SARA MESA Y LA NOVELA BUROCRÁTICO-ADMINISTRATIVA

(A propósito del libro Oposición, Anagrama, 2025)

«Debemos al misticismo esa forma administrativa de la paciencia que se llama el expediente»

(Benito Pérez Galdós, La desheredada)

«Un Estado ingrato, indiferente al mérito, es un Estado salvaje»

(Benito Pérez Galdós, Miau)

Introducción

A diferencia de tiempos pretéritos, aquellas novelas que tienen por objeto el fenómeno burocrático-administrativo, son hoy en día una rara avis. Y no deja de ser paradójico este abandono, más aún en estos últimos tiempos, cuando esos ecosistemas tan opacos como son las Administraciones públicas han ido acumulando casi sin darnos cuenta disfunciones sinfín (elefantiasis organizativa y de personal, dificultades de acceso digital y presencial con desprecio a la ciudadanía, mala administración, politización descarnada en forma de clientelismo, a veces bochornosamente cutre, desprofesionalización, corrupción galopante, endogamia, voracidad sindical, teletrabajo mal aplicado, y un largo etcétera).

Por tanto, el caldo de cultivo potencial que tienen los escritores para ambientar sus novelas en tan hermético y hasta en no pocas ocasiones absurdo mundo político-burocrático del sector público, es amplísimo. A esta retracción actual de los autores para contextualizar novelas en tan singular ambiente, ha podido contribuir, sin duda, la complejidad innata de ese ecosistema político-burocrático y el escaso atractivo de una atmósfera sórdida como medio narrativo; pero también el lenguaje oscuro, incluso con ribetes esotéricos, de las normas y actuaciones de las Administraciones, que solo denominados expertos (esencialmente, juristas) dicen dominar.

Además, en los últimos tiempos, más aún tras las crisis de 2008 y Covid19, el sector público ha perdido buena parte de su legitimación, de sus capacidades ejecutivas y de una digitalización mal entendida, que ha desatendido a la ciudadanía. Los intentos por vender su transparencia, la participación y la integridad, se han quedado en píos deseos. Las plantillas administrativas cada vez están más envejecidas, lo que marca carácter. Por si ello fuera poco, también han crecido en número de efectivos hasta alcanzar grados de obesidad mórbida o de multiplicación de entidades-chiringuitos que solo la complacencia política y el desconocimiento atroz de la ciudadanía y de los propios medios hacen factible su desordenada proliferación. La política burocrático-administrativa se ha hecho relato, esto es, mentira piadosa; mas también endogámica o defensiva de unos privilegios políticos, burocráticos y sindicales que ya no tienen el común de los mortales (sector privado), sin que nadie al parecer se sorprenda. Los Presupuestos Generales del Estado (o de cada entidad) siguen siendo «el restaurante nacional» (o local), del que hablara Galdós.

La literatura burocrático-administrativa en los siglos XIX y XX.

No fueron pocas, en efecto, las obras literarias que en el siglo XIX español pusieron el foco sobre el penoso estado de una aún incipiente y escuálida Administración Pública, plena de disfunciones y enredos de distinta magnitud. Desde las aireadas críticas de Larra, pasando por el tratamiento de la hispana figura del cesante, abordada -entre otros- magistralmente por Mesonero Romanos y Gil de Zárate, llegando al apogeo que de tales cuestiones hizo la enorme figura literaria de Benito Pérez Galdós, en diferentes episodios nacionales y en no pocas de sus obras novelísticas, inspirado en la impronta de su mentor Mesonero en lo que al cesante respecta y en su admirado Balzac, quien escribió en su Comedia Humana una de las obras maestras de la novela burocrático-administrativa, como fue Los empleados, fuente de inspiración, cuando no de plagio inteligente (como diría Valera), en la conocida obra galdosiana de Miau, la producción literaria del siglo XIX fue jugosa en este tipo de novelas. Hubo muchas más, sin duda. También otros autores posteriores, ya en el siglo XX, trazaron argumentos novelísticos con una impronta burocrática más o menos marcada, desde El proceso de Kafka (con acento en el laberinto burocrático judicial) hasta la extraordinaria novela de Sebastian Haffner, Historia de un alemán, por solo traer a colación algunos ejemplos. Stephan Zweig, en algunos de sus libros (por ejemplo, Diarios o en diferentes biografías como las de Fouché o Balzac, entre otras) también se ocupó de este tema.

