LECTURAS PENDIENTES

 

 

MONTAIGNE 2

 

“En los libros solo busco deleitarme mediante sano entretenimiento; o si estudio, solo busco con ello el saber que trata del conocimiento de mi mismo (…) Si este libro me resulta enfadoso, cojo otro; y solo me dedico a él en las horas en que el aburrimiento de no hacer nada empieza a apoderarse de mí”.

(Montaigne, Ensayos, Cátedra, 2003, p. 419)

La llegada del verano se asocia con vacaciones y, en algunos casos, con lecturas. Desgraciadamente no en todos los casos, ni siquiera en la mayoría. Me temo que es una batalla perdida, pero cualquier insistencia es poca. No puedo ocultar que, por lo que a mí respecta, tengo incluso una notable ansiedad por abrir amplios espacios de tiempo para dedicarlos a la lectura, sobre todo tras varios meses de trabajo intenso que me han impedido en no pocas ocasiones disponer del sosiego necesario para leer intensa y extensamente otras cosas que no fueran las relacionadas con mi evanescente actividad profesional, ya de por sí muy exigente, pues me obliga a estar atento a todo lo que se mueve en el mundo de las ideas y propuestas sobre el sector público y sus instituciones.

Pero por fortuna llega el momento de disponer de más tiempo para dedicarlo a ese placer que es la lectura. El cierre (casi) a cal y canto de las Administraciones Públicas durante el mes de agosto, me permite ocupar el tiempo con otras lecturas que distraigan mi mente de aquellas cuestiones prosaicas que por lo común concentran mi atención. Y lo que aquí sigue es un simple (e incompleto) acopio de libros que he ido haciendo para poder disfrutarlos a lo largo de estos días y de las próximas semanas. Veremos si finalmente son todos estos los que leo o me inclino por cambiar de tercio o incluso por buscar otras opciones, algo que hago con frecuencia. Si me aburre un libro o no me engancha, lo dejo –siguiendo el sabio consejo de Montaigne- hasta mejor momento. Soy un lector bastante anárquico y frente a aquellos que programan minuciosamente sus lecturas, al menos en verano me permito la licencia de mantener abiertos cuatro o cinco libros, si no son más, en lectura paralela. Se trata, en su mayor parte, de libros comprados recientemente por lo que para su identificación, en no pocos casos, me ha movido la observación sobre el terreno (librerías), la intuición, el interés del tema, alguna reseña o amigo que los recomienda o, en fin, la inquietud por alguno de esos temas. Antes de adquirirlos me deleito en especial con el “picoteo” extraordinario y pausado que te permite la librería real, la auténtica, algo que nunca ofrecerá la compra digital por mucho que algunos se empeñen.

No cabe ocultar que mis preferencias suelen estar siempre en el ensayo, pero siempre añado algún ingrediente de literatura que normalmente me termina enganchando tanto o más que los “libros tostón”, como me recuerda en ocasiones un familiar, que por norma me gusta leer.

Esta es “mi cesta” (inicial, pues se irá engrosando en las semanas venideras) de libros que tengo pendientes de lectura para lo que queda del verano:

Comenzaré por el ensayo. El libro reciente de Steven Pinker, En defensa de la Ilustración. Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso, Paidós, 2018, es una de las primeras lecturas que quiero hacer. El tema me estimula y el autor también. Asimismo, tengo mucho interés en leer el segundo libro de la trilogía (“Breve Enciclopedia del Mundo”) de Michel Onfray, Decadencia. Vida y muerte de Occidente, también editado en Paidós en 2018. Pendiente tengo la inexcusable deuda con Stefan Zweig y su obra El mundo de ayer. Memorias de un europeo, El Acantilado. He leído muchas obras de este autor y esta, por razones inexplicables, dormitaba en mis estanterías a la espero de ser abordada. La estoy acabando. Un libro extraordinario, tal como ya presumía. Zweig es un valor seguro. El último libro que leí de este autor, breve si bien intenso, fue La desintoxicación moral de Europa y otros escritos políticos (escrito poco antes que su gran obra antes citada). Pendiente de proseguir su lectura ya iniciada tengo (pues la voy leyendo con la tranquilidad que merece) la impresionante y extensa obra de Jonathan Israel, The Expanding Blaze. How the American Revolution Ignitied the World, 1775-1848, Princenton University Press, 2017. Leí en su día de este autor la versión castellana (que es más reducida) de su libro Una revolución de la mente. La Ilustración radical y los orígenes intelectuales de la democracia moderna (Laetoli, 2015), y sencillamente me pareció fascinante.

También de vez en cuando conviene mirarse al ombligo. Y para ese menester tengo reservado el libro de Josep M. Colomer, España: la historia de una frustración, Anagrama, 2018. Lo hojeé en la librería y apunta maneras. También el libro de Fernando Vallespín y Miriam Martínez Bascuñán titulado Populismos (Alianza Editorial, 2017), que, si bien tiene un enfoque general también trata de España, donde el populismo ha echado raíces. Lleva algún tiempo dormitando en mi biblioteca. Intentaré sacar tiempo para leerlo.

