de “los pensadores de la Izquierda” que justifican “la supresión del derecho a la huelga y las conquistas obreras” (dardo dirigido frente al silencio cómplice ante la invasión y la durísima represión que se desató después; justificada con unas crueles palabras de Chepilov, entonces ministro de exteriores de la URSS: “La tierra sigue girando”). La crítica que hace el autor francés a tal intelectualidad es demoledora, y no interesa ahora reproducirla. Pero lo importante es la apuesta en esa lucha interminable por la libertad que personaliza en la figura de Madariaga: “Su ejemplo y su obra nos han ayudado a entender cómo las posiciones cínicas y realistas tienen un prestigio decisivo”. Censura, así, a la “intelectualidad del mínimo esfuerzo”. Y ello conduce derechamente a la aparición de esa especie de intelectual que aún abunda: “El intelectual insensible, dispuesto a justificar cualquier horror en nombre del realismo”.

La paciencia y la firmeza fueron atributos de carácter de Salvador de Madariaga que Camus entroniza. El intelectual firme frente al intelectual insensible. Sus palabras sobre la perversa relación entre odio y justicia a lo largo de la Historia son impagables: “La justicia se diluye en el odio como los ríos en los océanos”. Son personalidades como Salvador de Madariaga las que evitan que se caiga en la desesperación frente al “desierto del mundo contemporáneo”. Y gracias a él, “los francotiradores como nosotros tenemos un partido”: Es el partido de la Libertad. Aquel en el que militan “las personas a las que los implacables y totalitarios insultan”.

La libertad es “la asunción de un deber cívico”, que es todo lo contrario a “la libertad para prosperar y hacer a otros morir de hambre”. Rechaza Camus los privilegios económicos como inaceptables, pero también advierte de que “la nivelación es lo contrario de la verdadera justicia”, y pone sobre aviso (en un pasaje que alarmará, sin duda, pero que anticipa el rebrote populista) en torno a que si bien es cierto que “el poder sólo se ve legitimado por la conformidad popular”, también lo es -a su juicio- que “el sufragio popular directo ha sido un fermento de anarquía o de tiranía”. Conviene contextualizar debidamente esa apreciación para no equivocarse de plano en el juicio.

Salvador de Madariaga se ocupó de la Historia, utilizando la gráfica expresión de Ortega de llevar “una guerra ilustrada contra la muerte”, y librando “un combate sin tregua contra las fuerzas de la noche en favor de la vida y de la libertad”. En una época en que “la disminución de la indignación” destilaba amargura, en la que “nuestros rebeldes se han vuelto hemipléjicos”, la denuncia del intelectual clarividente y no alineado resulta vital “para buscar esperanza de nuestra desesperanza; no hay tregua en el combate de la libertad”.

Tal vez encuentre el lector paralelismos inevitables con la situación presente. Aunque el contexto difiera y hayan pasado casi sesenta y cinco años desde estas palabras. Europa iniciaba entonces una fase de reconstrucción después de los dramáticos acontecimientos vividos. Hoy en día también Europa está sumida en este proceso postmoderno que se asienta sobre los dos pilares impulsados desde Bruselas de Recuperación y Resiliencia. No hemos salido de ninguna guerra convencional, por muy mundial que fuera. Lo nuestro es una pandemia en un mundo globalizado (que todavía sigue, por mucho que se cante victoria), pero se pueden buscar, dentro de las innumerables diferencias, puntos de encuentro entre lo que allí pasó y lo que pasa ahora.

En la parte final del discurso, Albert Camus tiene una reflexión cargada de profundidad: “La Europa que hoy se construye con la sangre de los inocentes acabará pagando un precio terrible. No podremos festejar este renacer con gritos de alegría, pues para nosotros cada vida humana es irremplazable. Pero renacerá y la saludaremos gravemente, resurgirá en el Oeste y en el Este, en Madrid y Budapest”. Lugares hoy distantes, también políticamente, aunque comiencen a existir destellos que los aproximen. En todo caso, no hay nada que festejar ni nada de que alegrarse, tampoco ahora. Aun así, concluye Camus con palabras de esperanza: “Será la gran institutriz de la libertad y el orden que usted soñó”. Su profecía se cumplió, aunque corre el riesgo de volver a quebrarse por las torpezas propias y el ascenso imparable del populismo que acecha nuestros sistemas democráticos.

En cualquier caso, la sociedad del ayer celebraba que un intelectual cumpliera setenta años. Alguien que había batallado siempre por la verdad y había renegado del silencio cómplice. Hoy en día, cuando la muerte se ceba sobre ancianos a quienes la sociedad desprecia con silencio y el poder con desprecio o desinterés, y ya nadie reivindica la sabiduría de la edad ni de la intelectualidad distante o no alineada que se opone al refugio de trinchera en tribus rivales, cobran su pleno sentido las palabras de Camus dirigidas al homenajeado: “Se lo debemos a personas como usted. Se lo debemos a todos aquellos que, sencillamente, han seguido adelante sin miedo ni odio. Esta es la razón por lo que no le desearé el descanso que otros estimarían más que merecido. Lo necesitamos a usted”. O, dicho de otro modo: “Nos sentimos afortunados de haber sido sus contemporáneos”.  Bello y comprometido discurso, por mucho que a algunos guste y a otros duela.

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