De todos estos autores, tal vez fue don Benito quien más incidió en el rancio y destartalado sistema burocrático-administrativo español. Que tuvo tal vez un punto de exageración, propio de la novela, es probable, como agudamente percibió el profesor Antonio Jiménez-Blanco en su documentada y extensa recensión a nuestro libro El legado de Galdós (Catarata, 2023) RAAP 115 RECENSIÓN AJB EL LEGADO DE GALDÓS. En cualquier caso, siempre pongo como ejemplo descarnado de lo que era la Administración caciquil del período, en el que imperaba el desorden político de ceses arbitrarios y nombramientos de amigos políticos, el extraordinario episodio nacional O’Donnell, y los desmanes que entonces los padrinos de la revolución de 1854 hicieron en las nóminas públicas. Pero hay otras muchos episodios y obras del autor canario, amén de la siempre citada Miau, en la que los males endémicos de la Administración española decimonónica aparecen una y otra vez. Muchas son las novelas galdosianas en las que este tema forma parte del decorado o del relato.

Menos incisiva fue la generación de 1898 sobre esta materia, pues el foco de sus censuras, en su afán regeneracionista, se centró más en la mirada oligárquica y caciquil, con el foco puesto principalmente en la política y menos en la burocracia y en la Administración (Pío de Baroja, Valle Inclán, Unamuno, etc.).  A partir de entonces, los males burocrático-administrativos, ahogados en una España políticamente enfrentada a cara de perro, dejaron de ser punto central de atención de los novelistas españoles del siglo XX, aunque desde la perspectiva del ensayo el tema siguió atrayendo a algunos literatos que siguieron adentrándose en esas frondosas y sucias corrientes de los fenómenos burocrático-administrativos.

Sara Mesa y la novela burocrático-administrativa en el siglo XXI

Ni que decir tiene que fue a principios de los años 80, fuera de nuestras fronteras, cuando un libro sobre tales cuestiones generó pasión, Sí ministro, que sirvió de guion a una exitosa serie televisiva. En nuestro país, Alejandro Nieto multiplicó sus ensayos describiendo los males de una Administración y de su burocracia durante más de cuatro décadas (por ejemplo: La organización del desgobierno El desgobierno de lo público, entre otras muchas obras). Desde una óptica politológica y sociológica, cabe traer a colación los más recientes análisis de la Administración de los continuados y certeros ensayos de Carles Ramió. También en España, en 2013, Muñoz Molina se ocupó parcialmente de este tema en su obra Todo lo que era sólido, un ensayo y no una novela. El reconocido administrativista italiano, Luciano Vandelli, en 2015, publicó, con prólogo de Santiago Muñoz Machado, una obra de referencia: Papeles y papeleo. Burocracia y literatura (Iustel), pero donde la noción «literatura», agrupa al ensayo, y no se centra tanto en la novela, que es objeto de estas líneas.

Dejando de lado novelas menos divulgadas, que las hay, a este género y a estos escenarios ya se había aproximado con fuerza en 2019, si bien desde el ensayo periodístico novelado, la escritora Sara Mesa con un brillante opúsculo: Silencio Administrativo, editado por Anagrama. Con clara intuición y buen conocimiento de las disfunciones legales y de funcionamiento del sector público español, la escritora puso el dedo en la llaga y denunció la constante falta de empatía que el sistema normativo y burocrático-administrativo mostraba, con particular crudeza en quienes se hallaban excluidos socialmente.

Esta misma autora, ahora desde la perspectiva más exigente de la novela, vuelve sobre el tema con un enfoque más amplio en su reciente obra titulada, un tanto equívocamente, Oposición (Anagrama, 2024);  pues, en verdad, si bien de ello trata, el núcleo del relato y sobre todo de su atención sobrepasa ese sistema selectivo (hoy casi totalmente por el boyante y tramposo concurso-oposición) para fijar la atención, con una mirada esperpéntica y de crudo realismo, en un dibujo descarnado de ese ecosistema burocrático-administrativo, claustrofóbico y roto por las históricas inercias que se arrastran tanto en el lenguaje como en las formas y en el funcionamiento, unos burócratas y directivos que replican roles sin cuestionar absolutamente nada de lo absurdo que en no pocas ocasiones tales conductas y actuaciones comportan. Un mundo desconocido para el común de los mortales que apenas son capaces de comprender lo que intramuros de esa fortaleza administrativa se esconde y que tanto les afecta.