También las lecturas breves, la narrativa o la poesía son recomendables como compañeras de viajes o como acompañantes en una mañana o tarde en una terraza de un bar o en el espléndido parque de Cristina Enea, entorno fascinante donde me refugio en cuanto puedo. De ensayo me he reservado dos lecturas breves: El tiempo regalado. Un ensayo sobre la espera (Libros del Asteroide, 2018), de Andrea Köhler; y La mentira del pueblo soberano en la democracia (Alianza Editorial, 2018), de Emilio Gentile, un regalo además que me hizo Ignacio Latierro de la librería Lagun en la última compra, presumo que por mi intermitente fidelidad al establecimiento. En narrativa, tengo reservada la novela de Leonardo Padura, La transparencia del tiempo, Tusquets, 2018; un autor que desde que me lo recomendó hace años mi buen amigo Fernando Escorza no me canso de leer. Sencillamente genial. En poesía este año me dejo empujar por la moda. Si las vacaciones pasadas busqué lo seguro (el gran poeta José Hierro) o lo doméstico (un sugerente Karmelo C. Iribarren), esta vez me nutro de la (relativa) novedad que los medios difunden: Elvira Sastre. Y de esta autora he adquirido dos obras recientes: Aquella orilla nuestra (Alfaguara, 2018) y Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo (Valparaíso Poesía, 2018).

Entre mis obsesiones actuales, se encuentran los innumerables retos que abre la revolución tecnológica y el imperio de los datos (pueden consultarse varias entradas en este mismo Blog que tratan este objeto (también reseñas de libros). Llevo tiempo leyendo todo lo que cae en mis manos sobre este tema, por inquietud intelectual pero también por exigencia profesional. Lo había visto citado varias veces y, por fin, me topé con él en la librería. Se trata del viejo libro (ahora reeditado con estudio introductorio de otros autores) del filósofo Michael Sandel: Contra la perfección. La ética en la era de la ingeniería genética, Marbot, 2016. Ultimada una primera lectura, me ha resultado muy sugerente. Otro clásico espera la lectura: es la obra biográfica de Sara Turing sobre su hijo, el gran precursor de la informática y de la computación. El libro se titula Alan M. Turing. Más que un enigma (Tecnos, 2018). De estos autores, Mayer-Schönberger y Cukier, ya había leído otras cosas (por ejemplo su espléndido libro Big Data publicado en la misma editorial en 2014), pero ahora se ha editado en castellano su librito Aprender con big data Turner Minor, 2018). Otro libro del que ya había leído algunos capítulos, pero que lo quiero rematar este verano, es el de Ed Finn, La búsqueda del algoritmo. Imaginación en la era de la informática, Alpha Decay.

Y, en fin, aunque se trata de una obra con evidentes connotaciones con mi actividad profesional (algo de lo que se debe huir en vacaciones), no puedo dejar de citar aquí la reciente obra de Miguel Sánchez Morón, titulada Las Administraciones españolas (Tecnos, 2018), un ensayo necesario para intentar comprender la complejidad se nuestro entramado del sector público. Iniciada su lectura, simplemente puedo decir que no defraudará al lector interesado por la cosa pública. Obra de madurez, como me sugirió mi colega y siempre amigo Edorta Cobreros. Escribiré una reseña sobre ella. Y de obras del “gremio”, ya no cito más.

Luego están las lecturas “recuperadas” de la biblioteca. Son muchas pendientes, que algunas pasarán a engrosar, con las limitaciones obvias de tiempo, esos largos momentos veraniegos dedicados a cultivar el placer de la lectura. También espero cultivar otra de mis grandes aficiones: la relectura o, si se prefiere, volver (en algunos caso muchas veces) sobre lo ya leído. En este punto, retornar a los clásicos es algo siempre muy recomendable. Y releer algunos ensayos de la magna obra de Montaigne o pasajes de Memorias de ultratumba de Chateaubriand, así como retomar cualquier obra de filosofía o historia de las que abundan en mi biblioteca, me resulta siempre muy agradable.

En fin, si sirven de alguna orientación todas estas lecturas pendientes, perfecto. Si no, que cada uno disfrute con las suyas. Que muchas hay. Y muy buenas. Estoy abierto a cualquier sugerencia que me hagan. Siempre será bienvenida. Ya pueden intuir mis inquietudes. Mi horizonte, como el de cualquier otra persona, es muy limitado. Y no puedo decir nada más hasta que no lea todas esas obras. Los libros aquí recogidos no pasan de ser (salvo las excepciones citadas) una mera lista de la compra que he hecho estas últimas semanas, aunque con algún criterio y orientación preliminar. Otras muchas se quedaron en lista de espera: siempre hay que priorizar, aunque el sacrificio se grande. En general he pretendido ir sobre seguro, aunque he podido equivocarme. Algo que pronto comprobaré. Quien tenga afinidades electivas tal vez le sean de alguna utilidad ciertos libros de este desordenado listado, aquellos que no compartan esas inquietudes que se guíen por las propias.

Pero al menos este breve post quiere ser una invitación a la lectura y también por qué no decirlo pretende ser una llamada a la adquisición de libros en las librerías tradicionales. Se disfruta con la lectura, pero no menos con la liturgia que acompaña a la consulta y adquisición de los libros. Visiten por tanto esos pequeños templos del entretenimiento y del saber que son las librerías. Disfruten antes, durante y después de haberlos adquirido. Es necesario estimular ese verbo que en este país conjugamos tan poco: leer. Por el bien de todos, pero en especial por el bien de uno mismo. Montaigne de nuevo.

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