DEL ODIO COMO SÍNTOMA

(Fotografía 19023 del Archivo «Cabra en el Recuerdo» https://www.cabraenelrecuerdo.com/valera-ampliadas.php, que recoge en este caso la obra de Manuel Azaña titulada Valera en Italia: Amores, Política y Literatura, 1929)

1.- Desde que me sumergí en la obra y el personaje de Juan Valera, siempre recuerdo una frase que Manuel Azaña -desenterrador del olvido del gran escritor egabrense- escribió: “Valera cava más hondo” que sus contemporáneos.

2.- En su discurso de contestación al ingreso en la Academia de Núñez de Arce (1876), frente a la defensa que este hacía de que fue la era de los Austrias el momento del declive de España, Juan Valera opuso que no había que confundir los síntomas con las causas.

3.- Para Valera “la enfermedad estaba más honda”. Y la situaba en “ese engreimiento fanático” que anidó a finales del siglo XV y en el siglo XVI, período en que se manifestó una “fiebre de orgullo, delirio de soberbia, al triunfar después de ocho siglos en la lucha contra los infieles”. Ahí se gestó la intolerancia (primero religiosa, luego también política), que ya no nos abandonará hasta nuestros días. Y también de ahí viene el aislamiento de Europa, que duró siglos. Lo reiteró luego en su magnífica reseña a la Historia de los heterodoxos españoles.

4.- Infinitos matices aparte, esa es la fuente de nuestros males, que con más frecuencia de la necesaria invade nuestra vida política y carcome, cuando no derrumba, la frágil convivencia. Hubo muchos episodios en los siglos XIX y XX, que no es menester recordar aquí. Al parecer, el siglo XXI tampoco está ya libre de tales enfermizas conductas. Y crecen.  

5.- La lucha contra la intolerancia tuvo orígenes en las feroces guerras de religión y se halla en la antesala de las libertades constitucionales, dando lugar a memorables aportaciones como las de Locke y Voltaire, entre otros muchos. Como expuso este último: “La recíproca intolerancia hace eternamente enemigos a los ciudadanos de un mismo Estado y dejan subsistir las semillas de la discordia”.

6. Tales semillas hicieron crecer enormes y sectarios odios durante los siglos XIX y XX, primero larvados y luego con el foco en el exterminio de los enemigos políticos. Lo analizó muy bien y padeció también, ese extraordinario periodista que fue Chaves Nogales. Un tardío y desengañado Azaña, en La velada en Benicarló (1937), volvió de nuevo su mirada hacia su admirado Juan Valera. Manuel Zafra trató con pulcritud esa mirada triste del entonces presidente de la República: «La fragilidad política de una sociedad negada para el acuerdo» (Manuel Azaña. República antes que democracia).

7.- En su velada el alcalaíno retoma a Valera: “El odio inextinguible azota a los españoles”. Y, tras reconocer que “somos intolerantes”, añade: “Ninguna política puede fundarse en la decisión de exterminar al adversario. Es locura -concluía-, y en todo caso irrealizable”. La perspicacia de Azaña orillaba que el odio no era la causa, sino el síntoma. Y lo corrige en palabras de otro alter ego (Morales) en tal velada: “Se condensó la nacionalidad (española) en torno a un principio dogmático y excluyente”. Juan Valera en estado puro.

8.- Interés especial tiene, en este punto, la tesis que mantuvo Julián Marías en su excelente opúsculo La guerra civil, ¿Cómo pudo ocurrir?: “La guerra fue consecuencia de una ingente frivolidad”: los políticos españoles, la Iglesia, los intelectuales, “y desde luego los periodistas”, los dirigentes sindicales, “se dedicaron a jugar con las materias más graves, sin el menor sentido de responsabilidad”. Las consecuencias fueron fatales: “a) dividir al país en dos bandos; b) Identificar al “otro” con el mal; c) No tenerlo en cuenta; d) Eliminarlo (política y físicamente)”.

9.- Y vuelvo a Valera. Este escritor siempre advirtió que construir muros entre la ciudadanía y sus expresiones políticas no conducían a ningún puerto seguro, salvo al enfrentamiento cainita. Aquello fue una premoción de lo que sucedió en España más de tres décadas después. Mas ello no fue óbice para que don Juan se enfrentara ardientemente a las expresiones intolerantes del neocatolicismo, y mostrará también su escepticismo ante las tendencias radicales que pretendían construir un mundo nuevo. Nunca creyó en soluciones ideales y atajos fáciles. El mundo era más complejo.

10.- Como expuso Winston Churchill, en cita recogida por Asmos Oz, “un fanático es una persona que de ningún modo cambia de opinión y de ningún modo permite que se cambie de tema”. Y como expuso el ensayista israelita: “Su deber es odiarte y erradicarte del mundo”. No lo olvidemos, el odio es consecuencia de la intolerancia y del fanatismo, así como del sectarismo, y no al revés. Atacar lo primero sin abordar lo segundo no lleva muy lejos, florituras políticas al margen. Tampoco simplificando el problema se arregla: “Los fanáticos tienden a vivir en un mundo de blanco y negro. Es un wéstern simplista de ‘buenos’ contra ‘malos’” (Asmoz Oz). En fin, lo que lleva con nosotros más de cinco siglos no se resuelve con ocurrencias.  

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