Sara, la protagonista del relato, es -o así lo parece- la única que intramuros se atreve a cuestionar un medio y unas formas, que evidentemente no entiende. Ingresa, como ahora suele ser habitual en el sector público, con la condición de interina, aunque enchufada, lo que tampoco es extraño. Nada sabe del medio en el que se inserta y nada se le explica en una gélida acogida que no es ni tal, como usualmente se practica en nuestras Administraciones Públicas. La sientan y a “trabajar”, aunque nada haya de hacer realmente. Su ubicación física y los medios que se le proporcionan (recursos informáticos, teléfono; etc.) es su único contacto con su nueva organización. Nadie le dice para qué está allí y solo pasados varios días será recibida por la Asesora Jurídica, quien, tras decirle que su presencia era muy necesaria para aliviar las inmensas cargas de trabado existentes, apenas le balbucea cuáles serán sus hipotéticas futuras funciones en una denominada OMPA (Oficina de Mediación y Protección Administrativa), aún en formación, y que tardará varios meses en ser puesta en marcha. Una Oficina, cuyo fin confesado es ser vehículo institucional de conexión entre la ciudadanía y la Administración (Gobierno Abierto), detectando a través de un buzón de quejas anónimo, los casos de mala administración y permitiendo que se puedan denunciar y, en su caso, corregir (otra cosa es que se puedan tramitar, lo que nunca será fácil; sino todo lo contrario).

El esperpento institucional (abundante en ejemplos empíricos, por otro lado) ya está en marcha. La protagonista, de la que pocas y fragmentarias pinceladas da la escritora en su relato, sobrevive sus primeras semanas y meses en un ecosistema administrativo salpicado de unas acantonadas relaciones funcionariales y personales entre la sorpresa, el desconcierto y las innumerables preguntas que le surgen sobre ese mundo hasta cierto punto incomprensible en el que la han insertado. Mujer joven (¿de la generación Z o millenial?), pronto advierte que se halla en un locus envejecido de personas instaladas, convencionales, como son la mayoría de los funcionarios con los que trata, de otra generación y con los que no conecta. Cobra su primera nómina, sin haber hecho nada, y le sorprende. Mas pronto se habitúa. La Oficina finalmente se pone en marcha, con el consiguiente bombo y plantillo mediático, lo que relata la autora con especial mordacidad, y Sara inicia su pretendida actividad. La función principal de la protagonista es ser receptora de las quejas, canalizarlas por medio de la Asesora Jurídica a un comité de sabios para que este las evalúe y luego vehicular las respuestas (generalmente, de inadmisión) y notificarlas. Pero apenas nadie hace uso de tan magnífico canal propio de una Administración abierta, que en la práctica está herméticamente cerrada. Pasan los meses y las estadísticas son abrumadoramente insignificantes. Tanto ruido para nada. Sara se inquieta, y decide inconscientemente alimentar con quejas suplantadas tan inutilizado sistema -que van subiendo disparatada y divertidamente de tono- , con unas consecuencias que le conducirán -después de algún chivatazo interno o fruto de la imprudencia de su extraña amiga o enemiga informática, Sabina- a la apertura de un expediente disciplinario que se resuelve de forma expeditiva (algo poco real) y con relativa benevolencia, pues el mar de fondo era más espeso de lo que parecía, y había que evitar el escándalo.

Anteriormente, la interina, aconsejada o más bien empujada por una benefactora funcionaria con afinidades electivas con ella (poesía), la Beni, se anima a preparar unas oposiciones para ingresar, así, como funcionaria de carrera en la Administración, una forma de matar el aburrimiento en el tiempo de trabajo, pues apenas tiene nada que hacer, y así solucionar su vida para siempre. La descripción de la espesa atmósfera administrativa y relacional, de las pintorescas figuras que conforman ese ecosistema, los asesores, funcionarios, informáticos, conserje, el fantasmagórico jefe de negociado con su plaza pendiente de amortización y el propio secretario general, Echevarría, presuntamente cargo público de libre designación, y el entorno del propio edificio administrativo de la Consejería (según se dice), es probablemente lo más logrado de la novela. También las situaciones grotescas, no menos reales, que no son pocas, que se suceden en ese oscuro medio administrativo. Los alargados tiempos del desayuno funcionarial,  los siniestros despachos y negociados, las vacaciones y su reparto, la inactividad retribuida siempre, el afán de hacer que se hace sin hacer realmente casi nada o cosas inútiles, los encuentros y eventos en la terraza prohibida, el opaco e incomprensible lenguaje administrativo, y un sinfín de anécdotas, entre las que sobresale la discutida implantación de la cita previa y la rebelión ciudadana por ella, así como otros muchos aspectos, hacen de esta novela una obra divertida en muchos de sus pasajes. Y, si como decía Juan Valera, el fin esencial de la novela es entretener al lector, en este caso se consigue.

La oposición toma pulso central en un relato entreverado con la excelente descripción del edificio administrativo y su fauna, la suplantación de las quejas y la apasionada inicialmente relación de amistad con una joven, contradictoria y compleja funcionaria informática, Sabina (a mi juicio, la parte menos lograda del relato, no por ello menos importante en el desenlace). El argumentario de Beni, también central, para convencer a su pupila de que sacando una oposición su vida estaría arreglada y que se debe luchar por ello (¡Cuánto frío hace fuera de los presupuestos públicos!), el tortuoso camino de estudiar un aburrido y destartalado temario y unos apuntes incomprensibles, el absurdo trazado de unas pruebas que no son fiables ni válidas, sino más viejas que el crimen, y el test de “conocimientos” (¿para qué sirve preguntar -se interroga- cuántos artículos tiene el título preliminar de la Constitución?), los problemas de dicción de la protagonista con su frenillo (transformando la r en d), el escenario real de las pruebas selectivas masivas y su desarrollo, así como la configuración de unas pruebas blandas que permiten acceder a la función pública como si una especie de sorteo público se tratara, son los aspectos más sobresalientes de la novela.

Se trata, en todo caso, y la autora lo recuerda en sus citas iniciales, de una obra de ficción, a la que no cabe exigir comprobación empírica. Pero no impide que en ello haya mucho de verdad. Y nada que objetar al respecto. Aunque puestos a describir desmanes del sector público que pueden dar lugar a abusos se podrían haber encontrado muchos más, amén de los descritos: la politización descarnada, el sindicalismo público voraz y endogámico, el mal uso o (inclusive no pocas veces) abuso del teletrabajo, el ninguneo de parte de la ciudadanía sin recursos ni competencias digitales en el acceso a la Administración (algo se dice), las condiciones inmejorables de trabajo (horarios, vacaciones, permisos y licencias de todo tipo) de las que gozan como prerrogativa eterna los empleados públicos, y un largo etcétera. Pero la autora ha optado por seleccionar aquellos puntos que ella considera críticos. Y nada que objetar

La lección de esta obra en su desenlace -tal vez un tanto ingenuo- es que aún hay personas que viendo cómo el ecosistema burocrático-administrativo es tan rígido, castrante y asfixiante, por mucho que te den la sopa boba todos los meses, una opción vital es salir corriendo y buscar una vida más gratificante fuera (donde tanto frío hace), que viendo lo descrito no es difícil pensar que la haya. El problema es si realmente se encontrará. Un inconformismo mezclado con candor e ingenuidad atraviesa el relato y sobre todo el papel de Sara, la protagonista.

La otra Sara, apellidada Mesa y no Villalba, la autora, ha escrito una obra entretenida y sagaz en no pocos pasajes. Algo desigual y con un mensaje que, en momentos de cuestionamiento frontal del sistema burocrático desde el otro lado del Atlántico, sino se comprende bien, podría dañar más aún la mala imagen o deslegitimación que tiene ya hoy en día la Administración Pública; por otro lado, culpa en buena medida de la incapacidad política y funcionarial, pero también social, para reformarla. Todo ello alimenta los discursos populistas e iliberales de su destrucción o del simple o necio recurso a la motosierra. El problema es que esos mensajes calan en una ciudadanía desinformada o informada por cámaras eco o redes sociales capturadas. Y ahí están el quid de la cuestión. Sara Mesa no tiene la culpa, eso está claro. Tampoco su descarnado, y en no pocas veces real, relato de ficción. Quien sea competente, si alguien se da por aludido, que tome nota. Nadie lo hará. La Administración siempre ha sido impersonal. Y ahí está el nudo, que nadie desata. Detrás del órgano se esconden los desmanes humanos, salvo excepciones tasadas.   

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